Por Christopher Mayer (Publicado el 27 de julio de 2000)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/475.
Noticia: La elección para vicepresidente por parte del
Partido Republicano es Richard Cheney (…) de jefe de personal de la Casa Blanca
con el Presidente Gerald R. Ford con 34 años, pasando por cinco legislaturas en
el Congreso a secretario de defensa a su puesto actual como presidente y consejero
delegado de Halliburton Co. que está “trabajando directamente con empresas
petroleras nacionalizadas en todo el mundo para desarrollar sus recursos” (AP, 26 de julio de 2000).
Los
defensores del libre mercado son vistos a
menudo como defensores de las grandes empresas. La regulación de los
negocios se ve como necesaria para el bienestar público para impedir la
explotación de los egoístas hombres de negocios. Esa opinión sería difícil que
coincidiera con la realidad, tanto en la historia reciente como en la distante.
En
realidad, las empresas a menudo agradecen la regulación y cabildean
abiertamente por ella. Las empresas a menudo no quieren un mercado libre para
sus bienes y servicios y preferirían tener un gobierno puedan usar. Comparado
con la dureza del mercado libre, la regulación pública resulta confortable.
Comparado con la inquietud de las siempre cambiantes demandas de los
compradores, la estabilidad y monopolio ofrecidos por la regulación pública son
un jefe mucho más indulgente.
Como
apuntaba Murray Rothbard al condenar las relaciones empresas-gobierno, “A
menudo no nos damos cuenta de que el Gran Gobierno es precisamente establecer
esas ‘relaciones’ en beneficio tanto del gobierno como de las empresas, o más
bien de ciertas empresas y grupos de negocios que resultan tener el favor
político”. Lo mismo puede decirse habitualmente de la regulación pública de los
negocios.
El caso de los servicios públicos
Un
ejemplo importante se produce en el sector de los servicios públicos de la
nación. Los servicios públicos de la nación se están desregulando lentamente,
un proceso que se está produciendo ahora mismo en 24 estados. Los precios no
estarán totalmente regulados y empresas energéticas independientes podrán
competir con las empresas de servicios públicos.
La
inminente desregulación ya ha estimulado la inversión y la innovación en el
sector. Por supuesto, algunos miembros del sector están mejor situados que
otros. Los analistas bursátiles repentinamente tienen que observar más
atentamente la capacidad de mantener su dividendo de una compañía de servicio
público antes aburrida.
Un
observador del mercado dijo que podías dividir las empresas de servicios
públicos en dos campos: las que tienen que recortar el dividendo y la que van a
recortar el dividendo. Mercados competitivos significarán que las inversiones
en servicios públicos tendrán que afrontar el rigor de la futura competencia.
El
Secretario de Energía, Bill Rcihardson, admitía que aunque Estados Unidos sea
una superpotencia, “tiene una red propia de una nación del Tercer Mundo”. La
competencia significará asimismo la posibilidad muy real de pérdidas y en
definitiva de una quiebra.
Indudablemente,
incluso en este estado, el mercado difícilmente será lo que los misesianos
llamarían libre. En algunos estados seguirá habiendo precios máximos y/o
subvenciones, así como varias regulaciones federales y estatales que continurán
distorsionando los patrones de producción respecto de lo que produciría un
mercado verdaderamente libre. Además, las empresas están entregando el control
sobre su extensa red multiestatal de líneas de alta tensión. Estará será
propiedad de operadores sin ánimo de lucro que cargarán con la responsabilidad de
asegurar un acceso justo a la red (definitivamente no es cosa de los mercados libres).
Aún así,
muchos en el sector de los servicios públicos están tremendamente asustados por
la desregulación, un proceso ahora solo en su infancia y que los defensores del
libre mercado solo pueden esperar que continúe. Los esfuerzos de las compañías de
servicios públicos por detener la regulación se expusieron recientemente en un
artículo del Washington Post de John
Mintz titulado “Utilities Secretly Lobbied Congress”.
Según
este artículo, algunas de las mayores empresas del país gastaron aproximadamente
17 millones de dólares en los últimos tres años y medio mediante dos
organizaciones pantalla con el propósito expreso de detener la desregulación de
su sector por el Congreso. Mintz informa de que la desregulación de la energía
“es una lucha en la que se juega muchísimo el sector energético de 300.000
millones de dólares anuales”. Los defensores de la continuación de la
regulación incluyen a los servicios públicos antiguos propiedad del inversor.
En el otro bando del debate, a favor de la desregulación, están los grandes
productores que buscan fuentes de energía más baratas y empresas energéticas
independientes como Enron que quieren tener la oportunidad de competir con las
empresas de servicio público.
¿Por qué
querrían una regulación las empresas de servicio público? El hecho de que estas
compañías decidieran cabildear en el Congreso mediante dos organizaciones
pantalla es una evidencia de que les gustaría esconder el hecho de que la
regulación les proporciona un privilegio de monopolio. Están protegidas de la
amenaza de nuevos competidores. La vida regulada también proporciona una
constante dieta de aumentos de tarifas a lo largo del tiempo.
Como
informaba recientemente Rebecca Smith en un Wall
Street Journal reciente (“Gloom and
Doom: New Rules, Demands Put Dangerous Strain on Electricity Supply”): “Los
servicios públicos en los estados que no han desregulado obtienen sus ingresos
basándose en la cantidad de equipos que han puesto en servicio. El chiste solía
ser que el sector del servicio público era el único en que podías aumentar tus
beneficios comprando nuevos muebles para tu oficina”.
Los
defensores de la regulación normalmente apuntan a la caída en los precios
reales de la energía con el tiempo. El problema es que no tenemos libre mercado
del sector de los servicios públicos para hacer una comparación y por tanto ese
punto no tiene ningún sentido. En el mundo regulado de los servicios públicos,
no hay mercado para las tarifas y las empresas son inmunes a las demandas de
los consumidores.
El sector
de los servicios públicos representa por tanto un ejemplo que tendría que
pinchar la ridícula afirmación de que a los defensores del libre mercado les
gustan las grandes empresas. La gente cree que el gobierno les protege de los
aumentos de precios, pero todo este tiempo, los servicios públicos de la nación
se han dado un festín a costa del público.
Acosados
por impuestos a pagar reguladores y agencias de aplicación, los consumidores se
ven más explotados mediante altas facturas en los servicios generadas por
privilegios monopolísticos otorgados por
el Estado. Mientras tanto el pobre consumidor se sienta ociosamente creyendo
que está protegido por el gobierno de pagar una tarifa demasiado alta.
Difícilmente puede imaginarse una persona más engañada.
La era progresista
El
ejemplo reciente de los servicios públicos no debería sorprender. La historia
está llena de ejemplos de una relación a menudo íntima entre gobierno y ciertas
empresas. Como remarcaba Gabriel Kolko: “El hecho dominante de la vida política
estadounidense al principio de este siglo fue que la gran empresas lideró la
lucha por la regulación federal de la economía”.
La
llamada “era progresista” está repleta de incidentes de cárteles producidos por
la regulación pública. La Ley de Comercio Interestatal de 1887 creó el cártel
del ferrocarril que las ferroviarias no pudieron conseguir en el libre mercado.
El gobierno ayudó a crear los imperios ferroviarios mediante concesiones de
terrenos y subvenciones.
Pero el
mayor, quizá el más devastador cártel creado por el gobierno sigue vivo en el
sector bancario con la existencia del Sistema de Reserva Federal y su
correspondiente séquito inflacionista de bancos comerciales. Los bancos
comerciales querían un Banco Central que les permitiera inflar juntos sin la
sanción a dichas prácticas que produciría un mercado libre. Como apuntaba
Rothbard, el Banco Central era “su baluarte y escudo contra los vientos de la
competencia”.
La Fed
refuerza la confianza en el sistema bancario, evitando así la importante
disciplina del mercado que proporcionaban las corridas bancarias, o la amenaza
de éstas. Crea un prestamista de último recurso, una red de seguridad. Tal vez
lo más importante sea que es el “cartelizador” el que permite la expansión
masiva del crédito. Aunque los banqueros puedan quejarse a veces acerca de las
acciones de la Fed, ningún banquero cuestiona su misma existencia. Para la
mayoría de los banqueros, es difícil imaginar un mundo sin la Fed. Después de
todo, la Ley de la Reserva Federal de 1913 se aprobó con la bendición de los
mayores bancos de la nación.
Igual que
la regulación, estos cárteles (siendo los bancos y ferrocarriles solo dos de
los ejemplos más prominentes) se crean a menudo bajo la disculpa de hacer lo
que interesa más al público. Pero como preguntaba sucintamente Rothbard: “Si
estas políticas están pensadas para domesticar y someter a las grandes
empresas, ¿por qué los grandes empresarios, tantos socios de los Morgan y los
Rcokefeller y los Harriman han sido tan destacados en promover estos programas?”
Estas políticas benefician de hecho a las mismas empresas que pretenden
regular.
La política corrompe los negocios
Decir que
los empresarios quieren que sus industrias estén reguladas es indudablemente
una generalización amplia e injusta para todos los empresarios que trabajan o
han trabajado para hacer de nuestro mundo un lugar mejor sin recurrir a la
ayuda del gobierno (y los que luchan activamente contra ello).
El
empresario es un elemento crítico en la economía de mercado, tan importante
como la propiedad privada y la moneda fuerte. El empresario hace que funcione
todo. La función empresarial concreta, tal y como la definió Rothbard era “el
crucial elemento directivo que guía el proceso de producción hacia los deseos
de los consumidores”.
La influencia
corruptora deriva de la existencia del gobierno, el aparato de compulsión y
coacción y la tienda de golosinas que representa para quienes pueden
controlarlo. Como preguntaba Isabel Paterson en su libro clásico The God of the Machine, “¿Es el elemento
de la corrupción propio de los negocios o de la política?” Su respuesta:
¿Es
incorrecto producir algo o procesar o intercambiar el producto? No. Entonces no
puede corromper a nada más. ¿Es incorrecto restringir, obstruir o apoderarse de
los bienes de otro? Sí. Es siempre incorrecto si se hace iniciando una acción
(en lugar de responder a otra). Por tanto el potencial de corrupción reside en
la política y no en los negocios.
Además,
hay buenas razones teóricas por las que las regulaciones tienden a favorecer las
industrias reguladas. Están claramente resumidas en el libro de Randall
Holcombe, Public Policy and the Quality
of Life. En dos palabras hay un incentivo y una diferencia de
conocimientos. La mayoría de la gente tiene pocos incentivos para entender la
legislación de los servicios públicos. Sin embargo, las empresas afectadas
tienen un fuerte incentivo para informarse
e implicarse para influir en las políticas y asegurarse de que serán favorables
para la industria.
También
mucha de la información que reciben los reguladores provendrá del sector
regulado. Como dice Holcombe, “A las comisiones de servicios públicos que
regulan las tarifas eléctricas, las compañías telefónicas, etc. se les atribuye
regular en interés del público, pero mucha información procede de las
industrias reguladas, lo que lleva a decisiones que favorecen a éstas”.
En un
mercado libre, completamente ausente de interferencias públicas, sería
imposible formar cárteles de los tipos antes brevemente mencionados. Estos
cárteles deben su existencia a la influencia coactiva del gobierno. Sería imposible,
por ejemplo, impedir legalmente que entraran nuevas empresas en el mercado y
aplicar precios por la fuerza sin el respaldo de la fuerza pública.
Por
tanto, es el defensor del libre mercado el que representa los mejores intereses
de las masas. Solo defensor del libre mercado acabaría con todas las formas de
privilegio y monopolio otorgadas por el gobierno. Irónicamente, es el defensor
de la acción del gobierno el que promueve el bienestar de grupos favorecidos
seleccionados a costa de la masa de la gente.