Por Harry Elmer Barnes. (Publicado
el 22 de diciembre de 2007)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2783.
[En 1947, el historiador Charles
Beard dijo a Harry Elmer Barnes que la política exterior de los presidentes
Roosevelt y Truman podía describirse con la expresión “guerra perpetua para una
paz perpetua”. Barnes utilizó la expresión como título para su colección de
ensayos de los principales historiadores revisionistas de la época. Este
artículo se ha extraído del capítulo final]
Introducción
Resumen y conclusiones
Acuso a los elocuentes publicistas de
nuestro país de que, con sus palabras casi histéricas por escrito y de viva voz
en las que defienden políticas diplomáticas y militares extremistas, nos están
llevando rápidamente a una guerra de objetivos ilimitados e inalcanzables que
producirán una gigantesca catástrofe de ruina y revolución en el interior y el
exterior (…)
Por elocuentes publicistas me refiero
a aquellos portavoces y escritores que van de editores, novelistas, escritores
de revistas, columnistas, dramaturgos, escritores para la radio, profesores
universitarios y educadores a senadores y otros cargos electos, miembros del
gobierno, líderes políticos y presidentes. Cuando lo que escriben o aquello de
lo que hablan se convierte en un tema de acuerdo unánime, la acción le sigue
tan seguro como la mantequilla sigue al batido de la crema (…)
Después de luchar en dos guerras
mundiales dentro de una generación para defender la democracia y la libertad,
sin otro resultado que ver esos ideales retroceder en todo el mundo, estaríamos
ciegos si no entendiéramos que una tercera guerra como éstas, librada por unos
objetivos igualmente ilimitados e inalcanzables, cabría siendo una de las
grandes catástrofes de la historia. Para nosotros, imaginar que podemos librar
dicha guerra sin agotarnos y destruir mucha de la buena fe requerida para el
funcionamiento de la democracia es caer en la misma quimera que ha producido
dos veces nuestra ruina política.
— WILLIAM R. MATHEWS, Editor, Arizona Daily Star.
Podemos ahora con provecho revisar
los principales hechos y conclusiones a las que nos lleva el material de los capítulos anteriores.
1 - El revisionismo y la censura histórica
El primer
capítulo, del editor, indica cómo dos guerras mundiales, y especialmente la
innecesaria entrada estadounidense en ellas, han convertido el sueño libertario
estadounidense de los días anteriores a 1914 en una pesadilla de miedo,
disciplina, destrucción, inseguridad, inflación y en definitiva de insolvencia.
El revisionismo, que no significa
más que establecimiento de la verdad histórica, cuando se aplica a la Primera
Guerra Mundial, revelaba los errores de nuestra anterior interpretación de las
causas y razones de ese conflicto, el error de nuestra entrada en él y los
desastrosos resultados que le siguieron. El revisionismo nos ayudó a volver a
la sensatez nacional, al continentalismo y la paz de las administraciones Harding-Coolidge-Hoover
y a la legislación neutral de la primera administración de Roosevelt.
Hay ahora una resistencia al
revisionismo mucho más decidida e implacable, al aplicarlo a la Segunda Guerra
Mundial, de la que había en la década de 1920 cuando los revisionistas se
ocuparon del conflicto que empezó en 1914. Se debe al hecho de que Estados
Unidos estaba mucho más directamente implicado en la diplomacia que llevó a la
Segunda Guerra Mundial. La intensa hostilidad al revisionismo se basa en los
dictados de la conveniencia política, en la hostilidad de los grupos especiales
de presión interesados en la promoción de la histeria bélica, en nuestro
adoctrinamiento sobre la globabobada durante una década y media y en la actitud
de aquellos con intereses profesionales y personales creados en mantener la
mitología oficial expuesta por los historiadores y sociólogos que participaron
en gran número en la propaganda y actividades aliadas del gobierno durante la
época de la guerra.
Los métodos seguidos por los
oponentes al revisionismo incluyen principalmente estos modos de operación:
- negando a los historiadores revisionistas el acceso
de documentos públicos;
- intimidando a las editoriales que de otra forma
estarían dispuestas a imprimir material revisionista;
- ignorando o desdeñando los libros y artículos
revisionistas y
- desdeñando y buscando de otra forma intimidar a los
autores revisionistas.
Para contrarrestar que el progreso
del revisionismo fuera aún mayor, muchos historiadores libres y privados
perpetúan voluntariamente las ficciones populares relativas a la Segunda Guerra
Mundial. O bien han sucumbido a la globabobada o tienen interés en mantener las
ficciones. Luego tenemos un número considerable de “historiadores cortesanos”,
que operan de una forma casi oficial y a los que se les da acceso completo a
documentos oficiales bajo la comprensión tácita de que sus libros defenderán la
versión oficial de los acontecimientos. Finalmente, tenemos un creciente cuerpo
de historiadores oficiales conectados con el establishment militar y
departamento ejecutivos a lo que se les paga por escribir historia como
prescriben sus jefes. Es un largo paso hacia la falsificación oficial de
documentos reflejada por George Orwell en su obra clásica, 1984.
Esta inclinación histórica
antirrevisionista ha destruido todo aspecto de precisión en la reciente
historia mundial y distorsiona gravemente la historia de un pasado más remoto
mostrando falsas analogías con un pasado reciente y presente ficticios y
apuntando relaciones causales forzadas y erróneas. De esta forma los
historiadores antirrevisionistas nos envían por la vía de las condiciones del
sistema de 1984 en el que el mismo
concepto de historia es tabú y está prohibido, porque no debe haber
conocimiento del pasado con el que puedan comprarse y condenarse los actuales
errores y miserias.
2 – Estados Unidos y el camino hacia la guerra en Europa
El segundo capítulo, del Dr.
Tansill, ofrece un panorama completo de la diplomacia europea y las relaciones
internacionales entre las dos guerras mundiales y de la extensión y resultados
de la participación estadounidense en los asuntos internacionales durante esta
era.
Se deja claro cómo la traición
aliada a los Catorce Punto del presidente Wilson y a los términos del
armisticio del 11 de noviembre de 1918, sentaron las bases para la Segunda
Guerra Mundial. Ésta se hizo cada vez más probable cuando la Liga de Naciones
no pudo usar su poder para rectificar los malhadados términos de los vengativos
tratados de la posguerra. Estos tratados crearon y alimentaron el resentimiento
alemán y austriaco y contribuyeron crucialmente a la definitiva insolvencia de
estos países y al consiguiente ascenso del totalitarismo. No se hicieron
esfuerzos sustanciales por revisar las injusticias hechas a Alemania y Austria
a través de la negociación con los pacíficos (y realmente amantes de la paz)
líderes republicanos de estos países. El resultado fue el ascenso del Hitler al
poder y la revisión de los tratados por la astucia, el engaño y la fuerza nazi.
Lo que realmente hizo Hitler para arreglar la situación no era especialmente
censurable: fueron los métodos que empleó, los que sorprendieron,
compresiblemente a muchos. Pero Hitler y sus métodos fueron ambos la sanción
pagada por quince años de venganza y locura aliada. El profesor Tansill lista y
describe con suficiente detalle los errores e injusticias existentes en el
Tratado de Versalles y lo que llegó después.
Aparte de la acción de Estados
Unidos, que sí hundió o desguazó varios barcos en servicio (u otros el
construcción) y recortó su ejército hasta dejarlo en los huesos, la falta de
honradez, el engaño, el retraso y la reticencia caracterizaron todo el
fraudulento movimiento de desarme de 1920 a mediados de la década de 1930. El
rearme alemán fue restringido abruptamente por el acuerdo de posguerra, pero
los aliados europeos no se desarmaron de acuerdo con lo acordado. De hecho,
procedieron a aumentar su armamento por encima del nivel de 1914. Finalmente
Hitler denunció toda la farsa, anunció el rearme de Alemania, desafiando a
Versalles y la carrera armamentística tuvo nuevas y más grandes proporciones.
Pero el relativo grado de rearme nazi antes de 1939 fue enormemente exagerado
en la propaganda anti-nazi. No excedió al de Gran Bretaña y Francia.
La torpeza y estupidez de la
mayoría de los diplomáticos aliados, pero principalmente de Anthony Eden,
acabaron con el sistema de seguridad colectiva, si es que servía de algo, y
abrieron la puerta a los movimientos unilaterales de Hitler y Mussolini que
apresuraron la Segunda Guerra Mundial. Baldwin y Chamberlain en Inglaterra,
aceptaron las violaciones de Hitler del Tratado de Versalles porque confiaban
en él para que actuara como jaque mate a la amenaza de la Rusia soviética para
el Imperio Británico. En la víspera de obtener un sorprendente éxito con este
programa, la diplomacia británica realizó un súbito y bastante inexplicable
cambio de opinión en el invierno y primavera de 1939. Después de aceptar, con
serias objeciones, los movimientos y agresiones más drásticos de Hitler durante
unos cuatro años, Gran Bretaña Y Francia declararon la guerra a Alemania en
protesta contra la reclamación más limitada y justificable de la actividad
prebélica de Hitler. El que lo hicieran, fue el resultado de la presión de
Churchill y el grupo belicista tory en Inglaterra, del Partido Laborista
británico y del presidente Roosevelt.
Aunque que la diplomacia de las
administraciones Harding-Coolidge-Hoover se oponía a los duros tratados de la
posguerra, hicieron poco para conseguir cualquier modificación de éstos.
Cualquier intento de hacerlo se consideraba muy difícil porque Estados Unidos
permanecía fuera de la Liga de Naciones y había realizado un tratado separado
con Alemania. Los planes de Dawes y Young solo sirvieron para retrasar el
desmoronamiento final del decorado de las reparaciones, cuyo punto muerto fue
finalmente reconocido y terminado por el presidente Hoover. La diplomacia
estadounidense bajo el presidente Roosevelt no ejerció una influencia
moderadora ni en Europa ni en Hitler.
La hostilidad estadounidense hacia
Alemania se aceleró cuando Hitler llegó al poder. Era un resultado de su
aplastamiento del liberalismo y el gobierno parlamentario y de su persecución a
los judíos. La hostilidad se reflejó en nuestra diplomacia, que, con el tiempo,
abandonó incluso la pretensión de una cortesía y un trato diplomático normal. A
pesar de los grandes méritos de William E. Dodd como historiador y maestro, fue
una elección increíblemente mala como embajador en la Alemania nazi (no
distinta de la que habría sido si hubiera sido Hitler quien hubiera nombrado a
un ideólogo ardientemente nacionalsocialista como embajador nazi en Estados
Unidos). El nombramiento de Dodd hizo mucho más difíciles y tirantes las
relaciones diplomáticas germano-estadounidenses y sus sucesores hicieron poco
por mejorar la situación.
En el momento del episodio de
Munich en 1938, el presidente Roosevelt favoreció ostensiblemente la política
británica de apaciguamiento de Hitler. De hecho, sus comunicaciones a los
líderes europeos implicados bien pueden haber sido el factor decisivo para
inducir a Gran Bretaña y Francia a declinar afrontar la amenaza de Hitler por
la fuerza de las armas en 1938. Pero por sus discusiones con oficiales
estadounidenses, especialmente el general Henry H. Arnold, es evidente que
Roosevelt consideraba Munich como el preludio de la guerra en lugar de asegura,
como Chamberlain parecía haber esperado, “la paz de nuestro tiempo”. Aún así,
Roosevelt no estaba a favor de la guerra en 1938, pues la situación bien podría
haber sido tal que Hitler hubiera sido derrotado demasiado rápido como para
haber permitido la entrada de Estados Unidos en el conflicto. Los checos tenían
un ejército grande y bien equipado y Rusia estaba ansiosa por colaborar en una
guerra para controlar a Hitler. En el verano de 1939, la situación había
cambiado mucho. El ejército checo no existía y Rusia había firmado un tratado
con la Alemania nazi. Si la guerra estallaba en esas condiciones, probablemente
iba a ser larga, lo que daría a Mr. Roosevelt mucho tiempo para maniobrar para
que Estados Unidos se uniera a la pelea.
Parece haber pocas dudas de que Mr.
Roosevelt había decidido entrar en una guerra europea, si era posible, incluso
antes de que estallara ésta a principios de septiembre de 1939. El German White Paper (documentos polacos
capturados) e incluso los censurados Diarios de
Forrestal confirman esta convicción. Qué mas garantías concretas pueda
haber dado a Anthony Eden en diciembre de 1938 y al rey Jorge VI en junio de
1939, permanece siendo un secreto hasta hoy.
3 – Roosevelt se ve frustrado en Europa
El tercer capítulo, del Dr. Sanborn,
cuenta la historia de la conducta no neutral de Hitler en relación con la
Guerra Europea y de sus esfuerzos infructuosos por entrar directamente en la
guerra por la puerta grande de Europa.
El Dr. Sanborn revisa brevemente el
historial de nuestra diplomacia antialemana, especialmente desde la fecha del
discurso del discurso del puente de Chicago del 5 de octubre de 1937, pidiendo
la cuarentena de los agresores. Demuestra que la presión por la paz de
Roosevelt en el momento de Munich, en otoño de 1938, fue un factor decisivo en
impedir el control de Hitler cuando esto podría haberse logrado por la fuerza
gracias a la abrumadora situación en contra del líder nazi. El 14 de abril de
1939, Roosevelt hizo un discurso calculado para irritar a Hitler y Mussolini al
comparar sus métodos con los de los hunos y los vándalos. Mediante los
embajadores William C. Bullitt, Joseph P. Kennedy y otros, presionó a los
polacos para que se mantuvieran firmes contra las reclamaciones germanas y
vigorosamente a británicos y franceses para que apoyaran esa política polaca.
Comunicaciones pacifistas como las que envió Roosevelt a Europa en vísperas de
la guerra en agosto de 1939, eran evidentemente solo de cara a la galería,
igual que su telegrama al emperador japonés del 7 de diciembre de 1941.
Una vez estalló la guerra en septiembre de
1939, el presidente Roosevelt eliminó cualquier atisbo de neutralidad,
manteniendo una política en abrupto contraste con la del presidente Wilson en
1914. Wilson, al empezar la Primera Guerra Mundial, hizo un esfuerzo sincero
por mantener la neutralidad y pidió a la nación que fuera neutral tanto en
pensamiento como en acción. Roosevelt abogó por la eliminación de nuestra
legislación neutral incluso antes del inicio de la guerra. Se dedicó a ayudar a
Gran Bretaña y Francia y se opuso a
cualquier movimiento pensado para traer la paz después del fin de la guerra en
Polonia. Su grado real de compromiso con Gran Bretaña no se conoció hasta que
las casi 2.000 comunicaciones secretas entre él y el primer ministro Churchill
fueron reveladas a los investigadores. Mr. Churchill nos había dicho que la
mayoría de los asuntos diplomáticos importantes entre los dos países de 1939 a
Pearl Harbor se tramitaron en esos mensajes secretos (los llamados “documentos
Kent”). Pero puede crearse un impresionante historial de falta de neutralidad
sin estos documentos.
Esta no neutralidad aumentó después
de la caída de Francia en la retirada británica de Dunkerke. La actitud de Mr.
Roosevelt fue entonces bien expresada en su famoso discurso de la “puñalada en
la espalda” en la Universidad de Virginia en junio de 1940. La acción no
neutral equivalente a actos de guerra empezó con el envío de enormes cantidades
de munición de Gran Bretaña después de Dunkerke. En octubre de 1940, se habían
enviado a Gran Bretaña unos 970.000 rifles Einfield, 200.000 revólveres, 87.500
ametralladoras y más de 1.200 piezas de artillería. El presidente Roosevelt
también empezó el desmantelamiento de nuestras defensas aéreas en beneficio de
Gran Bretaña, que llevó a la dimisión del Secretario de Guerra, Harry H.
Woodring. Se entregarían nuevos aviones con una relación de 19 para Estados
Unidos por 14 para Gran Bretaña. El famoso acuerdo de los destructores se cerró
en septiembre de 1940, una acción que los abogados del estado admitieron que
nos ponía en guerra tanto legal como moralmente. La Ley de Servicio Selectivo de
tiempos de paz, la primera en nuestra historia, fue aprobada también en
septiembre de 1940. El que el presidente había decidido participar en la guerra
al lado de Gran Bretaña a finales de 1940 fue algo que reveló completamente
Harry Hopkins a Churchill en un almuerzo el 11 de enero de 1941, cuando Hopkins
dijo a Churchill: “El presidente está decidido
a que ganemos juntos la guerra. No se equivoque”. Para facilitar más
planes para este conflicto conjunto, los expertos del ejército y la armada de
Estados Unidos y Gran Bretaña se reunieron en conferencias altamente secretas
en Washington de enero a marzo de 1941. Al final de estas sesiones, el
almirante Harold R. Stark escribía a sus comandantes de flota que “La cuestión
de nuestra entrada en la guerra parece ser de cuándo, no de si lo haremos”.
En una conferencia suplementaria en
Singapur en abril de 1941, se acordó que nuestras fuerzas atacarían a los
japoneses si estos últimos pasaban cierto punto concreto del Pacífico, incluso
aunque no atacaran barcos o territorio estadounidense. Era un incumplimiento
flagrante de la promesa del presidente Roosevelt al pueblo estadounidense de
que no entraríamos en ninguna guerra salvo que fuéramos atacados.
A pesar de todo esto, el presidente
Roosevelt aseguró al pueblo estadounidense que toda la ayuda dada a Gran
Bretaña estaba “fuera de la guerra” y estaba pensada para alejar la guerra de
nuestras costas. Fue bajo esta presunción como se impulsó en el Congreso la Ley
de Arrendamiento y Préstamo. Pero en cuanto se aprobó la ley el presidente
Roosevelt puso en marcha la política de convoyes que era un esfuerzo apenas
velado de incitar a Alemania a un deseado acto de guerra. La base del programa
de convoyes se había establecido ya en enero de 1941 y empezó activamente en abril
de 1941, aunque hubiera negativas públicas del presidente Roosevelt, el
Secretario de la Armada, Frank Knox y otros. A pesar de esos episodios tan
groseramente mal interpretados en el Atlántico en relación con los convoyes
como los del Robin Moor, el Greer, el Kearny y el Reuben James, ni Alemania ni
Italia mordieron el anzuelo de la batalla. Ni siquiera el discurso de guerra
del presidente Roosevelt el 11 de septiembre de 1941, denunciando las “víboras
nazis” y anunciando la política de “disparar en el acto” en el Atlántico pudo
atraer a la guerra a Alemania.
A finales del verano de 1941,
Roosevelt y Churchill habían decidido que podría ser imposible para Estados
Unidos entrar en guerra por la puerta principal de Europa y en agosto de 1941,
se reunieron en la costa de Terranova para pensar en una forma en que Roosevelt
pudiera forzar a Estados Unidos a entrar en guerra a través de la puerta
trasera del Lejano Oriente por medio de una manipulación de las relaciones entre
Japón y Estados Unidos. Por aquel entonces era solo una cuestión de cuándo y
cómo. Se sabía bien que la guerra con Japón estaba asegurada por el embargo y
las órdenes de “congelación” de julio de 1941, salvo que Estados Unidos
estuviera dispuesto a levantar estas restricciones, que era algo que ni
Roosevelt ni Hull nunca consideraron hacer ni remotamente.
4 – Cómo contribuyó a la guerra en el Pacífico la política estadounidense
hacia Japón
El cuarto capítulo, del Dr.
Neumann, ofrece una visión amplia de la política estadounidense hacia Japón en
la década que precedió a Pearl Harbor. Esencialmente, fue la misma política
hostil desarrollada por Stimson durante la última parte de la administración
Hoover. Fue rechazada por el presidente Hoover, pero fue adoptada y continuada
por Roosevelt.
La conducta japonesa en los asuntos
asiáticos estuvo dictada por dos objetivos principales:
- expansión de su espacio vital para la creciente
población de un imperio insular pequeño y mal dotado, para conseguir
materias primas y obtener los mercados necesarios y
- la aspiración a obtener el estatus y derechos de
una gran potencia, sin la que Japón hubiera sido incapaz de competir con
éxito con el imperialismo occidental.
La política resultante, cada vez
más agudizada por un creciente reconocimiento de las ambiciones y progresos
rusos en el Lejano Oriente, la dirigían, como la de otros países, a veces
estadistas sabios y moderados y a veces nacionalistas belicosos. Pero Estados
Unidos no hizo apenas ningún esfuerzo para apoyar y ayudar a los moderados
japoneses. Por el contrario, los líderes estadounidenses normalmente rechazaron
toda aproximación amistosa.
La política de la administración
Roosevelt se basaba en la idea de que el mantenimiento de las “puertas
abiertas” en China y de la integridad territorialidad china era más
importante para nosotros que la amistad con Japón. Las puertas abiertas y la
integridad china se consideraban como un interés nacional vital para Estados
Unidos. Además de esto, la política de Roosevelt sostenía que nuestro interés
material en China era de importancia crucial para este país. La política se
mantuvo a pesar del hecho de que nuestra participación económica en Japón
(inversiones y mercados) era mucho mayor que la de China y podría perderse
completamente como consecuencia de una política activa anti-japonesa.
Roosevelt desechó rápidamente la
política de Hoover hacia el Lejano Oriente y discutió sobre la guerra con Japón
en las primeras reuniones de su gobierno. Pero fue rechazado por su gobierno y
por el sentimiento de neutralidad en el Congreso y en todo el país. Así que,
como entusiasta discípulo del almirante Alfred T. Mahan,
se contentó por el momento con una expansión de nuestras fuerzas navales sin
precedentes en tiempo de paz, empezando con la asignación de fondos de la NRA
para ese fin en junio de 1933. Eligió como Secretario de la Armada de Claude A.
Swanson, otro acérrimo navalista.
Los japoneses, natural y
justificablemente, estaban alarmados porque apreciaban correctamente que la
expansión naval de Roosevelt se dirigía directa y deliberadamente contra ellos.
Estados Unidos, con apoyo británico, rechazó modificar la relación naval de
5-5-3 establecida en la Conferencia de Desarme de Washington de 1920-21. Acto
seguido, Japón abandonó la Conferencia de Desarme Naval de Londres de 1935-36,
pero no antes de haber propuesto un drástico recorte en todo el tonelaje naval,
lo que habría hecho imposible cualquier guerra naval en el Pacífico.
El presidente Roosevelt hizo planes
para un bloqueo naval a Japón en 1937, pero la reacción popular adversa a su
discurso de la cuarentena del 5 octubre llevó al abandono del proyecto por el
momento. En 1938 se formuló de forma preliminar un nuevo plan de guerra naval
contra Japón, que se expandió gradualmente hasta las conferencias conjuntas en
Washington de enero a marzo de 1941, que, junto con el acuerdo de Singapur de
abril, nos comprometían a declarar la guerra a Japón si sobrepasaba un punto
del Pacífico, aunque no hubiera ataque a barcos o territorio estadounidenses.
Roosevelt fue personalmente responsable de la ubicación de nuestra Flota del
Pacífico en Pearl Harbor, movimiento con el que rechazó el consejo de los
almirantes Richardson y Stark. El Departamento de Estado respaldó a Roosevelt y
Richardson fue destituido de su cargo.
Las autoridades de Washington
reconocían por lo general que el programa de estrangulamiento económico de
Japón, que culminó con el aplastante embargo de julio de 1941, llevaría a la
guerra. Las autoridades navales eran especialmente conscientes de esto y lo
desaconsejaban, porque no se sentían preparados, por ahora, para una guerra
naval. Japón, dada la alternativa de la muerte económica por hambre o la
guerra, eligió luchar, tal y como esperaban Roosevelt y Hull que hiciera.
Juzgadas por la prueba definitiva
de los resultados, la política japonesa seguida por Roosevelt, Stimson y Hull
resultó ser un error trágico y costoso. Rusia, una potencia mucho más fuerte,
ha conseguido la hegemonía en el Lejano Oriente sobre Japón. La “puerta
abierta” está ahora fuertemente cerrada y por un periodo indefinido. El Lejano
Oriente está controlado por fuerzas y potencias que están finalmente determinadas
a expulsar a todos los occidentales. Japón ha sido eliminado como contrapeso a
la expansión rusa y se ha convertido en costosamente dependiente de Estados
Unidos. China está en manos de comunistas y la guerra, en lugar de la paz,
aflige a Asia.
5 – Las relaciones entre Japón y Estados Unidos, 1921-1941: la puerta
trasera del Pacífico a la guerra
En el quinto capítulo, el Dr.
Tansill nos ofrece un relato sucinto y franco de la forma en que el presidente
Roosevelt, incluso antes de tomar posesión, adoptó las belicosa doctrina
Stimson respecto del Lejano Oriente y Japón, rechazó constantemente todas las
iniciativas de paz japonesas desde 1933 a finales de 1941 y acabó consiguiendo
que los japoneses picaran con la decisión de atacar a nuestras fuerzas en Pearl
Harbor, su única alternativa al estrangulamiento económico.
Mr. Stimson, cuando era Secretario
de Estado bajo el presidente Hoover, se había molestado mucho por las
operaciones japonesas en el continente asiático al tiempo que permanecía
sorprendentemente impávido por las agresiones y expansión soviéticas en otras
direcciones. Había pretendido imponer sanciones a los movimientos japoneses en
Manchuria, pero el presidente Hoover impidió esta acción drástica. A través de
los trabajos de intermediación de Felix Frankfurter, antiguo socio de Stimson,
éste último no tuvo ninguna dificultad para vender su política en Lejano
Oriente y Japón al presidente electo Roosevelt en una conferencia en Hyde Park
el 9 de enero de 1933. Ni Stimson ni Roosevelt consideraron seriamente la
amenaza de los progresos rusos en el Lejano Oriente, que eran contenidos
prácticamente solo por Japón. Nuestra política japonesa bajo el presidente
Roosevelt, desde entonces hasta el ataque a Pearl Harbor, se basó en un curioso
compuesto de políticas y principios diplomáticos antijaponeses y nada realistas.
La actitud personal del presidente
Roosevelt hacia Japón no tenía ninguna base realista en los antecedentes
históricos o económicos. Era meramente sentimental y mística, basada principalmente
en el hecho de que algunos de sus antepasados habían tenido relaciones
comerciales con China y también en las historias fantásticas acerca de
agresivos programas japoneses para el futuro que le había contado un “escolar
japonés” que había sido compañero de estudios en Harvard poco después del
cambio de siglo. El secretario Hull ignoraba igualmente la historia del Lejano
Oriente (de hecho, la mayoría de la
historia de cualquier tipo) y su actitud hostil hacia Japón se enmarcaba en su
farisaico idealismo internacional que tenía poca o ninguna relación con la
historia real de los asuntos públicos y las relaciones entre naciones. Lo que
quedaba del compuesto era le violento prejuicio contra Japón que tenían Mr.
Stimson, que se convirtió en Secretario de Guerra en el verano de 1940, y Stanley
K. Hornbeck, el consejero del Departamento de Estado para asuntos del Lejano
Oriente. Contra esta amalgama de sentimientos antijaponesas, los esfuerzos
conciliadores y estadistas de Joseph C. Grew y Eugene H. Dooman en la Embajada
Estadounidense de Tokio poco podían hacer. Esta política anti-japonesa y
pro-china tenía poco o nada que ver con las realidades económicas de la
situación, aunque la administración apelara frecuentemente a un supuesto
interés económico para justificar su política anti-japonesa. Nuestros intereses
económicos en Japón superaban ampliamente los que teníamos en China.
El Dr. Tansill nos ofrece un relato
realista de los movimientos japoneses en el Asia continental desde 1931 a 1941.
Esto contrasta notablemente con la interpretación sesgada pro-china y
anti-japonesa que ha sido comúnmente aceptada y que ignora las amenazas y
progresos soviéticos en el Lejano Oriente durante esta década. Muestra cómo
Roosevelt y Hull rechazaron las iniciativas de paz de liberales y moderados
japoneses, hasta el caso de las propuestas de conferencias entre líderes
japoneses y estadounidenses. Después de 1937, la actitud generalmente hostil
hacia Japón se vio agudizada y reforzada por la decisión del presidente
Roosevelt de impulsar el armamentismo y la guerra como la forma más eficaz de
prolongar su mandato político.
A pesar de la persistente
hostilidad diplomática estadounidense, los líderes japoneses, considerando
únicamente su propio interés, habían decidido a finales del año 1940 buscar un modus vivendi pacífico con Estados
Unidos, incluso estando dispuesto a retirarse de Manchuria en Asia continental
si se le daba alguna fórmula para salvar las apariencias. Grew y Dooman, en
Tokio, pidieron encarecidamente a Roosevelt y Hull que colaboraran en estos
esfuerzos por promover la paz en el Lejano Oriente. Pero las propuestas tanto
de los japoneses como nuestros diplomáticos en Tokio fueron rechazadas una y
otra vez por Roosevelt y Hull. Por el contrario, se reavivó y aplicó la
doctrina Stimson cada vez más dura y despiadadamente.
El embargo del comercio japonés y
la congelación de sus activos en julio de 1941 fueron reconocidos por Mr.
Roosevelt y sus asesores como actos que inevitablemente llevarían a la guerra.
La manera más factible de afrontar la llegada de una guerra así fue discutida
por Roosevelt y Churchill en su reunión ante las costas de Terranova en agosto
de 1941. Tan pronto como volvió de esta conferencia, Roosevelt hizo llamar al
Almirante Nomura, embajador japonés en Washington y le dio lo que Stimson y los
altos oficiales del ejército y la armada describieron más tarde como
equivalente a un ultimátum, que iba a fortalecer a los militares nacionalistas
japoneses. A pesar de ello, el premier de Japón, Fumimaro Konoye, hizo
repetidos intentos de tener una reunión personal con el presidente Roosevelt,
con el objetivo de llegar a una resolución definitiva de los problemas entre
japoneses y estadounidenses, llegando a hacer incluso la concesión sin
precedentes de acudir a la costa estadounidense para dicha reunión. Pero los
ruegos de Konoye fueron rechazados sin miramientos.
Ni siquiera esto disuadió
completamente a los japoneses. Todavía en noviembre de 1941, incluso el
gobierno militarista del Almirante Tojo hizo una oferta final a Estados Unidos
que habría protegido adecuadamente nuestros intereses en el Lejano Oriente y
habría permitido a Japón la oportunidad de retirarse honorablemente de
Manchuria. Fue rechazada por el secretario Hull, bajo la presión de personajes
pro-chinos y pro-soviéticos en China y Washington. El 26 de noviembre de 1941,
Hull dio a los japoneses un ultimátum tan duro y severo que, después de
transmitirlo, admitió francamente que esta acción había llevado las relaciones
entre japoneses y estadounidenses fuera del ámbito de la diplomacia y las había
entregado a las autoridades militares.
Por consiguiente, Washington
esperaba el inevitable ataque japonés. Hubo mucha preocupación por un tiempo
porque se produjera en territorio británico u holandés, lo que habría llevado a
la administración Roosevelt a serias dificultades políticas, a la vista de la
promesa de Roosevelt de que no entraría en guerra si no era atacado. Hubo un
gran alivio, ya que no una gran sorpresa, cuando los japoneses atacaron Pearl
Harbor.
6 – El verdadero camino a Pearl Harbor
El sexto capítulo, de Mr.
Morgenstern, ofrece el más fiable y actualizado relato de los antecedentes
inmediatos del ataque japonés a Pearl Harbor publicado hasta ahora. Por cierto,
que elimina para siempre todas las justificaciones puestas en muchos periódicos
en el décimo aniversario ese trágico acontecimiento.
Cuando el presidente Roosevelt
finalmente estuvo listo activamente para fomentar la guerra con Japón, nombro
apropiadamente a Stimson como Secretario de Guerra en 1940. Roosevelt preparó
su plan de bloqueo económico a Japón en 1937 y lo continuó hasta el movimiento
final y decisivo de julio de 1941: el embargo. Todas las autoridades
responsables en Washington sabían que esto significaría una guerra inevitable
con Japón salvo que se relajara, cosa que Roosevelt, Hull y Stimson estaban dispuestos a
que no ocurriera nunca. Stimson fue el padre del plan de “sanciones” de presión
económica y, una vez que llegó al gobierno, el se siguió rápidamente su programa.
Roosevelt aprobó la Ley de Control de las Exportaciones el 2 de julio de 1940.
La expansión de este programa bloqueaba en la práctica las esperanzas y planes
del embajador Grew para un entendimiento diplomático entre Japón y Estados
Unidos. La adopción de una política de guerra no se vio afectada por el
descifrado de mensajes codificados japoneses que daban certidumbre a que Japón
deseaba evitar la guerra con Estados Unidos a cualquier coste que no fuera la
humillación nacional y la completa retirada del continente asiático, que era
precisamente lo que reclamaban a Japón Roosevelt y Hull.
Los planes militares y diplomáticos
para la guerra con Japón iban en paralelo con el aumento de la presión
económica. Se realizaron en Washington conferencias conjuntas altamente
secretas de personal entre Estados Unidos y Gran Bretaña de enero a marzo de
1941. A su conclusión, el almirante Stark escribió a los comandantes de su
flota que “La La cuestión de nuestra entrada en la guerra parece ser de cuándo,
no de si lo haremos”. Esta entrada tendría lugar, no solo en el caso de que
Japón atacara fuerzas o territorios estadounidenses, sino también, de acuerdo
con los términos de un plan complementario escrito en Singapur el abril
anterior, si Japón atacaba fuerzas o territorios de las naciones de la
Commonwealth británica o de las Indias Orientales Holandesas o trasladara sus
fuerzas más allá de una línea marcada a los 100º este de longitud y los 10
grados norte de latitud. Así que, a pesar de las garantías del presidente Roosevelt
de que nuestros soldados no serían enviados a ninguna guerra extranjera y a
pesar de la promesa de la campaña demócrata de 1940 de que no iríamos a la
guerra salvo que fuéramos atacados. Roosevelt y sus socios nos habían
comprometido con la guerra si eran atacados territorios británicos u holandeses
o si las fuerzas armadas japoneses cruzaban una línea determinada
arbitrariamente.
Habiendo fracasado en provocar a
Alemania o Italia para que declararan la guerra por nuestra conducta no neutral
en el Atlántico y en Europa, Roosevelt y Churchill se reunieron ante las costas
de Terranova en agosto de 1941, en un esfuerzo por encontrar un medio de
introducir a Estados Unidos en la guerra a través de la puerta trasera del
Pacífico. Roosevelt insistía en “cuidar” a los japoneses durante tres meses
hasta que estuviésemos mejor preparados para una guerra en el Pacífico. Pero
también se acordó que Roosevelt daría una dura advertencia al embajador japonés
en Washington, el almirante Nomura, que fortalecería a los grupos nacionalistas
en Tokio. Por tanto, después de volver de Terranova, llamó a Nomura el 17 de
agosto y le dio lo que el secretario Stimson y a los oficiales del ejército y
la armada describieron correctamente como un ultimátum a Japón.
A pesar de esto, Japón hizo un
esfuerzo diplomático verificable a finales de agosto de 1941 hasta mediados de
noviembre de ese año en un intento por alcanzar algún entendimiento aceptable
con Estados Unidos. Este esfuerzo fue recibido fría y hostilmente. El rechazo
de los ruegos sinceros del primer ministro Konoye para tener una reunión con
Roosevelt son bien conocidos. No es tan conocido el hecho de que Estados Unidos
había rechazado dos propuestas previas de los japoneses para reunirse con altos
oficiales estadounidense un algún lugar concreto, siendo el último previo en
1939, en el momento crucial en el que Alemania buscaba forzar a Japón a una
alianza militar. Numerosos mensajes japoneses decodificados, así como las
propias propuestas diplomáticas japonesas, probaron ampliamente que los planes
y movimientos navales japoneses en el otoño de 1941 estuvieron supeditados al
fracaso en llegar a una solución diplomática razonable de las relaciones con
estados Unidos. La diplomacia japonesa no fue, como ha pretendido Herbert Feis,
una pantalla de humo para movimientos navales pensados para provocar la guerra.
Lo términos diplomáticos japoneses,
ofrecidos al principio de noviembre de 1941, como Propuestas A y B
(especialmente la última) habrían protegido ampliamente todos los intereses
legítimos estadounidenses en el Lejano Oriente. Su hubieran sido aceptados, el
resultado habría sido infinitamente más favorable para Estadios Unidos que los
resultados de la guerra con Japón, por no mencionar los costes y pérdidas
soportados por Estados Unidos en la guerra. Las propuestas japonesas fueron
rechazadas rotundamente. El 25 de noviembre, Estados Unidos hacía decidido ir a
la guerra, sin intención de llegar a un acuerdo diplomático. Ese día, en una
reunión de los secretarios Hull, Knox y Stimson, este último apuntaba en su
diario que la única cuestión pendiente era como poner a Japón en la situación
de dar el primer tiro con las menores pérdidas posibles para Estados Unidos. El
mismo día, la flota Japonesa abandonaba las Curiles hacia Pearl Harbor, con
instrucciones de “dar el primer tiro” si no se alcanzaba ningún acuerdo
diplomático y de retornar a su base si la diplomacia tenía éxito.
El secretario Hull envió un
ultimátum a Japón el 26 de noviembre que, como él mismo reconoció, cerraba definitivamente
las puertas a la paz. Él mismo dijo que sacó la situación japonesa de la
diplomacia y la entregó al ejército y la armada. A partir de este momento solo
era cuestión de cuándo y dónde atacarían los japoneses. El propio Stimson se
opuso a esperara a que atacaran los japoneses y pidió que los aviones
estadounidenses en Filipinas atacaran a la flota japonesa sin previo aviso o
declaración de guerra, lo que hubiera sido un Pearl Harbor a la inversa.
Los mensajes decodificados de los
japoneses entre el 26 de noviembre y el 7 de diciembre indicaban, con relativa
certidumbre, cuándo se realizaría el ataque y también revelaban la fuerte
probabilidad de que se produjera en Pearl Harbor.
En enero de 1941, el embajador Grew
había advertido a Washington de que, si los japoneses intentaran alguna vez
hacer un ataque por sorpresa a Estados Unidos, probablemente lo harían en Pearl
Harbor. Las principales autoridades en Washington estaban de acuerdo con esto.
Los mensajes japoneses interceptados por la inteligencia naval en Washington
entre 26 de noviembre y el 7 de diciembre daban evidencias convincentes de que
Grew tenía razón. Especialmente significativo era el hecho de que las
autoridades de Tokio reclamaban repetidamente información de sus espías en Hawái
respecto de la situación de la flota y todos los demás factores relevantes
respecto de la evolución allí del ejército y la armada, pero no pedían
información similar acerca de otros posibles lugares para atacar.
Basil Rauch y otros han pretendido
que Roosevelt y su séquito militar esperaban que el ataque tuviera lugar en
Tailandia. Es verdad que estaban preocupados acerca de la posibilidad de
Tailandia, no porque la consideraran ni remotamente tan probable como un ataque
a Pearl Harbor, sino porque, si el ataque japonés fuera en Tailandia, hubieran
tenido que ir a la guerra sin la ventaja de un ataque a barcos o territorio
estadounidenses. Hubiera sido una violación de las vehementes y repetidas
promesas de Roosevelt de que no se enviaría a estadounidenses a guerras
extranjeras y también a la declaración del programa demócrata de 1940 que decía
que no iríamos a la guerra si no fuésemos atacados. El problema de Roosevelt de
arrastrar al país a la guerra se habría intensificado mucho. Esta fue la razón
del inmenso alivio sentido por los líderes civiles y militares estadounidenses
cuando el ataque se produjo finalmente en Pearl Harbor.
Más adelante, el momento del ataque
previsto se hizo aún más seguro. El mensaje “Viento este, lluvia”, indicando
que la diplomacia había acabado y que Japón declararía la guerra a Gran Bretaña
y Estados Unidos, fue interceptado por la inteligencia naval el 4 de diciembre,
tres días antes del ataque. Se conoció al principio de la tarde de día 6 que la
respuesta japonesa al ultimátum de Hull, que todas las personas informadas
sabían que significaba la guerra, sería recibido al anochecer de ese día. Fue
interceptado y las primeras trece secciones se llevaron al presidente Roosevelt
a principio de esa noche. Él y Harry Hopkins estuvieron de acuerdo en que esto
significa la guerra. Roosevelt preguntó dónde estaba el Almirante Stark y, al
saber que estaba en el teatro, ordenó que no se le molestara, para que no se
despertara la preocupación y la curiosidad del público. La sección decimocuarta,
que deba certidumbre a que los japoneses iban a atacar, a la vista de todas las
anteriores experiencias de la forma en que Japón empezaba sus guerras, estuvo
lista para su distribución de forma descodificada a las 8:00 AM de la mañana
del día 7. El mensaje japonés decodificado revelaba que la réplica completa
sería presentada formalmente al secretario Hull por los japoneses a las 1:00 PM
de día 7, las 7:30 AM, hora de Pearl Harbor. Se entendió que ésta sería
probablemente la hora precisa del ataque japonés.
Sin embargo no se hizo nada para
advertir al general Short o al almirante Kimmel en Pearl Harbor. El general Marshall desapareció en la tarde
del día 6 y, a pesar de su extraordinaria memoria, ha declarado repetidamente
que no puede recordar dónde estuvo en la noche del día 6. El almirante Strak
estaba divirtiéndose en el teatro. Stark, aunque contactado por teléfono por
Roosevelt más tarde esa noche, no hizo nada por avisar a Kimmel durante la
mañana del día 7. Marshall fue a dar un paseo a caballo. Cuando se presentó
finalmente en el cuartel, a las 11:25 AM de la mañana del día 7, en lugar de
enviar inmediatamente un mensaje al general Short a través de un teléfono
protegido, que habría llegado a Short de forma segura en unos minutos, no solo
no lo hizo, sino que incluso rechazó la oferta de Stark de utilizar el rápido
transmisor naval. Por el contrario, Marshall envío descuidadamente a Short el
mensaje a través de la radio comercial ordinaria, sin ni siquiera hacerlo
urgente, como si enviara una felicitación de cumpleaños a su abuela. Llegó a
Short siete horas y tres minutos después de que empezara el ataque japonés y
mucho después de que los aviones japoneses hubieran vuelto a sus transportes.
El porqué de que Marshall y Stark
no avisaran a Short y Kimmel no se ha explicado nunca satisfactoriamente.
Marshall ha dicho que no dio por teléfono un mensaje de advertencia por miedo a
que los japoneses lo interceptaran y pusieran en problemas al Departamento de
Estado. Si hubieran interceptado un mensaje así el único resultado inmediato
concebible habría sido que los japoneses habrían abortado el ataque, ya que no
habría sido entonces una sorpresa o nuestras fuerzas habrían estado mejor
preparadas para resistir la matanza.
El presidente Roosevelt se mostró
como muy “sorprendido” tanto por el momento como por el lugar del ataque y sus
apologistas han aceptado estas palabras tal cual. Ni el presidente ni sus
apologistas han dado nunca una explicación satisfactoria de por que podía
haberle sorprendido. Una cosa es cierta: él y su séquito se vieron muy
aliviados por que el ataque fuera en Pearl Harbor en lugar de en Tailandia. Si
había alguna razón en absoluto para estar sorprendido, sería solo acerca del
daño infligido por los japoneses. Pero había pocos motivos incluso para eso, la
vista de la orden personal de Roosevelt de mantener la flota embotellada como
una bandada de patos de madera, de la orden de que no debería enviarse ninguna
máquina decodificadora a Pearl Harbor y del hecho de que Washington había dejado
deliberadamente de enviar a Short y Kimmel ninguna de las alarmantes
informaciones interceptadas durante los tres días anteriores al ataque. El 7 de
diciembre puede haber sido un “día de la infamia”, peo la infamia no fue del
todo de Japón.
7 – Las investigaciones de Pearl Harbor
El séptimo capítulo, de Percy L.
Greaves, Jr., es el único relato completo y penetrante de las diferentes
investigaciones de la responsabilidad por el desastre de Pearl Harbor, aunque
mucha de la materia ya se había cubierto de una manera diferente en President Roosevelt and
the Coming of the War, 1941 (Parte II), de Charles Austin Beard. Incluso el
público erudito de Estados Unidos, si sabe algo de las investigaciones de Pearl
Harbor, probablemente crea que solo hubo dos: el Informe de la Comisión
Roberts, poco después del ataque, y la investigación del Comité Conjunto del
Congreso de 1945-46. En realidad ha habido nueve investigaciones, de un tipo u
otro, aunque ninguna de ellas descubrió todas las evidencias importantes. Estas
investigaciones son de la máxima importancia, no solo políticamente sino
también históricamente. De ellas hemos aprendido la mayoría de lo que sabemos
acerca de las escandalosas circunstancias que rodearon el ataque japonés a
Pearl Harbor y la responsabilidad de Roosevelt y su séquito de Washington por
esta tragedia personal y pública.
La primera investigación del
incidente de Pearl Harbor la realizó el secretario de la armada, William
Franklin (Frank) Knox, que viajó a Hawái inmediatamente después del desastre e
informó al presidente alrededor de una semana después. Knox indicaba que el
general Short y el almirante Kimmel no podían ser responsabilizados de la
tragedia ya que no se les había proporcionado la información secreta acerca del
inminente ataque japonés que había sido interceptado por Washington. Además,
sostenía que, incluso si se les hubiera informado, no hubieran sido capaces de
hacer una defensa eficaz, debido al desvío de aviones de combate
estadounidenses a ingleses, chinos, holandeses y rusos. Naturalmente, la
administración ocultó este informe. No se descubrió hasta que se encontró en
los ficheros del senador Homer Ferguson en tiempos de la investigación del
Comité Conjunto del Congreso en 1945-46.
Luego viene la Comisión de
Investigación encabezada por el juez del Tribunal Supremo Owen J. Roberts, que
hizo su trabajo entre el 18 de diciembre de 1941 y el 23 de enero de 1942. Fue
creada deliberadamente para blanquear la administración Roosevelt y los
oficiales del ejército y la armada en Washington: la Comisión Roberts realizó
perfectamente esta tarea. Sostuvo que Washington había avisado adecuadamente a
los comandantes en Pearl Harbor del peligro de un ataque japonés inminente y que
Short y Kimmel habían delinquido en su labor al no tomar las medidas adecuadas
para repeler el ataque.
El juez Roberts dijo que había
publicado todo su informe. Antes, el general Marshall había jurado que las
secciones que revelaban el conocimiento secreto interceptado por Washington
antes de Pearl Harbor respecto del probable ataque se habían eliminado del
informe que entregó Roberts el 25 de enero de 1942. Ahora sabemos que Marshall
tenía razón en este punto.
Este Informe Roberts editado y
censurado recibió amplia publicidad y muchos estadounidenses aún creen que
representa la última palabra sobre la responsabilidad por Pearl Harbor: han
tenido más razones para creerlo en que la mayoría de los libros que se han
dedicado a blanquear a la administración Roosevelt respecto de Pearl Harbor
esencialmente reproducen las conclusiones de Roberts.
A principios de 1944, el almirante
Kimmel solicitó al Departamento de la Armada que registraran todos los
testimonios relacionados con Pearl Harbor. El 12 de febrero de 1944, el Departamento
de la Armada nombró al almirante Thomas C. Hart para realizar la investigación
y recoger los testimonios. Aunque Hart no tenía autoridad para interrogar a la
Casa Blanca o los departamentos de Estado o Guerra y no interrogó al almirante
Stark, el almirante Kimmel, el capitán Arthur McCollum o el comandante Alvin D.
Kramer (el testigo clave de la armada) sí obtuvo evidencias concluyentes,
especialmente del capitán Laurence F. Safford, de que las autoridades de
Washington tenían una información secreta completa de un inminente ataque
japonés mucho antes del 7 de diciembre de 1941. El almirante Richmond K. Turner
también reveló el hecho de que, ya en mayo de 1941, la armada estaba
desarrollando planes de guerra para colaborar con británicos y holandeses en el
Pacífico, aunque los japoneses no atacaran fuerzas o territorio
estadounidenses. Naturalmente, no se hizo pública ninguna de estas
informaciones.
Aún más dañino fue el informe del
Consejo del Ejército de Pearl Harbor, que empezó sus trabajos en julio de 1944
y recogió 41 volúmenes de testimonios y setenta pruebas. Examinó a más de 150
testigos. Debido a la integridad y coraje del coronel Harry A. Toulmin, oficial
ejecutivo del consejo, el informe daba un relato honrado y apropiado de la situación
de Pearl Harbor hasta donde el consejo pudo obtener evidencias. No tenía
autoridad para interrogar a la casa Blanca o el Departamento de Estado. El
informe echaba la culpa al Secretario de Estado Hull, el general Marshall y el
general Leonard T. Gerow, así como en el general Short. El CEPH también
descubrió muchos datos adicionales como la naturaleza y grado de la información
secreta que poseían las autoridades de Washington antes del 7 de diciembre de
1941 respecto del inminente ataque japonés. El informe del CEPH no se hizo
público hasta después del día de la victoria sobre Japón, pero preocupó mucho
al secretario de guerra Stimson y buscó remediar el daño con la investigación
de Clausen, que describiremos enseguida. La investigación realizada por el
Tribunal de Investigación de la Armada del 24 de julio de 1944 al 19 de octubre
de 1944, hizo un trabajo igualmente bueno en la investigación de la
responsabilidad de los oficiales de la armada respecto de Pearl Harbor. El
tribunal esencialmente exoneraba al almirante Kimmel de negligencia en su labor
y criticaba severamente al almirante Stark por no dar a Kimmel la información
secreta acerca del posible ataque japonés que poseía Stark antes de Pearl
Harbor. Una de las cosas más importantes lograda por el informe del TIA fue
establecer más allá de cualquier posibilidad de duda que los mensajes cruciales
de “Ejecución Código Vientos” (“Viento del este, lluvia” habían sido recibidos,
decodificados y discutidos por los altos oficiales del ejército y la armada en
Washington y posiblemente en la Casa Blanca. Este mensaje, interceptado y
decodificado el 4 de diciembre de 1941, revelaba que Japón había abandonado sus
esfuerzos diplomáticos y estaba a punto de empezar una guerra contra Estados
Unidos y Gran Bretaña. Se decía que el general Marshall había ordenado la
destrucción de la copia de los mensajes “Vientos” en los ficheros del ejército
y historiadores blanqueadores como el almirante Samuel Eliot Morison han
tratado de hacernos creer que nunca se recibieron dichos mensajes. El informe
TIA no se presentó hasta después de terminar la guerra.
La llamada Investigación Clarke,
realizada por el coronel Carter W. Clarke, subdirector del Servicio Militar de
Inteligencia en septiembre de 1944 y julio de 1945, se preocupó principalmente
del manejo de “Magic”, los mensajes japoneses decodificados, por parte del
Departamento de Guerra. Aunque pensado para el blanqueo, la investigación sí
estableció el hecho de que el mensaje de los “Vientos” era muy conocido para
los oficiales del ejército antes de Pearl Harbor y revelaba los planes navales
secretos anglo-estadounidense-holandeses que tanto preocupaban a Roosevelt y
sus socios cuando descubrieron podría haber una posibilidad remota de que los
japoneses atacaran Tailandia en lugar de Pearl Harbor.
Como el Informe CEPH había
criticado a los altos oficiales del ejército, incluyendo al general Marshall y
al general Gerow, el secretario Stimson buscó desprestigiar el informe. El 23
de noviembre de 1944, Stimson anunciaba el nombramiento del coronel Henry C.
Clausen del Departamento General de Defensores Judiciales y antiguo miembro del
CEPH para viajar donde fuera necesario, entrevistar a personas que hubiesen
dado testimonios dañinos durante la investigación del CEPH y hacerles que
modificaran su testimonio, si era posible. Clausen viajó 55.000 millas y
entrevistó a noventa y dos personas. En su informe incluyó declaraciones solo
de cincuenta. Como podía esperarse, la “investigación” Clausen disculpaba a
Marshall y condenaba a Short, encontrando su principal cabeza de turco en
Washington en el general Gerow, aunque, en el momento de Pearl Harbor, no tenía
autoridad alguna para enviar instrucciones al general Short. Solo el general
Marshall podía haber hecho eso.
El Departamento de la Armada
también estaba preocupado por el Informe TIA, así que, el 2 de mayo de 1945, se
encargó al almirante H. Kent Hewitt que
hiciera un estudio de todas las investigaciones previas de la armada de Pearl
Harbor y realizar todas las investigaciones adicionales necesarias. La
Investigación Hewitt no consiguió exonerar al almirante Stark como había hecho
la Investigación Clausen con el general Marshall, aunque es relativamente
cierto que cualquier incorrección por parte de Stark en diciembre de 1941, se
debió a las restricciones que le impuso la Casa Blanca. La culpa por Pearl
Harbor, en lo que se refiere a la armada, seguía atribuida principalmente al
almirante Kimmel, aunque el almirante Hewitt reconocía concretamente que Stark
no envió a Kimmel la alarmante información secreta acerca del futuro ataque
japonés que poseía Stark.
La investigación más formidable de
la responsabilidad del desastre de Pearl Harbor fue la realizada por el Comité
Conjunto del Congreso sobre la Investigación del Ataque a Pearl Harbor, que
desarrolló sus trabajos de septiembre de 1945 a mayo de 1946. Se realizó
principalmente por las demandas del senador Homer Ferguson y otros críticos en
el Congreso de la conducta de la administración en relación con Pearl Harbor y
las anteriores investigaciones. Aunque esta investigación del Congreso ocupó
mucho tiempo, examinó a muchos testigos y recogió un enorme volumen de
evidencias, los miembros de la mayoría demócrata no tenían voluntad ni
intención de atender a los hechos reales
sobre la responsabilidad real de Pearl Harbor. Deseaban exonerar en la mayor
medida posible en una audiencia pública que estaba bajo los ojos de la prensa y
el público, aunque tanto prensa como público estaban predispuestos a aceptar la
inocencia de la administración. La minoría republicana ansiaba ceñirse a los
datos que dañaban la administración Roosevelt, pero se le impidió obtener todas
las evidencias deseadas (incluso todas las que divulgaría el poder ejecutivo) y
se vio limitada en su examen de testigos. El comité se vio enterrado bajo una
avalancha de supuestas evidencias que no había solicitado y que no tenía tiempo
de examinar y muchas de ellas eran irrelevantes. La investigación se quedó
corta bajo las protestas de la minoría, aunque los secretarios Hull Stimson no
comparecieron para un examen detallado, ni los ordenanzas que atendieron al
general Marshall el 6 de diciembre de 1941 subieron al estrado. Solo ellos
podían haber revelado la misteriosa ubicación de Marshall en la noche crucial
del 6 de diciembre de 1941.
El Informe Mayoritario habría sido
una completa exoneración si no hubiera sido por el intento con éxito hecho para
atraer a los congresistas republicanos, Gearhart y Keefe, para que los
firmaran. Para conseguir este resultado, la mayoría tuvo que conceder la
introducción de mucho material dañino relativo a la administración Roosevelt y
a los departamentos del Ejército y la Armada. Es instructivo advertir que
incluso este esfuerzo mayoritario de exoneración presenta más alegatos dañinos contra las
autoridades de Washington que los libros exoneradores de Walter Millis, Basil
Rauch, Samuel Eliot Morison y Herbert Feis, para todos los cuales estaba
disponible el informe completo del Congreso. Aunque Gearhart y Keefe cometieron
un error táctico al firmar el Informe Mayoritario, Keefe, al menos, no estuvo
de acuerdo con mucho de éste. Su larga declaración, en sus “Opiniones
adicionales” era en algunos aspectos una acusación más dura a las autoridades
de Washington que el Informe Minoritario. Este último estaba bastante
restringido, debido al esfuerzo por no decir nada que apoyara abrumadoramente
la evidencia que la minoría pudiera obtener. Atribuía la responsabilidad por el
desastre de Pearl Harbor directamente en los hombros de las autoridades en Washington,
donde correspondía estar.
A pesar del volumen de información
dañina producido por el CEPH y el TIa y por el Comité Conjunto del Congreso,
considerables evidencias esperan una mayor investigación y es una desgracia
que, cuando los republicanos estuvieron en mayoría en el Congreso en 1947-49,
no aclararan el asunto.
Mr. Greaves concluye su trabajo con
material de la recientemente publicada historia oficial del ejército en Prewar Plans and Preparations, que
establece perfectamente el hecho de que Roosevelt nos comprometió con la guerra
en el Pacífico incluso aunque no fueran atacadas fuerzas y territorios
estadounidenses, una violación de sus sagradas promesas de 1940 a “padres y
madres estadounidenses” y la razón de la gran preocupación de las autoridades
de la administración en caso de que los japoneses pudieran atacar Tailandia.
El resultado neto de la
investigación revisionista aplicad a Pearl Harbor se reduce esencialmente a
esto: para promover las ambiciones políticas de Roosevelt y su mendaz política
exterior unos tres mil muchachos estadounidenses fueron masacrados
innecesariamente en Pearl Harbor. Por supuesto, fueron solo una gota de agua en
un cubo en comparación con los que acabaron muriendo en la guerra consecuente,
que fue tan innecesaria, en términos de intereses vitales estadounidenses, como
el ataque sorpresa a Pearl Harbor.
8 – La quiebra de una política
El octavo capítulo, de Mr.
Chamberlin, va al centro de la política exterior de Roosevelt. Ha quedado bien
establecido que Roosevelt metió con engaños a este país eme ñ Segunda Guerra
Mundial contra la voluntad de al menos el 80% del pueblo estadounidense. Esta
guerra costó a Estados Unidos alrededor de un millón de bajas (227.131 murieron
en acción, 26.705 a causa de sus heridas. 38.891 por otras causas, 12.870
desparecieron y 672.483 fueron heridos). Su coste monetario directo para
Estados Unidos fue de alrededor de 350.000.000.000$, siendo el coste definitivo
al menos de medio billón de dólares, sin contar los costes militares posteriores
a 1945 que resultaron directamente de la guerra del presidente Roosevelt y que
están aumentando de forma fantástica hoy en día. Hubo otros grandes costes
culturales y morales que enumera Mr.
Chamberlin en su capítulo.
La sabiduría de Roosevelt y sus
socios en provocar y declarar esta guerra solo puede probarse justamente
comparando los resultados con los costes. Tendrían que demostrarse enormes
ventajas para justificar esos costes astronómicos y tragedias atroces. Mr.
Chamberlin prueba con una gran riqueza de evidencias que no se consiguió
prácticamente ningún beneficio para la humanidad en su conjunto o para los
ciudadanos o el interés nacional de Estados Unidos como consecuencia de nuestra
entrada en la guerra. En su mayor parte, la situación es mucho peor de la que
habría sido si nos hubiésemos mantenido apartados.
Muchos aduladores de la política
exterior del presidente Roosevelt se han visto ahora obligados, por las
evidencias acumuladas, a admitir que nos mintió para entrar en guerra. Pero se
refugian en la alegación de que estaba más que justificado por los grandes
servicios que rindió a Estados Unidos y al mundo. Arthur M. Schlesinger, Jr. ha
afirmado que dicha política y acciones eran los rasgos de un buen servidor
público y una persona fiel a su cargo. El capítulo de Mr. Chamberlin responde
para siempre a esa cínica casuística.
Al principio del capítulo, Mr.
Chamberlin relata la forma en que Roosevelt nos engañó para entrar en guerra,
desde el acuerdo de destructores por bases de septiembre de 1940 al ultimátum
del secretario Hull del 26 de noviembre de 1941. Las garantías públicas de los
intentos pacifistas fueron siempre en paralelo con políticas y acciones
deliberada y efectivamente pensadas para llevarnos a la guerra. Chamberlin
expone la falsa campaña de temor que se basaba en la alegación de que Hitler
había planeado conquistar y ocupar Estados Unidos tan pronto como se hubiera
librado de Gran Bretaña y Rusia.
Los principales objetivos
anunciados de Franklin D. Roosevelt al declarar la guerra fueron
- aplicar
los principios de la Carta del Atlántico de agosto de 1941;
- fomentar
las cuatro libertades;
- conseguir
la rendición incondicional de Alemania y Japón como requisito previo a la
paz;
- cooperar
con la Rusia soviética para promover la libertad, la democracia, la
justicia y la paz en todo el mundo;
- defender
y perpetuar el régimen de Chiang Kai-shek en el Lejano Oriente;
- promover
en todo el mundo nuestros altos ideales morales expresados en las
ficticias promesas de Roosevelt y en las banalidades farisaicas del
secretario Hull;
- crear una
nueva organización (las Naciones Unidas) que pudiera eliminar la guerra y
garantizar una paz mundial permanente y
- aumentar
la seguridad nacional estadounidense y obtener garantías de protección
ante fuerzas amenazantes tanto dentro como fuera de nuestro país.
Mr. Chamberlin, implacable pero
justamente sigue la línea de estos supuestos objetivos bélicos y demuestra que
solo uno se llevó a la práctica. La Carta del Atlántico ha sido tan incumplida
como lo fueron los Catorce Puntos de Wilson después de 1918. Rusia lideró el
incumplimiento de la carta, pero Estados Unidos y Gran Bretaña no están libres
de culpa e inhibirse ante dichos incumplimientos rusos. Ninguna de las cuatro
libertades se hizo más efectiva por la guerra y, en la mayoría de los casos,
están más lejos de su consecución en 1953 que en 1940. La rendición
incondicional prolongó la guerra cerca de dos años, llevó a pérdidas colosales
e innecesarias en vidas, dinero, propiedad,
monumentos históricos y tesoros artísticos, interrumpió la vida económica de la
Europa central y costó a Estados Unidos más de veinticinco mil millones de
dólares en la labor de restaurar las áreas dañadas. También creó en las áreas
devastadas un resentimiento permanente que puede ser el germen de una tercera
guerra mundial.
Rusia rechazó cualquier
preocupación por la democracia y la libertad después de acabada la guerra y
solo estuvo interesada en la paz si se garantizaba de acuerdo con sus
intereses. Como consecuencia de la colaboración de Roosevelt con Rusia, esta
última alcanzó un mayor poder que el que tenían combinados Alemania y Japón en
1940 y los soviéticos estuvieron menos interesados en tener relaciones
amigables con Estados Unidos que la que tenían Alemania y Japón antes de Pearl
Harbor. El equilibrio de poder se destruyó en Europa y Estados Unidos está hoy
gastando incontables miles de millones en un inútil esfuerzo por restaurarlo.
En el Lejano Oriente, Rusia ha sustituido a Japón como potencia dominante y
Japón esta inerme ante los avances rusos. Chiang Kai-shek ha caído en una
desgracia impotente en un precario refugio en Formosa y los comunistas se han
apoderado de China. Nuestra inepta política en China ha echado a los comunista
chinos en brazos del Kremlin en lugar de dirigir las ambiciones chinas contra
Rusia. Hay una amenaza de una nueva guerra mundial en Corea, mucho más
amenazadora para la paz mundial que la guerra chino-japonesa del 1937-41.
Las benignas promesas morales de
Roosevelt y las pías beatitudes de Hull se las llevó el viento, dejando atrás
solo un recuerdo de horrores de matanzas en masa, horrible devastación física,
deportaciones masivas, masacres vengativas, linchamiento legalizado de líderes
derrotados, un mundo en caos e integridad internacional. Las Naciones Unidas
están divididas por la mitad, no han conseguido promover la paz y se están
usando más para promover la guerra que para asegurar la paz. La moralidad
pública se ha deteriorado por una generación de mentiras públicas y el cinismo
acerca de las graves ofensas a la ética política está creciendo con alarmante
rapidez. La corrupción de la administración Truman excede con mucho a la de la
era Harding.
No se ha garantizado la seguridad
nacional estadounidense: por el contrario, es mucho más precaria que en 1941.
El poder ruso es mucho mayor que el de Alemania y Japón combinados y Rusia
tiene menos deseos de paz con Estados Unidos. Nuestra seguridad económica está
amenazada por la deuda, la inflación si paralelo, los impuestos casi
confiscatorios y la perspectiva de astronómicos gastos futuros probablemente en
un esfuerzo inútil de recuperar la seguridad internacional de la que ya
disfrutábamos en el momento de Pearl Harbor. La seguridad individual se ve
amenazada por nuestra inestable economía, por los ataques sin precedentes a
nuestras libertades civiles y derechos personales y por el fantasma del
servicio militar universal y las inacabables amenazas de guerra.
Ése es el balance de la política
exterior de Roosevelt, como concluye apropiadamente Mr. Chamberlin: “una quiebra intelectual,
moral, política y económica, completa e irrecuperable”.
En un breve epílogo al capítulo de
Mr. Chamberlin, el Dr. Neumann demuestra que la administración Truman siguió la
misma política intervencionista del régimen de Roosevelt, utilizando tácticas
similares y con resultados igualmente desastrosos.
8 – La política exterior estadounidense a la luz del interés nacional en el
medio siglo
En el noveno capítulo, el Dr.
Lundberg investiga la relación y efectos de la política exterior global de
Roosevelt-Truman respecto del interés nacional de Estados Unidos. Examina el
problema a la luz de la ciencia social en lugar del idealismo romántico y
etnocéntrico de los entusiastas globales.
Nuestra concepción del interés y la
seguridad nacional remontándose a alrededor de 19114 y sobre todo a 1898, se
fundaba en el marco de lo que se llamado continentalismo. Éste rechazaba la
intervención estadounidense en las controversias del Viejo Mundo y advertía
contra las interferencias de éste en nuestros propios asuntos. Se reservaba una
completa libertad de acción para defender nuestros intereses y derechos en
todas partes del mundo. Adoptaba la neutralidad como nuestra política básica en
los asuntos mundiales, pensada para limitar en lo posible que las guerras se
recrudecieran. El aislacionismo no era parte de esta visión o política. Quienes
sostenían el principio del continentalismo no se oponían a algún grado o
volumen razonable de relaciones internacionales pacíficas y aceptaban todas las
organizaciones mundiales posibles como un tiempo agradable, un clima saludable
o la felicidad humana. En la era en que dominaba el continentalismo, crecimos
hasta ser una nación grande y próspera, permanecimos si guerra durante un
siglo, estábamos libres de una pesada deuda pública y de unos impuestos
federales que no eran más que nominales y disfrutábamos de más libertad
personal que cualquier otra nación importante en el mundo.
Frente a esta política tradicional
de continentalismo, que hizo seguro y próspero a Estados Unidos, ha aparecido,
desde 1914 y especialmente desde 1940, un movimiento basado en el
internacionalismo y el intervencionismo que rechaza casi todos nuestros
principios y prácticas tradicionales. Nació bajo los siguientes principios:
- el mito
del indispensable valor de un gran comercio exterior para la prosperidad
del país;
- un
idealismo etnocéntrico injustificado, desbocado e indisciplinado;
- el
movimiento pacifista generosamente subvencionado, con fácil acceso y gran
poder sobre las principales agencias de comunicación y propaganda, ahora
el principal grupo no político de presión para una guerra global y
- la
diplomacia británica, que ha conseguido inteligentemente el apoyo
estadounidense durante las últimas etapas de la desintegración imperial
británica.
La mejor manera de evaluar las
ventajas relativas de estas dos concepciones opuestas del interés nacional es
examinar sus contribuciones pasadas y posibles futuras a la seguridad y
prosperidad estadounidense. En un tiempo se supuso que podríamos estar seguros
dentro de nuestras propias fronteras, pero ahora se nos dice que debemos tener
muchas bases militares ampliamente desperdigadas en todo el planeta. Aún así,
esto no es probable que promueva nuestra propia seguridad o la paz mundial.
Cuanto más extendamos nuestras bases, más nos exponemos a ataques y más
aumentamos la hostilidad de otras naciones que no es probable que acepten tal
cual nuestras declaraciones de paz y buena voluntad. Nuestro historial pacífico
en nuestro propio continente no es demasiado impresionante. Se está en general
de acuerdo en que nuestra entrada en la Primera Guerra mundial no aumentó
nuestra seguridad y hay una creciente convicción de que pasó lo mismo con
nuestra entrada en la Segunda.
El nuevo internacionalismo ha
introducido una aproximación legalístico-moral a los problemas del mundo que
ignora “los principios de los límites y el equilibrio operativa en la sociedad
humana, basados en la localización y distribución de los recursos, así como en
el desarrollo tecnológico y la educación de las poblaciones, a lo cual deben
ajustarse programas políticos y económicos realistas si se quiere alcanzar sus
objetivos”. Es fantástico imaginar que podemos extender todas las ventajas de
las culturas avanzadas a todos los pueblos del planeta inmediatamente y sin
referirnos a estos principios. La prosperidad y la paz mundial deben
desarrollarse en armonía con principios ecológicos y sociológicos en lugar de
de acuerdo con la retórica de comentaristas de radio, periodistas,
predicadores, dramaturgos, novelistas y escultores. Lo tonto de esta
aproximación legalístico-moral-emocional a los problemas del mundo puede verse
claramente por absurdos tan recientes y costosos como el estímulo de Gran
Bretaña a las políticas alemanas de 1933 a 1939… para luego declarar
repentinamente la guerra a Alemania por seguir las mismas políticas. Luego se
produjo la destrucción del poder militar alemán y japonés, que pronto se vio
seguida por un esfuerzo costoso y probablemente vano de reconstruirlo. Los
británicos toleraron y estimularon durante varios años la imposición
estadounidense de un Plan Morgenthau modificado en Alemania en 1945… y luego
aprobaron reemplazarlo por un Plan Marshall para reparar el daño causado.
La seguridad puede promoverse con
organizaciones mayores que el estado nacional, pero esas entidades políticas
mayores deben basarse en realidades geográficas, ecológicas, tecnológicas y
culturales. Se establecen fronteras políticas fantásticas descuidada y arbitrariamente, pero una vez
establecidas, aunque casual y alegremente, adquieren alguna misteriosa
santidad: violarlas “ataca el corazón de mundo”. Toda guerra fronteriza se
convierte en una guerra mundial y la paz mundial desaparece de la escena. Por
esta absurda política, el internacionalismo y el intervencionismo invitan y
aseguran “guerra perpetua para una paz perpetua”, ya que cualquier movimiento
que amenace a naciones pequeñas y a estas fronteras místicas se convierte en
una “guerra de agresión” que no debe tolerarse, aunque oponerse a ellas pueda
romper el espinazo al mundo.
En lo que refiere a la propiedad,
el nuevo internacionalismo no resulta mejor que respecto de la paz y la
seguridad. El comercio exterior nunca ha constituido más de 10% del comercio
total de Estados Unidos y el interior podría aumentarse fácilmente en mucho más
del 10% mediante reformas económicas sensatas. El coste de las guerras y los
armamentos para Estados Unidos desde 1917 excede la renta que resultaría de una
balanza favorable de nuestro comercio exterior durante mil años. La falta de
lógica de la actitud de los “monomundiales” respecto del comercio exterior se
ve fácilmente apuntando que, si realmente creáramos el estado mundial que
reclaman con tanto ardor, no habría comercio exterior en absoluto.
Antes de 1914, nuestra deuda
nacional era prácticamente inexistente, ahora se aproxima a los trescientos mil
millones de dólares. Los impuestos se están convirtiendo en confiscatorios. El
presidente Truman recaudó más impuestos federales de abril de 1945 a enero de
1953 que todos los demás presidentes estadounidenses combinados. La inflación
recortando a alarmante velocidad el poder adquisitivo del dólar.
El doloroso registro de la
intervención global se está haciendo tan impresionante que está por fin
empezando a estimular la apostasía entre los antiguos devotos del círculo
Roosevelt-Truman. El mejor ejemplo ofrece el reciente libro de George F.
Kennan, American Diplomacy,
1900–1950, en el que autor ataca la lógica y los supuestos beneficios
de la aproximación legalístico-moral de los internacionalistas con tanto vigor
como Beard, aunque discreta, pero ilógicamente, niega la mayoría de las
críticas de los acontecimientos desde 1939. Sin embargo, es fácil para el
lector trasladar el argumento hasta el medio siglo.
A pesar del abrumador dominio de
los internacionalistas sobre las políticas públicas hoy en día, su derrota no
es imposible. El movimiento está apoyado activamente solo por una fracción
microscópica del pueblo, aunque todos suframos por sus depredaciones. Los
internacionalistas constituyen solo una especie de “partido dentro del partido”
en nuestro incipiente régimen de “1984” (no distinto de grupo comunista selecto
o élite de la Rusia soviética). La pertenencia total declarada de todas las
organizaciones de gobiernos mundiales combinada está por debajo de las cien mil
personas. Éste presenta el que probablemente es el ejemplo más extremo de
control minoritario en la historia moderna, aunque sus exponentes pretenden
estar presentando la batalla por la democracia mundial. Su fortaleza reside en
su poder sobre las agencias de comunicación
y el apoyo que les dan poderosos grupos de presión minoritarios, las
fundaciones más ricas del mundo y los poderosos del petróleo y otros intereses
financieros internacionales. Si la gente pudiera conocer estos hechos, la
vuelta al continentalismo y a la sensatez en asuntos mundiales se conseguirían
rápidamente, para enorme beneficio del interés y la seguridad nacionales de
Estados Unidos.
Conclusión
Hay pocas dudas de que este libro
será denostado por las fuerzas de “ocultación” y “rehabilitación” como “un
retorno al aislacionismo de preguerra”, “la reaparición del Primero Estados
Unidos” y similares. El adjetivo del “aislacionismo” es un de los ejemplos
conspicuos de la provisión de “doblehablar” por parte de la avanzadilla de la
guardia estadounidense de la semántica de “1984”. Es un término desdeñoso sin
significado real.
Pocos de quienes se opusieron a la
entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial eran aislacionistas en
ningún sentido y muchos de los líderes, como el veterano profesor Beard, fueron
toda la vida defensores de relaciones internacionales racionales y buena
voluntad. De hecho, ha habido poco o ningún aislacionismo literal en nuestra política exterior estadounidense.
Incluso Jefferson y los Padres Fundadores fueron fuertes defensores de la
participación y comprensión internacional. El único aislacionismo que defendieron
nunca ellos o sus sucesores fue el aislamiento de las disputas extranjeras
egoístas y esta política es tan sensata y vital hoy como lo era en 1800. De
hecho, es aún más esencial para nuestra salvación y seguridad nacional hoy de
lo que lo era hace un siglo y medio.
Los autores de este libro reconocen
la necesidad y lo ventajoso de el más amplio grado posible de contactos y
relaciones internacionales en el plano de la paz. Muchos de ellos han estado
trabajando activamente hacia ese objetivo cuando algunos de los defensores más
conocidos de la intervención global de hoy eran bebés y en sus cunas y en mantillas.
Pero un sistema que transforma toda guerra fronteriza en una potencial guerra
mundial, busca desbaratar tendencias históricas fundamentales y hace del miedo
a la guerra y la histeria armamentista la base de una estrategia política
interior y de la “prosperidad” económica difícilmente puede considerarse como
un medio eficaz para alcanzar la paz mundial.
Harry Elmer Barnes (1889-1968) fue
un pionero del revisionismo histórico, en el sentido de usar la investigación
histórica para cuestionar y refutar las explicaciones históricas divulgadas por
el estado y la clase política o, como el propio Barnes la calificó “historia
cortesana”. Considerado durante mucho tiempo como un líder intelectual
progresista de la izquierda estadounidense, Barnes fue asociado a la Vieja
Derecha por su oposición al New Deal y a la entrada de Estados Unidos en la
Segunda Guerra Mundial. Su obra ha tenido una profunda influencia en
historiadores de la Nueva Izquierda como William Appleman Williams y Gabriel
Koldo, así como en las obras históricas de Murray Rothbard y otros libertarios.
Ver el editorial de Murray
Rothbard en Left &
Right, “Harry Elmer Barnes, RIP”.
Este artículo está extraído del último
capítulo de Perpetual War for
Perpetual Peace, 1953.