El desastroso acuerdo de 1972

Por Gregory Bresiger. (Publicado el 7 de diciembre de 1999)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/344.

 

No hay duda de que el verdadero destructor de las libertades de cualquier pueblo es el que distribuye en él botines, donaciones y largueza. – Plutarco.

Nada puede ser más obsoleto que intentar liberar a la humanidad de la pobreza por medios políticos: nada puede ser más inútil y peligroso – Hannah Arendt.

Desde su inicio a mediados de la década de 1930, la Seguridad Social, el programa fundamental del estado de bienestar estadounidense, ha sido en sí mismo un sistema político. Las prestaciones y aportaciones se han determinado por los intereses especiales. El programa ha estado dominado por las necesidades de los políticos de ganar elecciones. Los superávits de la Seguridad Social han sido saqueados,[1] desviados a otros fines, una forma de robo político predicho por el Senador Arthur Vandenberg ya en la década de 1930 cuando el programa estaba en su infancia.[2]

Desde las enmiendas de la Seguridad Social de 1939 que acabaron con la simulación de la Seguridad Social como seguro[3] (una simulación que había sido necesaria para impedir que los tribunales la echaran abajo)[4] a la decisión de añadir el seguro de incapacidad justo a tiempo para las elecciones de 1956, se han desarrollado las políticas sin consideración por las generaciones futuras. Los contribuyentes del futuro, que no tenían nadie que les representara, pagarían las mayores tasas fiscales requeridas para mantener las promesas políticas de entonces.

Pero no es necesario citar las obras de los críticos del sistema para documentar esta prestidigitación política. FDR la reconocía. Hablando con un amigo acerca de las contribuciones a la Seguridad Social, FDR decía: “esas contribuciones nunca han sido un problema de economía. Son algo completamente político”.[5] Presumía de que las contribuciones crearían electores políticos que asegurarían que la Seguridad Social continuaría eternamente y que “ningún maldito político” podría nunca hacer mella en el sistema.

Pese a la presunción de FDR, hubo políticos en los primeros 35 años aproximadamente de la existencia de la Seguridad Social que pensaron que el sistema era defectuoso y debería reformarse o cambiar radicalmente. Estos críticos incluían al gobernador Alf Landon en 1936, el representante Carl Curtis en las décadas de 1950 y 1960, así como el senador Barry Goldwater, que en un breve lapso de la campaña presidencial de 1964 sugirió que la Seguridad Social debería ser voluntaria. Pero al principio de la década de 1970, cualquier discusión en el Congreso acerca de alternativas a la Seguridad Social quedaría fuera de juego por un acuerdo bipartidista pensado para reelegir políticos de ambos partidos.

Cruzando el Rubicón en 1972

Después de casi 40 años de política de Seguridad Social, se llegó a una decisión que marcó un hito a principios de la década de 1970, la decisión de aumentar automáticamente las prestación de la Seguridad Social cuando aumenten los índices de inflación. Es algo que se produciría muchas veces en la siguiente década al crear estragos en la economía estadounidense las grandes políticas monetarias laxas. La crítica decisión de ayuda social del gobierno federal desataría una cadena de acontecimientos que asegurarían que los mayores pagos de la Seguridad Social dañarían tanto a contribuyentes como a beneficiarios. Ambos se verían sobrepasados por la inflación en dobles dígitos.

La decisión de 1972 sobre Seguridad Social fue poco examinada por economistas y comentaristas del momento por sus consecuencias a largo plazo. Pero unos pocos años después, sus consecuencias no podían ignorarse. Fue cuando el sistema se convirtió repentinamente en tan caro que amenazaba con implosionar.

Hoy uno de los participantes en la crítica decisión de 1972 reconoce que “fue el peor error político” de la administración Nixon,[6] lo que es mucho decir, ya que muchos economistas echan la culpa a las “nixonomics” de las desastrosas políticas que llevaron a la estanflación. Por cierto, que la estanflación era algo que los keynesianos y quienes creían en la Curva de Phillips habían dicho que no podía producirse. La inflación no podía producirse al mismo tiempo que bajos tipos de crecimiento, decían.

Pete Peterson, entonces Secretario de Comercio en la administración del presidente Richard Nixon, es ahora muy crítico con el acuerdo bipartidista entre un presidente republicano y un Congreso demócrata que aumentó las prestaciones de la Seguridad Social en un 20% en un año de elecciones (una práctica común), pero esta vez el Congreso y el presidente añadieron una cláusula de coste de vida, algo que no había ocurrido nunca en la historia del sistema. Aunque Nixon originalmente había propuesto un aumento en las prestaciones del 5%, adoptó las contrapropuestas de los demócratas que añadían un 15% a su plan. Aún así, cuando se ofreció originalmente, la alta cifra fue rechazada por el asesor de Nixon, John Ehrlichman. Dijo que la cifra del 20% era “una estratagema política y no puede considerarse seriamente”.[7]

Pero el aumento del 20% era serio: muy serio especialmente para jóvenes y clases medias asalariados en las décadas de 1970, 1980 y 1990 que se encontrarían con que las contribuciones salariales se comerían más parte de su nómina que el odiado impuesto federal de la renta. Las contribuciones salariales saltarían del 9,60% (dividido entre empresario y empleado) a finales de la década de 1970 al 15,30% actual, un aumento de casi el 60%. Y como veremos más tarde, las altas contribuciones salariales, que dificultan la creación de empleo, podrían aumentar otro 60% en las próximas tres décadas. Estados Unidos podría copiar a muchos de los estados del bienestar de Europa Occidental en los que son comunes las contribuciones salariales a la Seguridad Social en torno al 30%. Junto con estas mayores contribuciones salariales, la mayoría de las economías de Europa Occidental tienen menores tasas de crecimiento y mayores tasas de desempleo que Estados Unidos.

El compromiso con el ajuste al coste de la vida y superar a sus oponentes en expandir la Seguridad Social fue parte de la transformación keynesiana de Nixon. El vicepresidente Hubert Humphrey, haciendo campaña contra Nixon en la campaña presidencial de 1968, había prometido respaldar los ajustes al coste de la vida. Así que Nixon, en pleno concurso, también dijo que los defendía. Nixon decía que los ajustes “despolitizarían, hasta cierto punto, el sistema de Seguridad Social y darían mayor estabilidad a lo que se ha convertido en la piedra angular de nuestro sistema de seguridad social de la sociedad”.[8] A Nixon le gustó tanto el aumento de la Seguridad Social que trató de poner el logotipo del Partido Republicano en los cheques que contenían el anuncio de los ajustes.[9]

El bipartidismo de la Seguridad Social (un método para silenciar a los pocos críticos del sistema) tuvo un impulso por el acuerdo de 1972, algo sin precedentes. Esta búsqueda política de votos iba a ser un desastre para los contribuyentes. Pocos años después del acuerdo de 1972, el sistema de Seguridad Social, que había tenido superávit en la década de 1960, empezó a tener números rojos. Las contribuciones tuvieron que aumentarse una y otra vez. Los presidentes Carter y Reagan, aprobando distintos acuerdos “bipartidistas” de aumentos en las contribuciones salariales a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980, anunciaron ambos que la Seguridad Social se había salvado.

La historia ha demostrado que ambos, Carter y Reagan, supuestos enemigos ideológicos, se equivocaron. Los aumentos automáticos en las ayudas sociales (aprobados alegremente tanto por republicanos como por demócratas en 1972) significaron que los aumentos en las contribuciones no pudieran cumplir con lo prometido. Después de muchos aumentos en las contribuciones, de produjeron superávits en el sistema. Pero los superávits no crecieron ni remotamente al ritmo que se necesitará para pagar a los baby boomers, que empezarán a jubilarse alrededor de 2012 y esperan que el gobierno pagua su jubilación. Y mucho baby boomers han ahorrado poco para la jubilación, sin dudad en parte a causa de las altas contribuciones salariales que tuvieron a aumentarse muchas veces para pagar el acuerdo de 1972.

Incluso Nixon, años más tarde, reconocería que el acuerdo de 1972 había sido un error. “Lamentó ligar prestaciones al coste de la vida”.[10] Sin embargo, en aquel entonces, no se oyó ni un comentario del muy popular Nixon. O de Peterson. O de la prensa, que en general aplaudió la propuesta. O de republicanos o demócratas, la mayoría de los cuales aprobaron el paquete (La Cámara los aprobó por 302-35 y el senado con 82-4 votos).[11] Los pocos que votaron contra mayores prestaciones de la Seguridad Social en año de elecciones se arriesgaban a un suicidio político.

No más política en la Seguridad Social

Los aumentos automáticos en los pagos de la Seguridad Social significaban que el debate sobre las ayudas sociales se había acabado. La Seguridad Social se convirtió en una religión secular que estaba más allá del debate. El acuerdo de 1972 significaba que no habría más votaciones desagradables sobre aumentos en tarifas. No más tener que aguantar a un grupo de disidentes del Congreso que quisieran conocer cómo se pagaría todo esto, que cuestionaran la ética de los aumentos en años electorales o que quisieran examinar de cerca en qué se estaba convirtiendo la Seguridad Social (la mayor ayuda social) y cómo sería para nuestros nietos. Pocos estaban mirando de cerca lo que era la Seguridad Social.

Incluso el título genérico para la Seguridad Social y otros programas públicos del bienestar (“entitlements” [derechos]) era equívoco, como veremos luego. Nadie tenía “derecho” a nada. No hay garantías.

Pero en 1972 cualquier posible debate sobre la Seguridad Social había terminado para una generación. Las Sociedad Social, como muchos parlamentarios de ambos partidos han dicho posteriormente durante los debates presupuestarios, “no estaba sobre la mesa”. Gracias principalmente a las ambiciones presidenciales de lo políticos clave (Richard Nixon, buscando tener muchísimos votos en la reelección, Wilbur Mills, el demócrata más importante en el Congreso, que iba a iniciar una campaña frustrada a la nominación presidencial demócrata, y barones congresistas como el presidente del Comité de Finanzas del Congreso, Russell Long), la Seguridad Social no solo tendría una expansión sin precedentes, sino que sus principios quedarían fuera del debate.

Añadir el 100% de los aumentos en el coste de la vida fue una gran política. Tanto el Congreso demócrata como el presidente republicano fueron fácilmente reelegidos. Nixon, que quería que los contribuyentes supieran que él había aprobado los aumentos, explotó su valor político al máximo. El senador George McGovern, un desvalido candidato presidencial perdedor que se enfrentó a Nixon y que posteriormente tendría que explicar el fracaso político por un anuncio nada ingenuo del Consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger unos pocos días antes de las elecciones de que “la paz estaba al alcance de la mano” en Vietnam (no lo estaba), se quejó de que Nixon estaba jugando la baza política de la Seguridad Social llevándose el mérito del aumento.

El correo que notificaba a los beneficiarios de la Seguridad Social que los pagos eran más altos “implica que la gente mayor debe a Richard Nixon el aumento del 20% (…) Se parece mucho a Scrooge tratando de recibir el mérito por el espíritu de la Navidad”, se quejaba McGovern.[12]

El correo se envió solo cuatro semanas antes de la aplastante reelección de Nixon. (Nixon ganó en 49 estados. El desventurado McGovern solo ganó en Massachusetts y el Distrito de Columbia).

Sin embargo, McGovern tampoco dejó de jugar la baza de la política de la Seguridad Social. En el Senado, ofreció una propuesta que contenía el aumento del 20% y los ajustes automáticos. Nixon supero a McGovern. El Partido Republicano podía jugar a la política de la Seguridad Social tan bien como los demócratas.

De hecho, no había ningún desacuerdo filosófico en expandir el programa, solo un desacuerdo sobre quién iba a conseguir el mérito político. El acuerdo de 1972 significó que los dos grandes partidos políticos estadounidenses fueran el partido del Gran Gobierno y el partido del Mayor Gobierno.

Unas pocas Casandras

Aún así, unos pocos en el Congreso pensaron que algo iba mal cuando los expertos de la administración dijeron que el dinero y los ajustes eran actuarialmente sólidos. Los expertos basaban sus proyecciones en la expectativa de que los salarios tendrían el sano crecimiento dinámico en la siguiente década que habían tenido en la anterior. Estas proyecciones se hicieron justo cuando los salarios reales se estancaban.

“No insistiré en la cuestión de si los expertos (…) merecen nuestra confianza”, decía el representante Barber Conable. “Solo digo que en el congreso no nos merecemos la confianza del pueblo estadounidense si nos permitimos salir en estampida a votar esto”.[13]

El representante John Byrnes se quejaba de que un aumento del 20% significaría inevitablemente más contribuciones. Dijo que no se había tomado ningún testimonio en el Congreso de Medios de Mills sobre cómo se financiaría. “Hay quien puede llamar a lo que estamos haciendo aquí como política de listos. Yo lo llamo irresponsabilidad”.[14]

El acuerdo fue una decisión que costó innecesariamente a contribuyentes miles de millones de dólares porque la fórmula de las prestaciones sobrepasaba la inflación mediante un sistema de doble indexación. Eso significaba que el sistema estaba pagando demasiado y los fondos de garantía empezaron a agotarse a un ritmo alarmante.

Desde 1975, cuando los aumentos en los ajustes tuvieron efecto, hasta 1981, el fondo de garantía, que incluía fondos de Medicare, cayó de 55.000 millones de dólares a 40.000 millones, una disminución del 27%.[15] Al fondo de garantía, en la primavera de 1977,solo le quedaba para pagar ocho meses. William Simon, que fue Secretario del Tesoro a mediados de la década de 1970, escribía: “al ritmo de agotamiento, los fondos de garantía se acabarían a principio de la década de 1980. Las obligaciones no financiadas de la Seguridad Social suman más de 4 billones de dólares”.[16]

Pero no se permitiría caer al sistema. Se obligaría a los trabajadores a “salvarlo”. Se aumentaron las contribuciones salariales, pero no era suficiente. Había otro acuerdo bipartidista a la vista en 1983, que de nuevo “salvaría” el sistema aumentando algo más las tarifas.

La metamorfosis de Mills

Wilbur Mills originalmente se había opuesto a la adición de los ajustes en la década de 1960. Pensaba inicialmente que los ajustes (así como otros programas de gasto automático) quitarían poder al Congreso. Preguntaba: “¿Va el Congreso a tener algún crédito en los futuros ajustes de prestaciones o vamos a (…) dejar que el Secretario de Salud, Educación y Bienestar se lo lleve todo?”[17]

Mills acabó cambiando de idea porque el tema de los ajustes era la política. Y, después de duros esfuerzos de la AARP, una organización fue y sigue siendo decisiva para las esperanzas presidenciales de muchos candidatos, Mills se echó atrás.[18]

Algunos han sugerido que la AARP no fue el elemento clave en el cambio de opinión de Mills. Más bien podrían haber usado la expresión de FDR “son algo completamente político” para explicar el cambio. El compañero demócrata Russell Long, presidente de Comité de Finanzas del Senado dijo que Mills y otros colega demócratas apoyaron los ajustes porque no iban a ser desbordados por una administración republicana.

Long decía “una razón por la que el presidente Mills dio un paso al frente y defendió esto es que el Presidente probablemente iba a defenderlo cualquier día”. “Si va a haber un desfile, creo que yo preferiría estar al frente que al final de la cola”, dijo Long.[19] Resulta interesante que el Secretario de Salud, Educación y Bienestar, Elliot Richardson, reconoció que Nixon y el Congreso estaban en una guerra de ofrecer más prestaciones de la Seguridad Social.[20]

El éxito del acuerdo de ayuda social de Nixon-Mills establece un peligroso precedente. Ambos grandes candidatos presidenciales, a pesar de sus supuestas diferencias filosóficas, estaban básicamente de acuerdo acerca de la expansión del estado de bienestar. Los principales partidos ya no discutirían acerca de expandir automáticamente las prestaciones de la Seguridad Social. Y ambos partidos (cuando empezaron a descubrir déficits que amenazarían con hacer naufragar el sistema en tinta roja) se unirían y acordarían conjuntamente autorizar más aumentos en las contribuciones desde una “base no partidista”.

La política de la Seguridad Social se acabó en el Potomac. En cuanto ambos partidos aceptaron la política exterior de la guerra fría, también aceptaron los presupuestos básicos del estado del bienestar, que no era objeto de debate. En la década de 1980, Ronald Reagan, el supuesto enemigo del gran gobierno, diría de la Seguridad Social que “ha probado ser uno de los programas (federales) con más éxito y popularidad”.[21]

El acuerdo de la Seguridad Social de 1972 en la historia

Lo notable del episodio de 1972 es que pocos políticos y otras élites pensaran que estaba ocurriendo entonces algo notable. El paquete de los ajustes se veía como una expansión “incremental” de la Seguridad Social. Pero, como pocos comentaristas han dichos posteriormente, fue una expansión masiva disfrazada de incrementalismo.

“Hasta donde yo sé”, escribe Peterson. “nuestro personal económico nacional nunca analizó seriamente el coste de los futuros ajustes al alza”.[22] Por cierto, Nixon no pensaba que el acuerdo fuera tan importante como para mencionarlo. En las 1.100 páginas de sus memorias, no hay ninguna mención a la Seguridad Social. Dada la importancia histórica de este acuerdo, es notable que Nixon no viera ninguna necesidad de explicar su acuerdo en el año electoral.

Pero la importancia del acuerdo bipartidista de la Seguridad Social de 1972 no puede ignorarse, rebajarse o exagerarse.

“Pocvos ciudadanos o políticos saben el daño que se hizo a la Seguridad Social en 1972”, escribía la antiguo miembro del Comité de Finanzas del Senado y comentarista de la Seguridad Social, Carolyn Weaver. “De un solo golpe, las nuevas provisiones de indexación convirtieron un sistema caracterizado por un crecimiento apropiado en uno de crecimiento automático y descontrolado”.[23]

Significaba que, debido a lo excesivo de la promesa, los que recibieron prestaciones en la década de 1970 recibirían más que los de la siguiente generación. Cada generación sucesiva de receptores empeoraría. Cada generación futura recibiría menos y cada generación de contribuyentes tendría mayores contribuciones salariales. Era, es y sigue siendo un esquema piramidal. Estas conclusiones se reconocieron tácitamente unos veinte años después por una comisión del gobierno que investigaba los costes disparados de las prestaciones.

“Nuestro sistema actual de prestaciones se basa en una enorme injusticia generacional. De media, hoy los jubilados estadounidenses recibirán enormes ganancias que exceden con mucho sus anteriores contribuciones. De media, los baby boomers tendrán suerte si quedan a la par, e incluso eso solo será posible condenando a generaciones aún más jóvenes a impensables aumentos contributivos”, según la comisión.[24]

Otro estudio distinto del Servicio de Investigación del Congreso encontraba más “injusticia generacional”: El periodo de pago para el trabajador medio en 1960 era de 1,1 años. En 1980, era de 2,8 años. Y para quienes se jubilen en los próximos 30 años, estará ¡entre 12,9 y 18,3 años!

El mismo estudio demostraba que los guardianes de la Seguridad Social eran y son malos gestores del dinero. El estudio demostraría que lo retornos reales para los contribuyentes a la Seguridad Social se desplomarían a alrededor del 1,5% durante las próximas dos décadas.[25] Los retornos reales de la bolsa en los últimos 75 años (en buenos y malos tiempos) han sido de alrededor de un 10% anual,[26] aunque los mejores gestores de dinero normalmente consiguen mejorar eso.

¿Quién necesita al Congreso?

Mills había tenido razón al principio al oponerse a los ajustes. Éstos quitaban poder al Congreso y permitían a las agencias administrativas, como la Seguridad Social (se haría tan grande que en la década de 1990 mercería su propio departamento a nivel de gabinete), tomar decisiones vitales sobre el gasto. Las decisiones y legislación de la Seguridad Social son a menudo tan complejas que pocos miembros del Congreso pueden entender lo que está pasando.

Gracias al acuerdo de Mills/Nixon se gastaría cada vez más parte del presupuesto federal sin ninguna decisión del Congreso. La comisión de prestaciones Kerrey-Danforth lo advirtió.

En 1973, justo cuando se empezaban a aplicar los ajustes, el gasto obligatorio se llevaba el 45% del presupuesto federal, según la comisión. La mayoría (el 38%) era en prestaciones. Diez años después, el gasto obligatorio era el 56,3% del presupuesto federal y las prestaciones eran el 45,2%. En 1993, las cifras eran del 61,4% y 47,3%, respectivamente. Y para el año 2003, el gasto obligatorio se proyecta que se lleve el 72% del presupuesto federal, con un 58,2% yendo a prestaciones.[27] A este ritmo, el papel del Congreso en el gasto social puede hacerse tan irrelevante como si los presidentes modernos van a la guerra o no.

El acuerdo Mills/Dixon se sigue pagando mucho después de que los políticos hayan sido elegidos y los principales participantes hayan ido a la tumba. ¿Sabe hoy la gente joven que está pagando altas contribuciones salariales quién fue Wilbur Mills? ¿O Russell Long? ¿O en qué controversias se encontró Richard Nixon aparte del Watergate? Uno podría parafrasear a John Maynard Keynes y decir que todos somos prisioneros de políticos muertos hace mucho cuyo nombres olvidamos hace mucho.

Las prestaciones crecerían a un ritmo acelerado e independientemente de si se elige o no un Congreso anti-gran gobierno. Durante décadas después del acuerdo Mills/Dixon quien se atreviera a dudar de la Seguridad Social era “candidato a una lobotomía frontal”, según el republicano Jack Kemp.[28]

El futuro de la Seguridad Social

Es importante estudiar la historia de este sistema cuando los estadounidenses debaten cómo “salvarlo”, un sistema que muchos estadounidenses ignorantes de la historia parecen olvidar que ha sido “salvado” tantas veces como alguno de los personajes en la atemporal novela del evangelismo de Sinclair Lewis, Elmer Gantry.

Hoy en día, el mismo Pete Peterson que admite que el acuerdo de 1972 fue un espantoso acuerdo político, pide la continuación del sistema de Seguridad Social de una forma modificada, permitiendo a los contribuyentes controlar algunas de sus “contribuciones”. Escribe admirativamente acerca del sistema de Seguridad Social de Singapur en el que se obliga a los ciudadanos a pagar en una cuenta centralizada.

El presidente Clinton dice que la Seguridad Social puede salvarse sencillamente dando más autoridad al gobierno sobre los activos del sistema, lo que ha sido exactamente el problema a lo largo de su historia: El gobierno (o más bien los políticos al servicio de intereses especiales) jugó con los activos. A veces los presidentes usan estos fondos de garantía para pagar deudas políticas o engañar a la gente respecto de la condición económica de la nación.

Dos comentaristas dicen: “La Seguridad Social no es un fondo de garantía. El Congreso usa las reservas de la Seguridad Social para ocultar el tamaño real del déficit presupuestario federal”.[29]

Aún así, el presidente pensó (durante un tiempo) que la solución al problema del sistema era solo dejar que el gobierno invierta parte de los ingresos del sistema en bolsa y se salvará el sistema, una idea que Vandenberg, hace 62 años, decía que “equivaldría al socialismo”.[30]

Los defensores del plan Clinton parecen pensar que el mismo gobierno que derrochó miles de millones de dólares durante años, el mismo gobierno que aumentó las contribuciones a la Seguridad Social 24 veces en los pasados 62 años (tanto bajo republicanos como demócratas, quienes jugaron, juegan y continuarán encontrando nuevas formas de jugar a la política de la Seguridad Social) será un excelente gestor del dinero.

Pero si os digo que el mismo asesor que había robado o perdido vuestro dinero durante casi 65 años tiene ahora un nuevo plan, ¿cuál sería vuestra reacción? La mayoría de la gente, creo que querría despedir al asesor y tal vez incluso demandarle. Querría conocer por qué nadie ha iniciado una investigación. Alguien podría pedir que se pregunte a un defensor de los consumidores como Ralph Nader para que se ocupe de este embrollo si fuera una empresa privada la que hubiera causado el problema.[31]

El problema de 1972 es el problema de 1956, el problema de 1935 y el mismo problema de hoy. El control político de los activos de jubilación de millones de estadounidenses significa que su dinero puede ser robado o perdido en la próxima elección o el próximo acuerdo bipartidista. Hay todas las trazas de que, cualquiera que sea la solución política que se imponga, se hará con completo olvido a las generaciones futuras. Los fetos no votan.

“No voy a gastar un montón de capital político resolviendo el problema de otro tipo en el año 2010”,[32] dijo un cándido cargo en la administración Reagan al que se le preguntó acerca de los problemas futuros de la Seguridad Social y otras prestaciones. El problema  es básico y no puede arreglarse con otra comisión de reforma: La Ley de Seguridad Social es de duración indefinida, dando al gobierno autoridad ilimitada sobre el sistema, sus activos y compromisos.[33] Nada está garantizado. Y los tribunales han sostenido que el Congreso y la administración están en su derecho de eliminar cualquier cosa contenida en la Ley de Seguridad Social.[34]

Los problemas de la Seguridad Social significan que la historia se repite una y otra vez como tragedia o farsa. Mirando al pasado, uno puede ver qué pasará en el futuro si continúa este sistema: O las contribuciones deben volver a subir o las prestaciones deben volver a recortarse.[35] O probablemente ambos, al continuar el sistema con su inevitable mala gestión y decadencia.

Ningún ajuste puede cambiar la naturaleza humana: la naturaleza de gente sin escrúpulos de todas las ramas políticas que quiere ganar elecciones y no es muy extraño que abuse de su poder de fijar impuestos. James Madison, en el número 10 de El Federalista, escribía del poder de fijar impuestos que “tal vez no hay acto legislativo en el que se haya dado más oportunidades y tentaciones a un partido predominante para pisotear las reglas de la justicia”.[36]

En 1972, Nixon, Mills y la mayoría del Congreso, sirviendo a los intereses de un “partido predominante” y representando las demandas de quienes esperaban mayores prestaciones, “pisotearon” los derechos de quienes tenían que pagarlas. La factura de este error continúa creciendo y será evaluada por las generaciones futuras mientras sobreviva la Seguridad Social.

 

 

Gregory Bresiger es editor económico y vive en Kew Gardens, Queens.



[1] En una conferencia de la Securities Industry Association en Florida a principio de la década de 1990, escuché al economista Douglas Bernheim, de la Universidad de Stanford, que ha estudiado el problema las bajas tasas de ahorro para Merrill Lynch, describir el problema del fondo de reserva del sistema de la Seguridad Social. “La historia del sistema de la Seguridad Social es que, cuando ha habido grandes déficits, el Congreso no puede resistirse a usarlos”. (Notas del autor).

[2] “Social Security After 50: Successes and Failures”, Edward D. Berkowitz, editor, (Greenwood Press, Nueva York, 1987) pp 60-61. Ver también “The Private Papers of Arthur Landenberg”, Arthur H. Landenberg, Jr. (Houghton Mifflin Company, Boston, 1952).

[3] “Cuando el 1935, Estados Unidos introdujo el programa [de Seguridad Social], se mantuvo el término ‘seguro’ (con un golpe de ingenio promocional) simplemente para hacerlo más aceptable. Desde el principio tuvo poco que ver con el seguro y desde entonces ha perdido cualquier parecido con el seguro que pueda haber tenido nunca”. F.A Hayek , The Constitution of Liberty, pp 288-289, (University of Chicago Press, 1960).

[4] Ver “Louis D. Brandeis, Felix Frankfurther and the New Deal” de Nelson L. Dawson.

[5] The Age of Roosevelt, Vol 2, The Coming of the New Deal, de Arthur Schlesinger, Jr., (Houghlin Mifflin, Boston, 1962), pp 308-309.

[6] El comentario proviene de Pete Peterson Will America Grows Up Before It Grows Old. How the Coming Social Security Crisis Threatens You, Your Family and Your Country, pp 98-100, (Random House, Nueva York, 1996)

[7] Ver Policymaking for Social Security, de Martha Derthick, p360, (Washington, Brookings Institute, 1979).

[8] Nixon Reconsidered de Joan Hoff, p135, (Basic Books, Nueva York, 1994).

[9] Ver The AARP: America’s Most Powerful Lobby," by Charles R. Morris, p. 78, (Times Books, Nueva York, 1996).

[10] Ver el comentario de Nixon de que “lamentaba” apoyar  “ligar la Seguridad Social al coste de la vida en Hoff, p. 135.

[11] Derthick, p. 362.

[12] Promises to Keep. Saving Social Security’s Dream, p.58, de Marshall N. Carter y William G. Shipman, (Regnery, Washington, D.C., 1996).

[13] Diario de Sesiones del Congreso (30 de junio de 1972), p. 23734.

[14] Ibíd., pp. 223732-33.

[15] Las cifras provienen de Social Security. What Every Taxpayer Should Know, p.78, de A. Haeworth Robertson, (Washington, D.C., Retirement Policy Institute, 1992). Robertson es un ex-actuario del sistema de Seguridad Social. Crítico con el sistema, lo ha llamado “La gran mentira”.

[16] A Time for Truth, de William Simon, pp 204-205, (Readers Digest Press, Nueva York, 1978).

[17] The Crisis in Social Security. Economic and Political Origins, Carolyn Weaver, p 162, (Durham, North Carolina, Duke University Press, 1982).

[18] Derthick, p. 358.

[19] Derthick, página 359. Ver también la página 346 para el reconocimiento de Richardson.

[20] Ibíd.

[21] De Social Security after 50: Successes and Failures, Edward Berkowitz, editor, p. 11, (Greenwood Press, Nueva York, 1987).

[22] Peterson, pp. 98-100.

[23] Weaver, p. 170.

[24] The Bipartisan Commission on Entitlement and Tax Reform, (Washington, D.C., Government Printing Office, 1995), p. 55.

[25] Ver el artículo de Carolyn Wevaer en la p. 299 de The Fortune Encyclopedia of Economics, David Henderson, editor, (Warner Books, Nueva York, 1993).

[26] La tasa compuesta de retorno de las acciones de EEUU entre 1926-1993 fue del 10,2%, según Ibbotson Associates, Chicago.

[27] Bipartisan Commission on Entitlement and Tax Reform, p. 10.

[28] Social Insecurity, de Dorcas Hardy, p. 16, (Villard Books, Nueva York, 1991).

[29] De The Fifteen Biggest Lies in Politics, p. 148, de Major Garrett y Timothy J. Penny, (Nueva York, St. Martin’s Press, 1998).

[30] The Private Papers of Arthur Vandenberg.

[31] Es muy curioso que esto es precisamente lo que Helen P. Rogers, planificadora financiera certificada, pidió que hiciera Ralph Nader, al final de su útil breve libro Social Security. An Idea Whose Time Has Passed, (Wellington Books, Carmel, California, 1985). El 8 de enero de 1986 escribió a Nader: “Si eres de verdad un defensor del consumidor debes alzar tu voz en protesta sobre el paquete de injusticias en que se ha convertido el sistema de Seguridad Social”. Hasta donde yo sé, Nader nunca ha contestado a su solicitud.

[32] El cargo fue el jefe de la Oficina de Dirección y Presupuesto, David Stockman. Berkowitz, p. 15.

[33] El representante Carl Curtis, un miembro republicano de la Cámara en la década de 1950, que fue crítico con la Seguridad Social, citaba a menudo la Sección 1104 de la Ley de la Seguridad Social original, que decía que el Congreso se reserva “el derecho a alterar, enmendar o derogar cualquier provisión de esta ley”. De Social Welfare in the United States, Poyntz Tyler, p. 55, (H.W. Wilson, Bronx, Nueva York, 1955).

[34] El caso de Fleming vs. Nestor (en el que a un antiguo comunista se le denegaba su Seguridad Social después de “contribuir” durante muchos años y el Tribunal Supremo de EEUU apoyó al gobierno) se ha detallado en muchos lugares. Ver The Social Security Fraud de Abraham Ellis, pp 169-171, (Irvington-on-Hudson, Nueva York, FEE, 1996).

[35] Esa advertencia proviene del senador Robert Kerrey. Ver el Wall Street Journal del 19 de junio, página 22, “Senators Air Beefs at Summers hearing”.

[36] The Federalist Papers, Clinton Rossiter, editor, p. 80, (Nueva York, The New American Library of Literature, 1961).

Published Sat, Feb 18 2012 7:27 PM by euribe