Por David Greenwald. (Publicado el 22
de noviembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5816.
Ésta es una historia acerca de unas
pocas personas que he conocido que vivían “al margen” y cómo creo que el
pensamiento austriaco se aplica a ellas y probablemente a mucha gente como
ellas.
Los estudiantes de la economía
austriaca estarán familiarizados con el concepto de marginalidad. La teoría de
la utilidad marginal del valor de Carl Menger revolucionó la ciencia económica:
todos los libros de texto se ocupan del producto y el coste marginal y es el
trabajador marginal el que queda fuera del mercado por culpa del salario
mínimo. En su aspecto económico, se han ocupado de la marginalidad con mucho
detalle.
Sin embargo, como pasa como muchas
de las demás cosas de la economía, hay un aspecto más personal en la teoría del
valor que creo que merece más atención de la que ha recibido. Igual que no
existe en la realidad una economía en rotación constante, tampoco ha habido una
vida vivida uniformemente. En la medida en que se deje de tener en cuenta este
elemento más subjetivo, incluso los modelos más rigurosamente teóricos de la
acción humana corren el riesgo de sucumbir a una esterilidad intelectual en la
que se olvide la humanidad del actor. Una mirada a la significación más
profunda de la marginalidad puede ofrecernos una manera de evitar esta trampa
en otras áreas.
Hace una década, estuve un año
trabajando en un “club residencia” al que llamaré Hampton House, una especie de
híbrido ilegítimo entre una hotel de cinco estrellas y un albergue juvenil.
Nuestra clientela era principalmente estudiantes extranjeros de programas de
estudios en el extranjero subvencionados por los gobiernos que se dedicaban al
turismo y a la visita de bares, actividades entreveradas con ocasionales clases
de inglés a las que les obligaban las regulaciones de los visados de
estudiante. Como los hoteles céntricos eran prohibitivamente caros, los clubs
residencia estaban entre las opciones más atractivas para estos estudiantes. La
misma empresa que poseía Hampton House poseía también la mayoría de los demás.
Ocurrían casi diariamente cosas que
harían que Fawlty Towers
pareciera el Ritz Carlton. Era un lugar en el que la respuesta habitual del
director a una queja perfectamente legítima de un cliente era algo parecido a
esto. “Bueno, no es culpa mía que usted decidiera alojarse aquí, ¿no?”
Fui testigo personal de tantas
tonterías que podría escribir un libro, desde la investigación de la dirección,
digna de los polis de
Keystone, respecto de que había meado en el teléfono de la cocina (por
supuesto, no fue nadie: estaba cayendo agua de una vieja tubería a través del
aislante amarillo sobre la estantería superior), hasta el director adjunto que
mintió diciendo que se moría de cáncer y que vagaba por las noches poniendo la
oreja en las puertas de los residentes intentando detectar “actividades
sospechosas”.
Respecto de las condiciones de
trabajo, los empleados compartían habitaciones diminutas y con un mobiliario
mínimo, duchas compartidas y un almuerzo para empleados sobre el que no puede
decirse nada que quede por escrito. No había cuentas de jubilación, ni
vacaciones, ni seguro sanitario. La esclavitud salarial no contaba porque no
había salarios y cada nuevo contratado tenía que firmar un formulario
consintiendo su desalojo inmediato al terminar el contrato. Un director había
sido despedido por vender drogas, otro claramente las estaba usando y un
tercero había convertido el sótano en un museo de coches de juguete.
Apenas sorprende que un lugar tan
marginal atrajera a solicitantes de empleo lejos de los habituales. Algunos
eran como yo: graduados universitarios que había abandonado el hogar con poco
más que calderilla en los bolsillos, animados por la engañosa y tentadora
perspectiva de buscar fortuna en la gran ciudad. Otros ya habían probado
fortuna y habían perdido. Mi compañero de habitación Ted había sido en otro
tiempo un multimillonario con un puesto en la Cámara de Comercio de Chicago.
Pero perdió todo cuando, después de dos semanas gastando más tiempo con Jack
Daniels que con Dow Jones, sonó el teléfono y la voz al otro lado le dijo
“¡Margen adicional!” Ahora, tres décadas después, estaba de nuevo al margen,
ganándose un dinero extra aquí y allá por 20$ siempre que alguien necesitaba
tiempo libre.
Sin embargo para algunos la
marginalidad era más que una mera circunstancia: era una forma de vida. Sus
currículos incluían habitualmente hospitalizaciones psiquiátricas, a menudo
unidas a un régimen externo de antipsicóticos. El miembro más memorable de este
grupo era Ben, el educado auditor de la empresa. Amable ante los fallos y listo
intelectualmente, Ben era el empleado que llevaba más tiempo en Hampton House
desde que se tenía memoria. Durante un tiempo no pude entender cómo alguien de
su calibre podía permanecer tan inquebrantablemente leal a un empresario que lo
mereciera tan poco. Hasta que apareció en recepción una mañana, pálido y
sudoroso, y me pidió que llamara al director. “Tengo hormigas en mi
habitación”, dijo. “Millones. Y agentes de la CIA tratando de romper mi ventana
y robarme mi computadora. Tienes que llamar a alguien. No puedo contenerles
eternamente”.
Ben acabó dejando de tener
alucinaciones después de unos tres días y una conversación con un policía
comprensivo y simpático. Pero dejé de preguntarme por su historia como empleado
marginal.
Desde entonces, he perdido el
contacto con la mayoría de los espíritus torturados que conocí en aquellos
tiempos y muchos de sus nombres se han desvanecido en mi memoria. Pero recuerdo
muy claramente cómo me sentía respecto de sus circunstancias. La gran mayoría
se consideraban explotados y entonces yo compartía esta opinión. Después de
todo, Hampton House era prácticamente el niño del póster de una empresa
“socialmente irresponsable”. Gracias a su envidiable ubicación y a su aversión
al mantenimiento del capital que solo rivalizaba con Alcatraz, podía obtener
enormes beneficios incluso operando a menos de la mitad de su capacidad, y esto
a pesar de una filosofía de negocio que veía a sus empleados como pasivos, la
competencia gestora como un lujo y a los clientes como un mal necesario.
Sin embargo el conocimiento de la
filosofía austriaca me ha obligado a revisar casi todo lo que creía antes
acerca de Hampton House. ¿Éramos realmente las víctimas de la avariciosa
explotación y búsqueda de beneficios capitalista? La teoría de la utilidad
muestra esta cuestión de otra manera: ¿Quién elige vivir bajo estas condiciones
y por qué? ¿No hemos ido todos a Hampton House precisamente porque ofrecía algo
que todos valorábamos lo suficiente como para justificar los costes de
oportunidad de estar allí?
A mí me producía beneficios
inmensos: beneficios de un tipo que ningún gobierno podría nunca ordenar.
Significaba que podía ser independiente financieramente, aunque con muy poco
dinero. Significaba que cada vez que salía por la puerta me encontraba en medio
de la que sigue siendo la ciudad más deslumbrante y asombrosa que yo haya visto
nunca. Sobre todo, significaba unos pocos meses finales preciosos de juventud
bien desperdiciada antes de que pudiera al fin tener que sentar la cabeza y
“conseguir un empleo real”. Fueran cuales fueran los inconvenientes, Hampton
House me ofrecía la mejor oportunidad de lo que los economistas llaman
maximizar la utilidad. Y esto debe haber sido igual también para los demás, ya
que si no, no hubieran estado allí.
Aún así, la explicación austriaca
del valor no es meramente una teoría de la utilidad, sino de la utilidad marginal, un concepto que, cuando se
aprecia en su totalidad imbuye a la economía de un significado humano más
profundo del que generalmente se les atribuye. Considerémoslo: la mayoría de la
gente citaría hoy a Hampton House como un ejemplo de libro del fracaso del
mercado en proteger a los débiles. Sería para ellos un repudio de la de
libertad como fundamento de un orden social justo, dando mayor justificación a
los salarios mínimos, la legislación laboral y la supervisión burocrática.
Pero visto a través de los ojos
austriacos, la verdad es justamente la contraria. Por muy contraintuitivo que
pueda parecer, la sociedad necesita a sus
productores marginales. Por muy malas que puedan haber sido las
condiciones, permanece el hecho de que sin Hampton House alguna de la gente que
allí trabajaba no hubiera tenido un trabajo en absoluto. Cualquier compañía con
una supervisión competente les habría despedido en una semana. Por el
contrario, descubrieron que el margen tiene sitio incluso para ellos.
Es verdad que es rara la empresa
que pueda ser tan mala como Hampton House y sobrevivir por un periodo extendido
de tiempo. Es porque en la mayoría de los casos la competencia echa a esas
empresas del mercado, efectuando una transferencia de su capital a manos de
productores más capaces: la “soberanía del consumidor” de la cual hablaba tan a
menudo Mises. Aún así, como nos recuerda Butler Shaffer en su libro Boundaries
of Order, la propia vida “funciona en el margen”. Y de hecho ahí están
esos productores marginales que se las arreglar para mantenerse un año tras
otro. Algunos incluso prosperan. ¿Por qué? Porque han encontrado un nicho que
les necesita. Y porque lo han hecho, la gente
más marginal de la sociedad tiene asimismo un lugar que les necesita.
Abandonadas a la “compasión” del reformador social o legislador, muchos de
ellos no tendrían adónde ir, excepto a un hospital mental del estado. En el
mercado, siguen siendo libres de buscar sentido a su vida realizando una contribución
productiva, aunque sea modesta, a las vidas de otros.
Es el significado más profundo de
la utilidad marginal: que cuando la sociedad es libre, incluso los más
marginales entre nosotros no tienen que estar marginados.
Este
artículo está dedicado a Ben, que murió en su habitación de Hampton House el
pasado año.
David Greenwald se licenció en
alemán en el Hendrix College e hizo su maestría en orientación psicopedagógica
en la Universidad de Capella. Actualmente enseña inglés en un instituto de Eslovenia,
donde realiza proyectos extracurriculares en economía básica austriaca, banca y
ciclos económicos y en sociología de la violencia. Es asimismo profesor en los
Seminarios de la Libertad del Instituto Cato.