Por Ludwig
von Mises (Publicado el 14 de mayo de 2008)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2949.
[Este artículo es la mayor parte de una conferencia
realizada en Orange County, California, en octubre de 1944. Fue publicado por
la Fundación para la Educación Económica en 2004]
La guerra es una institución humana
primitiva. Desde tiempo inmemorial, los hombres tuvieron ansias de luchar, de
matar y de robarse. Sin embargo, el reconocimiento de este hecho no lleva a la
conclusión de que la guerra sea una forma indispensable de relación
interpersonal y que los esfuerzos por abolir la guerra vayan contra la
naturaleza y estén por tanto condenados al fracaso.
Supongamos que admitiéramos la
tesis militarista de que el hombre está dotado de un instinto innato para
luchar y destruir. Sin embargo, no son estos instintos e impulsos primitivos
los que caracterizan al hombre. La preeminencia del hombre radica en una razón
y el poder de pensar, lo que le distingue de otras criaturas vivientes. Y la
razón del hombre le enseña que la cooperación y colaboración pacíficas bajo la
división del trabajo es una forma de vida más beneficiosa que la lucha
violenta.
No quiero ocuparme de la historia
de la guerra. Baste con mencionar que en el siglo XVIII, en vísperas del
capitalismo moderno, la naturaleza de la guerra era muy distinta de la que había
sido en la era de los bárbaros. Los pueblos ya no luchaban entre sí con el
objetivo de exterminar o esclavizar a los derrotados. Las guerras eran una
herramienta de los gobernantes políticos y se libraban con ejércitos
comparativamente pequeños de soldados profesionales, compuestos principalmente
por mercenarios. El objetivo de la guerra era determinar qué dinastía debería
gobernar el país o la provincia. La mayores guerras europeas del siglo XVIII
fueron guerras de sucesión real, por ejemplo, las guerras de de sucesión de
España, Polonia, Austria y finalmente Baviera. La gente normal era más o menos
indiferente acerca de los resultados de estos conflictos. No estaban demasiado
preocupados acerca de la cuestión de si su príncipe gobernante era un Habsburgo
o un Borbón.
Sin embargo, estas continuas luchas
supusieron una pesada carga sobre la
humanidad. Fueron un serio obstáculo a los intentos de conseguir una mayor
prosperidad. Como consecuencia, los filósofos y economistas dirigieron su
atención hacia el estudio de las causas de la guerra. El resultado de sus
investigaciones fue el siguiente:
Bajo un sistema de propiedad
privada de los medios de producción y libre empresa, con la sola función del
gobierno de proteger a los individuos frente a ataques violentos o fraudulentos
a su vida, salud o propiedad, a los ciudadanos de cualquier nación les da igual
dónde se encuentren las fronteras de su país. No le preocupa a nadie si su país
es grande o pequeño y si conquista una provincia o no. A los ciudadanos individuales
no les genera ningún beneficio la conquista de un territorio.
Para los príncipes y las
aristocracias gobernantes es diferente. Pueden aumentar su poder y sus ingresos
fiscales expandiendo el tamaño de sus reinos. Pueden beneficiarse de la conquista.
Son belicosos, mientras que los ciudadanos aman la paz.
Por tanto, concluían los viejos
liberales, no habría más guerras bajo un sistema de laissez faire económico y
gobierno popular. Las guerras quedarían obsoletas porque desaparecerían las
causas de las guerras. Como estos liberales clásicos de los siglo XVIII y XIX
estaban completamente convencidos de que nada podría detener el movimiento
hacia la libertad económica y la democracia política, estaban seguros de que la
humanidad estaba en los albores de una era de paz sin interrupciones.
Lo que hacía falta para que el
mundo se asegurara la paz, afirmaban, era implantar la libertad económica, el
libre comercio y la amistad entre las naciones y el gobierno popular. Quiero
destacar la importancia de estos requisitos: libre comercio interior y exterior
y democracia. El error fatal de nuestra época ha consistido en el hecho de que
ha olvidado el primero de estos requisitos, que es el libre comercio, y
destacado solo el segundo, la democracia política. Al hacerlo, la gente ignora
el hecho de que la democracia no puede mantenerse permanentemente cuando no
existen la libre empresa, el libre comercio y la libertad económica.
El presidente Woodrow Wilson estaba
totalmente convencido de que lo que hacía falta para asegurara la paz en el
mundo era asegurar la democracia. Durante la Primera Guerra Mundial, se creía
que con que solo la casa real alemana de los Hohenzollern y la privilegiada
aristocracia terrateniente alemana, los Junkers,
fueran eliminados del poder, podría lograrse una paz duradera. No que no veía
el Presidente Wilson era que esto no bastaría en un mundo de creciente
omnipotencia del gobierno. En un mundo así de creciente poder del gobierno,
existen causas económicas de la guerra.
¿Se beneficia de las conquistas el ciudadano?
El eminente pacifista británico, Sir Norman Angell, repite
una y otra vez que el ciudadano individual no puede obtener ningún beneficio de
la conquista de una provincia por su propia nación. Ningún ciudadano alemán,
dice Sir Norman, se benefició de la anexión de Alsacia-Lorena como consecuencia
de la guerra franco-prusiana de 1870-1871. Es bastante cierto. Pero eso fue en
los tiempos del liberalismo clásico y la libre empresa. Es distinto en nuestros
días de interferencia del gobierno con los negocios.
Veamos un ejemplo. Los gobiernos de
los países productores de caucho han creado un cártel para monopolizar el
mercado del caucho natural. Han obligado a los plantadores a restringir la
producción con el fin de aumentar el precio del caucho muy por encima del nivel
que habría tenido en un mercado libre. No es un caso excepcional. Muchos
alimentos y materias primas vitales y esenciales han estado sujetos a políticas
similares implantadas por gobiernos en todo el mundo. Han impuesto una
cartelización obligatoria en numerosos sectores, con lo que su control pasó de
los empresarios privados a las manos del gobierno. Es verdad que algunos de
estos planes han fracasado. Pero los gobiernos afectados no han abandonado sus
planes. Están ansiosos por mejorar los métodos aplicados y confían en que
tendrán más éxito después de la actual Segunda Guerra Mundial.
Hoy se habla mucho acerca de la
necesidad de una planificación internacional. Sin embargo, no hace falta
ninguna planificación, ya sea nacional o internacional, para hacer que los
agricultores cultiven caucho, café o cualquier otro producto. Se dedican a la
producción de estos productos porque es para ellos la forma más ventajosa de
ganarse la vida. Planear esto significa siempre acciones públicas para
restringir la producción y establecer precios de monopolio.
Bajo esas condiciones ya no es
cierto que una nación no pueda parecer obtener un beneficio tangible de una
guerra victoriosa. Si las naciones que dependen de la importación de caucho,
café, estaño, cacao y otros productos pudieran obligar a los gobiernos de los
países productores a abandonar sus prácticas monopolísticas, mejorarían el
bienestar económico de sus ciudadanos.
Mencionar esto no implica una
justificación para la agresión y la conquista. Solo demuestra lo completamente
equivocados que están los pacifistas como Sir Norman Angell, que basan sus
argumentos en favor de la paz en la injustificada suposición de que todas las
naciones aún están comprometidas con los principios de la libre empresa.
Sir Norman Angell es miembro del Partido
Laborista Británico. Este partido defiende abiertamente la socialización de
las empresas. Pero los miembros del Partido Laborista son demasiado ignorantes
como para cuenta de cuáles deben ser las consecuencias económicas y políticas
de la socialización de las empresas.
El caso de Alemania
Quiero explicar estas consecuencias
refiriéndome, en primer lugar a la situación en Alemania.
Como todas las demás naciones
europeas, Alemania es pobre en recursos naturales. No puede alimentar ni vestir
a su población con sus recursos domésticos disponibles. Los alemanes deben
importar enormes cantidades de materias primas y alimentos y debe pagar por
estas importaciones tan necesarias mediante la exportación de manufacturas, la
mayoría de las cuales se fabrican a partir de estas materias primas importadas.
Bajo la libre empresa, Alemania se adaptó brillantemente a estas
circunstancias. Hace sesenta o setenta años, en las décadas de 1870 y 1880,
Alemania era un de las naciones más prósperas del mundo. Sus empresarios tenían
un gran éxito en la construcción de fábricas eficientes. La industria alemana
era la principal del continente europeo. Sus productos inundaban
triunfantemente el mercado mundial. Los alemanes (todo tipo de población
alemana) se hacían más prósperos cada año. No había ninguna razón para alterar
la estructura empresarial alemana.
Pero a la mayoría de los ideólogos
y escritores políticos, los profesores nombrados por el gobierno y los líderes
del partido socialista, así como los burócratas del gobierno de Alemania, no
les gustaba el sistema de libre mercado. Lo despreciaban como capitalista,
plutocrático, burgués y como occidental y judío. Lamentaban el hecho de que el
sistema de libre empresa hubiera incorporado a Alemania a la división
internacional del trabajo.
Todos estos grupos y partidos
políticos querían sustituir la libre empresa por la gestión de los negocios por
el gobierno. Querían eliminar la motivación del beneficio. Querían nacionalizar
las empresas y subordinarlas a las órdenes del gobierno. Esto es algo
comparativamente más sencillo en un país que en general puede vivir en la
autosuficiencia.. Rusia, que ocupa un sexto de la superficie terrestre, puede
hacerlo sin casi ninguna importación del exterior. Pero Alemania es distinta.
Alemania no puede dejar de importar y por tanto debe exportar manufacturas. Es
esto precisamente lo que nunca puede lograr una burocracia pública. Los
burócratas solo pueden florecer en mercados domésticos protegidos. No están
preparados para competir en mercados extranjeros.
La mayoría de la gente en la
Alemania nazi de hoy quiere que el gobierno controle las empresas. Pero el
hecho es que el control público de las empresas y el comercio exterior son
incompatibles. Una comunidad socialistas debe buscar la autarquía. Aquí es
donde entra en escena el nacionalismo agresivo (en un tiempo llamado
pangermanismo y hoy llamado nacional socialismo). Somos una nación poderosa,
dicen los nacional socialistas; somos lo bastante poderosos como para aplastar
a todas las demás naciones. Debemos conquistar todos aquellos países cuyos
recursos son esenciales para nuestro propio bienestar económico. Necesitamos la
autarquía y por tanto debemos pelear. Necesitamos Lebensraum (espacio vital) y Nahrungs
freiheit (liberarnos de la escasez de alimento).
Ambas expresiones significan lo
mismo, la conquista de un territorio tan grande y rico en recursos naturales
que los alemanes puedan vivir sin comercio exterior a un nivel de vida no
inferior al de ninguna otra nación. El término Lebensraum es bastante conocido en el exterior. Pero el término Nahrungs freiheit no lo es. Freiheit significa libertad; Nahrungs freiheit significa la
liberación de un estado de cosas bajo el cual Alemania debe importar alimentos.
Es la única “libertad” que importa a los ojos de los nazis.
Comunistas y nazis están de acuerdo
en que la esencia de lo que ellos
llaman democracia, libertad y gobierno popular reside en el establecimiento de
un completo control de los negocios por el gobierno. No importa que llamemos a
este sistema socialismo o comunismo o planificación. Independientemente de cómo
se le llame, este sistema requiere autosuficiencia económica. Pero aunque
Rusia, en general, puede vivir con autosuficiencia económica, Alemania no. Por
tanto una Alemania socialista está comprometida con una política de Lebensraum o Nahrungs freiheit, es decir con una política de agresión.
Seguir un programa de control
público de los negocios debe generar finalmente un rechazo de la división
internacional del trabajo. Desde el punto de vista de la filosofía nazi, la
única forma apropiada de relación internacional es la guerra. Sus hombres más
ilustres se enorgullecen de seguir una máxima de Tácito. Este historiador
romano, hace casi dos mil años, dijo que los germanos consideran vergonzoso
conseguir trabajando duro lo que puede conseguirse derramando sangre. No fue un
desliz cuando el Kaiser Guillermo II, en 1900, apuntó a los hunos como un
modelo para sus soldados. Era el resumen de una política consciente.
Dependencia de las importaciones
Alemania no es el único país
europeo que depende de las importaciones. Europa (salvo Rusia) tiene una
población de alrededor de 400 millones de personas, más de tres veces la
población de Estados Unidos. Pero Europa no produce algodón, caucho, copra,
café, té, yute y muchos metales esenciales. Y tiene una producción bastante
insuficiente de lana, pienso, ganado, carne, pieles y muchos cereales.
En 1937, Europa solo producía
cincuenta y seis millones de barriles de petróleo crudo, comparada con la
producción de 1.279 millones de barriles. Además, casi toda la producción de petróleo
de Europa se localiza en Rumanía y Polonia oriental. Pero como consecuencia de
esta guerra, estas áreas quedarán bajo el control de Rusia. Las manufacturas y
las exportaciones de manufacturas son lo esencial de la vida económica de
Europa. Sin embargo, exportar manufacturas es casi imposible bajo el control
público de los negocios.
Ésa es la cruda realidad que
ninguna retórica socialista puede ocultar. Si los europeos quieren vivir deben
seguir los bien conocidos métodos de la libre empresa. La alternativa es la
guerra y la conquista. Los alemanes las han intentado dos veces y han fracasado
en ambos casos.
Sin embargo, los grupos
políticamente más influyentes en Europa están lejos de darse cuenta de la
indispensabilidad de la libertad económica. En Gran Bretaña y Francia, en
Italia y en algunos países más pequeños hay grandes manifestaciones a favor de
un control completo de las empresas por parte del gobierno. La defensa de la
libertad económica es una causa casi sin esperanzas ante el gobierno de estos
países. El Partido Laborista Británico y aquellos políticos británicos que aún
llaman equivocadamente a su partido como Partido
Liberal ven esta guerra no solo como una lucha por la independencia de su
nación, sino incluso como una revolución para establecer el control público de
las empresas. El tercer partido británico, el Partido
Conservador, simpatiza en buena medida con estos objetivos. Los británicos
quieren derrotar a Hitler, pero están ansiosos por adoptar sus métodos
económicos para su propio país. No sospechan que el socialismo de estado en
Gran Bretaña supone la condena de las masas británicas. Los británicos deben
exportar manufacturas para comprar materias primas y alimentos en el exterior.
Cualquier caída en las exportaciones británicas rebaja el nivel de vida de las
masas británicas.
La condiciones en Francia e Italia
y en la mayoría de los países europeos son similares a las de Gran Bretaña.
Un gobierno socialista es soberano
en proveer al consumidor doméstico las distintas necesidades. El ciudadano debe
aceptar lo que le da el gobierno. Pero esto resulta distinto en el comercio
exportador. El consumidor extranjero compra solo si tanto la calidad como el
precio del producto ofrecido a la venta le resultan atractivos. En este
escenario internacional de servir a los consumidores extranjeros, el
capitalismo ha demostrado su mayor eficiencia y adaptabilidad. El alto nivel de
bienestar económico y civilización en la Europa anterior a la guerra no era el
resultado de actividades de departamentos y agencias del gobierno. Esas cámaras
y productos químicos alemanes, esos textiles británicos, esos vestidos,
sombreros y perfumes de París, esos relojes suizos y productos peleteros de
Viena no eran el producto de las fábricas controladas por el gobierno. Eran los
productos de empresarios infatigablemente dedicados a mejorar la calidad y
rebajar los precios de sus mercancías. Nadie es suficientemente osado como para
suponer que una agencia pública pueda reemplazar con éxito a los empresarios
privados en esta función.
El comercio internacional realizado
de forma privada es asunto privado entre empresas privadas de distintos países.
Si hay algún desacuerdo, hay conflictos entre empresas privadas. No crean
conflictos en las relaciones políticas entre naciones. Afectan al Sr. Meier y
al Sr. Smith. Pero si el comercio exterior es asunto del gobierno, esos conflictos
se transforman en asuntos políticos.
Supongamos que el gobierno holandés
prefiera comprar carbón a Gran Bretaña en lugar de al Ruhr alemán. Entonces los
nacionalistas alemanes pueden pensar: ¿Por
qué tolerar este comportamiento por parte de una nación pequeña? Al Tercer
Riech le bastó con cuatro días para aplastar las fuerzas armadas de Holanda en
1940. ¡Probemos de nuevo! Disfrutaremos de todos los productos de Holanda, pero
sin tener que pagar por ellos.
Distribución “justa” de recursos
Analicemos la reclamación
frecuentemente expresada por los agresores nazis y fascistas de una nueva y
justa distribución de los recursos naturales alrededor del globo. En un mundo
de libre empresa, un hombre que quiera beber un café y no sea un cultivador de
café debe pagarlo. Sea alemán o italiano o ciudadano de la República de
Colombia, debe prestar ciertos servicios a sus conciudadanos, ganar dinero y
gastar parte de éste en el café que desea. En el caso de un país que no
produzca café dentro de sus fronteras, esto significa exportar bienes o
recursos para pagar el café que se importe. Pero los señores Hitler y Mussolini
no imaginan una solución así al problema. Lo que querrían es anexionarse un
país productor de café. Pero como a los ciudadanos de Colombia o Brasil no les
entusiasma convertirse en esclavos de los nazis alemanes o los fascistas
italianos, esto significa la guerra.
Otro ejemplo chocante lo
proporciona el caso de la industria del algodón. Durante más de cien años, una
de las principales industrias de todos los países europeos era el cardado y la
fabricación de productos de algodón. Europa no cultiva algodón. Su clima es
desfavorable. Pero el suministro fue siempre suficiente, con la única excepción
de los años de la Guerra de Secesión Estadounidense en la década de 1860,
cuando el conflicto interrumpió el suministro de algodón desde los estados
sureños. Los países industriales europeos adquirían suficiente algodón no solo
para las necesidades de su propio consumo doméstico, sino asimismo como para sostener
un considerable comercio exportador en productos de algodón.
Pero en los años que precedieron al
inicio de la Segunda Guerra Mundial cambiaron las condiciones. Seguía habiendo
un amplio suministro de algodón en bruto en el mercado mundial. Pero el sistema
de controles de los tipos de cambio que adoptaron la mayoría de los países
europeos impedía a los empresarios privados comprar todo el algodón que
necesitaban para sus procesos de producción. La contribución de Hitler a la
decadencia de la industria alemana de productos de algodón consistió en
restringir su producción y hacerles que se desprendieran de buena parte de su
mano de obra. A Hitler no le preocupaba mucho el destino de estos trabajadores
despedidos. En su lugar, los mandó a trabajar a las fábricas de municiones.
Como ya he apuntado, no hay causas
económicas para una agresión armada dentro de un mundo de libre comercio y
libre empresa. En un mundo así, ningún ciudadano individual podría obtener
ventaja alguna de la conquista de una provincia o colonia. Pero en un mundo de
estados totalitarios, muchos ciudadanos pueden llegar a creer en una mejora de
su bienestar material por la anexión de un territorio rico en recursos. Las
guerras del siglo XX han sido, es verdad, guerras económicas. Pero no las ha
causado el capitalismo, como quieren los socialistas que creamos. Son guerras
causadas por gobiernos en busca de una completa omnipotencia política y
económica y han sido apoyadas por las desorientadas masas de estos países.
Las tres principales naciones
agresoras en esta guerra (la Alemania nazi, la Italia fascista, y el Japón
imperial) no alcanzarán sus fines. Han sido derrotadas y ya lo saben. Pero
pueden volver a intentarlo en el futuro, porque su falsa filosofía (su credo
totalitario) no conoce ningún otro método de tratar de mejorar las condiciones
materiales del pueblo que no sea la guerra. Para el totalitario, la conquista
es el único medio político viable para alcanzar sus fines económicos.
Mentalidad económica
No digo que todas las guerras de todas
las naciones y en todas las épocas estuvieran motivadas por consideraciones
económicas, es decir, por el deseo de hacer ricos a los agresores a costa de
los derrotados. No hay necesidad de que investiguemos las causas profundas de
las cruzadas o las guerras de religión de los siglos XVI y XVII. Lo que quiero
decir es que, en nuestra época, las grandes guerras han sido el resultado de
una mentalidad económica concreta.
La Segunda Guerra Mundial no es
indudablemente una guerra entre razas. No hay diferencias raciales que
distingan a británicos, holandeses y noruegos de los alemanes o a lo franceses
de los italianos o a los chinos de los japoneses. No es una guerra entre
católicos y protestantes. Después de todo, hay católicos y protestantes en
ambos bandos beligerantes. No es una guerra entre democracia y dictadura. La
declaración de varias de las Naciones Unidas (en particular, la Unión
Soviética) apelando a la “democracia” es bastante cuestionable. Por otro lado,
Finlandia (que está aliada con la Alemania nazi) es un país con un gobierno
democráticamente elegido.
Mi argumento de que las guerras
recientes se han producido por consideraciones económicas no quiere decir que
sea una justificación para las políticas de los agresores. Vista como un medio
económico para alcanzar ciertos beneficios económicos, la política de agresión
y conquista se derrota a sí misma. Aunque pueda tener éxito a corto plazo,
nunca conseguirá a largo plazo los fines que buscan los agresores. Bajo las
condiciones del industrialismo actual, no puede haber ninguna duda acerca de un
sistema social como el que planean los nazis bajo el nombre de un “Nuevo
Orden”. La esclavitud no es un método para las sociedades industriales. Si los
nazis hubieran conquistado a sus adversarios, habrían destruido la civilización
y hubiéramos vuelto a la barbarie. Indudablemente no habrían erigido un Nuevo
Orden de mil años, como prometió Hitler.
Así que el problema es cómo evitar
nuevas guerras. La respuesta no se va a encontrar en crear una mejor Liga de Naciones,
ni es una cuestión de crear una mejor Corte Mundial, ni siquiera la
implantación de una fuerza mundial de policía. De lo que se trata es de hacer
que todas las naciones (o al menos las naciones más populosas del mundo) amen
la paz. Esto solo puede conseguirse volviendo a la libre empresa.
Si queremos abolir la guerra,
debemos eliminar las causas de la guerra.
El gran ídolo de nuestro tiempo es
el Estado. El Estado es una institución social necesaria, pero no debería
divinizarse. No es un dios: es un dispositivo de hombres mortales. Si hacemos
de él un ídolo, debemos sacrificarle la flor y nata de nuestra juventud en
próximas guerras.
Lo que se necesita para tener una
paz duradera es mucho más que nuevas oficinas y un nuevo tribunal para la Liga
de las Naciones en Ginebra, o incluso una nuevo fuerza internacional de
policía. Lo que se necesita es un cambio en las ideologías políticas y una
vuelta a un sistema económico sólido de libre mercado.
Ludwig von Mises es reconocido como
el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de
teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises
abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía
política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes
aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo
económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica
general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede
resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en
reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción
humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo es la mayor parte
de una conferencia realizada en Orange County, California, en octubre de 1944. Fue publicado por
la Fundación para la Educación Económica en 2004.