Por Leonard Read (Publicado el 10 de noviembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra
aquí: http://mises.org/daily/5681.
[On
Freedom and Free Enterprise (1956)]
* Traducción de Matt Martinez.
Uno de
los pilares de la teoría económica es el valor económico que adjudicamos a los
bienes y servicios que poseen relación con nuestro bienestar. El valor
económico es la importancia relativa que un bien posee para nosotros porque es
útil y escaso.
El mérito
y la fama de haber descubierto y expuesto este elemental saber acerca del
subjetivo valor se lo debemos para siempre a Carl Menger y otros académicos de
la Escuela Austriaca. Ellos aplicaron el análisis del valor en el campo de los
bienes complementarios, es decir, bienes que se requieren para la prestación de
otros servicios, y finalmente en el ámbito de los bienes de capital, que
llamaron "bienes de orden superior". La teoría del valor de los
bienes complementarios devino entonces en la clave para la solución de uno de
los más importantes y difíciles problemas en economía: el problema del reparto.
La
valoración del consumidor en una economía de mercado al final siempre determina
la manera en que el producto final se distribuye entre los factores
cooperativos de producción. Lo poco que estos elementales conocimientos de
valoración económica se conocen generalmente, lo podemos ver en cómo circulan y
se aceptan teorías de salarios que niegan la relación con el proceso de
valoración. La mayoría de instituciones de enseñanza de la economía enseñan al
público estadounidense y éste las abraza sin mayor crítica, teorías como las
del "poder de negociación", "poder de compra",
"condiciones de vida",
"teoría de la subsistencia", o incluso la "teoría de la
explotación" en estado puro.
El
reparto a través del proceso de valoración parece que solo lo conocen unos
pocos académicos y escritores "reaccionarios" y "pasados de
moda". Fue Ludwig von Mises el que durante varias décadas fue el
considerado como el más "reaccionario" entre los académicos, un
reaccionario de la razón y la teoría económica. Por esto merece nuestra
admiración y gratitud.
Mucha
gente de verdad cree que el valor de las cosas se determina por el trabajo que
se usó en su producción; que su precio debería reflejar bastante objetivamente
la cantidad trabajo utilizado. La creencia en esta teoría del valor trabajo se
basa sin embargo en mitos y no realidades. La experiencia del día a día nos
revela su incorrección. Valga un ejemplo algo extremo: el mismo trabajo cuesta
hacer un pastel de carne que uno de barro, y está claro que sus valores en el
mercado son diferentes.
Un
producto o servicio de poco valor en una época o lugar puede ser valorado mucho más en otro tiempo y
lugar. Por ejemplo, un artista puede producir cientos de obras consideradas horribles
y morirse de hambre con su trabajo. Pero como
su estilo se ponga de moda, trabajando mucho menos, el artista puede llevar
una vida de lujo.
Perdido a
la deriva en una balsa durante días, un hombre ofrecería su fortuna por una
hamburguesa. Sin embargo esa misma persona, tras un festín, seguramente no
daría ni un céntimo por ella, aunque la hamburguesa es la misma.
Cada
individuo juzga el valor de forma
diferente. Por consiguiente el valor en
el mercado se determina de forma subjetiva y no objetiva. En cierto sentido es
como la belleza. ¿Qué es la belleza? Es lo que usted o yo u otro individuo
pensemos que es bello. Depende de consideraciones personales y subjetivas,
sujetas a una constante variación.
El valor,
como la belleza, no puede ser determinado objetivamente. Que todas las personas
podamos pensar que una puesta de sol es bonita, o que un monstruo es horroroso,
que el oro es deseable, o que un pastel de barro es inútil, no altera el hecho
de que éstos son juicios subjetivos. Tal unanimidad meramente refuerza la idea
de que algunos juicios subjetivos están bastante extendidos.
No
sorprende que mucha gente en Estados Unidos y a lo ancho del mundo no crea en la
naturaleza subjetiva del valor. Hasta donde sabemos, nadie lo comprendía lo
suficientemente bien como para intentar
explicarlo hasta la última parte del siglo XIX. Antes de eso, gente tan notable
como John Stuart Mill y los mejores economistas, incluyendo a Adam Smith y
David Ricardo, se atascaban en el desarrollo de su teoría económica porque
aceptaban la teoría de valor coste de producción o del valor trabajo.
Simplemente
no podían explicar lo que sabían que era la gran ventaja del mercado libre en
cuanto a los intercambios voluntarios. Sabían muy bien que ambas partes deben
ganar cuando intercambian lo que valoran menos por aquello que valoran más, y
sin embargo no se explicaban que esa ganancia había sido "ganada",
por cuanto no podían explicarla en términos de costes laborales. En suma, no
eran capaces de ver como el precio en un libre mercado podía ser competitiva o
subjetivamente determinado por individuos que no tenían ni idea del trabajo y
otros costes que la producción de un objeto particular involucraba.
Cómo Adam
Smith, incluso con su teoría del valor trabajo, pudo haber visto las grandes
ventajas del comercio (las incalculables bendiciones de otros, o la sociedad
para el individuo) y cómo pudo considerar favorablemente la iniciativa privada
en lugar del socialismo, es un milagro más atribuible a su buen instinto que a
su razonamiento económico.
Marx, tan
diferente a Adam Smith, siguió la teoría del valor trabajo hasta su conclusión
lógica: el socialismo. Marx consideró todas las cosas útiles como un gran
"fondo de salarios" y creyó que todo el fondo debía ser repartido
directamente a los trabajadores. Permitir que cualquier parte de este fondo se
considerara como retorno del capital sería considerarlo un pago inmerecido, y
por lo tanto argumentaba que consistía en una explotación.
Cómo
cualquier defensor de la teoría del coste de la mano de obra podía creer en
algo diferente al socialismo, es difícil de comprender. Smith, Ricardo, Mill, y
muchos otros lo hicieron instintivamente, no lógicamente.
Solamente
cuando uno entiende la utilidad marginal o la teoría subjetiva del valor basada
en los juicios de incontables individuos actuando libre y voluntariamente en el
mercado, se puede entonces creer en la propiedad privada. Con este
entendimiento, uno puede ver como una persona puede tener perfecto derecho a
consumir más de lo que nunca pudo esperar producir con su propio trabajo.
Uno puede
por lo tanto poseer algo que otros querrían voluntariamente intercambiar por lo
que uno puede ofrecer. Esto significa un beneficio para todos los participantes
en el proceso de intercambio, beneficio que debe siempre parecer inmerecido en
términos de coste de trabajo. Sin embargo, refleja la aprobación de todos aquéllos
que participan en cualquier transacción.
La
utilidad marginal o teoría subjetiva del valor no necesita de ninguna otra
justificación. Como está basada en el libre intercambio, funciona sin forzar a
nadie. La teoría del valor trabajo - teoría de cómo la mano de obra determina
los precios- por otra parte, basada en intercambios no voluntarios, no puede
funcionar sin forzar a nadie.
Ahora,
consideremos la persona cuyo padre invirtió 500$ en la incipiente industria del
automóvil y que ahora se pregunta a quién le debe los millonarios beneficios
resultantes. Esta persona no es el receptor de un inmerecido beneficio más de
lo que lo es quien trabaja en la misma empresa por un salario. Ambos participan
en lo que no podrían producir por ellos mismos. Y si el asalariado fuera a
tener éxito en abortar lo que él puede pensar que es un beneficio inmerecido de
su "afortunado" camarada, al mismo tiempo estaría destruyendo su
propia fuente de ingresos.
Contemplemos
al asalariado. Vive en una casa que él no podría construir por sí mismo.
Quizás, si se le dieran suficientes materiales y herramientas para poderla
fabricar y los planos del arquitecto, a lo mejor podría fabricar algo parecido
a una casa de verdad.
Aún así
no sabría fabricar un clavo, extraer el hierro, fundir los metales, construir
los hornos, hacer la extrusión y otra maquinaria y demás. ¿Sabría hacer un
martillo? ¿Una sierra? ¿Los acabados de madera? ¿Hacer la cuerda de la que
pende su plomada? ¿Cultivar y voltear y peinar y tejer el algodón del cual está
hecha?
¿Sabría
fabricar la maquinaria que extrae el carbón que usa para calentar su casa? No podría
fabricar las linternas que los mineros llevan si todos los ingredientes
dependieran de sus propios recursos.
¿Qué hay
acerca de los coches que ayuda a montar, uno de los cuales posee? Ni él ni
ninguna otra persona en el mundo podrían fabricarlos solos. ¿Qué pasa con la
comida que come? ¿Las ropas que viste? ¿Los libros y revistas que lee? ¿El
teléfono que usa? ¿Los servicios médicos? ¿Las oportunidades que continuamente
se le presentan?
Todo está
hecho de un vasto proceso productivo y de intercambio, millones de individuos
con muchas variadas habilidades que trabajan cooperativa y competitivamente -
un mundo de compleja energía que fluye, cuya organización es mucho más compleja
de lo que una sola persona puede comprender, ya no digamos controlar. Otros (sociedades pasadas y presentes) han puesto a su alcance bienes y servicios y
conocimientos en tal diversidad y abundancia que él mismo no podría producir en
miles de años la pequeña porción que consume en un día cualquiera. Y obtiene
todo esto a cambio de su pequeño esfuerzo.
Lo
asombroso es que es posible para él ganar sin un cambio en su esfuerzo, su
destreza o sus conocimientos. Que otros inventen y se vuelvan más productivos,
y recibirá más a cambio de lo que tiene para ofrecer. A la inversa, también es
posible perder completamente, en el caso de que persista en ofrecer carretas de
caballos.
Hay un
hecho aún más asombroso. Nuestro asalariado puede pensar que su situación es
desafortunada comparada con la de aquél que hereda millones. Cierto, las
ganancias del millonario proceden de lo que han hecho otros. No obstante, el asalariado asimismo también
debe su vida a las acciones de otros.
Poseer
millones y simplemente ganarse la vida no son proposiciones alternativas. Ésa
no es la cuestión. La cuestión es que ambas situaciones proceden del mismo
proceso de intercambio y que lo que sea (coches, casas, comida, ropa,
calefacción, millones, conocimientos o incluso la vida) nos viene
inmerecidamente en el sentido de que nosotros no lo producimos completamente.
Comerciamos
porque todos podemos obtener más satisfacción de nuestra mano de obra por estas
vías. Mucho está disponible para aquellos que tienen algo que ofrecer que los
demás valoran. En el libre mercado, cada cual gana todo aquello que recibe de
un intercambio voluntario. Esto es muchísimo más de lo que podría producir por
sí mismo.
Para
poder entender el proceso mediante el cual uno puede consumir en un día lo que
no sería capaz de producir solo ni en miles de años (el valor que puede obtener
en un día que no podría obtener de su propia producción ni en miles de años)
solo es necesario darse cuenta que el valor que uno puede obtener no tiene
límite debido a la productividad y el intercambio y los juicios de valor de los
demás.
Este
mundo de energía creativa, esta productividad exógena, se vuelve entonces de
singular importancia para cada uno de nosotros. No solo depende de ella nuestra
prosperidad (material, intelectual, y espiritual), sino que gobierna incluso la
propia vida. En suma, cada uno de nosotros se beneficia a través de la división
del trabajo y la acumulación de capital e inversiones que otros realizan.
Degustemos
este mundo de productividad a través de la división del trabajo desde la
posición de potenciales beneficiarios de su generosidad. Las matemáticas de la
fisión nuclear son conocidas para muchos académicos. Yo sin embargo, no las
conozco. Podría conocerlas dado el caso. Aunque solo lo haría a base de
incrementar mis habilidades cognitivas.
Podría
suceder que este incremento esté fuera de mi alcance o que yo escogiera
incrementar mis habilidades en otro campo en detrimento de éste. Pero asumiendo
que yo llegara a aprenderlas, ¿me lo he ganado? Sí, tanto como lo he hecho a
través de una intervención directa. Directa o indirecta a través del estudio de
otros, la cuestión es la misma.
El mismo
principio se aplica al caso de un producto como objeto de conocimiento. Por
ejemplo un yate lujoso. Su fabricación me es tan desconocida como las
matemáticas de la fisión nuclear. Yo no poseo un yate. Podría hacerlo dado el
caso. Me convertiría en el beneficiario de su existencia si incremento mis
propios recursos de intercambio, o incluso si otras personas se vuelven
suficientemente productivas, podría adquirir uno a cambio de los mismos
esfuerzos y recursos que ahora poseo.
Asumamos
que obtengo uno a cambio de mis presentes escasos esfuerzos; ¿me lo he ganado?
Sí, incluso si es por lo mismo que me ganaría un ciervo por pasar por su camino
y apretar el gatillo. Todo lo demás me ha sido suministrado. El ciervo, un
milagro que los seres humanos no podemos fabricar, se cruzó en mi camino. La
escopeta, la pólvora, la oportunidad representaron un ingenio creativo fluyendo
a través del espacio y el tiempo de lo cual sé bien poco.
Igual que
con el ciervo, con el yate. Me lo gano como si lo hubiese fabricado yo mismo.
Otros, con su productividad, conocimientos y destrezas, voluntariamente lo intercambiaron por lo que yo les ofrecí.
Alguien
podría argumentar que pude comprar el yate porque nací hijo de un padre
"rico". Por la misma razón, yo podría argumentar que mi inteligencia
sería mayor y podría comprender las matemáticas de la fisión nuclear si mi
herencia genética hubiera sido diferente.
Vernos en
relación con los demás es virtualmente imposible. Casi no nos comprendemos a
nosotros mismos; la comprensión de los demás es incluso más escasa. Sin
embargo, no es necesario que esta comprensión sea perfecta. Solo es necesario
que entendamos la idea de ser beneficiarios de esta bendición, la división del
trabajo, y que entendamos y apreciemos nuestra dependencia y relación con ella.
Bajo este
prisma (nosotros como beneficiarios y la división del trabajo como benefactora)
es pertinente revisar nuestros comportamientos, actitudes y acciones. Si
queremos servir bien nuestros propios intereses, haríamos bien en vivir en
armonía con estos hechos de la vida, no contra ellos.
Bajo
este prisma, deberíamos hacer lo posible
por incrementar nuestra percepción y poder de intercambio. Solo a través de la
mejora personal podemos servirnos mejor. Y está claro que solo a través de la
mejora personal podemos servir mejor a los demás, es decir, mejorar el
bienestar de otros.
¿Quién
compone este benefactor nuestro, este almacén de energía? Está compuesto de
individuos que, como nosotros, son todos diferentes entre sí y que, como
nosotros, dependen de los demás. ¿Y cuál debería ser nuestra actitud hacia
estos millones de otros si los miramos desde el punto de vista del interés
propio?
- Valernos
por nosotros mismos, una gran virtud, debería destacarse. La forma de
hacerlo es no ser una carga para los demás y entrar en intercambios
voluntarios (nunca involuntarios). Esta es el libre mercado.
- Es
un hecho observable que estos otros, como nosotros mismos, trabajarán el
máximo de sus posibilidades si se les permite la propiedad y el control de
los frutos de su trabajo y los frutos de sus intercambios. Es en nuestro
interés preservar este incentivo. En esto consiste la institución de la propiedad privada.
- Tal
y como haríamos nosotros, los demás darán lo mejor de su creatividad si se
les deja libres de hacerlo. Deberíamos por lo tanto, sospechar de
cualquier interferencia con la actividad creativa así como de cualquier
traba al libre comercio y traspaso de conocimientos.
Nuestros
intereses se perjudican si existen depredadores, ladrones o autoritarios entre
la gente; si algunos practican la violencia, el fraude, mal representan o
parasitan. Nuestros propios intereses se perjudican si los votantes usan el
aparato político para ganar favores a costa de la gran mayoría del público. La
forma de gobierno que permite una mejor operativa del libre mercado y la
voluntaria división del trabajo es el gobierno
limitado.
Para que
cada individuo avance, debe sentir la misma preocupación hacia los derechos de
los demás que tiene con los suyos propios. Debería proteger las energías
creativas y el libre intercambio y transmisión de ideas de los demás como de
las suyas propias. Porque así cada uno podríamos decir "Soy el
beneficiario de su existencia".
Si
queremos progresar como individuos nos aseguraremos de que todas las personas
son libres de
- perseguir
sus ambiciones tanto como les sea posible.
- asociarse
con quien les plazca por sus propias razones.
- adorar
a Dios como les plazca.
- elegir
su profesión libremente.
- montar
empresas, ser sus propios jefes, y elegir las horas de trabajo como crean
conveniente.
- usar sus propiedades y ahorros adquiridos
honestamente como quieran.
- ofrecer
sus productos o servicios en sus propios términos.
- decidir
adquirir o no cualquier cosa que se les ofrezca.
- estar
de acuerdo o no con cualquier otro.
- estudiar
y aprender lo que se les antoje.
- hacer
lo que les plazca en general, siempre y cuando no infrinjan con ello el
igual derecho que otras personas tienen de hacer lo mismo.
Según
estas observaciones, ésta es una forma de vida armoniosa con los intereses de
los demás. La envidia por lo que otros han conseguido pueden dar paso a una
sensación de apreciación y placer. La desigualdad, que no es otra cosa que la
compañera de la diversidad sin la cual la supervivencia es imposible, debería
ser favorecida en vez de odiada.
¿Son inmerecidas
las riquezas que se reciben en una sociedad? Solo en el sentido de que los que
producen pueden obtener ganancias fantásticamente mayores que las que tendrían
en aislamiento. Los beneficios que emanan de la división del trabajo están
disponibles para todos nosotros a través del comercio voluntario si la libertad
prevalece.
Estos son
los pensamientos de alguien que se sabe asimismo beneficiario y que cree que
los que otros que actúan creativamente son sus benefactores. Debo mi vida a
ellos; por lo tanto si quiero vivir y prosperar, trabajaré tan diligentemente
por sus libertades como por las mías propias.
Leonard
E. Read fue el fundador de la Foundation for Economic Education, el primer
think tank libertario moderno en los Estados Unidos, y en buena medida
responsable del resurgir de la tradición liberal en los Estados Unidos tras la
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Este artículo está extraído de On
Freedom and Free Enterprise: Essays in Honor of Ludwig von Mises (1956).