Por Etienne de la Boetie. (Publicado
el 26 de febrero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4138.
[Parte
I de Sobre la servidumbre
voluntaria, de Etienne de la Boetie,
escrito en 1552-53]
No veo un bien en la soberanía de
muchos;
uno solo sea amo, un solo sea rey.
Así hablaba en público Ulises,
según Homero. Si hubiera dicho simplemente: “No veo bien alguno en tener a
varios amos”, habría sido mucho mejor. Por lógica, debería haber dicho que la
dominación de muchos no puede ser buena y que la de uno solo, en cuanto asume
su naturaleza de amo, ya suele ser dura e indignante.
Añadió todo lo contrario: “Uno solo
sea amo, uno solo sea rey”.No obstante, debemos perdonar a Ulises quien,
entonces, se vio obligado a utilizar este lenguaje para aplacar la sublevación
del ejercito, adaptando, según creo, su discurso a las circunstancias más que a
la verdad. Pero, en conciencia, ¿acaso no es una desgracia extrema la de estar
sometido a un amo del que jamás podrá asegurarse que es bueno porque dispone
del poder de ser malo cuando quiere?
Y, obedeciendo a varios amos, ¿no
es tantas veces más desgraciado? No quiero, de momento, debatir tan trillada
cuestión: a saber, si las otras formas de república son preferible a la
monarquía.
De debatirlas, antes de saber que ligar debe ocupar la monarquía entre las
distintas maneras de gobernar la cosa pública, habría que saber si hay incluso
que concederle un lugar, ya que resulta difícil creer que haya algo público en
su gobierno en el que todo es de uno. Sin embargo, la cuestión puede dejarse
para otro momento y realmente requeriría el tratamiento separado que implica
por su misma naturaleza todo tipo de discusión política.
De momento, quisiera tan sólo
entender cómo pueden tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas
naciones soportar a veces un solo tirano, que no dispone de más poder que el
que se le otorga, que no tienen más poder para causar perjuicios que el que se
quiera soportar y que no podría hacer daño alguno de no ser que se prefiera
sufrir a contradecirlo. Es realmente sorprendente.
Sin embargo es tan corriente que
deberíamos más bien deplorarlo que sorprendernos ante el espectáculo de ver cómo
un millón de hombres son miserablemente sometidos y sojuzgados, la cabeza
gacha, a un deplorable yugo, no porque se vean obligados por una fuerza mayor,
sino, por el contrario, porque están fascinados y, por decirlo así, embrujados
por el nombre de uno, al que no debería ni temer (puesto que está solo), ni
apreciar (puesto que se muestra para con ellos inhumano y salvaje).
¡Grande es, no obstante, la
debilidad de los hombres! Obligados a obedecer y a contemporizar, divididos y
humillados, no siempre pueden ser los más fuertes. Así pues, si una nación,
encadenada por la fuerza de las armas, se somete al poder de uno solo (como cuando
la ciudad de Atenas sirvió a los treinta tiranos),
no deberíamos extrañarnos de que sirva, debemos tan solo lamentar su
servidumbre; mejor dicho, no deberíamos no extrañarnos ni lamentarnos, sino más
bien llevar el mal con resignación y reservarnos para un futuro mejor. Nuestra
naturaleza es tal que los deberes cotidianos de la amistad absorben buena parte
de nuestras vidas.
Es natural amar la virtud, estimar
las buenas acciones, agradecer el bien recibido e incluso, con frecuencia,
reducir nuestro bienestar para mejorar el de aquéllos a quienes amamos y que merecen
ser amados. Así pues, si los habitantes de un país encuentran entre ellos a uno
de esos pocos hombres capaces de darles reiteradas pruebas de su predisposición
a inspirarles seguridad, gran valentía en defenderlos y gran prudencia en
guiarlos; si se acostumbran paulatinamente a obedecerle y a confiar tanto en él
como para concederle cierta supremacía, creo que sería preferible devolverle al
lugar donde hacía el bien que colocarlo allí donde es muy probable que haga el
mal. Empero, es al parecer muy normal y muy razonable mostrarse buenos con
aquel que tanto bien nos ha hecho y no temer que el mal nos venga precisamente
de él.
Pero, ¡oh, Dios mío!, ¿qué ocurre?
¿Cómo llamar ese vicio, ese vicio tan horrible? ¿Acaso no es vergonzoso ver a
tantas y tantas personas, no tan sólo obedecer sino arrastrarse? ¿No ser
gobernados, sino tiranizados? Sin bienes, ni parientes, ni mujeres, ni hijos,
ni vida propia.
Soportar saqueos, asaltos y
crueldades, no de un ejército, no de una horda descontrolada de bárbaros contra
la que cada uno podría defender su vida a costa de su sangre, sino únicamente
de uno solo. No de un Hércules o de un Sansón, sino de un único hombrecillo,
las más de las veces el más cobarde y afeminado de la nación, que ni siquiera
husmeado una sola vez la pólvora de los campos de batalla, sino a pensar la
arena de los torneos, y que es incapaz no solo de mandar a los hombres, sino
también de satisfacer a la más miserable mujerzuela.
¿Llamaremos eso cobardía? ¿Diremos
que los que se someten a semejante yugo son viles y cobardes? Si dos, tres y
hasta cuatro hombres ceden ante uno, nos parece extraño, pero es posible. En
este caso, y con razón, podríamos decir que les falta valor. Pero si centenares,
miles de hombres se dejan someter por uno solo, ¿seguiremos diciendo que se
trata de falta de valor, que no se atreven a atacarlo, o mas bien que, por
desprecio o desdén, no quieren ofrecerle resistencia?
En fin, si viéramos, ya no a cien
ni a mil hombres, sino a cien países, mil ciudades, un millón de hombres
negarse a atacar, a aniquilar al que, sin reparos, los trata a todos como a
siervos y esclavos, ¿cómo llamaríamos a eso? ¿Cobardía? Es sabido que hay un
límite para todos los vicios que no se pueden traspasar. Dos hombres, y quizás
diez, pueden temer a uno. ¡Pero que mil, un millón, mil ciudades no se
defiendan de uno, no es ni siquiera cobardía! Asimismo, el valor no exige que
un solo hombre tome de asalto una fortaleza, o se enfrente a un ejército, o
conquiste un reino. Así pues, ¿qué es ese monstruoso vicio que no merece
siquiera el nombre de cobardía, que carece de toda expresión hablada o escrita,
del que reniega la naturaleza y que la lengua se niega a nombrar?
Que se pongan a un lado y a otro a
mil hombres armados, que se les prepare para atacar, que entren en combate,
unos luchando por su libertad, los otros para quitársela: ¿de quienes creéis
que será la victoria? ¿Cuáles se lanzarán con más gallardía al campo de
batalla: los que esperan como recompensa el mantenimiento de su libertad, o los
que no pueden esperar otro premio a los golpes que asestan o reciben que la
servidumbre del adversario?
Unos llevan siempre como bandera la
felicidad similar en el porvenir; no piensan tanto en las penalidades y en los
sufrimientos momentáneos de la batalla como en todo aquello que, si fueran
vencidos, deberían soportar para siempre, ellos, sus hijos y toda la
posteridad. Los otros, en cambio, no tienen mayor incentivo que la codicia,
que, con frecuencia, se mitiga ante el peligro y cuyo ficticio ardor se desvanece
con la primera herida.
En batallas tan famosas como las de
Milcíades,
Leónidas y Temístocles
que tuvieron lugar hace dos mil años y que están tan frescas en la memoria de
los libros y de los hombres como si acabaran de celebrarse, ¿qué dio -para
mayor gloria de Grecia y ejemplo del mundo entero- a tan reducido número de
griegos, no el poder, sino el valor de contener aquellas formidables flotas que
el mar apenas podía sostener, de luchar y vencer a tantas naciones, cuyos
capitanes enemigos todos los soldados griegos juntos no habrían podido
rivalizar en número? En aquellas gloriosas jornadas, no se trataba tanto de una
batalla entre griegos y persas como de la victoria de la libertad sobre la
dominación, de la generosidad sobre la codicia.
Son, en verdad, extraordinarios los
relatos que se refieren a la valentía que la libertad pone en el corazón de
quienes la defienden. Sin embargo, en todos los lugares y todos los días ocurre
que un solo hombre oprime a cien mil y les priva de su libertad. ¿Quién podría
creerlo si se lo contasen pero no lo viese con sus propios ojos? Si esto sólo
ocurriese en países extraños y tierras lejanas, ¿quién no creería que tal
relato era pura invención?
No obstante, a tal tirano único no
es preciso combatirle ni abatirle. Se descompondría por sí mismo, a condición
de que el país no consienta en servirle. No se trata de quitarle nada, sino de
no darle nada. No sería necesario que el país haga nada por sí mismo, a
condición de no hacer nada en su propia contra. Son pues los pueblos los que se
dejan, o, mejor dicho, se hacen maltratar, ya que para librarse de ello
bastaría con que dejasen de servir.
Es el pueblo quien se esclaviza y
se degüella a sí mismo; quien, pudiendo escoger entre estar sometido o ser
libre, rechaza la libertad y admite el
yugo; quien consiente su propio mal, o, más bien, lo busca. Si recobrar su
libertad le costase algo, yo no le urgiría a ello. Aunque lo primero que
debiera tener en su corazón es recuperar sus derechos naturales y, por así
decirlo, dejar de ser bestia para volver a ser hombre, no espero de él tanta
audacia. Admito que prefiera la seguridad de vivir miserablemente que una
dudosa esperanza de vivir a su manera.
Ahora bien, si para tener libertad
basta con desearla y con un simple quererla, ¿habrá una nación en el mundo que
crea que la paga demasiado cara si la adquiere con un simple deseo? ¿Quién
lamentaría tener la voluntad de recobrar un bien que se debería rescatar
incluso pagando sangre por ello, un bien cuya pérdida hace que para todo hombre
de honor la vida sea amarga y la muerte un beneficio?
Es cierto que, al igual que el
fuego de una pequeña chispa crece y se refuerza, haciéndose más devorador
cuanta más madera encuentra para quemar, pero al final se consume y termina
extinguiéndose por sí mismo en cuanto deja de ser alimentado, también los
tiranos cuanto más roban, más exigen, y cuanto más arruinan y destruyen, más
obtienen y más servidumbre obtienen. Se hacen tanto más fuertes, tanto más
descarados y dispuestos a asolar y destruir todo. Pero si no se les da nada, si
no se les obedece, aunque no se les combata ni golpee, quedan desnudos y
derrotados. Ya nada son, como la rama se seca y muere cuando su raíz queda sin
jugo y alimento.
Para adquirir el bien al que
aspira, el hombre audaz no teme ningún peligro y el hombre prudente no se
desanima ante ninguna fatiga. Los cobardes y aletargados son los únicos que no
saben ni aguantar el mal ni recobrar el bien que ellos se limitan a codiciar.
La energía para pretender tal bien les es arrebatada por su propia cobardía y
sólo les queda el deseo natural de poseerle. Este deseo, esa voluntad común a
los sabios y a los imprudentes, a los valerosos y a los cobardes, les hace
desear toda las cosas cuya posesión les haría más felices y contentos.
Sólo hay una cosa para la que los
hombres, ignoro el motivo, no tienen la fuerza necesaria para desearla: ¡la
libertad, bien tan grande y dulce! Una vez perdida la libertad, todos los males
llegan uno tras otro, y sin ella todos los demás bienes, corrompidos por la
servidumbre, pierden todo su gusto y sabor. Parece que los hombres sólo
desdeñan la libertad porque, si la deseasen, la tendrían; da la impresión de
que rehúsan alcanzar tan preciosa adquisición por ser demasiado fácil de
conseguir.
¡Pobres gentes miserables, pueblos
insensatos, naciones que os acomodáis a vuestro mal y os cegáis ante vuestro
bien! Os dejáis arrebatar ante vuestros ojos lo más bello y luminoso de
vuestras rentas, dejáis que saqueen vuestros campos y que roben y despojen
vuestras casas de los viejos muebles legados por vuestros antepasados. Tal y
cómo vivís, ya no tenéis nada vuestro. Parece que seríais felices si sólo
quedase a vuestra disposición la mitad de vuestros bienes, de vuestras
familias, de vuestras vidas.
Y tales estragos, tales desgracias
y tal ruina no os llegan de mano de los enemigos, sino de un enemigo, de aquél
al que vosotros habéis convertido en lo que es, aquél para el que marcháis
valerosamente hacia la guerra y por cuya grandeza no rechazáis echaros en
brazos de la muerte. Y, sin embargo, ese amo sólo tiene dos ojos, dos manos, un
cuerpo, nada que no tenga el último de los habitantes de nuestras ciudades. Él
sólo tiene de más aquello que vosotros le dais para que os destruya.
¿De dónde saca todos esos ojos que
os espían, sino de vosotros mismos? ¿Cómo tendría todas esas manos que os
golpean, sino os las tomase en préstamo? Los pies con que pisotea vuestras
ciudades, ¿no son vuestros? ¿Qué poder tiene sobre vosotros, salvo a vosotros
mismos? ¿Cómo se atrevería a agrediros si no fuese porque lo hace de acuerdo
con vosotros? ¿Qué mal podría haceros si no fueseis los encubridores del ladrón
que os roba, los cómplices del asesino que os mata, los traidores de vosotros
mismos?
Sembráis vuestros campos para que
él los devaste, amuebláis y acondicionáis vuestra casa para proveer su pillaje,
educáis a vuestras hijas para entregarlas a su lujuria, alimentáis a vuestros
hijos para que, en el mejor de los casos, les convierta en soldados, para que
los lleve a la guerra y a la masacre, para que los haga ministros de sus
codicias y ejecutores de sus venganzas. Os acostumbráis a la pena para que él
pueda regalarse todas sus delicias y repantigarse en sus sucios placeres. Os
debilitáis para que él sea más fuerte y pueda teneros agarrados por la brida
con mayor rudeza. Tantas y tantas indignidades que las propias bestias se
negarían a soportar si las sintiesen, y de las que podríais liberaros si intentaseis,
no ya lograr vuestra liberación, sino solamente quererla.
Tomad la
resolución de no servir más y seréis libres. No os pido que le empujéis y le
hagáis tambalear, sino sólo que no le sostengáis. Entonces veríais como un gran
coloso, al que se le ha roto su base, se derrumba por su propio peso y se
destruye.
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De Éttiene de la Boetie (1530-1563)
Murray Rothbard escribió que “ha sido más recordado como el gran e íntimo amigo
del eminente ensayista Michel de Montaigne, en una de las amistades más
notables de la historia. Pero debería recordarse más, como han reconocido
algunos historiadores, como uno de los filósofos políticos seminales, no solo
como fundador de la filosofía política moderna en Francia, sino asimismo por la
eterna relevancia de muchas de sus ideas teóricas”. Lea el resto de la presentación de Rothbard.
Las notas del artículo son de Harry
Kurz.