Por Toban Viebe (Publicado el 15 de septiembre
de 2010)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4700.
El analfabetismo económico es
generalizado, pero ¿por qué debería ser esto un problema? El grado de
ignorancia es aún mayor en la microelectrónica y programación informática, y eso
que la tecnología informática aún no es nada asombrosa.
En la mayoría de las materias de estudio,
las personas dejan la ciencia a los expertos y confían en la exactitud de sus
conclusiones. No así en la economía: en lugar de dejar la cuestión a los
economistas, la gente tiene férreas posiciones que son claramente erróneas. La
ignorancia económica por sí sola no es el problema. En palabras
de Murray Rothbard:
"No es ningún crimen ser un ignorante
en economía, que es, después de todo, una disciplina especializada que además
la mayoría de gente considera una “ciencia deprimente”. Pero es una total
irresponsabilidad tener una sonora y vociferante opinión sobre materias
económicas mientras se permanece en semejante estado de ignorancia."
Si la gente confiara la teoría económica
a los economistas académicos, su ignorancia sería tan inocua como en tantos
otros temas.
Naturaleza humana
Paul Rubin ha llamado a esto "economía
popular" (como la física popular o la psicología popular). Los que han estudiado la
economía son muy conscientes de la “economía popular”: el status quo
anticapitalista con el que nos enfrentamos sin parar. Todos teníamos estas
posiciones (emocionalmente atractivas) antes de aprender economía.
Los no economistas están sistemáticamente
en contra de los mercados, por lo que no es sólo un problema de ignorancia, en
cuyo caso se esperaría variabilidad, no un sesgo unilateral. La “economía popular” es,
con mucho, el mayor obstáculo que se interpone en el camino del mercado libre -
de ahí la importancia de comprender su causa y hallar su curación. Rubin se
basa en la psicología evolucionista para explicar la obstinada persistencia de
la “economía popular”.
La psicología
evolucionista explica mucho sobre la naturaleza humana mediante el estudio
del impacto que la historia evolutiva humana ha tenido en nuestras mentes. Esta
proporciona pruebas contra el modelo de "la hoja en blanco", que
sostiene que la mente entra vacía en el mundo y es enteramente producto de su
entorno y del acondicionamiento, es decir, que no hay naturaleza humana. En
cambio, la psicología evolucionista considera que existe una naturaleza humana,
arraigada en nuestras preferencias evolutivas, lo que explica la existencia de universales
humanos - comportamientos que están presentes en todas las culturas. La
psicología evolucionista explica las más evidentes preferencias evolutivas,
tales como por qué nos sentimos atraídos por el sexo opuesto o por qué nos
gusta comer alimentos dulces o grasos. También explica la existencia de
elementos menos obvios de la naturaleza humana, como nuestras intuiciones
morales o la “economía popular”.
El cerebro no es un órgano homogéneo: las
diferentes áreas están especializadas en distintas tareas. Por ejemplo, el
cerebro tiene zonas que están especializadas para la visión, oído, lenguaje,
reconocimiento facial, etc. Estas habilidades aparecen de forma natural, sin
necesidad de ser enseñadas. Sin embargo, el cerebro también carece de
especialización en áreas que son muy útiles en la actualidad, como las
matemáticas o la lectura y la escritura. Ya que estas cosas no vienen a
nosotros de forma intuitiva y automática, debemos hacer un esfuerzo deliberado
para aprender - a menudo lentamente y con dificultad. Por otra parte, tenemos
teorías intuitivas para tratar con el mundo, incluyendo una física intuitiva,
una moral intuitiva, una psicología intuitiva, y una economía intuitiva. Guste o no, este bagaje
evolutivo es parte de la naturaleza humana y está aquí para quedarse.
El núcleo de la “economía popular”
El entorno de la adaptación evolutiva
(EEA, por sus siglas en inglés) - las sociedades de cazadores y recolectores en
el África del Paleolítico - constituye la base para explicar la naturaleza
humana y las raíces de la “economía popular”. Aquellos cazadores y recolectores
vivían en pequeños grupos nómadas en los que apenas se entendía la propiedad y
el mercado. La producción se limitaba a la cosecha de lo que la naturaleza
proporcionaba. Nuestros cerebros se adaptaron para funcionar en un mundo muy
distinto del nuestro. La “economía popular” es un mecanismo de nuestra historia
evolutiva.
Dos características principales de la EEA
son de interés aquí. En primer lugar, era un mundo de suma cero. Nuestros
antecesores cazadores-recolectores vivían de cualquier cosa que fuese
proporcionado por la naturaleza. No hubo un progreso económico apreciable -
desde luego, no durante la vida de una persona. El consumo de una persona se
producía a expensas de todos los demás. Con tan poca especialización,
producción o propiedad, el alcance del comercio era mínimo. Las sociedades
estaban formadas básicamente por comunidades pequeñas e igualitarias. En
segundo lugar, el EEA se caracterizaba por el intercambio recíproco, no por el
intercambio de mercado. El intercambio recíproco es la recepción y devolución
de favores; por ejemplo, yo comparto
contigo una presa entendiendo que seré correspondido en el futuro. Esta lógica,
unida al pensamiento de suma cero, forma el núcleo de nuestra economía
intuitiva.
En un mercado de suma cero, una
distribución igualitaria de los recursos habría sido ventajosa. Una persona
rica estaría privando a otros de los recursos cruciales tomando un trozo mayor
del pastel, que es siempre del mismo tamaño. Como resultado de ello,
intuitivamente sentimos que la riqueza de un hombre se produce a expensas de
los demás. Dado que los incentivos no importan en un juego de suma cero, hay
poco que perder redistribuyendo la riqueza. Esto explica la popularidad de
igualitarismo socio-económico.
Además, dado que las sociedades de
cazadores-recolectores eran polígamas, un hombre rico con varias esposas
estaría privando a otros hombres de su supervivencia genética. Habría sido un gran
beneficio para los hombres no dominante frenar a los dominantes. Esto explica
nuestro prejuicio contra la riqueza, nuestra tendencia a asociar el dinero con
el mal.
Hoy en día estos sentimientos no sólo son
inútiles sino también extremadamente dañinos. En un mercado libre, a más que se
demande de un bien, más se producirá y a un menor precio, gracias a la economía
de escala. Así, consumir es precisamente lo contrario de privar a los demás.
Los incentivos orientan a la producción, pero la redistribución coactiva
perjudica a éstos (los incentivos), empequeñeciendo el pastel. Ganar dinero en
el mercado libre sólo es posible si las partes se benefician mutuamente, por lo
que no hay conflicto de intereses. Finalmente, vivimos en una sociedad
monógama, por lo que tampoco existe el conflicto de intereses genéticos.
La lógica de intercambio recíproco arroja
luz sobre varias falacias económicas. Una que aparece directamente es la del
valor objetivo. Cuando te hago un favor, tú "me debes una", ya
cambien o no las condiciones de la oferta y la demanda. El valor de este favor
es objetivo y constante, y espero uno equivalente. Esto explica la popularidad
de nociones confusas tales como precios justos y los controles de precios,
especialmente las leyes sobre la usura.
El sentimiento generalizado contra el intermediario
también es resultado de la falacia del valor objetivo. Los intermediarios no
añaden nada al bien, por lo que sus transacciones parecen ser de explotación.
Lo mismo sucede con la animadversión hacia los beneficios: si yo obtengo
beneficios en un intercambio recíproco, entonces los bienes intercambiados no
eran iguales y he engañado. Otro factor que contribuye al prejuicio contra la
riqueza es que una persona rica en el EEA solía ser quien no devolvía los
favores o un tramposo.
La clave del intercambio recíproco es
ayudar a los necesitados a fin de que le ayuden cuando usted esté en necesidad.
En el intercambio de mercado, el precio de mercado es percibido tanto si el
comprador está o no en necesidad. Por ello, nuestras intuiciones económicas son
favorables al intercambio recíproco - ¡el intercambio de mercado es indiferente
e insensible hacia las personas cuando estas están en situación de necesidad!
Esto explica por qué mucha gente no está dispuestas a permitir que los mercados
libres entren en lo relacionado con los pobres y los necesitados: sienten que
hay algo mal en cobrar a la gente pobre por sus necesidades. En tales
situaciones, el intercambio de mercado va en contra de nuestros sentimientos
altruistas, que constituyen la base del intercambio recíproco.
Más sobre “economía popular”
La heurística mental que funcionó bien en
el EEA puede ser un obstáculo importante para pensar bien el mundo moderno. Una
deducción mental que disgusta particularmente a los economistas es nuestra
tendencia a juzgar los actos más por sus intenciones que por sus resultados. En
el EEA, los motivos se habrían alineado estrechamente con los resultados: los
motivos egoístas no habrían traído más que resultados egoístas y las
motivaciones altruistas tendrían resultados altruista. Esto se debe a que el
intercambio recíproco es el intercambio de favores altruista: los actos
egoístas no contaban como favores. Esta heurística fracasa por completo en el
mercado, donde los individuos egoístas producen e intercambian no sólo en su
beneficio, sino en el de muchos otros.
Otra heurística obsoleta es nuestra
orientación hacia los individuos identificables. Ponemos mayor confianza en las
personas con nombres y caras en comparación con las personas que aparecen en un
registro. En el EEA, todos los miembros de una banda se conocen por
su nombre o la cara, por lo que esta inclinación las favorecía. En una economía de
mercado, esto se traduce en el enfoque en las cosas vistas y la ignorancia de
las cosas invisibles. Esta conlleva muchos errores económicos. Prácticamente
todos los intentos de favorecer los intereses del productor por encima de los del
consumidor parten de este prisma. Algunos ejemplos: el énfasis en la creación
de empleo en lugar de la producción, el proteccionismo, el localismo, los
rescates financieros, favorecer el gasto antes que el ahorro, y así
sucesivamente. En todos estos casos, los beneficios recaen sobre personas
identificables, mientras que los gastos son sufragados por innumerables
individuos anónimos.
Nuestra tendencia xenófoba, tan
perjudicial hoy en día, habría sido útil en el EEA. La guerra entre tribus era
muy común entre nuestros antecesores. Hubiera sido muy peligroso tratar de
establecer cooperaciones con otra tribu, ya que los traicionarían para
beneficiarse con el asesinato de los hombres y el rapto de las mujeres, a la
vez que se harían con muchos recursos naturales abandonados. Como resultado de
ello, hemos desarrollado una desconfianza hacia los extranjeros que puede
degenerar fácilmente en hostilidad. Pagamos un alto precio por hacer
concesiones en este ámbito: las restricciones al comercio nos perjudican a todos,
las barreras innecesarias a la inmigración nos privan de mucha mano de obra
barata (y más importante, privan a los potenciales inmigrantes de una vida
mucho mejor), y por si fuera poco, existe la devastación de la guerra.
Una tendencia relacionada es la aversión
a las grandes corporaciones. Preferimos tratar con el tipo de un pequeño
negocio que con una multinacional a la que no ponemos cara. En el EEA habría
sido mucho más seguro hacer frente a una sola persona conocida que con un gran
grupo de extraños. En el mundo actual de la producción a gran escala, disfrutar
de esta preferencia es cada vez más costoso. Hoy en día es corriente presenciar
el espectáculo de personas que se rasgan las vestiduras por cómo Walmart está
arruinando a las empresas locales, y sin embargo, compran allí porque
simplemente es mucho mejor.
El miedo a las pérdidas, nuestra
tendencia a poner más importancia en las pérdidas que en las ganancias, es otra
inclinación que socava el libre mercado. Dicha aversión ha servido
bien a los seres humanos en el EEA, donde las pérdidas podían significar la
muerte - tener dos hijos es el doble de bueno que tener uno, pero tener uno es
infinitamente mejor que no tener ninguno. En el mundo moderno, la aversión a
las pérdidas presenta problemas. Los trabajadores resisten la disminución de
sus salarios nominales (incluso si los salarios reales han aumentado) en
previsión de los ligeros ajustes en las condiciones cambiantes del mercado. La
gente prefiere la inflación a la deflación, ya que les da la impresión de
aumento de los ingresos. Un resultado particularmente grave es el “efecto
trinquete” en política: la derogación de las malas políticas es
extremadamente difícil, porque los que van a perder están altamente motivados
para evitar la derogación, pero la introducción de las malas políticas es
relativamente fácil, pues las pérdidas son generalmente difundidas sobre la
mayor parte de los consumidores.
Sin duda, hay muchos ejemplos más de la “economía
popular”. Después de todo, somos una
especie muy social, y la organización social ha sido un factor muy importante
en nuestra evolución. Gran parte del cerebro está dedicada a tratar con el
entorno social. A partir de este breve resumen, está claro que los prejuicios
sistemáticos contra el mercado son un artefacto de nuestro pasado evolutivo.
La universalidad de la “economía popular”
La principal evidencia de esta
explicación evolutiva es que la “economía popular” persiste en todo tiempo y
lugar - es un universal humano. La “economía popular” siempre ha estado ahí.
Una mirada retrospectiva a través de la historia revela que los individuos de
todos los tiempos y lugares han tenido estas mismas obcecaciones. Utopía, de Tomás Moro, es un excelente
ejemplo del siglo XVI que se lee igual que las fantasías socialistas de hoy.
Por otra parte, la “economía popular” sigue siendo tan fuerte como siempre, a
pesar de los avances de la ciencia económica. Los mismos errores que fueron
completamente refutadas hace siglos siguen hoy siendo tomados como ciertos por
la gente. Simon Newcomb se lamentaba allá por 1893 de unos absurdos económicos
que existían en la esfera pública. Hoy aún subsisten. La
ciencia económica apenas ha hecho mella en la opinión pública.
Estos dos hechos - su universalidad y su
resistencia a la razón - sugieren que la “economía popular” es una universal humano
atribuible a la composición genética de la especie. Si no fuera así, sería de
esperar que las ideas libertarias hubieran traído éxito a las culturas que las
adoptaran, y que se hubieran propagado a través del crecimiento y la imitación.
Huelga decir que esto no ha sucedido. La psicología evolucionista ofrece la
única explicación razonable para esta universal mentalidad anticapitalista.
La importancia de la Educación Económica
Con la causa identificada, la cura para
la “economía popular” se hace evidente: una educación persistente. A pesar de
que están atrapados con estas preferencias y prejuicios evolutivos, ya no somos
esclavos de ellos, podemos controlarlos - aquellos de nosotros que prefieren el
libre mercado son la prueba viviente. La única solución realista es que la
gente haga un esfuerzo consciente para aprender la lógica de los mercados. La
educación económica es una poderosa herramienta, el desafío consiste sólo en
hacer que la gente se esfuerce por aprender.
Una sociedad libre no puede subsistir
allá donde la “economía popular” es incontrolable. La "alfabetización
económica" debe ser considerada esencial para todos los miembros de la
sociedad, de la misma manera que las habilidades básicas de matemáticas se
consideran esenciales. Los errores de la “economía popular” deben subsanarse
directamente con la educación en los principios básicos de la economía. La
tarea de la educación económica no termina nunca: así como todo el mundo nace
ignorante en matemáticas, todos empezamos sabiendo “economía popular”. Cada
nueva generación debe enseñar economía a fin de mantener la base ideológica del
libre mercado. La importancia de esto no se puede enfatizar lo suficiente. Como
Mises advierte en las palabras finales de Acción
humana:
"El cuerpo del conocimiento económico
es un elemento esencial en la estructura de la civilización humana; es el fundamento
sobre el que se han construido el industrialismo moderno y todos los logros
morales, intelectuales, tecnológicos y terapéuticos de los últimos siglos.
Corresponde a los hombres determinar hacer uso apropiado del rico tesoro que
les proporciona este conocimiento o dejarlo sin utilizar. Pero si no lo
aprovechan todo lo que puedan y desdeñan sus enseñanzas y advertencias, no
anularán la economía; eliminarán la sociedad y la raza humana".
Esto pone de relieve la enorme
importancia que tiene la enseñanza de la economía para el público, y el gran
trabajo ya realizado por muchas personas y organizaciones. Pero no hace falta
decir que todavía queda mucho por hacer.
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Toran Biebe es licenciado en economía por
la Universidad de Manitoba. Escribe en el blog de Libertarian Anarchy.com.