Por
Jeff Riggenbach. (Publicado el 22 de julio de 2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5460.
[Este artículo está transcrito del podcast Libertarian Tradition]
* Traducción
de Jason Roeschley
En
un artículo anterior, “Libertarian
Psychology”, hice algunas observaciones muy breves sobre la importancia de
la psicología de los libertarios y esbocé las vidas, carreras e ideas de dos
intelectuales en particular: el psiquiatra libertario Thomas Szasz y el
psicólogo libertario Timothy Leary, ambos nacidos en el año 1920. Ahora me
gustaría añadir algunos comentarios sobre un par de psicólogos libertarios
posteriores, uno nacido en la década de 1930 y otra nacida en la década de
1940.
El
primero de estos dos psicólogos, Nathaniel Branden, nació el 9 de abril de
1930, en Brampton, Ontario, un suburbio de Toronto. O quizá uno diría que un
lugar que se llama hogar por alrededor de medio millón de personas es demasiado
grande para ser considerado suburbio. Pero no era cualquier tipo de suburbio en
1930, cuando nació Nathaniel Branden. En aquel entonces, uno probablemente
tendría que atravesar por lo menos un poco de campo si se pusiera a viajar las
20 o 25 millas que separaban Brampton de Toronto. Brampton era un pequeño
pueblo de un poco más de 5.000 almas durante el comienzo de la primera década
de la Gran Depresión. Puede que hubiera crecido la mitad - tal vez 7.500
habitantes - cuando Nathaniel Branden se fue del área de Toronto para comenzar
sus estudios universitarios en UCLA unos pocos años después del final de la
Segunda Guerra Mundial. En los años intermedios, cuando era estudiante de
secundaria en Toronto, el joven Nathan Blumenthal (que así se le conocía en ese
entonces) había leído una novela llamada El
Manantial por una novelista ruso-estadounidense cuya firma era Ayn Rand. El libro tuvo un gran
impacto en él. “Entre los catorce y dieciocho años”, escribió 40 años más
tarde, durante la década de 1980, cuando él mismo tenía unos 50 años, “leí y
releí El manantial de manera casi
continua, con la dedicación y la pasión de un estudiante del Talmud”.
Cuando
tenía 19 años, recordaba Branden en los años 80, “cualquiera podía leer [en voz
alta] cualquier frase en El
Manantial y yo podía recitar la esencia de la frase inmediatamente
anterior, así como la frase que seguía. Yo había absorbido ese libro más
completamente que cualquier otra cosa en mi vida”. No es de extrañar, por tanto,
que poco después de llegar a Los Angeles a finales del verano de 1949, escribiera
una carta a Ayn Rand, para hacerle varias preguntas acerca de las implicaciones
filosóficas de los pasajes de El Manantial y su novela anterior, Los
que vivimos.
Barbara Branden, en su biografía de 1986 de Rand,
indica que Nathan creía en aquel entonces que había identificado “inconsistencias
filosóficas” en la obra de Rand y quería llegar al fondo de ellas. Para su sorpresa,
Rand respondió a su carta, invitándolo a una noche de conversación. Y así
comenzó una de las parejas más famosas de la historia de la tradición
libertaria.
En
los siguientes 18 años, Branden leyó La
rebelión de Atlas en manuscrito antes de su publicación, desarrolló un
curso de 20 conferencias, Los Principios Básicos del Objetivismo, de la
filosofía de Ayn Rand, y ofreció éste durante una década bajo los auspicios del
Nathaniel
Branden Institute (NBI), sin duda la organización libertaria más grande e
importante de la década de 1960, en términos de su impacto en jóvenes
libertarios de la época y en su influencia en el desarrollo posterior del
movimiento libertario.
Una
vez que terminó la relación entre Branden y Ayn Rand en 1968, regresó a Los
Angeles, donde estableció su propia consulta psicoterapeuta exitosa, hizo
algunas conferencias y publicó una larga serie de libros sobre temas de psicología.
Su nombre lo conocen hoy en día millones de personas que no saben nada de su
asociación juvenil con Ayn Rand. Para estos lectores, Nathaniel Branden es un
psicólogo, una figura principal - quizás la figura principal - en el movimiento de la autoestima
en la psicología humanista contemporánea. “De todos los juicios que hacemos
en la vida”, escribió Branden hace casi 15 años en su libro El
arte de vivir conscientemente:
ninguno
es más importante que el juicio que hacemos sobre nosotros mismos. (...) La
autoestima es la disposición a sentirse competente para hacer frente a los
desafíos básicos de la vida y ser dignos de la felicidad. Es la confianza en la
eficacia de nuestra mente, en nuestra capacidad de pensar. Por extensión, es la
confianza en nuestra capacidad de aprender, tomar las elecciones y decisiones
adecuadas, y responder eficazmente a los cambios. También es la experiencia de que
el éxito, logro, realización - la felicidad - es justo y natural para nosotros.
El valor de supervivencia de tal confianza es obvio; igualmente lo es el peligro
cuando no se encuentra.
En
1969, en el primero de sus libros psicológicos, La
psicología de la autoestima, cuando ofreció por primera vez esta idea
como la clave de cualquier teoría de la psicología humana capaz de resistir un
análisis exhaustivo, Branden señaló que
el
establecimiento del laboratorio experimental de Wilhelm Wundt en 1879, se
considera a menudo como el inicio formal de la psicología científica. Pero
cuando se tiene en cuenta las opiniones del hombre y las teorías de su
naturaleza que se han planteado como el conocimiento en los últimos cien años,
sigue siendo una cuestión discutible si la fecha de inicio de la ciencia de la
psicología yace detrás de nosotros - o por delante.
La
relevancia del concepto de autoestima de Branden para el libertarismo parece
bastante evidente. Si las personas carecen de la confianza en sí mismas que él
describe, difícilmente se puede esperar que acojan la idea de una sociedad
libre, una sociedad en que serían, literalmente, dueñas de sí mismas -
responsables de las consecuencias de sus propias decisiones y acciones. Pero
hay más que eso. Ya entonces en las décadas de 1950 y comienzos de 1960,
Branden les decía a sus estudiantes del NBI que
si hay
una prueba infalible del auto-desprecio, es la voluntad de una persona de vivir
bajo la fuerza - su voluntad de aceptar, como un principio moral, que los demás
tienen el derecho de dictar sus pensamientos y sus acciones - su voluntad de
presentar su mente y su vida al poder arbitrario de un arma de fuego. El hombre
que se somete a la fuerza cuando no tiene otra opción no es inmoral, siempre y
cuando identifica su situación como mala. Pero el hombre que considera moral,
que considera correcto, que los demás deben forzarlo, se merece lo que recibe.
Como
Branden lo vio hace 50 años, “vivir en la sociedad puede contribuir a la
supervivencia de un individuo”, pero
solo
en la medida en que [los miembros de la sociedad] sean racionales y productivos
(...) ¿Necesitamos (mejoran nuestra
supervivencia) hombres que piensan? Sí. ¿ Necesitamos (mejoran nuestra supervivencia) hombres que se
niegan a pensar? No. No tienen nada de valor que ofrecer. Por el mismo principio,
uno tiene necesidad de (su supervivencia
se ve reforzada por) hombres que produzcan, hombres que tengan valores
objetivos para ofrecer a cambio de las cosas que se han producido. Pero desde
luego no necesita a los hombres que no producen nada. Uno no necesita hombres
que le ataquen y se alimenten de él como parásitos que no ofrecen ningún valor
a cambio de lo que arrebatan. ¿Está nuestra supervivencia (...) reforzada por
vivir entre saqueadores, ladrones, criminales? Es evidente que no. Uno se
beneficia de tratar con los productores. No se beneficia al tratar con los
hombres (...) que en su lugar le tratan (...)
por la fuerza física o el fraude.
Los
hombres que “no producen nada”, que “le atacan y se alimentan como parásitos,
que le ofrece ningún valor a cambio de lo que arrebatan”, que “tratan con uno
por la fuerza física o el fraude”. A mí me suena como el Estado. Sin embargo,
Branden no pensaba en el Estado cuando formuló estas frases. Reconoció, en la
primera de las tres conferencias en los Principios Básicos del Objetivismo que
se enfocaban en la economía política, que “a lo largo de la historia, la
mayoría de los gobiernos han actuado en principios diametralmente opuestos a su
correcto funcionamiento y su única justificación moral”, pues “en lugar de
actuar como defensores de los hombres, los gobiernos han actuado como opresores
de los hombres”. Sin embargo, como Rand, cuyas ideas presentaba después de
todo, Branden insistía en que, aunque
pueda
parecer irónico, si se considera la medida en la que la mayoría de los
gobiernos en la historia han invertido, pervertido y corrompido su función (...)los
hombres necesitan un gobierno con el fin de protegerlos de la fuerza física y
capricho arbitrario, y de defender principios objetivos de acción correcta.
Para
muchos jóvenes libertarios de la época, esto sonaba, no sólo irónica, sino
también totalmente paradójico. En defensa de Branden, sin embargo, hay que
reconocer que muy pocos libertarios de nuestra clase en la década de 1960 eran
anarquistas. La versión más popular del liberalismo en aquel entonces era una
versión muy austera de lo que Sam Konkin después
inolvidablemente llamó “minarquismo”
- y era esta versión del liberalismo la que presentaba Nathaniel Branden en sus
conferencias del NBI. Si hubiera implicaciones inevitables en algunas de sus
declaraciones sobre la “voluntad de vivir bajo la fuerza” (lo que, 400 años antes, el escritor francés Étienne de La
Boétie (1530-1563) había llamado "la voluntad de la esclavitud") bueno,
que fuera así: era para que sus estudiantes, en su mayoría jóvenes, lo
resolvieran por sí mismos.
Después
de todo, Nathaniel Branden nunca se había propuesto, al principio, a ser ningún
tipo de filósofo político. Estaba interesado en la filosofía política y luego
utilizó la palabra “libertario” para describir su pensamiento sobre este tema. “En
un sentido general”, le dijo al entrevistador Brian Lamb en el programa Booknotes en C-SPAN en 1989, 30 años
después de la primera entrega de las conferencias sobre la economía política de
la que he estado citando, “Yo soy libertario (...) si quiere decir con eso (...)
un defensor del capitalismo del laissez-faire. No soy anarquista como algunos
libertarios (...) [sólo] un defensor de los derechos individuales y una visión
muy minimalista del Estado”.
Aún
así, la filosofía política no había sido la idea de Branden de una carrera.
Había decidido en la escuela secundaria que quería ser psicólogo. Había hecho
la licenciatura en psicología en la UCLA, y luego había hecho una maestría en
ese mismo campo en la Universidad de New York, todos en los mismos años en los
que estaba leyendo La rebelión de Atlas
en manuscrito. Había comenzado a practicar como psicoterapeuta cuando todavía
vivía en Nueva York, dando una conferencia en el objetivismo y gestionando el
NBI. No había sido hasta finales de la década de 1960, después de lo que
supongo que se podría llamar su “divorcio” de Ayn Rand, que había terminado su
doctorado y comenzado a dedicarse por completo a la psicología y la
psicoterapia, pero que había estado en el fondo todo el tiempo. Así que si la explicación
de Branden del anarquismo, en sus conferencias de NBI de la década de 1960, parece
inadecuada (incluso ridículamente inadecuada) para los estándares actuales,
probablemente no deberíamos ser tan duros con él.
Dijo
de nuevo del anarquismo en los años 60, por ejemplo, que “en sentido estricto, no
es una teoría política, sino un rechazo de la teoría política. El anarquismo proclama
que los hombres necesitan ningún gobierno, ningún sistema político, y que
cualquier hombre debe ser libre de hacer lo que quiera en relación con otros
hombres”. Y esto no es lo que los anarquistas de nuestra clase estaban
reclamando en ese momento o en torno en una década después, cuando, en forma de
libros como For
a New Liberty de Murray
Rothbard y The Machinery
of Freedom, de David
Friedman, comenzó a alcanzar una circulación un poco más amplia. Pero
muchos de sus estudiantes más jóvenes acabaron siendo anarquistas unos cuantos
años más adelante, en cualquier caso.
Un
ejemplo es la psicóloga social libertaria Sharon Presley. Nacida en 1943,
durante el primer año de Nathaniel Branden en la escuela secundaria, Presley
creció en todas partes, dividiendo sus años de la escuela secundaria a finales
de 1950 y comienzos de 1960 entre la Central High School de Kansas City y de
Belmont High, menos de una milla del celebrado Parque MacArthur de Los Ángeles.
Se graduó de Belmont en 1961 y se fue a estudiar psicología en Berkeley. Un año
más tarde, en el verano de 1962, entre su primer y segundo año en la
Universidad de California, a la edad de 19 años, creyéndose ser “totalmente
apolítica”, descubrió y leyó La rebelión
de Atlas.
“Dios
mío, ¡qué revelación!” recordaba haber pensado, explicando sus recuerdos del
evento unos 30 años más tarde con la entrevistadora Rebecca Klatch en A Generation Divided: The
New Left, the New Right, and the 1960s. “Lo que [Ayn Rand] hizo por mí
fue hacerme pensar en (...) cosas en ese tipo en términos filosóficos en lo que
nunca lo había hecho (...) antes”. Para Presley, “no tuve hasta Rand ningún tipo
de teoría articulada o conjunto de principios que tuvieran sentido para mí”. En
general, la lectura de La rebelión de
Atlas “fue una grandísima influencia
en mi vida”. Según Klatch, Presley “empezó a asistir a conferencias
objetivistas [conferencias NBI] en San Francisco y a conocer a gente de ideas
afines”. Pero no pasó mucho tiempo antes de que alguna de esa “gente de ideas
afines” la llevara lejos del objetivismo por completo. “En 1967”, señala
Klatch, apenas cinco años después de su descubrimiento extático de La rebelión de Atlas, “Sharon se
identificó como anarquista”.
Para
ese entonces, Presley estudiaba en una Escuela de Postgrado en la Universidad
Estatal de San Francisco. Cinco años más tarde, en 1972, armada con una
maestría en psicología, se puso en camino a la costa este para encontrar un
programa de doctorado que pensaba era una buena opción para sus intereses.
Después de un breve tiempo en Washington, DC, llegó a la ciudad de Nueva York,
donde comenzó sus estudios de doctorado bajo la tutoría de Stanley Milgram de la
Universidad de la Ciudad de Nueva York, cofundó Laissez
Faire Books en su tiempo libre y comenzó a asistir a las conferencias y
convenciones libertarias que estaban empezando a ser una característica
familiar del paisaje del movimiento en esos años. En casi cuatro décadas desde
entonces, ha hecho contribuciones impresionantes a la tradición libertaria de
tres maneras distintas: primero, como historiadora intelectual especializada en
anarquismo individualista; en segundo lugar, como defensora y activista del
feminismo libertario y, por último, como psicóloga social.
Un
buen ejemplo de cómo Presley se ve cuando está usando su sombrero historiador
intelectual es su Exquisite
Rebel, el mejor de los libros académicos actualmente disponibles sobre Voltairine
de Cleyre. Un buen ejemplo de cómo se ve usando su sombrero feminista
libertaria se ofrece gratuitamente en la página web de la Asociación de Feministas Libertarias. Y
un buen ejemplo de cómo se ve usando su sombrero de psicóloga social es su
reciente libro, publicado el año pasado: Standing Up to Experts and
Authorities: How to Avoid Being Intimidated, Manipulated, and Abused.
“Vivimos
en una cultura”, escribe Presley, “que fomenta el respeto a la autoridad y
desalienta el pensamiento crítico e independiente. Estamos motivados para ser
vistos como competentes y solicitamos la aprobación social”. En el fondo, éstas
son “las razones por las que la gente es tan fácilmente intimidada por los
expertos, tan deferente a la autoridad, por las que no quiere ponerse de pie y
preguntar”. Cita al sociólogo Robert Bierstedt, sin
embargo, atribuyéndole:
una
distinción que creo que es útil. Los expertos, dice, usan la persuasión. Señala
que la experiencia (la habilidad y el conocimiento en un área en particular) es
algo que somos libres de aceptar o no. La autoridad, sin embargo, utiliza la
coerción. Las autoridades son quienes tienen poder sobre nosotros estemos de
acuerdo con ellas o no, por ejemplo, los burócratas del gobierno o la policía.
Me
parece que la premisa implícita (aunque no declarada) del libro de Presley es
la misma que implícitamente subyace en los libros de Branden: la premisa de que
las personas que carecen de confianza en sí mismas, las personas que sufren de
baja autoestima, no están dispuestas a apoyar a los esfuerzos para lograr una
sociedad libre o incluso para entender por qué una sociedad libre es un
objetivo deseable, y que la mejor solución a este problema de la gente borrega
es la orientación y asesoramiento diseñados para persuadirlos de que se
beneficiarían por estar más segura de sí misma y participar en un pensamiento
más crítico respecto a las reclamaciones de los expertos y las autoridades - y
para ayudarles a tener acceso a otros recursos que pueden utilizar para ser
menos borregas en su pensamiento y comportamiento. Éstas son, por cierto, mis
propias palabras. Ni Presley ni Branden nunca se refiere a nadie como “borrega”.
Presley, sin embargo, recomienda los libros de Branden. Ella lo llama “el
experto en la psicología de la autoestima”, que “no solo explica por qué la
autoestima es esencial para el funcionamiento psicológico sano”, sino también “da
pasos prácticos sobre cómo aumentar su autoestima”.
Presley
desdeña “los muchos libros superficiales y simplistas de afirmaciones rah-rah
de dudoso valor”. Nathaniel Branden, sostiene, no escribe tales libros. Ella
tampoco. Standing Up to Experts and
Authorities es en parte una descripción de la investigación pertinente
sobre respeto a la autoridad (con notas informativas que permiten que cualquier
lector busque independientemente las fuentes de Presley) y en parte un
compendio de consejos sensatos, más o menos en el espíritu y la tradición de la
difunta Ann Landers,
para las personas que están consternados por la rapidez y la facilidad con la
que se tumban y sirven de felpudos para las figuras de autoridad y están
decididas a cambiar.
Por cierto, algunos lectores podrían estar interesados
en saber que las citas que he presentado de las conferencias de Nathaniel
Branden sobre el objetivismo - las conferencias NBI creadas a finales de 1950 y
comienzos de 1960 - fueron tomadas de otro libro recientemente publicado, The Vision of
Ayn Rand: The Basic Principles of Objectivism por Nathaniel Branden, publicado
por Cobden Press, uno de los editores pequeños y dignos por el cual la
tradición libertaria ha sido bien atendida una y otra vez durante el último
siglo y cuarto. Esta primera edición impresa de las conferencias NBI de Branden
(una de las obras más influyentes en la historia del movimiento libertario
moderno) será de inmenso valor para cualquier persona interesada en la historia
del libertarismo.
Jeff
Riggenbach es periodista, autor, editor, locutor y educador. Miembro de la
Organización de Historiadores Americanos, ha escrito para periódicos como The New York Times, USA Today, Los Angeles Times
y San Francisco Chronicle; para
revistas como Reason, Inquiry y Liberty y sitios web como LewRockwell.com, AntiWar.com y
RationalReview.com. Aprovechando sus cualidades vocales empleadas en radio
clásica y de noticias de Los Ángeles, San Francisco y Houston, Riggenbach
también ha narrado las versiones en audiolibros de numerosas obras libertarias,
muchas disponibles en Mises Media.
Este
artículo está transcrito del podcast
Libertarian Tradition.