Por Robert Higgs (Publicado el 9 de septiembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3694.
Tan pronto como vi el titular de un artículo
del 10 de agosto del columnista financiero Peter Cohan, supe que había algo
terriblemente erróneo. Decía “¿Cómo es que la política de gobierno pequeño ha
llevado a grandes rescates gubernamentales?” Es como si se preguntara ¿Cómo es
que la extinción de los elefantes ha llevado a elegir a Barak Obama como
presidente? Si hacemos un afirmación en la forma “A causó B”, pero A no ocurrió
nunca, estamos perdiendo el tiempo en ahondar en detalles históricos de una
relación falsa.
Y aún así seguimos viendo un ejemplo tras otro de lo que
lectores suspicaces pueden sentirse tentados de considerar la Gran Mentira: que
la desregulación y otras medidas de un gobierno servil han causado el problema
económico actual. No voy a llegar a calificar esta afirmación como una Gran
Mentira. Aunque algunos de sus promotores, por motivos partidistas saben sin
duda que están vendiendo humo, otros puede que simplemente ignoren la economía,
se confundan en sus análisis o no tengan memoria histórica. En todo caso, es un
mal servicio al público que comentaristas que pretenden hablar con autoridad
sobre los problemas económicos actuales cuenten cuentos tan absolutamente
pueriles.
El artículo de Cohan en cuestión incurre en tal cantidad de
sinsentidos que una crítica completa podría ser suficiente para un tesis
doctoral. Pero la parte que ahora me interesa más es la afirmación de que
“la idea del gobierno pequeño…
ayudó a crear la ineficaces agencias regulatorias que permitieron todo tipo de
prácticas cuestionables para prosperar en los negocios en Estados Unidos,
especialmente en el mundo de las finanzas. Al ayudar a crear una burbuja de
débito récord, que evolucionó a una era de laxitud en la supervisión, el
gobierno pequeño estuvo a punto de arruinar la economía global el pasado
otoño”.
Aquí lo tenemos en español claro y llano. Repitámoslo: “el
gobierno pequeño estuvo a punto de arruinar la economía global el pasado
otoño”. Cohan nos evita cualquier evidencia de que hayamos tenido
realmente un gobierno pequeño en cualquier momento de los últimos 25 años. A mi
me interesaría mucho esa evidencia, sobre todo porque he escrito numeroso
artículos y libros llenos de evidencias de que de hecho el gobierno de este
país está creciendo a todos los niveles en tamaño, ámbito y poder durante estos
años.
Al igual que Cohan, quienes se quejan continuamente de la
insuficiente regulación para nuestra difícil situación ofrecen pocas o ninguna
evidencia. Más bien se basan en la asunción implícita de que si las
regulaciones hubieran sido más estrictas, los banqueros y otros malvados
empresarios nunca habrían perpetrado sus malévolos actos. Esta fe en los
reguladores es conmovedora, sin duda, pero también es extremadamente ingenua.
Tenemos (y tenemos desde hace tiempo) miles de regulaciones en códigos y
legiones de legisladores trabajando en las distintas agencias del gobierno.
¿Qué poder concreto no tienen? Y si se les hubiera dado aún más poderes,
presupuesto y personal, ¿qué poder mágico habría transformado a estos aparentes
guardianes en tenaces e inteligentes defensores del interés público en lugar de
en los zánganos y conspiradores con las empresas reguladas que siempre han
sido?
De alguna manera, no importa cuántas regulaciones se creen o
se generen por el gobierno, cuando esas reglas y los agentes encargados de onerlas
en práctica fallan en prevenir un desastre, la respuesta de mucha gente es proponer
que el gobierno dicte más regulaciones y contrate más reguladores. Si estos
defensores de una expansión de la actividad del Gobierno hubieran estado en
Nueva Orleáns cuando ésta estaba sumergida bajo las inundaciones del Katrina,
sin duda habría propuesto que el Cuerpo de Ingenieros dinamitara lo que
quedara, para probar que favorecen “hacer algo”.
“Paradójicamente”, escribe Cohan, “otro republicano, Ben
Bernanke… decidió que en medio de un colapso económico catastrófico… la
solución del problema era el mayor gobierno de la historia de Estados Unidos”.
Y gracias a Dios, opina, que debido a toda la maravillosa mitigación que las
acciones sin precedentes del Fed han producido para suavizar y cambiar de
sentido este inexplicable e inesperado episodio de pánico financiero y recesión
“es muy posible que los historiadores consideren a Bernanke como al hombre que
salvó al mundo”.
No puedo hablar en nombre de todos los historiadores, pero
puedo asegurar que yo no divulgaré esa historia. Por el contrario, tendiendo en
cuenta cómo el gobierno y la Fed crearon las condiciones necesarias para la
burbuja financiera que estalló el pasado septiembre (como ya han apuntado
muchos analistas competentes, a pesar de la discrepancia de Cohan con sus
conclusiones), apreciamos de inmediato que la supuesta salvación del mundo por
parte de Bernanke nunca hubiera sido necesaria si él y otros en altos cargos
del gobierno no hubieran hecho tanto por poner previamente a aquél en riesgo.
No bien acabamos de dejar atrás una sandez cuando nos
tropezamos con otra, Cohan continúa sin transición con la pregunta “¿Cómo vamos
a evitar que esto vuelva a suceder?” A la cual su sorprendente respuesta es “Lo
más importante es cambiar la forma en que se paga a los banqueros”. Caramba,
eso lo arreglaría todo. No importan las incontables medidas desde 1930 en
adelante para dirigir las hipotecas ha prestatarios con pocas posibilidades de
devolverlas. No importan los enormes esfuerzos de los gigantes Fannie Mae y
Freddie Mac, patrocinados por el gobierno, para crear mercados secundarios para
jaurías de pagarés hipotecarios podridos. No importa que la Fed hinchara la
burbuja inmobiliaria al expandir rápidamente el crédito y mantener los tipos de
interés a niveles absurdos durante años. No importa nada de esto ni de muchas
otras cosas. Simplemente cambiemos el modo en que se paga a los banqueros y el
sol volverá a brillar.
“Necesitamos [aquí Cohan parece referirse al gobierno]
cambiar el pago a los banqueros para que sólo se les remunere si sus riesgos
son rentables”, declara, “y sancionarles si pierden dinero”. A algunos lectores
les gustará esta idea si no lo piensan mucho. Sin embargo, en realidad el
gobierno ya desempeña un papel demasiado grande: si éste y la Fed no estuvieran
detrás, dispuestos a rescatar al banquero imprudente, éste actuaría con mucha
más prudencia, al igual que los consejos de dirección al decidir como remunerar
a los directivos, Más aún, me atrevo a recordar a nuestro gurú financiero (a
quien se describe como presidente de una empresa de consultoría y
capital-riesgo, profesor de gestión en el Babson Collage y autor de ocho
libros) que la forma en que se paga a los banqueros debe decidirla lógicamente
el consejo de dirección. Ni yo, ni él tenemos nada que decir.
Por el contrario sí es de mi incumbencia cómo actúen
el gobierno y la Fed, pues éstos pretenden actuar en mi nombre, y aunque no lo
pretendan actúan en muchas formas que me perjudican. Así que tengo derecho a
pedir cuentas de sus acciones. En tanto los Cohans de este mundo continúen
acusando a los actores privados y a la “idea del gobierno pequeño” de los
desastres económicos que producen el gobierno y la Fed es poco probable aclarar
qué podemos (debemos) hacer para remediar esta situación y evitar que se
repitan continuamente estas acciones destructivas.
Sin contentarse con exponer tanta ideas extraordinariamente
erróneas e incorrectas, Cohan llega a una conclusión igualmente estúpida al
indicar que además de fijar la compensación a los banqueros, el gobierno
debería establecer “una agencia gubernamental independiente para crear cuentas
financieras para compañías y gestores monetarios”. Claro. Dejemos que el
gobierno lleve las cuentas. Después de todo, el gobierno tiene un historial
impoluto de honradez en las cuentas y de evitar escrupulosamente esquemas de
Ponzi de billones de dólares como la Seguridad Social y promesas de cuentos de
hadas como Medicare, que se van más allá de universo financiero conocido.
El Departamento de Defensa, que desde 1994 ha de ser
auditado anualmente por requerimiento legal, todavía no ha recibido ninguna
auditoría. Cada año un funcionario contable testifica obedientemente ante el
Congreso que las cuentas del departamento se encuentran en tal estado de caos
que sus apuntes no
pueden auditarse. ¿Es este el tipo de eficacia contable que queremos
imponer al sector privado? Cohan cree que sí.
¿Tenemos un problema? Simplemente demos al gobierno aún más
poder y nuestros amables y competentes dirigentes se ocuparán de todo. Me
estremece pensar se pague a columnistas por soltar esta palabrería infantil.
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Robert Higgs socio distinguido en economía política en el Independent
Institute y editor de The Independent Review. En 2007 recibió el premio Gary G.
Schlarbaum por una vida dedicada a la causa de la libertad.
Este artículo apareció originalmente en Independent.org.