Por Ludwig
von Mises (Publicado el 23 de enero de 2012)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5851.
[Memoirs (1920)]
Alrededor de 1900, la mayoría de la
gente en los países germanoparlantes eran o estatistas o socialistas de estado.
El oscuro episodio de la historia que conocemos como capitalismo había acabado
de una vez y para siempre. El futuro pertenecía al estado. El estado se
apropiaría de toda empresa apropiada para su nacionalización y el resto
estarían reguladas de forme que impidieran que los empresarios explotaran a
trabajadores y consumidores. Como las leyes fundamentales de la economía aún
eran desconocidas, no podían verse los problemas que presentaba el
intervencionismo. Pero sin este conocimiento, seguía sin estar claro si era más
deseable el intervencionismo o el socialismo de estado.
El programa de los socialdemócratas
marxistas era mucho más claro. Los marxistas rechazaban teóricamente el
intervencionismo como un mero reformismo burgués; sin embargo, en realidad
promovían gratuitamente una teoría del reformismo que abracaba todo. Su trabajo
se había centrado desde hacía mucho en los sindicatos, creando así dudas
planteadas por Marx o sus discípulos más estrictos. Aún así, custodiaban toda
brizna de ortodoxia de su maestro. El partido rechazó el intento de Bernstein
de revisar la teoría, que buscaba rebajar las clamorosas contradicciones entre
el marxismo y la política del partido. La victoria de la ortodoxia no fue, sin
embargo, completa. Sobrevivió un grupo revisionista y encontró su expresión en
el Mensual Socialista.
La oposición de la clase media al
Partido Socialdemócrata no apareció por el programa económico del partido, sino
por su descripción simplista de las instituciones existentes y su denegación de
todos los hechos que no encajaban en su programa. De acuerdo con esto último,
todos lo males del mundo derivaban del capitalismo y estos males serían
erradicados mediante el socialismo. El alcoholismo lo creaba el libre mercado
del alcohol y se echaba la culpa de las guerras al libre mercado de armamentos.
La prostitución solo existía en sociedades capitalistas y la religión era una
inteligente invención de los sacerdotes para conseguir la obediencia del
proletariado. Solo el capitalismo causaba escasez de bienes, mientras que el
socialismo traería a todos riquezas desconocidas. Sin embargo, nada excitaba más
la oposición de la clase media que el programa socialdemócrata del amor libre.
Y aún así todos creían que el
programa socialdemócrata contenía algo de verdad. Se veía en la demanda de
reformas sociales y en un continuo impulso hacia la socialización. El espíritu
marxista animaba a todos los gobiernos y partidos políticos. Diferían del
Partido Socialdemócrata en que no tomaban en consideración la expropiación de
todos los propietarios por el estado y gestión puramente burocrática de todas
las empresas. Su socialismo no era el de Lenin, que quería organizar toda la
industria de acuerdo con el modelo del servicio público postal. El suyo era un
socialismo que se correspondía con le economía controlada por el estado del
programa de Hindenburg del segundo periodo de la Primera Guerra Mundial y el
socialismo “alemán” de Hitler. La propiedad privada debería retenerse
formalmente, pero los negocios habían de gestionarse según las directivas del
gobierno. Los socialistas de la iglesia querían mantener una posición privilegiada
para la iglesia cristiana; igualmente, los socialistas del estado apoyaban a la
monarquía y el ejército.
Al entrar en la universidad, yo
también era un estatista, de la cabeza a los pies. Sin embargo difería de mis
compañeros de estudio en que era conscientemente anti-marxista. En ese momento
sabía poco de los escritos de Marx, pero conocía las obras más importantes de
Kautsky. Era un ávido lector del Neue
Zeit y había seguido el debate revisionista con gran atención. Los tópicos
de la literatura marxista me repelían. Encontraba a Kautsky casi ridículo. A
medida que entraba en un estudio más detallado de las obras más importantes de
Marx, Engels y Lassalle, me veía incitado a contradecir a ambos bandos. Me
parecía incomprensible que este confuso hegelianismo pudiera tener tan enorme
influencia. Solo después me di cuenta de que los marxistas de partido caían en
dos categorías: los que nunca habían estudiado a Marx en absoluto y conocían
solo unos pocos de los pasajes más conocidos de sus libros y solo conocían a
Marx de los libros de texto o los que, como autodidactas, no habían leído nada
de la literatura mundial más allá de Marx. Max Adler, por ejemplo, pertenecía
al primer grupo. Su conocimiento de Marx se limitaba a las pocas páginas en las
que se había desarrollado la “teoría de la superestructura”. Los más
prominentes entre el segundo grupo eran los europeos orientales, que lideraban
la carga ideológica del marxismo.
Me encontrado con casi todos los
teóricos marxistas de Europa occidental y central a lo largo de mi vida, y
entre ellos solo he encontrado un hombre que sobresalga por encima de una
modesta mediocridad. Otto Bauer era el hijo de un rico fabricante del norte de
Baviera. Mientras se encontraba en el Reichenberger
Gymnasium, se vio bajo la influencia
del mismo maestro que había presentado a Heinrich Herkner las ideas de la
reforma social casi dos décadas antes.
Bauer llegó a la Universidad de
Viena como un declarado marxista. Dotado de una diligencia incansable y una
brillante facilidad para las ideas, se hizo versado en la filosofía idealista
alemana y la economía clásica. Tenía un conocimiento inusualmente amplio de la
historia, incluyendo la de las naciones eslavas y orientales. Estaba muy al
tanto de las investigaciones actuales en las ciencias naturales, era un
excelente orador y podía familiarizarse rápida y fácilmente con los problemas
más difíciles. Es verdad que no era un pionero y uno podía esperar que trajera
nuevas teorías o ideas. Pero si no hubiera sido un marxista, podía haberse
convertido en un estadista.
De joven, Otto Bauer se había
convencido de que nunca traicionaría sus convicciones marxistas, nunca haría
concesiones al reformismo o el revisionismo socialista y nunca se convertiría
en un Millerand
o un Miquel. Nadie
iba a superarle en su radicalismo marxista. Se vio posteriormente reforzado en
su resolución por su mujer Helene Gumplowicz. Permaneció fiel a sus intenciones
hasta el invierno de 1918/19. En ese momento conseguí convencer a los Bauer de
que el desplome del experimento bolchevique en Austria sería inevitable en muy
poco tiempo, tal vez en días. El suministro de alimentos en Austria dependía de
las importaciones que solo eran posibles con el auxilio de antiguos enemigos.
El suministro de alimentos de Viena no hubiera durado más de ocho o diez días
en cualquier día durante los nueve meses posteriores al armisticio. Los Aliados
habrían obligado a rendirse a un régimen bolchevique en Viene sin levantar un
dedo. Había pocos que entendieran con claridad ese estado de cosas. La gente
estaba tan convencida de la inevitabilidad del bolchevismo que su principal
preocupación era conseguirse un ligar cómodo en el nuevo orden. La Iglesia
Católica y sus seguidores, el Partido Social Cristiano estaban preparados para
hacerse amigos de los bolcheviques con la misma ansiedad con la que obispos y
arzobispos abrazarían en nacionalsocialismo 20 años después. Directores de
banco e industriales esperaban disfrutar de una buena vida como directores bajo
los bolcheviques. Cierto Mr. Guenther, un consultor industrial del Bodenkreditanstalt,
aseguró en mi presencia a Otto Bauer, que preferiría servir al pueblo que
servir a un grupo de accionistas. El efecto de este tipo de declaración puede
apreciarse cuando uno sabe que este hombre estaba considerado, aunque
erróneamente, el mejor gestor industrial en Austria.
Yo sabía lo que estaba en juego. El
bolchevismo llevaría a Viena el hambre y el terror en pocos días. Hordas de
saqueadores tomarían las calles y un segundo baño de sangre destruiría lo que quedaba de la cultura
vienesa. Después de discutir estos problemas con los Bauer durante muchas
tardes, fui capaz de persuadirles de mi opinión. La moderación resultante de
Bauer fue un factor determinante en el destino de Viena.
Bauer era demasiado inteligente
como para no darse cuenta de que yo tenía razón, pero nunca me perdonó que le
hubiera convertido en un Millerand. Los ataques de sus compañeros bolcheviques
dieron cerca de casa. Pero él dirigió su animosidad contra mí en lugar de
contra sus oponentes. Poderoso en su odio, optó por medios innobles para
destruirme. Trató de que los estudiantes y profesores nacionalistas de la
Universidad de Viena me dieran la espalda. Falló. Desde entonces, no he hablado
con los Bauer. Siempre había tenido en una alta estima injustificada el
carácter de Bauer, por cierto. Cuando, durante los desórdenes civiles de
febrero de 1934, el Secretario Fay anunció en la radio que Otto Bauer había
abandonado a los trabajadores en lucha y huido en avión con fondos del partido,
consideré calumniosa la declaración. No hubiera podido creer a Bauer capaz tal
cobardía.
Ludwig von Mises es reconocido como
el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de
teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises
abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía
política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes
aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo
económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica
general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede
resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en
reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción
humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este artículo está extraído de Memoirs (1940), capítulo
2.