Dejar libre a la cultura

Por Joel Poindexter. (Publicado el 2 de enero de 2012)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5844.

 

Recientemente, Salon publicaba una entrevista con el autor Robert Levine titulada “¿Realmente la cultura quiere ser libre?” Levine ha escrito un nuevo libro, Free Ride, sobre el tema de la propiedad intelectual (PI). Su subtítulo es Cómo los parásitos digitales están destruyendo el negocio de la cultura y cómo puede responder el negocio de la cultura, cuya tesis se basa en una mala comprensión de los derechos de propiedad y un mal conocimiento de la economía.

En este ensayo, empezaré con una breve explicación de los derechos de propiedad, explicaré cómo la PI no cumple los requisitos de la propiedad tangible y rebatiré algunas de las demás falacias de Levine.

Con el tiempo, los derechos de propiedad aparecieron como una forma de mitigar el conflicto sobre bienes escasos. Si hay una cantidad finita de algo, por ejemplo de martillos, es posible que en algún momento pueda aparecer un conflicto sobre el uso de una herramienta. El establecimiento de derechos de propiedad e instituciones para aplicar esos derechos y arbitrar conflictos tiene a reducir este conflicto.

Hans-Hermann Hoppe explica este concepto utilizando el Jardín del Edén como ejemplo, en donde todo abunda. Sin embargo,

fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez, debe haber reglas que regulen no solo el uso de [la propiedad] sino asimismo de todo lo escaso, de forma que puedan eliminarse todos los posibles conflictos. (cursivas en el original)

Si hay un número infinito de martillos o existe un dispositivo que los reproduzca indefinidamente, entonces desaparece el problema de la escasez, junto con la necesidad de los derechos de propiedad. La propiedad intelectual no es un producto escaso. El que sea los planos de diseño de un cohete espacial, la disposición de notas musicales o los píxeles de una imagen digital no importa. Ninguno de ellos cumple con el requisito de escasez para necesitar derechos de propiedad. Cada uno puede reproducirse indefinidamente, sin negar su uso al propietario original.

Levine y otros defensores de los derechos de PI ven la reproducción como un robo. Pero robo no es sinónimo de duplicado. Un elemento clave del robo es probar al propietario original de su propiedad, lo que no ocurre cuando se reproduce una cosa. Por tanto, la PI no debería tener la protección de la que disfruta la propiedad escasa.

A lo largo de la entrevista, Levine cita a la juez del Tribunal Supremo, Sandra Day O'Connor, respecto del derecho de autor y la libertad de expresión. “Los redactores querían que el mismo derecho de autor fuera el motor de la libertad de expresión”, decía. Es realmente un argumento interesante, considerando la redacción real del artículo 1, sección 8, que dice: “Para fomentar el progreso de la ciencia y las artes útiles, asegurando a los autores e inventores, por un tiempo limitado, el derecho exclusivo sobre sus respectivos escritos y descubrimientos”. No hay nada en esa cláusula respecto de la libertad de expresión. La historia de las leyes de los derechos de autor se basa no solo en la protección de los gremios, sino asimismo en la censura. Así que sugerir que los derechos de autor pretenden garantizar el derecho a la libertad de expresión solo puede describirse como algo orwelliano.

Levine afirma que “las leyes de derechos de autor (…) crean una especie de mercado para la propiedad intelectual”. Y tiene razón hasta cierto punto: sí crean una especie de mercado. Sin embargo la pregunta es ¿es el tipo de mercado que tendría una sociedad libre? Indudablemente no: ahora hay un mercado, pero en lugar de ser uno basado en el orden espontáneo y el comercio voluntario es uno de planificación centralizada, que se predica mediante coacción.

El mercado de la propiedad intelectual existiría, y existe independientemente de las leyes de PI. No hay leyes que pretendan regular la industria del sombrero de la forma que lo hacen las leyes de PI respecto de la música y aún así sigue habiendo un mercado activo en las prendas para la cabeza. Un mercado no es nada más que dos o más individuos intercambiando comercialmente. No tiene que ser por razones utilitarias, ni debería haber, por razones morales, regulación de ninguna industria.

Tal vez si los antecedentes históricos apoyaran las tesis de Levine de que la intervención pública es vital para el mercado de la cultura, podríamos al menos considerarla razonable. Para ver que dicha regulación no es en realidad necesaria uno solo tiene que ver el caso de la publicación de libros en Estados Unidos frente a Inglaterra en el siglo XIX. Michele Boldrin y David K. Levine (no son parientes) hicieron precisamente eso mientras investigaban para su libro Against Intellectual Monopoly y lo que descubrieron resulta convincente.

Durante este periodo, Inglaterra tuvo leyes estrictas de derechos de autor, mientra que los editores en Estados Unidos el libres de reimprimir obras de autores extranjeros. A pesar de la falta de protección legal, los autores ingleses y las editoriales estadounidenses siguieron encontrando rentable contratar entre sí. En algunos casos, estos autores ganaban más en Estados Unidos de lo que sacaban con sus derechos locales.

Este establecimiento relativamente liberal de leyes de derechos de autor permitía que los libros se publicaran a un escala tal que su precio local fuera muy inferior al que pagaban los británicos. Por ejemplo, un ejemplar del Cuento de Navidad de Dickens valía en Estados Unidos solo 6¢, mientra que el mismo libro estaba disponible en las estanterías de las librerías inglesas por casi 2,50$. El resultado de precios tan bajos, como apuntan Boldrin y Levine, fue que las tasas de alfabetización en Estados Unidos fueran mucho mayores.

También podríamos preguntarnos qué explica la música clásica. Jeffrey Tucker ha apuntado que fue la ausencia de leyes de PI lo que permitió a los compositores emular libremente y crear sobre las obras de otros. Si se hubieran aplicado leyes de PI de la forma en que se hace hoy, hubiéramos perdido muchas de las grandes obras. Como explica Tucker: “No habría progreso en cultura, ideas o tecnología sin [copia]”.

Respecto del negocio de la música, Levine relaciona las bajas ventas de CD con la caída en la demanda total de música. Pero los CD no son música: son solo uno de muchos formatos. Resulta que se están haciendo menos deseables para los consumidores, como ha demostrado el principio de preferencia revelada. Las descargas de música y el streaming se están convirtiendo progresivamente en los medios más comunes y las actuaciones en directo siguen siendo el aspecto más lucrativo del sector.

Muchos críticos de las descargas digitales apuntan a las ventas de canciones únicas como algo terrible para los artistas. Pero solo es algo terrible si el artista posee un talento marginal. La mayoría de la gente probablemente haya experimentado algún caso en que escuchó una canción que les gustaba en la radio y compró el CD, solo para descubrir que el álbum no era tan bueno. Permitir a los consumidores comprar una canción por vez proporciona a los músicos un incentivo para no producir solo una o dos canciones para la radio, sino un álbum completo de música de calidad.

Levine dice en la entrevista:

La mayoría de las compañías en línea basan su contenido, y por tanto su dinero, en empresas de medios tradicionales. Si destruyen ese modelo de negocio, no está claro qué van a distribuir. Si miramos en You Tube, ocho de los 10 vídeos principales con vídeos musicales de grandes compañías. Si las grandes compañías disminuyen hasta el punto de no poder hacer vídeos, YouTube deja de ser un negocio.

Estas empresas en línea son solo los intermediarios entre productor y consumidor, así que realmente no importa quién esté creando contenidos. Sobrevivan o no las empresas de los medios tradicionales o sus modelos de negocio, Internet sigue pudiendo casar oferta con demanda. En lo que respecta a la claridad de lo que va a distribuirse, no podemos saberlo a priori independientemente de quién esté realizando la producción. El que sea una discográfica tradicional o un artista independiente utilizando YouTube para promocionarse, la preferencia del consumidor acabará decidiéndolo.

De esto no se deduce que, como algunos de los vídeos con mejores calificaciones sean de grandes discográficas, YouTube se haría irrelevante para el negocio en su ausencia. Todo lo que demuestra es que las grandes discográficas continúan proporcionando los productos más populares. Si estas compañías tradicionales quedaran atrás, seguiría habiendo un “top diez” en YouTube. El equivalente lógico a este argumento sería lamentarnos por la posible retirada de Michael Phelps de la natación. Su desaparición no significaría que se acabara la natación tal y como la conocemos: siempre habrá campeones de natación y, quién sabe, tal vez haya por ahí alguien más rápido.

Cuando se le pide que nombre a los ganadores y perdedores en la era digital, Levine declara una victoria a corto plazo del sector tecnológico y dice que los perdedores son las grandes empresas de medios. A largo plazo, dice, perdemos todos. Es interesante que ignora al grupo al que todo esto debería atender: los consumidores.

Es para los consumidores para quienes innovan las empresas y crean los artistas. Para obtener un beneficio, las empresas buscan producir bienes valiosos y para poner comida en la mesa los artistas esperar agradar a sus seguidores. Las leyes de PI no son más que concesiones de monopolio y una afrenta a los derechos de propiedad de cosas reales. En su ausencia, los consumidores tendrían acceso a más y mejores bienes, porque sin leyes de PI son posibles la emulación y la mejora.

La conclusión de Levine de que cualquier cosa fuera del esquema actual ocasionara la [destrucción del] “negocio de la cultura” es algo miope. Solo mira a “lo que se ve”, ignorando “lo que no se ve”. Vemos a esas grandes empresas de medios y tecnología con problemas. No vemos lo que podría resultar como consecuencia de la copia, la emulación y, en definitiva, la mejora.

 

 

Joel Poindexter es estudiante de economía en el Johnson County Community College. Sus escritos se han publicado en el Instituto Mises, LewRockwell.com y el Tenth Amendment Center. Vive cerca de Kansas City con su mujer e hija.

 

Published Tue, Jan 3 2012 7:19 PM by euribe