Por David Howden. (Publicado el 21
de noviembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5811.
Según el viejo dicho, cuanto
más seas para despedir, más caro eres para contratar. En ningún sitio es esto
tan evidente como en el continente europeo.
Incluso con el aumento de las
prestación del seguro de desempleo en Estados Unidos al inicio de esta crisis,
las prestaciones del estadounidense desafortunado palidecen en comparación con
las del europeo medio. Tras perder el empleo, el francés medio puede esperar
recibir más de la mitad de su salario en forma de prestaciones de desempleo.
Muchos trabajadores europeos ven como estas prestaciones se extienden durante
dos o tres años después de su despido, extendiéndose dichas prestaciones
indefinidamente en algunos países.
Los periodos de desempleo son
consecuentemente prolongados en el continente europeo. Las leyes estrictas que
rigen la separación de los empleados de sus compañías (una bonita forma de
decir: “Estás despedido”) rebajan la tasa de separaciones del trabajo en estos
países. Por desgracia, estas leyes también disminuyen la posibilidad de
encontrar trabajo, haciendo que resulte evidente la prolongación de la duración
del paro.
Este problema de las masas
desempleadas no fue más que una consecuencia desgraciada de un sistema bien
desarrollado de bienestar social durante los años del auge. Los cofres del
gobierno estaban llenos para pagar enormes prestaciones. A medida que avanza la
crisis, los desgraciados efectos colaterales se están convirtiendo
progresivamente en un inminente descarrilamiento a medida que aumentan los
déficits públicos y los pagos del desempleo tensan las ya tenues finanzas
estatales.
La disminución de las prestaciones
puede ser una desgracia para los que confían en ellas, pero esos recortes son
inevitables. Ya algunos países han aprobado medidas para tratar de llevar más
cerca de la sostenibilidad estos sistemas insostenibles. La edad de jubilación
se ha extendido para reducir los pagos de la seguridad social y se han
recortado las prestaciones de desempleo. La gente ha respondido con
manifestaciones, tratando de mantener el nivel de vida por el que han luchado
tan duramente durante las pasadas décadas. Por desgracia, no todo es deseable y
factible: el flamante sistema europeo del bienestar es un ejemplo.
Por suerte hay una tabla de
salvación. En la mayoría de los países europeos, y especialmente en la
periferia golpeada por la crisis, existen grandes economías sumergidas. Aunque
la tasa oficial de desempleo en España está en torno al 20%, una porción
importante de sus trabajadores realmente tiene empleo, pero fuera de las
estadísticas oficiales. Como indico en una nueva colección que he editado, Institutions
in Crisis: European Perspectives on the Recession, las economías
sumergidas de la periferia europea ofrecen amplias oportunidades (aunque no
siempre deseables) de obtener un empleo. Mientras que la economía griega tiene
la mayor porción sumergida, estimada en un 25,2% del PIB, los países PIGS
(Portugal, Italia, Grecia y España) tienen una media del 21,7% de actividad
económica oculta a las estadísticas oficiales. En comparación, se estima que el
14,7% de la producción de Alemania y el 7,8% de la de Estados Unidos se
confinan al entorno sumergido.
Si una masa sustancial de
trabajadores oficialmente en paro puede consolarse sabiendo que existen muchas
oportunidades sumergidas para trabajar, puede ser bueno que indiquemos las
razones por las que existe esta opción no oficial. Hans Sennholz, en su obra The Underground
Economy, lista como categorías principales de la actividad económica
sumergida:
- la parte que evade impuestos,
- la parte que viola leyes o estándares de
producción,
- la producción de beneficiarios de transferencias a
los que se impide tomar parte en actividades pecuniarias (por ejemplo,
perceptores de prestaciones) y
- la producción de extranjeros ilegales.
Aunque mucha gente supone que la
economía sumergida consiste únicamente en evasores de impuestos y vendedores de
drogas, vemos que solo dos de las categorías anteriores incluyen a estos
grupos. Esto no quiere decir que los trabajadores de la economía sumergida de
las demás categorías no evadan impuestos o vendan sustancias ilícitas. Quiere
decir que la principal razón de encontrarse fuera de la economía oficial no es
ninguna de esas razones.
Las economías sumergidas de Europa
han experimentado un gran crecimiento a lo largo de los 30 años pasados,
especialmente desde que empezó la crisis. De alguna manera, el crecimiento del
empleo no oficial es una respuesta empresarial a unos mercados laborales
innecesariamente rígidos y a un exceso de regulación. Las evidencias sugieren
que la industria en al menos dos de nuestros principales culpables se ha
beneficiado de la expansión de la economía sumergida. El empleo en la creciente
economía sumergida ha permitido a las empresas italianas y españolas expandir y
contraer la producción más fácilmente ante las demandas del mercado.
Hay un creciente énfasis en
reasignar la economía sumergida dentro de la oficial a medida que progresa la
crisis de Europa. El método más comúnmente defendido implica auditorías
fiscales más frecuentes y mayores multas para incentivar a los empresarios a
informar de todos sus ingresos a las autoridades oficiales. El problema con una
solución así es que ignora la razón central por la que existe la economía
sumergida, y bien puede fortalecer su existencia.
Los empresarios operan en la
economía no oficial por dos razones principales: los impuestos hacen que las
transacciones oficiales no sean rentables o las regulaciones las hacen
imposibles. Las amenazas de aumentar las multas monetarias no hacen nada por
aliviar la primera razón, mientras que solo una reducción en la red de normas y
regulaciones reducirá la segunda.
El aumento en multas y auditorías
indudablemente reduciría el tamaño de la economía sumergida. Los empresarios,
incluso los sumergidos, responderían al aumento en los costes y riesgos
reduciendo el ámbito de sus actividades. Esta reducción no se traducirá en un
aumento en la actividad del mercado oficial. Solo aliviando la carga
regulatoria e impositiva que afrontan los empresarios estarán éstos más
dispuestos a operar en la economía oficial.
En lugar de ver las economías
sumergidas de Europa como algo malo, haríamos bien en empezar a verlas como lo
que son: una señal importante de que las antiguas políticas intervencionistas
han fracasado. Si uno ve como malas de por sí las grandes economías sumergidas,
también debe considerar como malas las políticas que generaron su existencia.
David Howden es presidente del departamento de empresas y
ciencias sociales y profesor asociado de economía en la Universidad de St.
Louis en su campus de Madrid y ganador del Premio Douglas E. French del Instituto Mises.