Por Thorsten Polleit. (Publicado el 21 de enero de 2010).
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4016.
Hiperinflación
A principio de la década de 1920, Ludwig von Mises fue
testigo de la hiperinflación en Austria y Alemania, desarrollos monetarios que
acusaron un daño irreparable y (en el caso germano) calamitoso a la
civilización.
El consejo político de Mises fue decisivo para ayudar a
detener la hiperinflación en Austria en 1922. En su Memorias,
sin embargo, expresaba la opinión de que su consejo (detener la imprenta) se
atendió demasiado tarde:
“La divisa austriaca no colapsó,
como sí hizo la alemana en 1923. No se produjo la quiebra del boom. De todas
formas, el país tuvo que soportar las consecuencias destructivas de una
inflación continua durante muchos años. Sus sistemas bancario, de crédito y de
seguros habían sufrido daños que no podían curarse y no podía detenerse el
consumo de capital”.
Como apuntaba Mises, la hiperinflación en Alemania no se
detuvo antes de la completa destrucción del marco. Para apreciar la catástrofe
monetaria, puede verse el tipo de cambio del marco alemán con el dólar de EEUU.
Antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, alrededor de 4,2 marcos
compraban un dólar de EEUU. Tan pronto como empezó la guerra la convertibilidad
del marco se suspendió y se emitieron marcos de papel (papiermark),
sobre todo para financiar pagos de guerra. En 1918, después del fin de la
Primera Guerra Mundial, 8,4 marcos compraban 1 dólar de EEUU.
En diciembre de 1919, el marco se había depreciado hasta 4,8 por dólar y en
diciembre de 1920 a 73,4 por dólar.
En julio de 1922, el dólar de EEUU costaba 670 marcos. Sin
embargo, cuando las tropas francesas y belgas ocuparon Renania a principios de
1923 el tipo de cambio se desplomó a 49.000 marcos por dólar. El 15 de
noviembre de 1923, cuando la hiperinflación tocó fondo, la reforma de la divisa
convirtió un billón de marcos de papel (1.000.000.000.000) en 1 marco seguro (rentenmark)
y como se cambiaban 4,2 billones de marcos de papel por 1 dólar en ese momento,
4,2 marcos seguros equivalían a 1 dólar de EEUU.
Aumentos en la oferta monetaria
El siglo XX ha sido testigo de muchas hiperinflaciones,
incluyendo a China en 1949-50, Brasil en 1989-90, Argentina a finales de la
década de 1980 y principios de la de 1990, Rusia en 1992, Yugoslavia en 1994 y,
más recientemente, Zimbabwe en 2006-09. Todas estas hiperinflaciones fueron
resultado directo de un sistema de libre moneda fiduciaria bajo el control del
gobierno, un sistema que produce moneda de una forma no conforme con el
mercado: la oferta monetaria se aumenta desde la nada por bancos que
simplemente extienden préstamos (crédito circulante) o monetizan
activos.
La hiperinflación quizá sea el lado más oscuro de un régimen
de moneda fiduciaria del gobierno. Entre los economistas de la corriente
principal, la hiperinflación denota típicamente un periodo de aumentos
excepcionalmente fuertes en todos los precios de bienes y servicios, generando
así un periodo de erosiones excepcionalmente fuertes en el valor de intercambio
de la moneda. Algunos consideran un aumento general de los precios de un 10%
mensual como hiperinflación (lo que implica un porcentaje anual de aumento de
precios de alrededor del 214%); otros identifican la hiperinflación como un
aumento mensual de los precios de al menos un 20% (lo que implica un aumento
anual de los precios de casi un 792%).
Sin embargo cualquier definición numérica puede criticarse,
pues se refiere al síntoma en lugar de a la raíz de la causa de la aceleración
de la pérdida del poder adquisitivo de la moneda. En términos económicos, la
hiperinflación es la consecuencia inevitable de un continuo aumento en la
cantidad de dinero. Y eso es exactamente lo que enseña la teoría monetaria de
la Escuela Austriaca de economía: De hecho, la teoría austriaca demuestra que
la inflación es la consecuencia lógica de un aumento en la oferta monetaria y
que la hiperinflación es el resultado lógico de porcentajes de crecimiento cada
vez mayores de la oferta monetaria.
De acuerdo con la escuela austriaca, el dinero está, como
cualquier otro bien, sujeto a la irrefutable ley de la disminución de la
utilidad marginal. Es esta ley, que deriva del axioma de la acción humana, la que
está en el corazón de la praxeología de Mises. Con respecto al dinero, la ley
de la disminución de la utilidad marginal dice que si hay un aumento en la
cantidad de dinero en una unidad adicional inevitablemente ésta será menos
valorada que cualquier unidad del mismo tamaño que ya esté en posesión del
individuo. Esto es porque el nuevo dinero sólo puede emplearse como medio para
eliminar un estado de incomodidad que se ha considerado menos urgente que la
incomodidad menos urgente que se haya estado eliminando hasta ahora con el
dinero en su posesión.
Demanda de dinero
La gente guarda dinero porque éste tiene poder de compra
(que la gente desea, dado que el hecho de la incertidumbre es una categoría
innegable de la acción humana) y el poder de compra del dinero se determina por
la oferta y demanda de dinero.
Si un aumento de la oferta de dinero se ve acompañado por un
aumento equivalente de la demanda de dinero, los precios en general y el poder
de compra del dinero permanece sin cambios. Sin embargo, una vez que la gente
empieza a intercambiar sus existencias aumentadas de dinero en otros bienes,
los precios empezarán a aumentar y el poder de compra del dinero caerá. Dicho
esto, es el aumento de la oferta de dinero relativa a la demanda lo que trae a
primera plana los evidentes efectos de un aumento en la oferta monetaria: los
precios que suben.
Mises mostraba que la demanda de dinero desempeñaba un papel
esencial en la posibilidad de desarrollar hiperinflación. Si se esperaba que el
banco central aumentara la oferta de dinero en el futuro, puede esperarse que
la gente refrene su demanda de dinero en el presente, es decir, entregar más
dinero a cambio de bienes vendibles. Esto, rebus sic stantibus,
aumentaría los precios del dinero. Mises indicaba que “esto continúa hasta que
se llega al punto a partir del cual no se esperan más cambios en el poder de
compra del dinero”.
El proceso de aumento de los precios llegaría a su fin una vez la gente se haya
ajustado completamente al aumento esperado en la oferta monetaria.
Sin embargo, ¿qué pasa si la gente espera que, en el futuro,
el porcentaje de crecimiento de la oferta monetaria aumente en porcentajes
siempre crecientes? En este caso, la demanda de dinero colapsará antes o
después. Esa expectativa llevaría (relativamente rápido) a un punto en el que
nadie querría tener ningún dinero, pues la gente esperaría que el dinero pierda
completamente su poder de compra. La gente empezaría a abandonar completamente
su moneda. Es lo que Mises calificaba de quiebra del boom (crack-up
boom):
“Si alguna vez la opinión pública
se convence de que el aumento en la cantidad de dinero continuará y nunca
terminará y que consecuentemente los precios de todos los productos no dejarán
de subir, todos intentarán comprar tanto como puedan y restringir sus
existencias de dinero al mínimo. Pues ante estas circunstancias los costes
habituales de mantener dinero líquido aumentan por las pérdidas causadas por la
progresiva caída del poder de compra. Las ventajas de tener efectivo deben
pagarse con sacrificios que se consideran cargas intolerables. Este fenómeno
fue llamado en las grandes inflaciones europeas de los años veinte huída a
los bienes reales (Flucht in die Sachwerte) o quiebra del boom
(Katastrophenhausse)”.
El implacable poder de inflar
Si la gente espera un venidero y drástico aumento de la
oferta monetaria (pero si al mismo tiempo esperan que ese aumento sea limitado,
es decir, por una sola vez), el banco central puede planear una degradación de
la moneda sin causar su completa destrucción.
Siempre que el gobierno y su banco central consigan hacer que la gente
crea que cualquier aumento futuro en la oferta monetaria se mantendrá dentro de
un límite aceptable, desde el punto de vista del tenedor del dinero, la
política monetaria es un efectivo y pérfido instrumento de expropiación y
redistribución de ingresos no conforme a mercado.
Esto puede explicar por qué Murray N. Rothbard, en su famoso
ensayo The
Case for a 100 Percent Gold Dollar, escribía lo siguiente:
“No digo que la moneda
fiduciaria, una vez establecida sobre las ruinas del oro, no pueda continuar
indefinidamente por sí misma. Por desgracia (…) si la moneda fiduciaria no
pudiera continuar indefinidamente, no tendría que estar aquí pidiendo su
abolición”.(6)
Rothbard veía el peligro de que el dinero fiduciario
controlado por el gobierno pudiera sostenerse y funcionar indefinidamente, que
no se dirigiría necesariamente hacia un colapso fatal y final. Mientras la
gente no espere que un aumento en la oferta de dinero quede sin control, el
banco central está en disposición de de degradar la divisa sin destruirla
completamente.
En otras palabras: la hiperinflación sería posible sin
destruir la moneda completamente. La quiebra del boom, como apuntaba Mises, se
desarrollaría sólo cuando la gente llegara a la conclusión de que el banco
central expandirá la oferta monetaria a tipos siempre crecientes:
“Pero finalmente las masas
despertarán. Se darán cuenta repentinamente del hecho de que la inflación es
una política deliberada y continuarán sin fin. Su produce una descomposición.
Aparece la quiebra del boom. Todo el mundo quiere cambiar su dinero por bienes
“reales”, sin importar si los necesita o no, sin que importe cuánto tengan que
pagar por ellos. En muy poco tiempo, en pocas semanas o incluso días, las cosas
que se usaban como dinero ya no se usan como medios de intercambio. Se convierten
en papeles sin valor. Nadie quiere dr nada a cambio de ellos”.
Niveles de deuda
Los regimenes actuales de dinero fiduciario se caracterizan
por cantidades cada vez mayores de deuda en relación con la producción real,
causada por políticas que intentan resolver los problemas económicos causados
por la creación de crédito y moneda de la nada usando cantidades aún mayores de
crédito y moneda creados de la nada. Y es justo decir que cuanto mayor es el
nivel de deuda de una economía en general, más probable se hace la
hiperinflación.
Para demostrarlo, supongamos que después de un largo periodo
de creación de moneda mediante una expansión del crédito circulante bancario
aparece una crisis de crédito: Los prestamistas ya no quieren refinanciar la
deuda madura a los tipos de interés existentes. Los prestatarios no pueden
devolver sus obligaciones cuando hay que pagar y tampoco pueden permitirse
pagar costes de préstamo más altos. Los inversores empiezan a huir de los
bonos, haciendo que los tipos de interés aumenten rápidamente y descubriendo
inversiones no rentables. Más prestatarios, incluyendo bancos, dejan de cumplir
sus obligaciones y se extienden las quiebras. La consiguiente recesión y el
aumento del desempleo agravan el colapso de la estructura del crédito.
Si los inversores deberían esperar en una situación así que
el gobierno y su banco central opten por rescates financiados mediante creación
adicional de dinero, la demanda de dinero y las indemnizaciones fijas se
secarían por completo. Esto haría necesario que el banco central extendiera
cantidades siempre crecientes de dinero para estrangular a los prestatarios con
el fin de evitar la extensión de las quiebras. Cuanto mayor sea cantidad de
deuda pendiente, mayor será el aumento potencial de la oferta monetaria. Cuanto
más aumenta la oferta monetaria, más probable es que haya hiperinflación y un
potencial desplome de la demanda de dinero: la aparición de la quiebra del
boom.
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Thorsten Polleit es Profesor Honorario en la Escuela de
Finanzas y Gestión de Frankfurt.