Por Murray N. Rothbard. (Publicado el 18 de febrero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/4070.
[Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith]
La opiniones sociales y económicas de Juan Calvino eran muy
cercanas a las de Lutero y no tiene sentido repetirlas aquí. Había sólo dos
áreas principales de diferencia: sus opiniones sobre la usura y el concepto de
los “llamados”, aunque esta última diferencia es más marcada en los posteriores
calvinistas puritanos del siglo XVII.
La principal contribución a la cuestión de la usura fue
tener el coraje de desechar completamente la prohibición.
Este hijo de un importante funcionario municipal no sentía
más que desprecio por el argumento aristotélico de que el dinero es estéril.
Apuntaba que hasta un niño sabía que el dinero sólo es estéril si se guarda,
pero ¿quién en su sano juicio pide prestado para mantener inactivo el dinero?
Los mercaderes piden préstamos para obtener beneficios con sus compras y por
tanto el dinero fructifica.
Respecto de la Biblia, el famoso mandamiento de Lucas sólo
ordena generosidad hacia los pobres, mientras que la ley hebraica del Antiguo
Testamento no es aplicable a la sociedad moderna. Por tanto, para Calvino la
usura es perfectamente lícita, siempre que no se aplique en préstamos a los
pobres, que se verían lesionados por ese pago. Asimismo, debía cumplirse por
supuesto con el máximo legal. Y finalmente, Calvino mantenía que nadie debía
actuar como un prestamista profesional.
El curioso resultado de defender esta doctrina
específicamente a favor de la usura con reservas es que Calvino en la
práctica coincidía con las opiniones de escolásticos como Biel, Summenhart,
Cayetano y Eck. Calvino empezaba con una defensa radical del cobro de intereses
y luego se ocupaba de la reservas, los escolásticos liberales empezaban con una
prohibición de la usura y luego la aliviaban con las reservas. Pero aunque en
la práctica los dos grupos convergían y los escolásticos, al descubrir y
desarrollar las excepciones de la prohibición de usura, eran teóricamente más
sofisticados y fructíferos, la rotunda ruptura con la prohibición formal de
Calvino fue un gran avance liberador en el pensamiento y la práctica
occidental. También quitaba la responsabilidad de aplicar las lecciones sobre
la usura de la Iglesia o el estado para dársela a la conciencia del individuo.
Como dice Tawney, “La característica significativa en su explicación [de
Calvino] sobre el tema es que asume que el crédito es un accidente normal e
inevitable en la vida de una sociedad”.
Una diferencia más sutil, pero que a largo plazo quizá tuvo
más influencia en el desarrollo del pensamiento económico fue el concepto
calvinista de los “llamados”. Este nuevo concepto era embrionario en Calvino y
fue desarrollado por los posteriores calvinistas, especialmente los puritanos a
finales del siglo XVII. Anteriores historiadores de la economía, como Max Weber
llevaron demasiado lejos a los calvinistas en sus concepciones de los “llamados”
contra luteranos y católicos. Todos estos grupos religiosos destacaban el mérito
de ser productivo en el trabajo o la ocupación propia, el “llamado” en la vida.
Pero, especialmente en los posteriores puritanos, está la idea de que el éxito
en el propio llamado es un signo visible de ser un miembro de los elegidos. Se
busca el éxito, desde luego, no para probar que uno es miembro de los
elegidos destinados a salvarse sino que, suponiendo que uno está entre los
elegidos por virtud de la fe calvinista, uno se esfuerza por trabajar y tener éxito
para la gloria de Dios. El énfasis calvinista en posponer las gratificaciones
terrenales llevaba a un particular ánimo hacia el ahorro. El trabajo o “industria”
y el ahorro, casi por su propio bien o más bien por el bien de Dios, se
estimulaban en el calvinismo mucho más que en los demás sectores de la
cristiandad.
Por tanto, el énfasis, tanto en los países católicos como en
el pensamiento escolástico, fue muy diferente del calvinista. Lo más importante
para los escolásticos era el consumo, el consumidor, como objetivo del trabajo
y la producción. El trabajo no era tanto un bien en sí mismo como un medio
dirigido al consumo en el mercado. El equilibrio aristotélico, o regla de oro,
se consideraba un requisito de la buena vida, una vida dirigida a la felicidad manteniendo
la naturaleza del hombre. Y esa vida equilibrada destacaba los placeres del
consumo, así como del ocio, además de la importancia del esfuerzo productivo.
Por el contrario, en la cultura calvinista empezó a animarse
un severo énfasis en el trabajo y el ahorro. Este abandono del ocio por
supuesto armonizaba con la iconoclastia que llegó a su culminación en el
calvinismo: la condena del disfrute de los sentidos como medio de expresar
devoción religiosa. Una de las expresiones de este conflicto se produjo sobre
las fiestas religiosas, de las que los países católicos disfrutaban en
abundancia. Para los puritanos, esto era idolatría: incluso se suponía que Navidad
no era una ocasión para disfrutar serenamente.
Ha habido una considerable disputa acerca de la “tesis de
Weber”, propuesta por el historiador de la economía y sociólogo alemán Max
Weber al principio del siglo XX, que atribuía el auge del capitalismo y la
Revolución Industrial al concepto tardío calvinista de los llamados y el “espíritu
capitalista” resultante. A pesar de todas sus provechosas ideas, la tesis de
Weber debe rechazarse en muchos aspectos. Primero, el capitalismo moderno, en
cualquier sentido, no empieza con la Revolución Industrial de los siglos XVIII
y XIX sino, como hemos visto, en la Edad Media y particularmente en las
ciudades-estado italianas. Esos ejemplos de racionalidad capitalista como la
contabilidad por partida doble y las distintas técnicas financieras empezaron
también en estas ciudades-estado italianas. Todas eran católicas.
De hecho, es un libro de contabilidad florentino de 1253
donde se encuentra por primera vez la clásica fórmula precapitalista: “En
nombre de Dios y del beneficio”.
Ninguna ciudad era más un centro financiero y comercial que
Amberes en el siglo XVI, un centro católico. Ningún hombre brilló tanto como
financiero y banquero como Jacob Fugger, un buen católico del sur de Alemania.
No sólo eso: Fugger trabajó toda su vida, rechazó retirarse y anunció que “haría
dinero mientras pudiera”. ¡Un ejemplo excelente de la “ética protestante”
weberiana por parte de un convencido católico! Y hemos visto cómo los teólogos
escolásticos llegaron a comprender y acomodar el mercado y las fuerzas del
mercado.
Por otro lado, aunque es cierto que prosperaron áreas
calvinistas en Inglaterra, Francia, Holanda y las colonias norteamericanas, la
sólidamente calvinista Escocia siguió siendo una zona atrasada y subdesarrollada,
incluso hasta hoy.
Pero incluso aunque el énfasis en los llamados y el trabajo
no trajera la revolución Industrial, bien podría haber llevado a otra
diferencia importante entre países católicos y calvinistas, una diferencia
crucial en el desarrollo del pensamiento económico. La brillante
conjetura del Profesor Emil Kauder sobre este efecto influirá en el resto de
esta obra. Dice Kauder:
“Calvino y sus discípulos
pusieron al trabajo en el centro de su teología social (…) Todo trabajo en esta
sociedad está investido de la aprobación divina. Cualquier filósofo social o
economista expuesto al calvinismo estará tentado de dar al trabajo un papel
preponderante en sus tratados sociales o económicos y no hay mejor forma de ensalzar
el trabajo que combinándolo con la teoría del valor, tradicionalmente la misma
base del sistema económico. Así el valor se convierte en valor trabajo, lo que
no es sólo un dispositivo científico para medir tipos de cambio sino también el
lazo espiritual que combina la Voluntad Divina con la vida económica diaria”.
En su alabanza del trabajo, los calvinistas se concentraron
en la industriosidad sistemática y continua, en un camino fijado en el trabajo.
Así el divino puritano inglés Samuel Hieron opinaba que “El que no tiene un
negocio honrado en el que pueda emplearse normalmente, ni un camino fijado al
que pueda atenerse, no puede agradar a Dios”.
Particularmente influyente fue el profesor de la Universidad
de Cambridge en el siglo XVII, Reverendo William Perkins, que trabajó mucho por
trasladar la teología calvinista a la práctica inglesa. Perkins denunciaba a
cuatro grupos humanos que “no tenían ningún llamado particular hacia el que
caminar”: pedigüeños y vagabundos; monjes y frailes; caballeros que “gastan sus
días en comer y beber” y sirvientes, que supuestamente gastan su tiempo
esperando. Todos ellos eran peligrosos por inestables e indisciplinados.
Particularmente peligrosos eran los vagabundos, que “evitaban la autoridad de
todos”. Además, Perkins creía que la “perezosa
multitud siempre estuvo inclinada (…) hacia las opiniones papistas, siempre más
lista a jugar que a trabajar: sus miembros no encontrarán su camino hacia el
cielo”.
En contraste con la glorificación calvinista del trabajo, la
tradición tomisto-aristotélica era bastante distinta:
“En lugar del trabajo, la búsqueda
moderada del placer y la felicidad forman el centro de las acciones económicas
de acuerdo con la filosofía aristotélica y tomista. Un cierto hedonismo
equilibrado es parte integral de la teoría aristotélica de la buena vida. Si el
placer en forma moderada es el propósito de la economía, entonces siguiendo el
concepto aristotélico de la causa final, todos los principios de economía
incluyendo la valoración deben derivar de este objetivo. En este modelo de
pensamiento aristotélico y tomista, la valoración tiene la función de mostrar
cuánto placer puede derivarse de los bienes económicos”.(6)
Por tanto, Gran Bretaña, muy influenciada por el pensamiento
y la cultura calvinista y su glorificación del mero ejercicio del trabajo, llegó
a desarrollar una teoría del valor trabajo, mientras que Francia e Italia, aún
influenciadas por los conceptos aristotélicos y tomistas, continuó con el énfasis
escolástico en el consumidor y su valoración subjetiva como fuente de valor
económico. Aunque no hay forma de probar de forma concluyente esta hipótesis,
la idea de Kauder tiene un gran valor al explicar el desarrollo comparativo del
pensamiento económico en Gran Bretaña y los países católicos de Europa después
del siglo XVI.
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Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela
Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político
libertario.
Este artículo está extraído de Historia
del pensamiento económico, vol. 1, El pensamiento económico hasta Adam Smith.