El impuesto sobre la renta es realmente malo

Por J. Bracken Lee. (publicado el 16 de septiembre de 2009)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/story/3711

[Publicado como prólogo a The Income Tax: Root of all Evil (1954), de Frank Chodorov].

 

Éste es sin duda “el hogar de los libres y la tierra de los bravos”. Los estadounidenses fueron libres simplemente porque el gobierno era demasiado débil como para intervenir en los asuntos privados de la gente (no tenía el dinero para hacerlo) y eran bravos porque la gente libre siempre es aventurera. El compromiso de la libertad es un deseo de mantenerse por sí mismo.

Los primeros americanos lo querían así. Recelaban del gobierno, especialmente del que estaba fuera de su alcance. Se libraron de establecer una política lejana y autosuficiente y no iban a consentir algo así en el país recién fundado. Reconocían la necesidad de algún tipo de gobierno, para mantener el orden, para que les protegiera en el ejercicio de sus derechos y para que velara por sus intereses en el extranjero. Pero querían que se entendiera que los poderes de ese gobierno estarían claramente definidos y limitados y no irían más allá de determinados límites. Fue en reconocimiento de este temor a un poder centralizado que los Padres Fundadores pusieron en la Constitución (que nunca hubiera sido ratificada sin ellas) restricciones muy concretas al gobierno federal.

En otros asuntos, los primeros americanos pusieron su confianza en el gobierno local, en un gobierno de vecinos, en un gobierno que pudieran ver y en el que pudieran participar. Por esa razón los Estados Unidos se fundaron como una unión de comunidades autónomas. Los estados podían probar cualquier experimento político que quisieran (incluso el socialismo, por ejemplo), pero el gobierno federal no tenía esa flexibilidad. Después de todo había otros estados vecinos y si a un ciudadano no le gustaba la forma en que un gobierno estatal gestionaba sus asuntos podía trasladarse a otro: esa amenaza de competencia evitó que los estados fueran demasiado lejos en hacer cambios o intervenir en la vida de los ciudadanos.

Por tanto, la Constitución mantuvo el gobierno federal débil y fuera de balance. Y un gobierno débil es el corolario de un pueblo fuerte.

La Decimosexta Enmienda cambió todo esto. En primer lugar, al permitir al gobierno federal meter mano en los bolsillos y entregar subsidios a la gente debilitaron la lealtad a los gobiernos locales. Les hizo ciudadanos de los Estados Unidos en lugar de sus respectivos estados La lealtad robada siguió al dinero robado, que ahora no tomaban los representantes locales sobre los que habían tenido cierto control, sino los representantes de los otros cuarenta y siete estados. Se vieron sometidos al deseo del gobierno central y su estado de sometimiento aumentaba en cada aumento de las cuotas del impuesto sobre la renta.

Igualmente los gobiernos estatales fueron perdiendo poco a poco su autonomía. No sólo se secaba su fuente de financiación por la prioridad federal, que hacía que cada vez tuvieran menos para los servicios sociales que un gobierno debe proveer, sino que fueron obligados al extremo de solicitar ayuda a las autoridades centrales. Al hacerlo estaban necesariamente renunciando a parte de su independencia. Era difícil resistirse a la institución a la que tenían que pedir concesiones de ayudas. Además, el gobierno federal estaba en posición de demandar sumisión de los gobiernos estatales como condición para las subvenciones. Se había convertido en políticamente conveniente para gobernadores, legisladores y congresistas “jugar” con el gobierno central: se habían visto reducidos a ser funcionarios representantes de los ciudadanos que les eligieron. El poder económico que garantizó la Decimosexta Enmienda al gobierno federal le permitió sobornar a los gobiernos estatales, así como someter a los ciudadanos a su placer.

De esta forma se liquidaron todo el espíritu de la Unión y su Constitución. El impuesto sobre la renta ha hecho de los Estados Unidos una nación tan centralizada como cualquier otra anterior, el tipo de estado que los Padres Fundadores aborrecían se ha producido por este simple cambio en las leyes fiscales. Ya no es el “hogar de los libres” y la bravura que persiste es fácil de encontrar en una tradición que se va perdiendo rápidamente.

Para quienes aún creemos que lo mejor es la libertad, el camino está claro: debemos concentrarnos en corregir el error de 1913. La Decimosexta Enmienda debe derogarse. Nada más lo conseguirá. Pues es a causa de estos enormes ingresos que el gobierno federal es capaz de instituir procedimientos que violan los derechos individuales de las personas y a la propiedad, las agencias sancionadoras deben pagarse. Con la derogación de la enmienda, las medidas socialistas que nos han sido impuestas estos últimos treinta años desaparecerán.

La compra de elecciones con dinero federal no sería ya posible. Y se restauraría el poder y la dignidad de los gobiernos locales.

Esta medida debería ser apoyada por gobernadores y legisladores de los estados. Cada estado de la Unión contribuye ahora en impuestos sobre la renta más de lo que recibe en concesiones de ayudas: es inevitable, pues el coste de mantener la enorme maquinaria federal debe sufragarse con impuestos antes de que los ciudadanos obtengan algo. Con la abolición de la fiscalidad sobre la renta los estados serán más capaces de servir a sus ciudadanos y como los gobiernos estatales están más cerca y responden mejor a los deseos del pueblo, hay una mayor posibilidad de que el ciudadano obtenga en servicios lo que realmente valen sus dólares.

Sin embargo, el principal argumento para la derogación de la Decimosexta Enmienda es que sólo así puede restaurarse para el pueblo americano la libertad ante un gobierno intervencionista.

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Bracken Lee (1899–1996) fue gobernador de Utah (1949–1957) y uno de los principales oponentes al impuesto sobre la renta. Murray Rothbard le calificó como “lo más parecido a un libertario en la vida política”.

Published Thu, Sep 17 2009 8:52 PM by euribe