Por Ben O’Neill. (Publicado el 17 de enero de 20012)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/5867.
* Traducido por Carmen Leal
La idea de una sociedad en la que la gente es libre de
“hacer lo que quiera” es muy atractiva. Está implícita en el eslogan “Vive y
deja vivir” que ha sido adoptado por muchos grupos libertarios, y también se encuentra
en el centro del ideal marxista de la alienación del trabajador bajo el
capitalismo, lo cual es simplemente una consecuencia de la división natural del
trabajo.
Esta noción confusa, apenas entendida, ha sido el pilar
central de muchas visiones ideológicas opuestas desde hace siglos, y ha
recibido a veces reconocimiento explícito, de alguna forma, en ideologías
políticas que se han presentado desde la aparición del liberalismo clásico.
Varias ideologías que compiten entre sí han construido su justificación en
términos de sus deseos de que las personas sean capaces de vivir como les
plazca, incuso cuando dichas ideologías tienen conceptos radicalmente distintos
de lo que esto tendría como consecuencia.
Pero al considerar la libertad de hacer cada uno lo que
quiera, debemos recapacitar exactamente sobre de qué es de lo que vamos a ser
libres. ¿Vamos a ser libres de la coerción por otros, de la intromisión
violenta contra nuestros cuerpos y propiedades? ¿Vamos a ser libres de vernos
limitados o acosados cuando tratemos de “vivir a nuestro aire”? ¿Es que vamos a
ser libres de las consecuencias adversas de nuestras acciones o quizá del
juicio desfavorable de los demás?
Esta es una cuestión importante, porque estas cosas son en última
instancia incompatibles entre sí. Si alguien quiere liberarse de los juicios
desfavorables de los demás, esto significa que cada uno de “los otros” va a
estar forzado a pensar y actuar contra su propia conciencia —pues deben
abstenerse de sostener o expresar puntos de vista que alterarían a aquellos que
simplemente están “viviendo a su aire”. ¿Y qué pasa si los otros quieren seguir
los dictados de su conciencia porque esto es lo que ellos consideran “vivir a
su aire”? De la misma manera, si una persona se va a liberar de las
consecuencias desfavorables de sus propios actos, entonces esto quiere decir
que serán otros los que se verán obligados a protegerse de dichas consecuencias
—serán obligados a contribuir con sus recursos y servicios a aquellos que
“viven a su aire”. ¿Y si los otros desean conservar su propiedad privada y el
uso de la misma para sí mismos y quienes ellos quieran, qué pasa si son ellos
los que “viven a su aire”? ¿Cuál “a tu aire” va a prevalecer?
Para los que defienden las políticas de redistribución y de
antidiscriminación, la respuesta está clara: la libertad de “hacer lo que
quieras” le da a una persona derecho a recursos que la ayuden e inmunidad ante
las críticas por el estilo de vida que ha escogido... ¡pues se trata de sus
propios asuntos! Este es precisamente el punto de vista del moderno estado del
bienestar, relativista en cuanto a la moral. Esto es lo que tienen en mente los
abogados de las políticas redistributivas y de antidiscriminación cuando se
esconden detrás de una frase tan inofensiva. ¿Cómo te atreves a no querer
contribuir con tus ganancias para otros que no están más que intentando vivir a
su aire? ¿Cómo te atreves a criticar las acciones de otros, o discriminar en su
contra? ¿No ves que están simplemente “viviendo a su aire”?
En este sentido corrompido, el concepto de una sociedad en
la que las personas son libres de “vivir a su aire” se vuelve un chiste cruel,
una pesadilla tiránica en la cual tan pacífico eslogan es desmentido por un
riguroso sistema de dominación y control. En tal sociedad, las personas no son
libres para vivir a su aire de ninguna manera. No si “su propio aire” consiste
en pensar y decir la verdad acerca de la gente y las instituciones que les
rodean, afirmando objetivamente y juzgando las ideas y las acciones de otros, y
tratando de vivir sus propias vidas libres del acoso totalitario. En una
sociedad como esa, las personas son libres de hacer lo que quieran solo en la
medida en que evitan el razonamiento objetivo y se doblegan a los principios
del relativismo moral, adoptando el sentimentaloide pensamiento “sin censura”.
En una sociedad verdaderamente libre, las personas estarían
liberadas no de los juicios desfavorables de otros o de las consecuencias de
sus propias acciones, sino del inicio de la fuerza por parte de otros.
Serían libres de utilizar sus propiedades como les pareciese adecuado, siempre
que sus acciones no violasen los derechos de otros. En tal sociedad las
personas serían libres de llevar todos los estilos alternativos de vida que
quisieran —desde el uso de drogas duras a la poligamia, el nudismo o la vida en
comunas— pero no se les permitiría forzar a otros a contribuir a su estilo de
vida o a protegerlos de las consecuencias de sus actos. No les estaría
permitido el impedir a otros por la fuerza el criticar sus ideas, condenar
pacíficamente sus actos o discriminarlos. Y, por el contrario, podrían no ser
forzados a contribuir a favor de sus propios detractores, a pagar su propia
supresión o demonización o a tratar con aquellos a los cuales no les gusten. En
pocas palabras: serían libres de “vivir a su aire” y soportar ellos mismos las
consecuencias de esto.
Esa línea de pensamiento ha sido expresada a veces haciendo
una distinción entre lo que se denomina libertad negativa y libertad positiva.
Esta última es la libertad que se da al liberarse de la violencia por parte de
otros, mientras que la primera es la libertad que da por medio de la
apropiación de recursos y la asistencia de otros. El punto de vista de que la
libertad de “hacer lo que uno quiera” acarrea el derecho a ser aislado de las
consecuencias mediante los esfuerzos de otros o ser inmune a los juicios
adversos de otros, es una expresión de la idea de que la libertad negativa
debería ser sacrificada a la positiva —lo cual significa que liberarse de la
violencia debe ser sacrificado al deseo de liberarse de la realidad.
No todos los intentos de suprimir la libertad se hacen con
el objetivo de ayudar a las personas a vivir como quieran. A menudo se adopta
una prohibición precisamente con el objeto de prevenir ciertos modos de vida
que se contemplan como destructivos. Después de todo, esta noción de permitir a
otros “vivir a su aire” roza contra la sensibilidad de las personas que ven a
los gobiernos como un medio de promover la virtud y protegerse de la
inmoralidad. A algunos les parce que en cuanto a la gente que actúa
irresponsablemente el papel del gobierno sería transformarlos en buenos
ciudadanos por medio de la coerción —hacer esto precisamente impidiéndoles a la
fuerza “vivir a su aire”. Pero estas mismas personas cometen el más
despreciable exceso de todos cuando aumentan su desaprobación de las acciones
(no violentas) de otros por medio de campañas de coerción contra ellos. En
palabras de John Galt:
Aunque todo pueda estar abierto
al desacuerdo, hay un acto de maldad que no lo está, el acto que nadie
cometería contra otros y nadie olvidaría o perdonaría. Mientras los hombres
deseen vivir juntos, nadie puede iniciar
—¿me oyes bien? ninguno puede empezar— el uso de la fuerza física contra
otros.
Realmente, la atmósfera que
mejor conduce a una sociedad a cultivar la virtud moral es aquélla en la que
las personas son libres de tomar sus propias elecciones y luego acarrear con
las consecuencias naturales de sus propios actos. Esto permite una oportuna
adaptación a la realidad y permite inculcar un buen carácter.
La prohibición y el subsidio a
la fuerza de estilos de vida son dos tirones a la cadena del váter del declive
social —pues ambos limpian a la sociedad civilizada al inhibir el proceso
natural de nuestras elecciones vitales a seguir su propio curso. A media
descarga, prohibimos una acción voluntaria que creemos será destructiva, con el
resultado de que impedimos que sea comprobada contra la realidad. A descarga
completa, subvencionamos a otros para que puedan seguir actuando
destructivamente y desviamos las consecuencias hacia otros. Estos dos
planteamientos retrasan el desarrollo de buenos hábitos y de carácter y los dos
son enemigos de una sociedad honesta.
Las personas que desean tener la
libertad de “ir a su aire” no deberían tolerar las prohibiciones legales de los
estilos de vida que han elegido —siempre y cuando estos estilos no tengan que ver
con la violencia hacia otros. Pero deben también tener en mente que la
verdadera libertad incluye la libertad de otros para negarse a tratar con
ellos, a hacer discriminaciones contra ellos o incluso a no gustarles o
despreciarlos. A menos que y hasta que esta clase de libertad sea ampliamente
aceptada, nadie será verdaderamente libre de “hacer lo que quiera”.
Ben O’Neill es profesor de estadística en la Universidad de
Nueva Gales del Sur (ADFA), en Canberra, Australia. Anteriormente ejerció como
abogado y consejero político en Canberra. Es miembro Templeton en el Instituto
Independiente, donde ganó el primer premio en el concurso Sir John Templeton de
ensayo 2009.