Por Jesús Huerta de Soto. (Publicado
el 15 de septiembre de 2010)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí http://mises.org/daily/4707.
La odisea intelectual que puso las
bases de la civilización occidental empezó en la Grecia clásica. Por desgracia.
Los pensadores griegos no consiguieron entender los principios esenciales del
orden espontáneo del mercado y del proceso dinámico de cooperación social que
los rodea. Aunque debemos reconocer las importantes contribuciones de los
griegos en las áreas de la epistemología, la lógica, la ética e incluso en la
concepción del derecho natural, éstos fracasaron miserablemente en ver la
necesidad del desarrollo de una disciplina, la ciencia económica, dedicada al
estudio de los procesos espontáneos de cooperación social que comprenden el
mercado.
Resulta aún peor que cuando
aparecieron los primeros intelectuales, pasó lo mismo con la simbiosis y
complicidad entre pensadores y gobernantes. Desde el principio, la gran mayoría
de los intelectuales abrazaron el estatismo e infravaloraron sistemáticamente,
e incluso criticaron y denigraron, a la sociedad del intercambio, el comercio y
la artesanía que les rodeaba.
Puede que sea demasiado pedir que,
desde el mismo principio del conocimiento filosófico y científico, los griegos
comprendieran incluso los principios básicos de la economía política, una
ciencia que sigue estando entre las más jóvenes de todas las ciencias y busca
estudiar una realidad tan abstracta y difícil de entender como el orden
espontáneo del mercado. Sin embargo merece la pena hacer notar que los
filósofos griegos, como los intelectuales actuales, no pudieron evitar el error
científico de creerse cualificados para imponer sus puntos de vida sobre sus
conciudadanos a través de la coacción sistemática del gobierno. La historia se
repite una y otra vez e incluso hoy hemos avanzado poco en este sentido.
El contexto político-histórico
Existe un paralelismo no solo
respecto de las simpatías estatistas de los pensadores, sino asimismo en la
rivalidad entre dos ideas radicalmente opuestas de gobierno y libertad
individual. De hecho, a lo largo de buena parte del siglo XX, el mundo y la
sociedad en general estuvieron divididos: de un lado estaba la visión liberal
clásica, basada en el gobierno limitado, el respeto a la sociedad civil y la
libertad y la responsabilidad individuales (representada, al menos
relativamente, por la sociedad estadounidense), y del otro lado estaba el
prevalente socialismo, basando en la confianza en el estado para imponer por la
fuerza las más variadas utopías a la sociedad (representado durante buena parte
del siglo XX por la antigua Unión Soviética). En la Grecia clásica también podemos
identificar los dos polos completamente opuestos.
Estaba la relativamente más liberal
y democrática ciudad de Atenas, que fue capaz de acoger una próspera esfera de
negocios y trabajos artesanos dentro de un orden espontáneo de cooperación
social basada en el respeto a la ley y la igualdad ante ésta. Por el contrario,
existía la ciudad de Esparta, que era profundamente militarista y en la que la
libertad individual prácticamente no existía, debido a la creencia en que todos
los recursos debían subordinarse al estado.
Es notable que la mayoría de lo más
eminentes y distinguidos pensadores y filósofos atenienses invariablemente
arremetieron e infravaloraron el orden comercial que les rodeaba y sostenía,
mientras ellos aprovechaban todas las oportunidades para alabar el
totalitarismo estatista que representaba Esparta. Es como si los intelectuales
de esa era, como los de hoy, no pudieran soportar el hecho de que, aunque se
las considerara sabios, no pudieran apropiarse en términos económicos de los
frutos a los que se consideraban dignos. Igualmente, eran incapaces de resistir
la tentación de imponer sus propias opiniones de lo que era bueno y malo a sus
conciudadanos y aspiraban continuamente a hacerlo a través del poder coactivo
del estado.
El reconocimiento de esta verdad no
debe llevarnos a la errónea creencia de que las poleis relativamente más libres no fueran a menudo también víctimas
del estatismo. Por ejemplo, muchos políticos no dudaron el justificar políticas
imperialistas atenienses e incluso, como hizo Pericles en el siglo V a de C.,
se apropiaron fondos públicos para realizar obras colosales.
También muchos políticos fueron culpables de tratar de convencer a los
ciudadanos de lo importante que era someterse a la voluntad del estado, de
preguntarse constantemente no lo que Atenas podía hacer por ti, sino lo que
podías hacer tú por Atenas.
Además, las poleis relativamente más libres seguían estado sujetas a un ciclo
político que, por extraño y paradójico que pueda parecer, continúa afectando a
nuestras sociedades actuales. De hecho, los periodos de mayor libertad civil
basados en el cumplimiento de las leyes positivas se ven seguidos
invariablemente por crisis: las ciudades cayeron víctimas de la demagogia y los
disturbios iniciados por pequeños grupos con la intención de explotar ciertos
grupos sociales en favor de otros, supuestamente mayores y menos privilegiados.
Se producía una considerable tensión social, económica y política, que acababa
llevando a graves desórdenes y conflictos civiles que, a su vez, se usaban para
justificar el aumento en el poder del estado, encarnado en casa serie de
circunstancias históricas en líderes populistas sin escrúpulo que
invariablemente insistían que se les considerara como “salvadores de la
patria”.
Algunos intentos embrionarios de análisis económico
Es muy difícil conocer los
pensamientos precisos de los primeros filósofos griegos, porque los documentos
conservados son muy pocos y fragmentados. Sin embargo hay evidencia de algunos
inicios esperanzadores, que, si se hubieran continuado, podía haber abierto el
camino a una incipiente formulación de la teoría del orden espontáneo del
mercado.
Por ejemplo, ya en el siglo VIII a.
de C., Hesíodo indica en sus poemas que la escasez está siempre presente en las
acciones humanas y es la razón por la que debemos asignar eficientemente los
recursos disponibles. Además, menciona el tipo de competencia que suscita la
emulación al que llama “buen conflicto” y lo considera como una fuerza
emprendedora esencial que a menudo permite superar los grandes problemas que
plantea la escasez de recursos. Además, Hesíodo creía que la competencia solo
era posible donde hubiera respeto por la justicia y la ley, lo que estimula el
orden y la armonía en la sociedad. En este sentido, Hesíodo (y Demócrito hasta
cierto punto) estaba mucho más cercano a la idea correcta del orden espontáneo
del mercado de lo que luego lo estarían Sócrates, Platón e incluso el propio
Aristóteles.
Después de Hesíodo, deberíamos
echar un ojo a los filósofos sofistas. A pesar de la mala prensa que han tenido
hasta hoy, son indudablemente mucho más libertarios, al menos en términos
relativos, que los grandes filósofos posteriores. De hecho los sofistas
simpatizaban con el comercio, la motivación del beneficio y el espíritu
empresarial y desconfiaban del poder centralizado y absoluto de los gobiernos
de las ciudades-estado. Aunque debemos admitir que caían ocasionalmente en un
relativismo similar al que hoy suscriben los posmodernistas, superan con mucho
a los posteriores pensadores socráticos respecto de la defensa de la libertad
individual frente al gobierno. Finalmente, debemos advertir que la forma en que
se utiliza hoy habitualmente el engaño científico en apoyo del estatismo ha
llevado a un descrédito sistemático de los sofistas. Considerados siempre como
políticamente “incorrectos”, se les califica de pensadores ilógicos y poco
honrados.
Posteriormente, otros pensadores
más modernos, como Protágoras en tiempos de Pericles, teorizaron acerca de la
necesidad de la cooperación social e insistieron en que “el hombre es la medida
de todas las cosas”. Llevando esto a su conclusión lógica, hablando
filosóficamente, esta idea podría haber dado lugar a la aparición natural del
subjetivismo y el individualismo metodológico, que son puntos de partida
esenciales de cualquier análisis económico de los procesos sociales. Asimismo,
el maestro de historiadores Tucídides parece tener una concepción más adecuada
del orden espontáneo y evolucionista del orden social que la de muchos de sus
contemporáneos y en su relato del discurso funerario dado por Pericles, destacó
mejor que nadie la cualidad relativamente más liberal clásica de
la sociedad ateniense.
Finalmente, deberíamos mencionar a
Demóstenes, el gran defensor de la libertad del mundo griego contra el
despotismo del tirano, Filipo. No es coincidencia que Demóstenes entendiera la
esencia consuetudinaria y evolutiva del derecho y que por tanto fuer capaz de
superar la dicotomía reduccionista que habían establecido los griegos entre el mundo
físico (natural) y el supuestamente artificial mundo del derecho y las
convenciones. De hecho, en general los griegos no llegaron a comprender que el
cosmos natural debe incluir el orden espontáneo del mercado y las relaciones
sociales que son el objeto de estudio de la economía, pues los griegos creían
que cualquier cosa relacionada con la sociedad estaba causado artificial y
deliberadamente por sus organizadores (que esperaban que fueran
filósofos-dictadores como los imaginados por Platón).
El punto de vista subjetivista,
alrededor del cual se desarrolla toda la ciencia económica moderna, puede
encontrarse, por ejemplo, en la definición de riqueza que ofrece Jenofonte en
su Oeconomicus, cuando define a la
propiedad como “esas cosas que el poseedor deberían encontrar ventajosas para
los propósitos de su vida”. Además, podría considerarse a Jenofonte como el
primer intelectual en presentar el concepto de la eficiencia dinámica, es
decir, el aumento de su patrimonio utilizándolo para hacer negocios (junto con
el concepto de eficiencia estática, que se basa en evitar el desperdicio y que
Jenofonte cree que puede lograrse manteniendo el patrimonio familiar en
perfecto orden).
En todo caso, a pesar de estos
prometedores inicios, y a pesar de las grandes contribuciones en otras áreas
del pensamiento filosófico y científico (y tal vez precisamente a causa de
estas contribuciones), los filósofos griegos en general cayeron en el error
fatal del intelectual científico. Así que estuvieron completamente ciegos en lo
que respecta al reconocimiento del mercado y el orden social evolucionista y
cayeron en brazos del estatismo: se convirtió en “políticamente correcto”
desdeñar la actividad comercial y mercantil de sus contemporáneos y criticar
despiadadamente a los pensadores relativamente más liberales clásicos (sean
sofistas o no).
Los ejemplos particularmente alarmantes de Sócrates, Platón e incluso
Aristóteles
Desde el punto de vista de nuestro
tema, las características principales compartidas por Sócrates, Platón y Aristóteles
(los tres grandes filósofos de la antigua Grecia) fue su incapacidad de
entender la naturaleza del floreciente proceso mercantil y comercial que tenía
lugar entre las distintas ciudades o poleis
griegas (tanto en la propia Grecia como en Asia Menor y el resto del
Mediterráneo). Cuando hablaban de economía, estos filósofos confiaban en sus
instintos en lugar de en la observación y la razón. Desdeñaban el trabajo de
artesanos y mercaderes e infravaloraban la importancia de sus disciplinados
esfuerzos diarios.
Por tanto, fue a través de estos
filósofos como empezó la tradicional oposición de los intelectuales a todo lo
que implicara comercio, industria o beneficio empresarial. Esta “mentalidad
anticapitalista” se convertiría en un tema constante entre los pensadores
“ilustrados” a lo largo de toda la historia intelectual de la humanidad desde
entonces hasta ahora.
El filósofo Sócrates sirve como
ejemplo paradigmático de esta oposición intelectual a cualquier cosa que
implique beneficio empresarial, industria o mercado. Debemos apuntar el tono
arrogante y la falsa modestia mostrados por Sócrates en su discurso de defensa
ante el jurado que le condenó, un discurso que registra Platón. No hay duda de
que Sócrates ejerció una influencia negativa en la juventud de la ciudad de
Atenas, a la que atraía ridiculizando la vida de trabajo de sus padres, que se
dedicaban desinteresadamente a sus honrados trabajos diarios en los campos del
comercio, la artesanía y el mercado.
Sócrates creía que el objetivo
ideal de la vida estaba en la búsqueda de la “virtud”, entendido como desdén
por la riqueza material y concretamente por el beneficio empresarial. Sócrates
aprovechaba todas las oportunidades para presumir de su pobreza e idealizar las
supuestas virtudes del estado totalitario de Esparta, que en aquel tiempo
representaba ideales opuestos a los de Atenas. De hecho, en su discurso de
defensa, escandaliza al jurado proclamando que sus servicios al estado de
Atenas eran tantos que en lugar de ser condenado, debería recibir una pensión
vitalicia pagada por todos (¡en forma de alimentos pagados por la ciudad durante
toda su vida!)
Aún peor es que la estadolatría de
Sócrates eran tan obsesiva que le llevaba a confundir la ley positiva derivada
de la ciudad-estado con la ley natural. Creía que el pueblo debería obedecer a
todas las leyes positivas derivadas del estado, incluso si son contra naturam, y así estableció los
fundamentos filosóficos del positivismo legal en que se basaría toda tiranía
que apareciera tras él en la historia.
En resumen, desde el punto de vista
de la teoría científica de los procesos del mercado, la influencia de Sócrates
es definitivamente desastrosa. Inició y promovió la tradición intelectual
anticapitalista. Demostró una total falta de comprensión acerca del orden
espontáneo del mercado, que era precisamente la fuente de la prosperidad ateniense
que permitía a Sócrates y el resto de los filósofos de su escuela el lujo de no
trabajar y dedicarse en su lugar a pensar. Y en pago a este entorno de relativa
libertad y prosperidad, Atenas solo recibe de Sócrates desprecio e
incomprensión.
Finalmente deberíamos mencionar la
autoinmolación más que egocéntrica de este filósofo. Él mismo reconocía que a
su edad y con sus achaques, poco podía haber hecho en los pocos años que la
quedaran si hubiera aceptado el exilio que le ofrecieron en bandeja sus jueces
y verdugos. Así que decidió entrar en la historia haciéndose la víctima de un
sistema supuestamente opresivo, cuando su muerte fue realmente un suicidio
oportuno y buscado, pensado por una mente arrogante y privilegiada. De hecho,
también pretendió utilizar esta muerte para dar legitimidad a la adoración de
estatismo opresivo al tiempo que desacreditaba el individualismo liberal
clásico.
Con un maestro como Sócrates, no
sorprende que Platón agravara los errores de su maestro. Planos proporciona la
muy peligrosa justificación del estatismo más inhumano, que ha estado implícita
directa o indirectamente en cada tirano para oprimir a la humanidad hasta el
día de hoy. Platón fue la encarnación más pura del mayor pecado intelectual que
puede cometer un científico: tener la “fatal
arrogancia” de creerse más sabio que sus congéneres y estar así autorizado
para imponerles sus propias opiniones por la fuerza.
Son típicos de Platón los ataques a
la propiedad privada, la alabanza de la propiedad común, el desdén por la
institución de la familia tradicional, un concepto corrompido de la justicia,
una teoría estatista y nominalista del dinero y, en resumen, la alabanza de los
ideales del estado totalitario de Esparta. Son todas características típicas
del intelectual que se cree mas sabio y superior a todos los demás y que, sin
embargo, ignora incluso los principios más esenciales del orden espontáneo del
mercado, que hace posible la civilización.
Además, Platón defiende el interés
del estado frente al de los individuos e incluso llega al extremo de intentar
poner en práctica sus ideales utópicos de una tiranía de estado. Como era
inevitable, él y sus discípulos fracasaron en todos sus intentos en Siracusa y
en el resto de Grecia.
Finalmente, incluso en el campo de
la epistemología, las contribuciones de Platón fueron letales a largo plazo. Su
supuesto esencialismo trajo, por la puerta de atrás, el historicismo
positivista más crudo: en la esfera social, trató de deducir las esencias
conceptuales del estudio de la historia, poniendo así los cimientos de la
filosofía histórico-positivista que tanto daño ha hecho al estorbar el
desarrollo de la ciencia social incluso hasta hoy.
En resumen, con Platón ganó adeptos
el ideal intelectual del científico arrogante que trata de convertirse en
“ingeniero social” para moldear la sociedad a su capricho. Esta postura se vio
aún más reforzada con el escuela del matemático Pitágoras, que creía que la
virtud se encontraba en la “igualdad” y el “equilibrio” que observaba
continuamente en sus fórmulas y principios matemáticos, que pensaba que
deberían extrapolarse a la sociedad.
Aunque Aristóteles no llegó a los
extremos socialistas de Platón, también fracaso (lamentablemente) en entender
en términos científicos el orden espontáneo del mercado. Filósofo al servicio
del peor dictador de su tiempo (Filipo de Macedonia, que acabó con la sutil red
de ciudades-estado independientes que comprendía el antiguo mundo griego),
Aristóteles fue el profesor particular de tiránico y temerario déspota
Alejandro Magno. No sorprende que Aristóteles no pudiera escapar al pecado de la
arrogancia intelectual, que habían cometido Sócrates y especialmente Platón:
Aristóteles también añoraba el estatismo de Esparta y todo el totalitarismo que
representaba esa ciudad-estado.
Es verdad que no llegó a los
extremos de Platón, que defendió la propiedad privada e incluso que intuyó la
teoría subjetiva del valor en su distinción entre el “valor de uso” y el “valor
de intercambio” o precio de las cosas. Sin embargo, condenaba la usura y nunca
entendió la importancia crítica del interés como precio del mercado que
coordinaba el comportamiento de los consumidores, ahorradores e inversores. Su
teoría de la justicia es extremadamente confusa, ya que distingue entre dos
formas, justicia “distributiva” y “conmutativa”, teniendo poco o nada que ver
con adaptar el comportamiento humano a los principios generales legales y
morales y que, como se basa en supuestas equivalencias, ha confundido al
pensamiento humano sobre un asunto tan importante prácticamente hasta la
actualidad.
Además, se ve un ejemplo casi perfecto
de su incapacidad de entender el orden de mercado evolutivo y espontáneo en su
convicción de que una polis de más de
100.000 habitantes nunca podría sobrevivir, porque su gobierno sería incapaz de
organizarla. Aristóteles entendía la polis
solamente como un cuerpo autosuficiente organizado desde lo alto (autarkia) y no como una manifestación
histórica del proceso espontáneo de cooperación social liderado por seres
humanos de carne y hueso dotados de una innata capacidad emprendedora.
Finalmente, Aristóteles siguió la tradición socrática de infravalorar el
trabajo y el beneficio empresarial, que, de una manera anónima y
descentralizada, soportaba la etapa avanzado de civilización que precisamente
le permitía sobrevivir a él y al resto de los filósofos.
También fracasó Aristóteles a la
hora de explicar las razones de los intercambios. Concluyó erróneamente que
debe haber “reciprocidad proporcional” (una idea errónea que Marx acabaría
utilizando como base de la falsa teoría del valor trabajo y su corolario, la
teoría marxista de la explotación). Aristóteles desconfiaba de la riqueza (ploutos), criticaba expresamente el
beneficio empresarial e
infravaloraba y desdeñaba completamente a los comerciantes.
También condenó el interés (tokos),
al que consideraba una generación injustificada de dinero a partir de dinero.
Además, su incapacidad de
comprender la aparición espontánea de instituciones le llevó a decir que el
dinero era una invención humana deliberada (y no, como es en realidad, el
resultado de un proceso evolutivo) y tampoco entendió por qué la demanda de
dinero nunca es ilimitada. Concretamente, cuando tenemos en cuenta la
brillantez intelectual de Aristóteles, todos estos errores que cometió
contrastan vivamente con sus grandes contribuciones a las demás ciencias, y
especialmente a la epistemología.
Es verdad que Aristóteles compartió
los errores de Sócrates y Platón, ya que no entendió el derecho
consuetudinario, ni el mercado, ni el resto de las instituciones sociales como
órdenes espontáneos, ni fue capaz de distinguir entre sociedad civil y estado
(una distinción que los estoicos romanos entenderían perfectamente dos siglos
después). Aún así, sus contribuciones en el campo de la epistemología fueron
trascendentales. Su distinción entre potencia y acto se aplicaría incluso
siglos más tarde para explicar la evolución de la naturaleza humana. Su
concepción de las esencias formales y
su realización material concreta
serviría como base para la distinción epistemológica entre teoría e historia y
permitiría su apropiada incorporación.
En el campo de la economía, debemos
reconocer la aproximación aristoteliana al concepto subjetivo del valor y
concretamente a la distinción entre el concepto de valor de uso (subjetivo) y
valor de intercambio (el precio de mercado en unidades monetarias). Esto, en
cierto modo, proporciona la base para la conexión entre el mundo subjetivo e
interno de las valoraciones y el objetivo y exterior de los cálculos numéricos,
que hacen posible el cálculo económico. Finalmente, frente al estatismo
socialista de Sócrates, y particularmente de Platón, Aristóteles ideó una
defensa racional de la propiedad privada, una defensa que, aunque tibia e
incompleta, durante muchos siglos constituiría la base filosófica más conocida
para la propiedad privada.
Una breve nota sobre taoísmo
Por fin, es muy interesante que,
durante la misma era en la que se estaba forjando el pensamiento clásico griego
(del siglo VI al IV a. de C.), la antigua China vio el inicio de tres grandes
corrientes de pensamiento: la de los llamados “legalistas” (que apoyaban el
estado centralizado), la de los confucianos (que lo toleraban) y la de los
taoístas, de inclinaciones mucho más liberales y extremadamente interesante
para los historiadores del pensamiento económico. Chuang Tzu (369-286 a. de C.)
llega a decir que “el buen orden resulta espontáneamente cuando se dejan solas
las cosas”. En su crítica al intervencionismo de los gobernantes, los describe
como “ladrones”. También, según Rothbard, Chuang Tzu fue el primer pensador
anarquista de la historia. De hecho, Chuang Tzu escribió que el mundo
“sencillamente no necesita gobierno; de hecho no debería estar gobernado en
absoluto”.
Chuang Tzu siguió las opiniones
individualistas y liberales de Lao-Tsé, el padre del taoísmo y las llevó a sus
conclusiones más lógicas. En tiempos de Confucio (del siglo VI al V a. de C.),
Lao-Tsé concluyó que el gobierno oprimía al individuo y era siempre “más a
temer que los fieros tigres”. Por tanto, creía que la mejor política para los
gobiernos era la “inacción”, porque solo así podía el individuo florecer y
alcanzar la felicidad.
Dos siglos después, el historiador
Ssu-ma Ch'ien (145-90 a. de C.) teorizaba sobr el emprendimiento propio del
mercado, que creía que consistía en mantener “un ojo atento a las oportunidades
de los tiempos”. Además de ser una defensor del laissez faire, identificó
correctamente los efectos del envilecimiento de la moneda por el gobierno, lo
que causa una disminución en su poder de compra (es decir, un aumento en los precios).
El taoísmo continuó evolucionando
durante siglos y en la era actual encontramos a Pao Ching-yen (principios del
siglo IV d. de C.), para quien la historia del estado es una historia de
violencia y opresión de los débiles. El estado institucionaliza la coacción y
empeora e intensifica los casos aislados de violencia, extendiéndolos a una
escala inimaginable en ausencia del estado. Pao Ching-yen concluye que la idea
común de que es necesario un gobierno fuerte para luchar contra el desorden
refleja la falacia de confundir la causa por el efecto. Es el estado el que
genera la violencia y corrompe el comportamiento individual de los seres
humanos a él sometidos y al mismo tiempo estimula el robo y el bandidaje entre
ellos.
En un claro contraste con las opiniones
de los filósofos griegos y con las del resto de los intelectuales occidentales
hasta hoy, los taoístas chinos defendían la libertad individual y el laissez
faire mientras atacaban el uso sistemático y coactivo de la violencia típico
del gobierno.
Jesús Huerta de Soto, profesor de
economía en la Universidad Complutense de Madrid, es el principal economista
austriaco español. Como autor, traductor, editor y profesor, también se
encuentra entre los más activos embajadores del liberalismo clásico. Es autor
de Money,
Bank Credit, and Economic Cycles, publicado en España como Dinero,
crédito bancario y ciclos económicos.