Por Frank Chodorov. (Publicado el 6 de enero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí
http://mises.org/daily/3947.
[Este artículo se ha extraído del capítulo 13 de The
Rise and Fall of Society]
El más importante de entre los servicios que el Estado proclama
ofrecer a la Sociedad es su protección frente a otros Estados depredadores. Es
un servicio importante, seguro.
En otros tiempos, cuando la ética política era diferente, el
Estado buscaba la guerra con el declarado propósito de añadir gloria a su nombre
mediante la adquisición de territorios, por no decir nada del fin
complementario de llevar la civilización a los bárbaros: la ambición expresa de
Napoleón fue imponer a sus víctimas las bondades de la “libertad, igual,
fraternidad”.
Esto no está de moda hoy: las guerras ahora se libran para
proteger a la nación del agresor, que es el nombre que cada bando da al otro.
Sin embargo, sigue siendo de rigor para el Estado victorioso aumentar su
territorio explotable a costa del conquistado.
Pero aquí no nos importan los objetivos de la guerra ni sus
causas ni cómo evitarlas, lo que nos interesa es el efecto en la economía de la
Sociedad. ¿Tiene el ama de casa más o menos cosas en su despensa como
consecuencia de la gloriosa aventura? ¿Adquiere la Sociedad escaseces o
abundancias? ¿Cuál es el beneficio económico de la protección militar
financiada por el Estado?
Dejando aparte estas consideraciones económicas, está el
hecho inevitable de que rendir homenaje a un extranjero va en contra de la
tradición. Hasta que se acostumbraron a lo inevitable, ningún sajón decente
quiso saber nada de sus señores normandos y a los indios nunca les gustó el raj
británico. Es este aborrecimiento del gobierno de los extranjeros lo que hace
más fácil organizar una revuelta contra un Estado así compuesto que contra uno indígena. Aún así, en
comparación, ¿están económicamente mejor los indios con su propio Estado de lo
que estaban cuando mandaban los británicos? Y los canadienses, que no emularon
a los estadounidenses en desvincularse de la Corona Británica, sin embargo
disfrutan un nivel de vida parecido. Es decir, independientemente de la
nacionalidad del Estado, la Sociedad tiene que arreglárselas mediante el
proceso habitual de aplicar trabajo a los materiales en bruto y la jactanciosa
protección del Estado ni promueve ni facilita ese proceso.
Como la sociedad da un valor tan alto a la independencia
frente a un Estado extranjero, no debería objetar al coste de mantener su
independencia. Debe pagarse lo que se desea. Sin embargo, cuando examinamos el
método más usado para financiar la guerra descubrimos que se basa en una
reticencia a pagar la factura. Toda guerra se lucha con producción actual (no
hay forma de disparar armas no fabricadas o alimentar a los soldados con comida
que se producirá en la siguiente generación) y en un sentido real toda guerra
sigue el principio de “paga mientras luchas”.
Pero los fabricantes de medios bélicos parecen dar menos
valor a ello que los directores, pues reclaman facturas de que lo que entregan
para desarrollar la guerra, facturas que serán una futura reclamación sobre la
producción futura, no sólo por su valor facial sino también al interés que
demanda el patriotismo: es posible que si un Estado obtuviera el dinero
necesario para todos los costes de la guerra con impuestos, no emitiera bonos y
ni siquiera emitiera bonos sin interés, la guerra se suspendiera, lo que
probaría que la Sociedad pone poco empeño en sus fines políticos.
La consecuencia económica del método más seguido para
financiar las guerras es que se establece una hipoteca sobre la futura
producción, que casi siempre es una hipoteca permanente. Es decir, para todo el
futuro, o mientras el Estado persista, las despensas de las amas de casa
deberán contribuir a los costes de las guerras “protectivas” del pasado
nacional.
Pero la guerra y sus preparativos se atienden con una carga
que no tiene nada que ver con la protección y que cada vez daña más a la
Sociedad en su busca de una vida mejor. Es el poder que el Estado adquiere
durante la guerra y al que no renuncia cuando ésta acaba.
Cuando el enemigo está a las puertas de la ciudad, o hay un
gran temor de que llegue a ellas, el individuo pierde la confianza en sí mismo
y se pone sin reservas a disposición del capitán: entrega su libertad con el
fin de obtener libertad. O eso piensa. Pero se trata de considerar lo que
entrega y nunca se le devuelve completamente, de que debe luchar contra su
propio capitán para recuperar su herencia natural.
El Estado defiende celosamente el poder sobre la Sociedad
que ha adquirido durante un ambiente de temor. Para demostrarlo, no necesitamos
revisar la historia de la antigua Roma, donde una serie de guerras protectivas
acabaron con la servidumbre del pueblo a los emperadores: sólo necesitamos
listar y sumar los poder intervencionistas adquiridos por el Estado
estadounidense durante la guerras que entabló: la suma total es una monstruosa
carga fiscal, una monstruosa burocracia, un monstruoso código legal y una
convicción popular de que el Estado (que era temido y despreciado en 1789) es
quien da todas las cosas buenas.
Luego el servicio “protector” que rinde el estado se paga no
sólo con impuestos sino también con sumisión. La sociedad es mucho más pobre
por ello.
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Frank Chodorov fue un defensor del libre mercado, el
individualismo y la paz. Empezó apoyando a Henry George y editó la revista
georgista The Freeman antes de fundar su propio periódico, que fue el
influyente Human Events. Después fundó otra versión de The Freeman
para la Foundation for Economic Education y dio clases en la Freedom School en
Colorado.
Este artículo se ha extraído del capítulo 13 de The
Rise and Fall of Society.