Por David Gordon. (Publicado el 15 de septiembre de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/story/3704.
[El verdadero
Lincoln: Una nueva visión de Abraham Lincoln, su programa y una guerra
innecesaria, por Thomas J. DiLorenzo · Instituto Juan de Mariana / Unidad
Editorial · 272 páginas]
¿Por qué El
Verdadero Lincoln es muy superior a A New Birth of Freedom de
Harry Jaffa? Jaffa ofrece un estudio puramente textual: como si estuviéramos
ocupándonos de Aristóteles o dante, tiene en cuenta cualquier matiz que pueda
descubrir o comentar en los discursos de Lincoln. El profesor DiLorenzo sigue
un método completamente diferente. Compara los discursos de Lincoln con lo que
realmente hizo y el resultado es una figura más histórica que mítica.
Nuestro autor se enfrenta a quienes califican a Liancoln
como el Gran Emancipador con una pregunta simple pero devastadora. Si Lincoln
se oponía tanto a la esclavitud ¿por qué no intentó abolirala pacíficamente
mediante un sistema de emanciapación compensada?
"Lincoln aprobó con la boca
pequeña varios planes de emancipación compensada y llegó a proponerla
(combinada con colonización) en 1862. Pero al hombre al que los historiadores
de la posteridad describirían como unos de los maestros de la política de todos
los tiempos, le fallaron sus legendarias habilidades políticas y sus dones
retóricos para hacer lo que cualquier otro país en el mundo donde hubiera
habido esclavitud: acabar con ella pacíficamente, sin recurrir a la guerra."
¿Cómo podrían responder Jaffa y sus compañeros idólatras de
Lincoln? Quizá alegarían que Lincoln juzgaba políticamente imposible de
realizar la emancipación compensada y por esa razón no la emprendió. A esto,
DiLorenzo tiene lista una respuesta:
"La esclavitud se encontraba
generalmente en un acusado declive en los estados fronterizos y el alto Sur,
principalmente por razones económicas (...) hay evidencias de que dentro de los
estados fronterizos estaba creciendo el apoyo político a una emancipación
gradual y pacífica, que hubiera acabado allí con la esclavitud."
¿Y si Lincoln tenía una perspectiva diferente? Yo pienso que
ni siquiera se preocupó por el asunto. ¿No habría que esperar que un sincero
opositor a la esclavitud dedicara una atención considerable a la posibilidad de
acabar pacíficamente con ella? Más aún: "Roy Basler, el editor de las Obras Completas de Lincoln, comentó que
Lincoln 'apenas mencionó la esclavitud antes de 1854'"
Como hábilmente argumenta DiLorenzo, las preocupaciones de
Lincoln eran otras. A lo largo de su trayectoria política se alineó bajo la
bandera del "Sistema Americano" de Henry Clay. Los defensores de este plan estaban
a favor de un gobierno central fuerte con el fin de promover el desarrollo
económico. Siguiendo la clásica línea mercantilista, Clay y sus partidarios
querían que el gobierno dirigiera la economía a través del gasto en "fomento
interno", altos aranceles proteccionistas y un sistema bancario nacionalizado.
Nuestro autor no se limita a una simple descripción de los
objetivos económicos de Lincoln. Es un distinguido economista y encuentra de inmediato
las falacias de estos programas intervencionistas. Como cabría esperar en
alguien formado tanto en la economía de la elección pública como en la
austriaca, ve de inmediato los motivos del propio interés bajo las políticas
que prometen asegurar el bien de la nación.
"el proteccionismo (...) era uno de
los medios por los que el gobierno podía dispensar favores a los grupos de
intereses especiales bien relacionados (y bien financiados), que a su vez
ofrecen apoyo financiero y de otro tipo a los políticos que los dispensaban.
Esto beneficia tanto a las industrias protegidas frente a la competencia como a
los políticos, pero daña a todos los demás. (...) Lo mismo puede decirse de otro
elemento del mercantilismo: las subvenciones a través de impuestos a los negocios
e industrias políticamente bien relacionados. Estas subvenciones generalmente
benefician solamente a aquellos negocios que tienen la suerte de llevárselas,
generalmente a expensas de los contribuyentes."
Los que se inclinan por defender a Clay y su discípulo
Lincoln basándose en el que gobierno debe proveernos con "bienes públicos" como
carreteras, deberían leer la discusión de DiLorenzo sobre el fomento interno
votadas en el parlamento de Illinois dominado por el partido Whig. El programa
de Illinois resultó un completo desastre financiero y otros estados que
invirtieron en fomento interno no lo hicieron mucho mejor.
"Lo que esto sugiere es que el
programa Hamilton/Clay/Lincoln de subvenciones gubernamentales para
corporaciones constructoras de carreteras y ferrocarriles era terriblemente
impopular en toda la nación y había sido un rotundo fracaso en todos los
casos."
Las exacciones fiscales por aranceles y fomento interno
impactaron con especial fuerza en el Sur. Los estados de esta región dependían
grandemente del comercio y en consecuencia pagaban la mayor parte de los
aranceles.
"Al ser tan dependientes del
comercio, en 1860 los estados del Sur estaban pagando un exceso del 80% por los
aranceles, al tiempo que creían que la mayor parte de los ingresos de éstas se
gastaban en el Norte, creían que estaban siendo saqueados y desplumados."
No resulta sorprendente que el Sur no estuviera dispuesto a
implantar los planes de Lincoln sobre aranceles aún mayores y que el debate
secesionistas se centrara en estas exacciones fiscales.
Al igual que Charles Adams, en su excelente When in the
Course of Human Events, DiLorenzo fija el inicio de la Guerra en la
resistencia del Sur al programa económico nacionalista y en la determinación de
Lincoln por implantarlo.
"En buena medida, la secesión de
los estados de Sur a fines de 1860 e inicios de 1861 era la culminación de una
disputa de décadas, empezando por el arancel abominable de 1828, acerca del
papel económico adecuado del gobierno central. Lincoln y los consolidacionistas
querían construir un enorme estado mercantilista, para lo que se interponían
siempre en su camino principalmente los dirigentes del Sur. Estos dirigentes
aparentemente creían que la secesión era su carta de triunfo."
DiLorenzo está ampliamente preparado para la objeción de que
incluso si los estados del Sur se oponían con justicia a los planes económicos
de Lincoln, no tenían un derecho legal de secesión. Desde este punto de vista,
Lincoln tenía la obligación legal de preservar la unión por cualquier medio.
Por el contrario, Di Lorenzo muestra que la opinión legal dominante otorgaba a
las estados el derecho de separarse. Tampoco era un punto de vista exclusivo
del Sur. Durante la guerra de 1812, muchos de los estados de Nueva Inglaterra
estaban a favor de abandonar la unión y nuestro autor, basándose en el trabajo
de Howard Cecil Perkins, apunta que la mayoría de los editoriales de los
periódicos del Norte desde finales de 1860 hasta mediados de 1861 reconocían el
derecho de secesión.
Una vez que empezó la guerra, Lincoln se comportó como un
minucioso dictador y DiLorenzo da cuenta cabal de la supresión de libertades
civiles del presidente. Estamos en un terreno familiar, pero nuestro autor
muestra gran habilidad en defender sus posturas. Encuentro especialmente
impresionante su identificación de una línea de defensa ensayada por varios
defensores de Lincoln. A veces los escritores sobre Lincoln y las libertades
civiles describen con gran detalle la supresión de libertades de Lincoln, pero
concluyen elogiando su "moderación". DiLorenzo apunta con vigor la discrepancia
entre la evidencia y la conclusión.
Entre los culpables está el principal historiador que ha
escrito sobre este asunto, James G. Randall.
"Capítulo tras capítulo de su
libro de 595 páginas, Problemas
constitucionales bajo Lincoln, [Randall] describe meticulosamente no meros
problemas, sino la destrucción de las libertades constitucionales. Concluye
prácticamente cada capítulo con una serie de excusas. (...) El establecimiento de
una dictadura no fue un incumplimiento de la Constitución, sino simplemente
'dejar de mantener el tenor habitual de la ley estadounidense'. Tampoco los
miles de arrestos arbitrarios son un ejemplo de tiranía, sino sólo
'desafortunados' y hechos, después de todo, por 'el mejor de los motivos'".
Increíblemente, los partidarios de Lincoln recurren al mismo
patrón cuando describen las grandes violaciones de la ley internacional
cometidas, con la aprobación de Lincoln por los generales Sherman, Sheridan,
Butler y otros. Después de Bombardeo de Atlanta "el ejército de Sherman empezó
su habitual borrachera de saqueos e incendios. (...) Se ha estimado que más del 90 por ciento de
la ciudad fue demolido".
Por si esto no fuera bastante, Sherman expulsó de la ciudad
al resto de civiles residentes. Sin embargo, Mark Grimsley, un importante
historiador militar, "minimiza los sufrimientos de los ciudadanos de Atlanta,
diciendo que 'sólo' unos pocos miles de ellos fueron expulsados de sus casas".
Ante la marcha de Sherman hacia el mar y la devastación por
fuego del Valle de Shenandoah, Mark Nelly escribe que "Sherman y sus 'camaradas
generales hicieron la guerra de la misma forma que la mayoría de los caballeros
victorianos y como otros caballeros de la época' La guerra total, según Neely,
sencillamente no fue la taza de té que tomó Sherman".
Atacar a Sherman y sus cohortes no es, por suerte, muy
controvertido, incluso en esos tiempos
de abyecto trabajo de Lincoln, pero poner negro sobre blanco lo obvio no
es una virtud pequeña. El Profesor DiLorenzo se impone, sin ambergo, una tarea
mucho más difícil al tratar de la Reconstrucción. Aquí demuele completamente
los argumentos de la corriente dominante de este periodo entre historiadores
estadounidenses contemporáneos.
Al principio del siglo XX, W. A. Dunning y sus estudiantes
en la Universidad de Columbia retrataron el periodo de la Reconstrucción, en
palabras de Claude Bowers como una "era trágica", dominada por la corrupción. El
Partido Republicano, controlando fácilmente a los nuevos votantes negros
estableció gobierno títeres en los estados sureños conquistados. El partido
utilizó "el poder así obtenido para saquear a los contribuyentes del Sur
durante más de una década después de que acabara la guerra."
Podría pensarse que esa corrupción tan patente es difícil de
defender, pero un grupo de historiadores inició esta tarea en los 1930. Nuestro
autor apunta correctamente que muchos de esos historiadores eran marxistas,
pero eso sería quedarse corto. De hecho varias de las principales figuras del
movimiento, como James Allen y W. E. B. DuBois encontraban a Lenin muy de su
gusto y el Partido Comunista propagaba activamente la nueva línea. Al denigrar
el punto de vista antiguo como racista y pro sudista, los nuevos partidarios
triunfaron.
DiLorenzo no acepta ninguno de estos sinsentidos y disección
pacientemente sus sofismas. Un método importante del grupo es la comparación
equívoca.
"Estos revisionistas marxistas y 'progresistas' argumentan que la Reconstrucción no fue tan mala comparada con, por ejemplo, lo que ocurrió después de que los
japoneses invadieran Nanking en los 1930 (...) Después de todo, según Kenneth
Stampp, no hubo ni siquiera una ejecución en masa de antiguos confederados
después de la guerra."
La premisa que
subyace en el argumento de Stampp es que los sudistas eran enemigos extranjeros
que se hubieran merecido cualquier cosa que los amos del Norte hubieran hecho
con ellos, así que cualquier cosa que no sea el terror total parece compasivo.
Si no hubiese supuesto esto, Stampp, sin duda preocupado por la Segunda Guerra
Mundial, habría considerado que una política mala no se convierte en buena
porque puede haber cosas peores.
"El hecho de que la corrupción
fuera aún peor en el Norte prueba el punto de vista de la escuela de Dunning:
puesto que las prestaciones masivas a empresas eran relativamente nuevas en el
Sur, no se habrían igualado a las del Norte en términos de corrupción política.
La expansión de la administración que facilitó la Reconstrucción causó esa
corrupción."
Este extraordinario libro me ha vuelto loco. Como todos
saben, me gusta acusar a los autores de cometer errores de lógica, pero el
Profesor DiLorenzo no me ofrece casi ninguna. Creo que le he pillado sólo en un
punto. En respuesta a quienes critican a Dunning por racista, pues dudaba que
fuera conveniente extender de golpe el derecho de voto a los negros sin educación,
DiLorenzo apunta que estos mismos críticos "virtualmente deifican" a Lincoln.
Pero Lincoln era un supremacista blanco de primer orden. Para ser consistentes,
¿no deben aquellos historiadores que rechazan las interpretaciones de Dunning
como racista haber sido "igualmente escépticos con lo que se ha escrito sobre
Lincoln durante los últimos 100 años e incluso reevaluar buena parte de sus
propios estudios"?
No hay que llegar a una conclusión tan drástica. La
consistencia requiere que esos historiadores se limiten a descontar esas citas
racistas: pueden admirar a Lincoln por otros motivos, sin pecar contra la lógica.
Hay que apuntar algunos puntos menores: algunos estados se
opusieron a las resoluciones de Virginia y Kentucky y no todos los whigs
estaban a favor del Sistema Americano (John Tyler eran un whig como Henry
Clay). Mi frustración por haber sido capaz de encontrar tan pocos errores en el
libro no evita que felicite al Profesor DiLorenzo por su magnífica contribución
a la historia. Es una lectura esencial para quien se preocupe por la defensa de
la libertad.
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David Gordon hace crítica de libros sobre economía, política,
filosofía y leyes para The Mises Review, la revista cuatrimestral de literatura
sobre ciencias sociales, publicada desde 19555 por el Mises Institute. Es además
autor de The Essential Rothbard, disponible
en la tienda de la web del Mises Institute.
Este artículo se publicó por primera vez en Mises Review,
Verano de 2002, Volumen 8, Número 2.