Por Christopher Westley.
(Publicado el 9 de diciembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/5828.
Estaba delante de mi mesa, inquieto y evitando el contacto
visual. Era una conversación necesaria pero no agradable.
“Mira”, dije, “para obtener una B en clase, tendrás que
hacerlo un poco mejor en el examen final de lo que lo has hecho en los
anteriores. Pero solo un poco. Recuerda: Los alumnos normalmente aumentan sus
medias en el examen final. Has visto antes la mayoría de estas materias. Ahora
las entiendes mejor. Y como el examen final tiene más valor que los demás, yo
diría que estás en una buena situación para sacar una B. ¿Puedes hacerlo?”
Dejó de mirar al suelo. “Bueno, lo intentaré”.
Es una conversación que he tenido múltiples veces hacia el
final de cada semestre. Un alumno quiere aclarar dónde se encuentra en la clase
y lo que necesita conseguir en el final tanto para mantener su nota actual como
para tal vez subirla.
Es una obra breve en un solo acto en la que ambos conocemos
nuestro papel. Saco mi calculadora y muestro al alumno la nota necesaria. A
menudo, añado que no digo que tenga que clavar el final sino solo mejorar su
rendimiento anterior en una cantidad pequeña, mínima.
Y luego el alumno dice: “Bueno, lo intentaré”.
No fue hasta el último semestre en que esta respuesta empezó
a preocuparme. Sabía desde hacía tiempo lo insidioso de esta actitud, aunque
apenas me daba cuenta cuando la veía delante
de mí, llevando vaqueros y una sudadera gris de North Face.
La cosa es que enseño en una escuela de negocios, y destaco
la palabra enseño. Aunque soy muy activo en las investigaciones, no he olvidado
que la función social primaria del profesor es contar la verdad acerca del mundo,
o al menos de su área de especialización, de una generación a las siguiente,
que demostramos lo que valemos en la medida en que conseguimos esto en la
clase. Es verdad que también lo demostramos refinando y añadiendo al
conocimiento actual de cómo funciona el mundo, pero esto no vale de nada si la
comprensión actual no se transmite continuamente de los profesores a los
alumnos, año tras año tras año.
Cuando el gran economista liberal Ludwig von Mises definía
a la educación como la transmisión de doctrinas y valores, también apuntaba sus
limitaciones. Al contrario que mucha de la literatura promocional de nuestras
principales escuelas de negocios, Mises escribía que las cualidades más
valoradas en las economías de mercado como la innovación y el genio no se
podían enseñar. ¿Realmente Steve Jobs aprendió a ser Steve Jobs durante su
semestre en el Reed College?
Aunque esto no disminuye la importancia de comprender las
doctrinas y los valores correctos.
En mi área, la economía, hemos aprendido en los últimos
años lo que pasa cuando la sabiduría recibida de siglos de pensamiento se trasmite
mal a la presente generación que llena las instituciones de la sociedad. Por ejemplo,
hemos olvidado que crear dinero derivado de la nada resulta en una transferencia
ladrona de riqueza hacia los grupos que gasten antes el nuevo dinero.
Pensadores escolásticos tan tempranos como Nicolás Oresme, escribiendo en el
siglo XIV, sabían bien este efecto del dinero fiduciario. Este prelado,
filósofo y autor católico de De
Moneta apenas se habría sorprendido por los cambios en propiedad del
capital, productividad, ahorro y salarios en los años que siguieron a 1971,
cuando Estados Unidos y el mundo abandonaron oficialmente las monedas
respaldados por oro a cambio del dinero fiduciario.
Pero no es eso lo que quiero decir a mi alumno, que está de
pie frente a mí, prometiéndome intentar hacerlo lo mejor posible. Como profesor
en una escuela de negocios, sé que en los negocios no se trata de intentarlo.
Se trata de conseguir resultados. Las escuelas de negocios no deberían
dedicarse a graduar un puñado de intentadores. Los empresarios de éxito no se
limitan a intentarlo, no desperdician su dinero contratando empleados solo para
intentarlo. Quienes realmente cumplen con las tareas asignadas (ética, consistentemente
y con un fin determinado) son los que obtienen los mayores beneficios de su
graduación y serán los que más probablemente tengan carreras de éxito en los
negocios.
Atendemos mal a los alumnos cuando les enseñamos que con
que solo lo intenten, tendrán éxito. Intentarlo es necesario, pero no
suficiente para el éxito en un entorno competitivo de negocio. El que los
estudiantes se vean condicionados a pensar que es necesario y suficiente se produce por varias
razones. Una es que las propias escuelas promueven la idea. Un aspecto irónico
de la universidad es que está a menudo plagada de personal que no sobreviviría
en los negocios en primer lugar y que, como consecuencia, se ve atraída por la
docencia. De hecho, muchos han probado suerte en los negocios y han fracasado y
luego han encontrado la docencia como segunda vocación.
Las universidades tienden también a contribuir a esta
mentalidad porque rebajan el nivel para que los alumnos tengan éxito y
permitirse un mayor número de estudiantes y, por extensión, de ingresos por
matrículas y préstamos a estudiantes. Incluso universidades con reputación de
rigor académico mantienen programas menos publicitados que ofrecen
licenciaturas más sencillas a los alumnos que se paguen los estudios. Al
ofrecer vías por las que los que sencillamente lo intenten puedan obtener
también licenciaturas, las universidades diversifican el rigor y maximizan las
matriculaciones y los ingresos.
El economista de la Universidad de Ohio Richard Vedder
escribía acerca de los incentivos universitarios perversos para rechazar una
formación basada en el rendimiento en su importante libro de 2004 Going Broke by Degree. Cuando a los
estudiantes se les garantiza dinero para la universidad no ligados a resultados
reales, Vedder apuntaba que cambiaban de especialidad, tomaban carreras
sencillas y continuaban asistiendo a clase después de cumplir con los
requisitos de graduación. Cuando alcanzar resultados concretos (como graduarse
en cuatro años) no se recompensa respecto de intentarlo sencillamente, los
alumnos permanecen en la universidad durante cinco o seis años y las
universidades pueden alargar la demanda de sus servicios.
El énfasis en solo intentarlo es también una reproducción
de la mentalidad de la escuela pública de que la vía para que sobrevivan los
alumnos es no cuestionar el sistema en el que se ven obligados a vivir.
Pervivir es el principal valor en las escuelas públicas y quienes piensen
críticamente acerca de la educación y tal vez les moleste su enfoque en la
servidumbre a la autoridad a menudo se les califica de delincuentes merecedores
de lástima, castigo y Ritalin. Pero si sobrevives (o al menos muestras voluntad
de sobrevivir) lo conseguirás a lo largo del bachillerato, ayudando al tiempo a
pagar el salario de algún administrador. Entretanto, todo lo de valor que hayas
aprendido probablemente lo habrías aprendido por ti mismo de todos modos.
Es una mentalidad de que las escuelas de negocios deberían
evitar si sus títulos han de significar algo de valor para entrar en los
mercados laborales, porque ningún negocio sobrevivirá si la mayoría de su
personal se contenta con solo intentar alcanzar sus objetivos.
Woody Allen puede haber dicho que el 80% de la vida es
mostrarse. Eso puede ser verdad para la vida en el sector público, que a menudo
parece un programa de trabajos glorificados, subvencionado por la riqueza
saqueada de los productivos. En ese sector, la primera preocupación burocrática
es gastar el presupuesto de este año para justificar un aumento en el del año
que viene. La relación empleo-resultados es débil por definición.
Indudablemente no es verdad eterna en Dell o Macy’s o
incluso en el vendedor de la esquina, en las que la misma supervivencia del
negocio se basa en su capacidad de convencer a los clientes para que realicen
un intercambio voluntario un día más y en donde mostrarse y simplemente
intentarlo en el trabajo no garantiza encontrar aquellos objetivos necesarios
para la satisfacción del cliente y el éxito de la empresa.
Las escuelas de negocios deberían castigar a quienes solo
lo intentan. No hacemos ningún favor a las empresas que contratan a nuestros
graduados cuando no lo hacemos.
Un addendum
En mi clase de Dinero y banca, suelo poner habitualmente
una pregunta muy fácil al final. Busco dar puntos divertidos y fáciles después
de un examen serio. Es algo así como esto:
El presidente Obama, Alan Greenspan y el papa están en un
barco que se hunde en mitad del océano y solo hay un chaleco salvavidas. Uno de
ellos dice: “Como soy el presidente de la Reseva Federal, merezco usar este
chaleco más que cualquiera de vosotros”. La persona que es más probable que
haya dicho esta frase es:
a.
Justin Bieber
b.
Fred Mertz
c.
Wolfgang Amadeus
Mozart
d.
Oprah
e.
Ninguno de los
anteriores
He tenido grupos de 65 alumnos en las que seis han fallado
en esta pregunta. Esto puede atribuirse a que estaban rendidos durante la
estresante semana de los exámenes finales. Pero en algunos casos, podemos
también explicarlo por la decisión de intentar
jugar la baza de la obligación humana de hacerlo bien.
Christopher Westley es investigador adjunto en el Instituto
Mises. Enseña en la Escuela de Comercio y Administración de Empresas en la
Universidad Estatal de Jacksonville.