Revisando la crisis del ántrax

Por Floy Lilley. (Publicado el 6 de julio de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5423.

                         

La crisis fue que no hubo crisis.

Las patentes que tenía Bruce Ivins con sus coinventores nunca le hubieran dado ninguna cantidad importante de dinero o la atención estelar que merecía sin que el ejército quedara convencido de que su vacuna contra el ántrax de “nueva generación” tuviera que ponerse a millones de militares, sin demora.

Pero el ejército no estaba ya prestando atención al ántrax.

Sí un repunte del miedo a principios de la década de 1980 por las muertes soviéticas por ántrax en Sverdlovsk y luego un mayor pánico en 1990-91 por la sospecha de que Saddam Hussein pudiera usar ántrax en la Primera Guerra del Golfo, funcionaron bien para hacer de Ivins un microbiólogo estrella. Sí, su salario había subido de 27.000$ a 59.000$ justo después de 1991. Pero esas rentas eran pequeñeces comparados con los 150.000$ al año que podría haber recibido por constantes derechos de patente (y comparados con las gloriosas recompensas médicas de estar en el mismo epicentro de un proyecto crítico científico-militar) si el ejército demandara su vacuna.

Lo que necesitaba era miedo. Lo que necesitaba Bruce Ivins era una ola masiva de miedo que helara las entrañas: miedo a que se desataran armas casi invisibles de destrucción masiva y de que solo una nueva vacuna contra el ántrax pudiera salvar vidas. Lo que necesitaba Bruce Ivins era una crisis. Así que Ivins la creó. Envió ántrax por correo a varias empresas de noticias y prensa y dos senadores de EEUU.

¿Cómo puede alguien hacer lo que hizo Ivins? No era uso de información privilegiada: era matar para obtener poder. En Camino de servidumbre, F.A. Heyak explica que se produce un cambio en la fibra moral de un hombre cuando el estado se convierte en supernacionalista, se crea un enemigo como el terrorismo y se emplea a un científico en un proyecto militar. Esto describe indudablemente a Estados Unidos en 2001 y a Bruce Ivins en Fort Detrick, Maryland, contratado por la USAMRIID (el Instituto de Investigación de Enfermedades Infecciones del Servicio Médico del Ejército de Estados Unidos).

Hayek observaba que:

Cuando unos pocos fines concretos dominan toda la sociedad, es inevitable que una crueldad ocasional se convierta en un deber, que actos que van contra nuestros sentimientos, como el fusilamiento de rehenes o la matanza de viejos y enfermos deban tratarse como meros asuntos de eficacia. (…) Siempre hay a los ojos del colectivista un objetivo más importante al que sirven estos actos y que para él los justifican porque la búsqueda del fin común de la sociedad no puede tener límites en ningún derecho o valor de ningún individuo.

No hay necesidad de inventar excusas, como la enajenación mental, que se define tan a menudo incorrectamente, para el comportamiento de Ivins cuando tenía un objetivo más importante, ni excusas para la el vilipendio durante años de Steven Hatfill, un sospechoso perdedor, por parte del director del FBI Robert Mueller cuando éste tenía un objetivo más importante, ni excusas para la desinformación de los medios de comunicación de masas, que tenía acceso a los hechos reales, cuando tenían un objetivo más importante. El poder se convierte en un objetivo en sí mismo.

Como entendía Hayek:

La información que podría sugerir un fracaso por parte del gobierno en cumplir sus promesas o aprovechar las oportunidades de mejorar las condiciones, se suprimirá toda. Por consiguiente no hay campo en el no se practique el control sistemático de la información y no se obligue a la uniformidad de opiniones. Esto se aplica incluso a campos aparentemente alejados de cualquier interés político y particularmente a todas las ciencias, incluso las más abstractas.

La autoridad militar había considerado favorablemente la inclinación de Ivins por ser reverenciado. Bruce Ivins tenía la capacidad, la oportunidad y los motivos para producir él mismo la crisis que necesitaba para obtener fama y fortuna. Y el estado tenía sus propias costumbres para crear esta crisis.

Sabemos que Ivins no fue condenado: murió aparentemente por suicidio en 2008 antes de que el FBI fuera capaz de acusarle formalmente del asunto. En The Mirage Man: Bruce Ivins, the Anthrax Attacks, and America's Rush to War, David Willman presenta todas las pruebas circunstanciales contra Bruce Edwards Ivins.

Detalles y evidencias se acumulan página tras página. La obligada familia disfuncional, los pensamientos homicidas, las fijaciones con los colegas femeninos, la fachada conservadora, los genuinos logros científicos y las astutas habilidades manipuladoras desempeñaron un papel en los 56 años de la vida sin examinar de Bruce Ivins y sus delitos cercanos a la perfección de las cartas de ántrax en 2001. Este delincuente había creado un espejismo que confundía a casi todos los que le conocían.

Sin embargo, la muerte y destrucción no eran un espejismo. A la crisis fabricada por Ivins puede atribuirse asesinatos, la Patriot Act y la guerra contra Iraq. Cinco personas murieron por inhalación de ántrax de las cartas de Ivins. Diecisiete personas más se vieron infectadas.

El senador Tom Daschle en el Hart Building sobrevivió, pero ha reconocido que las cartas del ántrax galvanizaron la aprobación de la Patriot Act, que no es amiga de las libertades civiles estadounidenses. Desde entonces Daschle se ha referido a la aprobación de la ley tras el 11 de septiembre como una desafortunada “prisa por juzgar en política”.[1] Sin embargo Daschle votó su aprobación cuando llegó la votación. Se considera que desde entonces la Patriot Act ha impedido avances en el conocimiento científico del ántrax y el ébola.

Varios factores ayudaron a la industria estadounidense a entrar en guerra en Iraq. Entre ellos estaban (1) afirmaciones no justificadas de que se había usado ántrax el 11-S, (2) las declaraciones deliberadas de Ivins de que los terroristas de Bin Laden tenían ántrax y gas sarín cuando no era así, (3) las palabras incendiarias fotocopiadas en las cartas del ántrax, diciendo: “ ES LO PRÓXIMO, TOMA AHORA PENICILINA, MUERTE A ESTADOS UNIDOS, MUERTE A ISRAEL, ALÁ ES GRANDE”, (4) el Secretario de Estado Colin Powell animando a la gente a relacionar los ataques de las cartas con Iraq y (5) la amplificación de la administración Bush de los miedos a los armas biológicas y las sugerencias de la complicidad de Iraq.

Los medios estaban llenos de rumores de que había un aditivo, tal vez bentonita, en las esporas de ántrax que podía haberlas mantenido en polvo. Esa preparación deliberada, si hubiera sido cierta, habría dado credibilidad a la posibilidad de que este ántrax  se hubiera convertido en arma y fuera producto de terroristas sofisticados. La recién creada Homeland Security hizo esta falsa afirmación y desdeñó los datos del Sandia National Lab que la rechazaban. Las armas de destrucción masiva de Iraq eran un mito, pero la fiebre bélica necesita pocos hechos. La administración Bush sencillamente creía que las cartas del ántrax estaban ligadas a Iraq.

Las muertes han aumentado. Han muerto hasta ahora más de 100.000 ciudadanos iraquíes y más de 5.000 estadounidenses desde la invasión y ocupación de Iraq por EEUU.

Los costes han aumentado: se autorizaron 1.500 millones anuales para construir laboratorios biocontenedores. VaxGen empezó a desarrollar la vacuna del ántrax en la primavera de 2002. Consiguió dos contratos por un total de 101,2 millones de dólares para empezar a hacerla. En 2003, tenían un derecho exclusivo mundial del ejército de EEUU para desarrollar, fabricar y vender la vacuna de la que Ivins tenía dos patentes. De 1998 a mediados de 2010, se ha inoculado la vacuna a 2,4 millones de funcionarios de EEUU. Ivins no vivió lo bastante, ni fue lo bastante inocente, como para obtener sus deseados 150.000$ anuales en derechos, pero sí recibió unos pocos cobros relacionados con las patentes que totalizaron 12.100$ a través de VaxGen. Y se licenció a 11.457 científicos para trabajar sobre estos agentes biológicos en 2010, así que cabe esperar altos ingresos.

A finales de 2008, la investigación de las cartas del ántrax, el llamado caso Amerithrax, incluía más de 10.000 entrevistas, más de 80 registros y más de 600.000 horas de investigación. La propia investigación solo se terminó en agosto de 2010.

Los oficiales del FBI, trabajando dentro del gran proyecto de una respuesta incuestionable del gobierno ante un enemigo, se fijaron en un sospechoso inocente, Steven Hatfill. Por consiguiente, destruyeron la carrera de Hatfill. Acabaron pagándole una indemnización de 5,82 millones de dólares, pero no admitieron ningún error.

Hasta la primavera de 2008 no se vio finalmente a Bruce Ivins como el científico culpable. La genética, el ADN y las señales de mutación de las esporas llevaron a investigadores menos empeñados al hombre que tenía la capacidad, oportunidad y motivo para estos asesinatos. Ivins trató de implicar a siete de sus propios colegas, pero el FBI acabó concluyendo que fue únicamente Bruce Ivins el responsable de los ataques de ántrax.

Cualquiera que hubiera sido la sustanciación y el resultado legal de un juicio a Ivins (se imaginan en el apéndice de Willman), es evidente que Ivins no actúo en el vacío. Si esta versión de los acontecimientos del FBI no soporta una revisión detallada con el tiempo, podría haber otras versiones. Los ataques de las cartas de ántrax suponían para demasiados demasiadas oportunidades para otros objetivos mayores.

Una crisis es una oportunidad demasiado buena como para que la desperdicien los colectivistas.

 

 

Floy Lilley es investigadora adjunta en el Instituto Mises. Fue antes miembro de la Cátedra de Libre Empresa de la Universidad de Texas en Austin y abogada en Texas y Florida.



[1] Willman, Mirage Man, p. 397, n. 9:

En su entrevista con el autor el 23 de febrero de 2010, Tom Daschle reconoció la influencia de las cartas del ántrax y cómo los ataques afectaron a la aprobación de la Patriot Act y la posterior resolución de autorizar la guerra. La combinación del 11 de septiembre y los ataques de ántrax, dijo Daschle, llevaron a una lamentable “prisa por juzgar en política”. Añadió: “No tardaron mucho el presidente y otros en llegar a una conexión de Iraq con el 11-S. Y todos los ataques de ántrax hablaban de ‘Alá’”.

Published Mon, Dec 12 2011 7:07 PM by euribe
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