Por Ludwig
von Mises (Publicado el 30 de enero de 2012)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5852.
[The
Ultimate Foundation of Economic Science (1962)]
El “ingeniero social” es el
reformista que está dispuesto a “liquidar” todo lo que no se ajuste a su plan
para la organización de los asuntos humanos. Aún así, los historiadores e
incluso a veces las víctimas a quien mata no se oponen a encontrar algunas
circunstancias atenuantes a sus masacres o masacres planeadas apuntando que
están en último término motivado por una ambición noble: quería establecer el
estado perfecto de la humanidad. Le asignan un lugar en la larga fila de
diseñadores de planes utópicos.
Es ciertamente una locura excusar
de esta manera los asesinatos en masa de gángsters sádicos como Stalin y
Hitler. Pero no hay duda de que muchos de los más sangrientos “liquidadores” se
vieron guiados por las ideas que inspiraron desde tiempo inmemorial los
intentos de los filósofos de meditar acerca de una constitución perfecta. Una
vez incubado el diseño de un orden ideal como ése, el autor va en busca del
hombre que pueda establecerlo suprimiendo la oposición de todos los que estén
en desacuerdo. En esta línea, Platón ansiaba encontrar un tirano que usaría su
poder para la realización del estado ideal platónico. La cuestión de si a otra
gente le gustaría o disgustaría que él mismo tuviera en la tienda nunca se le
planteó a Platón. Para él era cosa sabida que el rey que se convertía en
filósofo o el filósofo que se convertía en rey era el único con derecho a
actuar y que todos los demás, independientemente de su voluntad, tenían que
someterse a sus órdenes. Visto desde el punto de vista del filósofo que está
convencido de su propia infalibilidad, todos los disidentes aparecen
sencillamente como obcecados rebeldes resistiéndose a lo que les beneficia.
La experiencia ofrecida por la
historia, especialmente por la de los últimos 200 años, no ha sacudido esta
creencia en la salvación por la tiranía y la liquidación de los disidentes.
Muchos de nuestros contemporáneos están firmemente convencidos de que lo que se
necesita para hacer perfectamente satisfactorios todos los asuntos humanos es
la supresión brutal de toda la gente “mala”, es decir, de aquellos con los que
no están de acuerdo. Sueñan con un sistema perfecto de gobierno que (según
piensan) ya existiría desde hace mucho tiempo si esta gente “mala”, guiada por
la estupidez y el egoísmo, no hubiera obstaculizado su establecimiento.
Una escuela moderna supuestamente
científica de reformistas rechaza estas medidas violentas y echa la culpa de
todo lo que se considera deficiente en las condiciones humanas al supuesto
fracaso de lo que llama la “ciencia política”. Las ciencias naturales, dicen,
han avanzado considerablemente en los últimos siglos y la tecnología nos ofrece
casi mensualmente nuevos instrumentos que hacen la vida más agradable. Pero “el
progreso político ha sido nulo”. La razón es que “la ciencia política se
detuvo”. La
ciencia política tendría que adoptar los métodos de las ciencias naturales: no
debería seguir perdiendo su tiempo en meras especulaciones, sino estudiar los
“hechos”. Pues, como en las ciencias naturales, “se necesitan los hechos antes
de las teorías”.
Difícilmente puede uno malentender
más lamentablemente todos los aspectos de las condiciones humanas. Restringiendo
nuestra crítica a los problemas epistemológicos planteados, tenemos que decir:
Lo que hoy se llama “ciencia política” es esa rama de la historia que se ocupa
de la historia de las instituciones políticas y de la historia del pensamiento
político manifestado en los escritos de autores que disertaron acerca de las
instituciones políticas y diseñaron planes para alterarlas. Es historia, y como
tal no puede, como se ha apuntado antes, proporcionar nunca ningún “hecho” en
el sentido en que se usa este término en las ciencias naturales experimentales.
No hay necesidad de pedir a los científicos políticos que ensamblen todos los
hechos del pasado remoto y de la historia reciente, calificados falsamente como
“experiencia presente”.
Realmente, hacen todo lo que puede hacerse a este respecto. Y no tiene sentido
decirles que las conclusiones derivadas de este material tendrían que “probarse
mediante experimentos”. Es
superfluo repetir que las ciencias de la acción humana no pueden realizar
ningún experimento.
Sería absurdo afirmar
apodícticamente que la ciencia nunca conseguirá desarrollar una doctrina
apriorística praxeológica de organización política que ponga una ciencia
teórica al nivel de la disciplina puramente histórica de la ciencia política.
Todo lo que podemos decir hoy es que ningún hombre vivo sabe cómo podría
construirse una ciencia así. Pero incluso aunque esa nueva rama de la
praxeología fuera a aparecer algún día, no serviría para tratar el problema que
filósofos y estadistas estaban y están ansiosos por resolver.
El que toda acción humana tenga que
juzgarse y se juzgue por sus frutos o resultados es una antigua obviedad. Es un
principio con respecto al cual los Evangelios están de acuerdo con las
enseñanzas a menudo mal entendidas de la filosofía utilitaria. Pero lo crucial
es que la gente difiere ampliamente una de otra en su valoración de los
resultados. Lo que algunos consideran como bueno o mejor es a menudo rechazado
con vigor por otros como completamente malo. A los utópicos no les preocupaba
decirnos que la disposición de los asuntos del estado satisfaría mejor a sus
conciudadanos. Simplemente exponían qué condiciones del resto de la humanidad
serían más satisfactorias para ellos. Ni a ellos ni a sus adeptos que trataban
de aplicar sus programas se les ocurrió nunca que hay una diferencia
fundamental entre estas dos cosas. Los dictadores soviéticos y sus séquitos
piensan que todo está bien en Rusia si ellos están satisfechos.
Pero incluso si dejáramos aparte
este asunto, tenemos que destacar que el concepto del sistema perfecto de
gobierno es engañoso y contradictorio.
Los que eleva al hombre por encima
de todos los demás animales es el conocimiento de que la cooperación pacífica
bajo el principio de la división del trabajo es un método mejor de preservar la
vida y eliminar la incomodidad percibida que dedicarse a la competencia
biológica despiadada por lo que los filósofos han llamado el estado de
naturaleza o helium omnium contra omnes
o la ley de selva. Sin embargo, para preservar la paz, es indispensable estar
dispuestos, como lo están los seres humanos, a repeler con la violencia
cualquier agresión, ya sea por parte de matones interiores o de enemigos
exteriores. Así, la cooperación humana pacífica, el prerrequisito de la
prosperidad y la civilización, no puede existir sin un aparato social de
coerción y coacción, es decir, sin un gobierno. Los males de la violencia, el
robo y el asesinato solo pueden prevenirse por una institución que, siempre que
se necesite, recurra a los mismos métodos de actuación para cuya prevención ha
sido establecida. Aquí aparece una distinción entre el empleo ilegal de la
violencia y el recurso legítimo a ella. Ante el conocimiento de este hecho,
algunos han calificado al gobierno de un mal, aunque admitan que sea un mal
necesario. Sin embargo, lo que se requiere para alcanzar in fin visto y
considerado como beneficioso no es un mal en la connotación moral del término,
sino un medio, el precio a pagar por ello. Aún así, permanece el hecho de que
acciones que se consideran altamente objetables y delictivas cuando las
perpetran personas “no autorizadas” se aprueban cuando las cometen las
“autoridades”.
El gobierno como tal no solo no es
un mal, sino la institución más necesaria y beneficiosa, pues sin él no podría
desarrollarse ni preservarse ninguna cooperación social duradera ni
civilización. Es un medio para ocuparse de la imperfección propia de muchos,
tal vez la mayoría de toda la gente. Si todos los hombres fueran capaces de
darse cuenta de que la alternativa a la cooperación social pacífica es la
renuncia a todo lo que distingue al homo
sapiens de las bestias carnívoras y si todos tuvieran la fortaleza moral
como para actuar de acuerdo con ello, no habría necesidad del establecimiento
de un aparato social de coerción y opresión. No es que el estado sea un mal,
sino que los defectos de la mente y el carácter humano que requieren
imperativamente la operación de un poder de policía. El gobierno y el estado
nunca pueden ser perfectos, porque deben su raison
d'être a la imperfección del hombre y solo pueden alcanzar su fin, la
eliminación del impulso humano innato a la violencia, recurriendo a la
violencia, lo mismo que se pretende que eviten.
Es un arma de doble filo otorgar a
una persona o grupo de personas la autoridad para recurrir a la violencia. El
incentivo implícito es demasiado tentador para un ser humano. Los hombres que
han de proteger a la comunidad contra la agresión violenta se convierten
fácilmente en los agresores más peligrosos. Transgreden su mandato. Usan
incorrectamente su poder para oprimir a quienes esperan que les defiendan de la
opresión. El principal problema político es cómo impedir que el poder policial
se convierta en tiránico. Ese es el significado de todas las luchas por la
libertad. La característica esencial de la civilización occidental que la
distingue de las civilizaciones detenidas y petrificadas del este fue y es su
preocupación por la libertad frente al estado. La historia de Occidente, desde
la época de las πολις griegas hasta la resistencia al socialismo del día de
hoy, es esencialmente la historia de la lucha por la libertad contra las
invasiones de los funcionarios.
Una escuela de pensamientos
superficial de filósofos sociales, los anarquistas, eligió ignorar el asunto
sugiriendo una organización de la humanidad sin estados. Simplemente olvidaron
el hecho de que los hombres no son ángeles. Son demasiado torpes como para
darse cuenta de que a corto plazo un individuo o un grupo de individuos pueden
ciertamente avanzar en sus propios intereses a costa de los intereses a largo
plazo de otra gente e incluso de los suyos propios. Una sociedad que no esté
dispuesta a detener los ataques de esos atacantes asociales y miopes está
indefensa y a merced de sus miembros menos inteligentes y más brutales.
Mientras que Platón fundamentaba su utopía en la esperanza de que esté
disponible un pequeño grupo de filósofos perfectamente sabios y moralmente
impecables para la dirección suprema de los asuntos, los anarquistas suponían
que todos los hombres sin excepción estarían dotados de la sabiduría perfecta y
la impecabilidad moral. No entendían que ningún sistema de cooperación social
puede eliminar el dilema entre los intereses de un hombre o un grupo a corto
plazo y los que hay a largo plazo.
La propensión atávica del hombre a
someter por la fuerza a las demás personas se manifiesta claramente en la
popularidad de la que disfruta el esquema socialista. El socialismo es
totalitario. El autócrata o el consejo de autócratas son los únicos que pueden
actuar. Todos los demás hombres estarán privados de discreción para elegir o
apuntar a los fines elegidos; los oponentes serán liquidados. Al aprobar este
plan, todo socialista supone tácitamente que los dictadores, los encargados de
la gestión de la producción y todas las funciones del gobierno, cumplirán
precisamente con sus propias ideas acerca de lo que es deseable y lo que no lo
es. Al divinizar el estado (si es un marxista ortodoxo, lo llama la sociedad) y
asignarle un poder ilimitado, se diviniza a sí mismo y apunta a la supresión
violenta de todos aquéllos con quienes está en desacuerdo. El socialista no ve
ningún problema en la dirección de los asuntos políticos porque solo le importa
su propia satisfacción y no tiene en cuenta la posibilidad de que un gobierno
socialista no actúe de una forma que a él no le guste.
Los “científicos políticos” están
libres de las ilusiones y los autoengaños que afectan al juicio de anarquistas
y socialistas. Pero ocupados con el estudio del inmenso material histórico, se
empezaron a preocupar por el detalle, por los innumerables ejemplos de pequeños
celos, envidias, ambiciones personales y codicia que mostraban los actores en
la escena política. Adscriben el fracaso de todos los sistemas políticos hasta
ahora intentados a las debilidades morales e intelectuales del hombre. Tal y
como lo ven, los sistemas fracasaron porque su funcionamiento satisfactorio
habría requerido hombres de cualidades morales e intelectuales solo
excepcionalmente presentes en la realidad. A partir de esta doctrina, trataron
de escribir planes para un orden político que pudiera funcionar
automáticamente, por decirlo así, y no se viera afectado por la ineptitud y los
defectos de los hombres. La constitución ideal tendría que garantizar una
dirección inmaculada de los asuntos públicos a pesar de la corrupción e
ineficiencia de los gobernantes y el pueblo. Los que buscan un sistema legal
así no caen en las ilusiones de los autores utópicos que suponían que todos los
hombres o al menos una minoría de hombres superiores son intachables y
eficientes. Disfrutaban de una aproximación realista al problema. Pero nunca
plantearon la pregunta de cómo los hombres contaminados por todos los defectos
inherentes a la condición humana podrían ser inducidos a someterse
voluntariamente a un orden que les impediría dar rienda suelta a sus caprichos
y modas.
Sin embargo, la principal
deficiencia de esta aproximación supuestamente realista al problema no es ésta.
Ha de verse en la ilusión de que el gobierno, una institución cuya función
esencial es el empleo de la violencia, podría funcionar de acuerdo con los
principios de moralidad que condenan perentoriamente el recurso a la violencia.
El gobierno busca mediante la fuerza el sometimiento, el encarcelamiento y la
muerte. La gente puede tender a olvidarlo porque el ciudadano que cumple las
leyes se somete dócilmente a las órdenes de las autoridades para evitar el
castigo. Pero los juristas son más realistas y califican a una ley a la que no
se asocia una sanción como una ley imperfecta. La autoridad de la ley hecha por
los hombres se debe completamente a las armas de los policías que obligan a
obedecer sus provisiones. Nada de lo que pueda decirse acerca de la necesidad
de acción gubernamental y de los beneficios que de esto se derivan puede
eliminar o mitigar el sufrimiento de quienes languidecen en prisión. Ninguna
reforma puede hacer perfectamente satisfactoria la operación de una institución
cuya actividad esencial consiste en infligir dolor.
La responsabilidad por el fracaso
en descubrir un sistema perfecto de gobierno no se basa en el supuesto retraso
de lo que se llama la ciencia política. Si los hombres fueran perfectos, no
habría necesidad de gobierno. Con hombres imperfectos ningún sistema de gobierno
podría funcionar satisfactoriamente.
La preeminencia del hombre consiste
en su poder de elegir fines y recurrir a medios para alcanzar los fines
elegidos: las actividades del gobierno se dirigen a restringir esta discreción
a los individuos. Todo hombre trata de evitar lo que le produce dolor; las
actividades del gobierno consisten en definitiva en infligir dolor. Todos los
grandes logros de la humanidad fueron producto de un esfuerzo espontáneo por
parte de individuos; el gobierno sustituye la acción voluntaria por la
coacción. Es verdad que el gobierno es indispensable porque los hombres no son
intachables. Pero diseñado para ocuparse de algunos aspectos de la imperfección
humana, nunca puede ser perfecto.
Ludwig von Mises es reconocido como
el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de
teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises
abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía
política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes
aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo
económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica
general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede
resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en
reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción
humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de The
Ultimate Foundation of Economic Science (1962), capítulo 10.