Por Leland B. Yeager. (Publicado el 21
de diciembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5704.
[The Myth of Democratic Failure: Why
Political Institutions Are Efficient •
Por Donald A. Wittman • Chicago: Editorial de la Universidad de Chicago, 1995 •
240 páginas; inicialmente comentado en Liberty
(enero de 1997)]
*
Traducido por Sandra Cifuentes Dowling
![The Myth of Democratic Failure: Why Political Institutions Are Efficient]()
En
décadas recientes, la escuela de la elección pública ha analizado desde un
punto de vista económico las instituciones y actividades políticas. Las
personas son básicamente las mismas tanto en esferas gubernamentales como en la
vida privada. Para intentar lograr sus objetivos (los que no necesariamente han
de ser egoístas), los individuos responden ante oportunidades e incentivos. El
contenido específico de tales objetivos difiere según se trate de política o de
intereses comerciales.
Una
consecuencia de ello es que el votante común apenas considera útil informarse
adecuadamente en una amplia gama de asuntos políticos. Aunque se tomara la
molestia de hacerlo, esto no cambiaría el resultado de una elección ni las
políticas adoptadas. Tiene mejores cosas en que ocupar su tiempo y energía. Los
negocios privados le brindan mejores opciones que la política de satisfacer sus
necesidades particulares, incluso las más peculiares. Además, tiene escasas
oportunidades e incentivos para controlar el desempeño de sus supuestos
servidores públicos. En este sentido, es más posible que grupos de intereses
especiales logren dirigir las políticas gubernamentales en favor de sus propios
intereses particulares.
Por
éstas y otras razones -sólo algunas de ellas mencionadas en el libro que
comentamos-, el proceso político democrático responde inadecuadamente a lo que
los ciudadanos efectivamente desearían, de estar bien informados. Los
gobiernos democráticos modernos tienden a preferir una contraproducente
hiperactividad.
El
amplio material escrito existente que sustenta lo anterior enfrenta el absoluto
rechazo de parte de un doctor de la Universidad de Berkeley, anterior profesor
ayudante de ciencias políticas en la Universidad de Chicago y actual profesor
de economía de la Universidad de California en Santa Cruz. En un artículo precedente, ahora transformado
en libro, Donald Wittman afirmaba que "los mercados democráticos funcionan
igual que los mercados económicos” (1989, pág. 1395). El libro (1995, pág. 1) relativiza
esta argumentación asegurando que "tanto el mercado político como el
económico funcionan bien". En su artículo y en su libro Wittman asegura
que el proceso democrático es “eficiente”, sin molestarse mayormente en
describir cuál podría ser el estándar de comparación. Invoca, aunque sólo de
manera ritual, el principio de optimización y maximización de la riqueza de
Pareto (págs. 3–6, 22 n., capítulo. II). ¿Pero la democracia es “eficiente” con
respecto a qué? ¿Con respecto a otras formas de gobierno? ¿Con respecto a marginar
de la arena política a amplios aspectos de la vida, como evidentemente
pretendían quienes fundaron la nación? Wittman no lo dice.
Por
el contrario, elabora débilmente su defensa de la eficiencia. Apenas va más
allá de afirmar que las posturas que ataca son incorrectas o han sido
“exageradas”. ("Ya he mencionado que el grado de oportunismo de los
políticos ha sido considerablemente exagerado", pág. 33.) Tales
afirmaciones son deficientes y difíciles de confrontar, ya que las
exageraciones ocurren en prácticamente cualquier ámbito y sobre cualquier
asunto. Además, Wittman se aferra firmemente a la analogía -difícilmente podría
catalogársela de otra cosa- entre mercados económicos y políticas democráticas
(“este libro desarrolla una teoría de la “mano invisible” para mercados
democráticos eficientes", pág. 3). Gordon Tullock, Richard Posner y otros
autores ya habían argumentado con anterioridad que gastar para congraciarse con
el gobierno tiende a dispersar la captación de rentas. Wittman responde que se
desarrollarán regulaciones para minimizar el costo social. Las contribuciones a
campañas políticas no son pérdidas inútiles; ayudan a proporcionar valiosa
información. Además, el sistema de captación de rentas continúa operando
también en el sector comercial. Las tiendas de mascotas presionan sobre las
ventas de alimentadores de aves, lo que redistribuye el ingreso desde los
humanos hacia las aves. Si el sistema de captación de rentas no es considerado
un problema grave en el sector comercial, tampoco debería serlo en los mercados
políticos (pág. 36).
Wittman
presenta muchos otros ejemplos de simples intentos por comentar los aspectos
introducidos por analistas de la teoría de la elección pública. Los empresarios
políticos, al igual que los empresarios de negocios, pueden obtener ganancias a
partir del descubrimiento y la explotación de demandas desconocidas, al
entregar información pertinente y aclarar confusiones. Al hacerlo, ayudan a resolver los supuestos
problemas de “ignorancia racional” de los votantes y la diversidad de
información de intereses especiales. En lo que respecta a los problemas mandante-mandatario
(relativos al control ejercido por los votantes de sus supuestos servidores
políticos), estos son mitigados por elementos tales como estructura
gubernamental, partidos políticos y prestigio del candidato. Además, si el mandante
no es capaz de controlar el quehacer de su mandatario político, entonces
tampoco lo puede hacer el investigador académico.
La
competencia por cargos públicos disminuye la posibilidad de que los políticos
sean oportunistas y eludan responsabilidades. El partido es el símil en
política de lo que es la franquicia en el ámbito comercial. La denominación del
partido político, el prestigio ganado, el aval recibido de grupos de interés y
la propaganda política relativa también reemplazan de buena forma el
conocimiento específico sobre candidatos particulares. Los votantes descartan
la información obtenida de fuentes con reconocido sesgo. En cuanto a aquella afirmación
que indica que los “contribuyentes con intereses dispersos” son reacios a
gastar en favor de grupos con intereses específicos, es probable que las personas
desinformadas incluso exageren el alcance y daño ocasionado por proyectos con
fines electorales. Incluso si algunos votantes eligieran opciones inadecuadas, el
peso de las grandes cifras muy probablemente terminaría por darle la razón a la
opinión de la mayoría.
Las instituciones
políticas, incluidos poderes legislativos mucho más pequeños que los grupos de
interés representados, reducen los costos de las transacciones y facilitan acuerdos
políticos eficientes. A pesar de supuestos problemas de
transitividad, factores externos, localismos y grupos de presión, las
iniciativas tendientes a ganar mayorías obligan a un gobierno al logro de
resultados eficientes. Por ejemplo, es probable que la distribución local por
zonas sea beneficiosa.
A
continuación presentamos tres ejemplos más del estilo argumentativo de Wittman.
(1) ¿Los votantes traspasan parte del peso del gasto fiscal del actual gobierno
a las generaciones futuras por medio de déficits originados por deudas? La
siguiente afirmación, asumiendo que los impuestos son tributos territoriales,
da lugar a una conclusión general: "El peso de la deuda recae en la actual
generación, la que escogerá la tasa de descuento óptima, tal como escoge la
política más adecuada en otras áreas" (pág. 159). (2) "Mercados
económicos [e]ficientes limitan el comportamiento de mercados democráticos. Si
los políticos multiplicadores de votos intentan juguetear con la economía, ésta
genera consecuencias negativas: se vuelve menos eficiente y los trabajadores y
capitalistas sacan de sus cargos con el voto a dichos especuladores. Por lo
tanto, los políticos se ven impedidos de llevar a cabo tales maniobras desde el
primer momento" (pág. 176). (3) Al tomar decisiones sobre consumo vs.
inversión en una economía socialista, “los políticos multiplicadores de votos
se verían nuevamente limitados en sus posibilidades por las exigencias propias
de una economía eficiente. Elegir diferentes opciones generaría, a la larga,
menos votos" (pág. 176). "A la larga"… Tal vez así ocurriría si
la libertad y la democracia sobrevivieran bajo un régimen socialista. Sin
embargo, ¿por qué debería el político individual preocuparse por el tal “a la
larga”?
Wittman
entrega escasos fundamentos para respaldar su postura y poca evidencia más allá
de referencias poco realistas sobre la existencia de elecciones, partidos
políticos, ideologías, rivalidades, campañas, sesiones del congreso, etc. Lo
que sí hace es citar muchos libros y artículos que supuestamente avalan su
postura, pero sólo en términos generales, sin ningún análisis en profundidad. Sin
embargo, destina más espacio a los supuestos defectos metodológicos y de otro
tipo en estudios que llegan a conclusiones distintas. Un capítulo entero lo dedica a criticar
estudios psicológicos, poniendo en duda que personas dependientes se comporten
de manera “racional”, tal como los economistas entienden el término.
Wittman
presta escaza o nula atención a las principales tendencias bibliográficas en
materia de elección pública. Al mismo tiempo que elimina de un zarpazo el
concepto de ignorancia del votante, no parece apreciar en profundidad por qué
la superficialidad es racional para el votante individual (y también para el no
votante). En otros fenómenos de esta naturaleza se incluyen: la vaguedad de
temas en un sistema bipartidista (efecto Hotelling) y la asociada indefinición en
el tiempo sobre qué posturas considerar como corrientes principales respetables;
el revoltijo de diversos asuntos mezclados de manera incoherente; el abismo existente
entre las cualidades personales de un eficaz político en campaña y aquéllas de
un sólido estadista; varias imprecisiones más bien mecánicas del proceso
político (incluidas paradojas de la votación y lo que Robert Dahl denomina
“minorías dirigentes"); la fragmentación del poder que toma decisiones y
la responsabilidad entre distintos niveles y ramas del gobierno y entre
políticos, burócratas y jueces; la análoga fragmentación intertemporal de la
responsabilidad; las razones asociadas de por qué los políticos y los
burócratas tienen proyecciones de corto plazo; la anticipación de soluciones del
mercado para los problemas por derecho de prioridad del gobierno; la forma en
que el activismo gubernamental, lejos de solucionar factores externos en el
sector privado, genera otros mayores en la propia toma de decisiones de
gobierno; el menor espectro de precios en el ámbito de gobierno que en los
mercados; y el carácter coercitivo del gobierno ausente en los negocios
privados. El autor no profundiza en las consecuencias de intereses personales
especiales de políticos y burócratas (debería haberse tomado en serio los
estudios de casos de Alan Ehrenhalt, The United States of Ambition,
1991; John Jackley, Hill Rat, 1992; y Eric Feiten, The Ruling Class,
1993).
Uno
se pregunta en qué mundo vive Wittman. ¿No conoce acaso ejemplos de irresponsabilidad
gubernamental y errores en políticas sobre delincuencia, educación, bienestar,
regulaciones, litigios judiciales, dinero y presupuesto? ¿Pueden los votantes diagnosticar
quién es responsable por el actual mal rendimiento económico, especialmente
dada la tardanza en los efectos de las políticas? ¿No ha notado Wittman la
tendencia de los votantes a culpar o a dar crédito, según sea el caso, a la
administración de turno por el estado actual del ciclo económico? ¿No se ha
dado cuenta de la lamentable calidad de los argumentos en materia de políticas
económicas que presentan los principales actores, difundidas en televisión y en
la prensa más relevante? ¿No admite que la calidad de la discusión política es
tan baja porque los políticos buscan atraer a los votantes tal cual son, con su
escasa capacidad de atención y circunstancias reales?
Aunque
Wittman hace caso omiso de la mayoría de tales contraevidencias, la forma en
que se enfrenta a la información que sí admite nos sugiere cómo enfrentaría
todo lo demás. Es demasiado fácil, menciona, destacar ejemplos estándares de
supuestas ineficiencias gubernamentales, como el control de rentas, tarifas,
tabaco y otros subsidios agrícolas, además de órdenes para marketing en el
rubro. Pero algunos observadores reclaman por el exceso de ayuda o apoyo externo
que reciben los dictadores de derecha, mientras otros lo consideran
insuficiente. "Por lo tanto, ya que casi todo el mundo tiene su propia
teoría personal sobre los fracasos gubernamentales, al menos la mitad deben
estar equivocadas". "[M]uchos ejemplos de errores en el mercado
político son mutuamente contradictorios y metodológicamente defectuosos"
(capítulo 13, citas de páginas 182 y 181).
Los
argumentos de Wittman no sólo son poco convincentes sino inconsistentes. "El
[o]portunismo de los políticos se mitiga cuando se les pagan sueldos por sobre
el promedio del mercado y se los amenaza con perder el cargo si eluden su
responsabilidad. El hecho de que los candidatos se involucren en campañas electorales
de alto costo coincide con la hipótesis de que tener un cargo público permite
ganar sueldos por sobre el promedio del mercado" (pág. 27). ¿Qué fue
entonces de la tan anunciada competencia? ¿Las campañas costosas no distribuyen
la riqueza? ¿Y cómo se conjuga el juicio de Wittman sobre los sueldos de los
políticos con su ingenua apreciación (pág. 106) de que los sueldos de los
burócratas son mantenidos a nivel
competitivo?
Irónicamente,
el libro de Wittman, tal como el artículo precursor, fue publicado en la
Universidad de Chicago, una ciudadela de positivismo en materia de teoría
económica y donde se insiste que las teorías sean refutables (yo lo interpreto,
tal vez condescendientemente, como insistir en que las teorías tengan un
contenido real en lugar de formularse con una suerte de inmunidad incorporada
ante cualquier evidencia que las cuestione). El propio Wittman se felicita a sí
mismo en lo que respecta a metodologías sólidas y débiles. Sus dos capítulos de
conclusión, totalizando sólo 13 páginas, llevan por título "The Testing of
Theory" (la teoría puesta a prueba) y "Epilogue: The Burden of Proof”
(epílogo: el peso de la prueba). (En la página 2 ya se había puesto “el peso de
la prueba” en aquellos que sostienen que los mercados políticos democráticos
son ineficientes"). El lector espera, en definitiva, que Wittman mencione
qué es lo que él reconoce como evidencia o argumento de peso en contra de su
tesis y en qué forma ésta supera la prueba.
Sin
embargo, Wittman no presta atención a ello. Es más: termina su libro afirmando
haber “traspasado a modelos de errores en mercados políticos” la sospecha de hipótesis
subyacentes que los economistas aplican adecuadamente a aseveraciones sobre errores
en el ámbito comercial. "He sostenido que los votantes emiten su
opinión debidamente informados y que los mercados democráticos son
competitivos" (pág. 192). "Los economistas no se explayan sobre
errores comerciales o conductas patológicas de los consumidores". En su
lugar, “analizan la normalidad y buscan explicaciones sobre la eficiencia para
el caso de comportamientos anormales del mercado. De igual forma entonces, los
cientistas políticos no deberían ahondar en los errores cometidos por los
mercados políticos" (pág. 193 n.).
Pero
lo que el autor no sostiene es haber en realidad demostrado que la democracia es
eficiente. La falta de claridad hace que su tesis sea menos posible de probar que
lo que podría haber sido de haberse formulado con mayor precisión. Una
vez más insinúa que el peso de la prueba recae en quienes se niegan a presumir
eficientes tanto a los mercados económicos como a los políticos.
Algo
tan inadecuado y perverso como este libro (y el respectivo artículo previo) y
que ha sido escrito y publicado bajo el auspicio de prestigiosos académicos es
un fenómeno que clama por explicaciones. Hacer frente al dilema es importante,
pues la mera existencia del libro y de la parafernalia académica que lo rodea generará
algo de ruido. Tanto académicos como políticos y burócratas de ideas afines
aprecian el respaldo que implica “lo que los estudios demuestran".
Antes
de intentar alguna explicación, debo confesar mi indignación con respecto al
artículo escrito en 1989. Tal vez mi opinión personal debiera ser descartada. Solía
criticar aquel artículo en mis seminarios para alumnos egresados sobre economía
política. Lo que me hizo interesarme en el libro fue la excelente y
adecuadamente adversa crítica de Donald Boudreaux sobre el mismo en el primer
número del The Independent Review la
primavera de 1996. Sin embargo, con la esperanza de no dejarme
influenciar y generar mi propia crítica, dejé de lado la crítica de Boudreaux
mientras leía el libro.
También
debo confesar sentirme avergonzado. Es opinión unánime que no se debe preguntar
por las motivaciones de las personas. Sin embargo, en ocasiones tal tipo de indagación
es necesaria. Un detective que trabaja en un caso de asesinato debe conjeturar
sobre los motivos del crimen mientras formula hipótesis opuestas e intenta
descartarlas hasta quedarse con sólo una. El dilema intelectual de un libro tan
particular exige un procedimiento medianamente similar.
Mi
primera hipótesis debe ser que a Wittman lo mueve la pasión por la verdad. Y
probablemente tenga bastante razón: las ahora ya familiares teorías de la
elección pública sobre burocracia y políticas democráticas son del todo deficientes
y precisamente en la forma en que él lo diagnostica. En efecto, los procesos democráticos se
asemejan mucho a los procesos competitivos que ocurren en mercados de bienes y
servicios. Soy yo el que está equivocado, enceguecido por una indignación
estúpida con respecto a los méritos del brillante revisionismo de Wittman.
Pero
surgen por sí solas otras hipótesis. Efectivamente, cruzó por mi mente la idea
de que el libro (y el artículo) de Wittman podía ser una permanente parodia (como
el artículo del físico Alan Sokal sobre la “gravedad posmoderna” publicado en Social
Text) o, si no una parodia, al menos una movida en un juego de tipo
académico. Incluso Wittman reconoce (pág. ix) que ha estado jugando un “juego”,
que los últimos acontecimientos sumados a una controversia intelectual son los
que disfrutan de cierta ventaja y que “lo ha pasado fenomenal”.
O tal
vez Wittman intentaba, a modo de ejercicio, esgrimir los mejores argumentos
posibles a favor de los gobiernos democráticos. "Las decisiones
democráticas deberían ser tratadas como inocentes hasta que se compruebe que
son culpables", menciona "y merecen a un abogado que las defienda”
(pág. 193). De por sí con un amplio talento para elaborar la acusación, tal vez
Wittman escogió preparar el escrito para la mencionada defensa. Permitir que un
tercero admita cuán débil puede ser hasta el mejor de los casos -lo que provoca
que el lector se forme su propio juicio al respecto- podría ser una manera
efectiva de reforzar el escepticismo del tipo elección pública con respecto a
los gobiernos democráticos activistas.
Una alternativa
a la hipótesis sobre ejercicio intelectual es que Wittman vio la oportunidad de
llenar un nicho vacante en el escenario académico. A partir de aquella hasta ahora
no ocupada “posición de combate intelectual” (como la denomina Charles Peirce),
podría reaccionar con prontitud en la batalla contra los defensores de otras
posturas. Evidentemente, el mercado de las ideas ha dado lugar a la
rehabilitación académicamente acreditada de lo que R.W. Bradford (1993, págs.
159–165) ha denominado "la nueva religión cívica", sabiduría popular
sobre la virtud y eficacia del voto y los mandatos que se confieren por medio
de las elecciones. No tengo idea si es el caso de Wittman pero, a modo de
propuesta general, mantener una postura intelectual distintiva puede generar
invitaciones para asistir a conferencias y contribuir con material escrito para
trabajos colectivos. Servir de elemento disuasivo con respecto a otras posturas no es necesariamente signo de mala
reputación: tal como John Stuart Mill menciona en On Liberty, la verdad
puede aumentar su atractivo si lucha contra el error, incluso el error
premeditado.
La
hipótesis sobre llenar nichos se entrelaza con aquélla sobre el estado de la
economía académica, al menos como lo han diagnosticado varios actores importantes.
Los académicos se sienten presionados a publicar material y hacer noticia. Aferrarse
a modas pasajeras es una manera de hacerlo. Otra forma es provocar -ser un
iconoclasta, desafiar ideas establecidas-, lo que incluso puede aportar a la
“diversión” del juego. Ocasionalmente,
ambos métodos pueden fusionarse en una especie de originalidad rutinaria:
divulgar modas pasajeras para desafiar pensamientos ampliamente aceptados.
He
observado muchísimo de moda, rebeldía y una combinación de ambas en mi propio
campo macroeconómico. Ciertas corrientes económicas en Chicago y UCLA cultivan
la tendencia pasajera de afirmar que cualquier institución o práctica que haya
durado lo suficiente demuestra, sólo por ello, cierta eficiencia, hayan sido o
no sus fundamentos debidamente explicados. Tal afición a ciertas modas de carácter
rebelde (o rebeldías chic) pretende racionalizar formas de protección y de
traslado de rentas largamente condenadas por los economistas convencionales. El
trabajo de Wittman podría ser otro ejemplo de ello, desconozco si con
intencionalidad o no.
Desarrollar
actividades académicas en una o varias de estas formas no necesariamente es
señal de falta de sinceridad u otra inmoralidad personal. Además, tal vez sea posible aplicar el
principio de disonancia cognitiva de León Festinger. Si uno se siente incómodo
afirmando algo en lo que no cree, es posible eliminar o evitar la disonancia proponiéndose
sinceramente creer en ello.
No sé
cuál de las hipótesis mencionadas sea correcta; tal vez ninguna de ellas sino
otra. A falta de más evidencia, probablemente deberíamos optar por una opción benéfica.
Por lo pronto, los juicios de Wittman siguen siendo confusamente perversos. Si llegaran
a tener éxito en causar alguna consecuencia, esto afectaría negativamente a la
ciencia social académica y a los discursos populares de ella impregnados.
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Leland
Yeager es profesor emérito de economía sobre Ludwig von Mises en la Universidad
de Auburn. Consulte los archivos de artículos de Leland B. Yeager.
El
presente artículo ha sido extractado del libro Is the Market a Test of Truth
and Beauty?,
capítulo 20 (1997; 2011). Fue originalmente publicado en Liberty (10 de enero
de 1997): 57-60, donde se lo tituló "We Many, We Happy Many," como una
crítica a la obra de Donald A. Wittman, The Myth of Democratic Failure:
Why Political Institutions Are Efficient (Chicago: Imprenta de la Universidad de Chicago, 1995).
Referencias
Bradford, R.W., ed. It Came from Arkansas. Port Townsend, Wash.:
Ediciones Liberty, 1993.
Wittman, Donald A. "Why Democracies Produce
Efficient Results." Revista
Political Economy 97 (diciembre 1989): 1395-1424.
Wittman, Donald A. The Myth of Democratic
Failure. Chicago: Imprenta de la Universidad
de Chicago, 1995.