Por
Jeff Riggenbach. (Publicado el 18 de febrero de 2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5040.
[Este artículo está transcrito del podcast Libertarian Tradition]
Lo
admito: estaba esperando la publicación del nuevo libro de Thaddeus Russell, A Renegade History of the United States.
Después de todo, Russell venía muy bien recomendado nada menos que por una
autoridad como nuestro propio Tom Woods, que escribía en la una columna para
LewRockwell.com en marzo del pasado año que “Thaddeus Russell es un
historiador progresista que simpatiza con los libertarios y con el que yo mismo
he tenido alguna correspondencia valiosa”. Cuando apareció A Renegade History of the United States de Russell el pasado
septiembre, Tom le escribió una nota que aparece tanto en la página web de Russell como en la de
Amazon para este libro:
Thaddeus
Russell Se ha liberado de las prisiones ideológicas de la izquierda y la
derecha para darnos una historia real, de carne y hueso, de Estados Unidos,
llena de historias no contadas y e héroes improbables. No hay aquí incienso
sobre presonajes sagrados en Washington. Este maravilloso libro sigue las
mejores tradiciones estadounidenses de iconoclastia y (lo que es lo mismo) de
contar la verdad.
Es
una alabanza bastante grande, como dije. No sorprende, por tanto, que esperara
a poner mis manos en un ejemplar de la Renegade
History de Russell. Y cuando lo hice por fin, encontré que, en general,
justificaba el encomio de Tom Woods. Parece, por ejemplo, que Thaddeus Russell sí “simpatiza con los libertarios”.
Realmente, esto se me hizo muy evidente incluso antes de haber puesto mis manos
en un ejmplear de su nuevo libro. A mediados de octubre, en un artículo el Huffington
Post, Russell reconocía que la gente que le había ayudado a llegar a
las conclusiones que expresaba en su libro era
una
mezcla inusual de influencias, incluyendo los hippies y otros radicales
culturales que encontré en mis primeros años, las culturas negra y gay que me
mostraron cómo salir de las limitaciones autoimpuestas de ser blanco y
heterosexual y los libertarios que me hicieron cuestionarme el compromiso con
la libertad de la izquierda en la que había nacido.
Russell
también dice cosas tan amables acerca del mercado que casi te deja sin aliento
recordar que (en principio) es un historiador “progresista” el que está
poniendo estas palabras sobre la hoja. Escribe, por ejemplo, que
hoy, a
muchos en el bando conservador del espectro político les gusta hacer de los
fundadores defensores de una economía de libre mercado, mientras que muchos en
la izquierda firman que sencillamente eran las herramientas de la clases
mercantil en ascenso. Ninguno de ambos bandos entiende que la economía de
mercado ha sido siempre amiga de renegados y enemiga de los guardianes de la
moral.
En
la visión revisionista de Russell de la historia estadounidense hay “una
perdurable guerra civil” entre estas dos facciones, los “renegados” y los
“guardianes de la moral”, a quienes
también llama “disciplinarios”. Pero me parece que para entender correctamente
lo que representan estas facciones y de dónde venían (cómo llegaron a ser lo
que son) tienes que entender algunos hechos básicos del establecimiento de la
colonias británicas en Norteamérica. Russell no se ocupa de estos hechos, así
que me adelantaré aquí y esquematizaré yo los puntos esenciales, volviendo
después a hablar acerca del uso que hace Russell de este material básico.
Dos tipos principales de gente partieron de
Europa para vivir en Norteamérica en los siglos XVI, XVII y XVIII:
individualistas que buscaban libertad ante la interferencia política a la que estaban
acostumbrados en Europa y celotes religiosos que buscaban crear y mantener una
teocracia puritana en estas orillas sin la interferencia de las mismas
autoridades políticas europeas que interferían con los individualistas. Algunos
colonos querían una sociedad en la que pudieran imponer su propio credo a todos
los demás.
Tanto
los individualistas como los puritanos pueden reclamar legítimamente un
verdadero pedigrí para sus creencias. El individualismo y el puritanismo se
originaron en Europa, es verdad, pero allí nunca fueron bienvenidos. Se
exiliaron pronto y ganaron en su país adoptivo la popularidad que nunca
obtuvieron en otro lugar del mundo. América resultó notablemente acogedora para
ambos credos. Ambos credos prosperaron aquí y ambos pueden justamente merecer
se llamados “estadounidenses”.
Sin
embargo, son esencialmente incompatibles. En el tipo de sociedad que crearía un
individualista, una sociedad basa en la libre elección, el puritano no tendría
forma de imponer sus opiniones morales y religiosas a otros. En el tipo de
sociedad que crearía un puritano, una sociedad basada en la obligación, el
individualista se vería refrenado, obligado, proscrito, diciéndosele a cada
paso lo que debe y lo que no debe hacer. De vez en cuando, los puritanos y los
individualistas sí están de acuerdo en un asunto político concreto (por
ejemplo, la abolición de la esclavitud en los años anteriores a la Guerra de
Secesión), pero, en general, son antagonistas políticos.
Como
dijo el sociólogo Herbert
J. Gans en su estudio de 1988 del “individualismo del estadounidense medio”,
el individualismo es “en sí mismo, aunque selectivamente, antigubernamental”.
En una palabra, los individualistas son libertarios: creen en un gobierno
pequeño y severamente limitado. Los puritanos son autoritarios: creen en un
gobierno fuerte, un gobierno suficientemente poderoso como para asegurarse de
que todos sus conciudadanos son ejemplos vivientes de rectitud, lo quieran o
no.
Un
tercer grupo de personas abandonó Europa en los siglos XVI, XVII y XVIII para
establecerse en Norteamérica, pero estos colonos no huían de nada ni de nadie.
No tenían razones para hacerlo. No eran tampoco ni individualistas ni
puritanos. Tampoco abrigaban ninguna otra idea marginal que las hiciera
impopulares en sus países de origen. Estaban en la corriente dominante europea.
Buscaban, en primer lugar, establecer una cabeza de puente en este nuevo
continente a favor de la civilización europea y mantener así las cosas:
europeas.
Tenían
poco o ningún interés por las ideas y tradiciones americanas como cultura con
personalidad americana. Se consideraban ingleses, no americanos. Sus
descendientes hoy (no necesariamente sus descendientes literales, sino quienes
continúan con su forma eurocéntrica de pensar) se hacen llamar estadounidenses.
Pero abandonan su verdadera orientación cuando discuten asuntos culturales y
políticos concretos. ¿Qué hay que hacer con la sanidad o el “calentamiento
global”? lo que hacen “otras democracias
industriales” (código para Alemania, Francia, Inglaterra, Suecia, etc.), eso
debe guiarnos.
¿Te
interesa leer algo de ficción? ¿Ver una película? ¿Escuchar música? ¿Discutir
alguna idea? La única ficción que merece la pena leer, las únicas películas que
merece la pena ver, la única música que merece la pena oír, son todas de
escritores, directores, compositores europeos, excepto, por supuesto, las
igualmente dignas contribuciones los imitadores locales de estilos y escuelas
de pensamiento de Europa.
A
estos eurocéntricos no les interesa ni el individualismo ni el puritanismo.
Como se ha señalado, éstas son ideas americanas, no europeas. En Europa nunca
han conseguido el apoyo de más que una despreciada minoría. Peros los
eurocéntricos tienden en general a alinearse políticamente con los puritanos.
Después de todo, un gobierno grande y poderoso, un gobierno suficientemente grande
y poderoso como para atender a un hombre de la cuna a la tumba, alimentarle,
escolarizarle, contratarle, cuidarle cuando sea mayor, es en buena parte una
idea europea.
La cultura
estadounidense como la conocemos hoy es una amalgama de estas tres influencias.
O al menos eso parece desde donde estoy. La cultura estadounidense tal y como
la ve Thaddeus Russell parece un poco diferente. Deja a los eurocéntricos fuera
del cuadro completamente y se centra en la larga lucha entre puritanos e
individualistas. Está particularmente interesado en aquéllos entre los
individualistas que son en gran parte o completamente faltos de ideología, los
individualistas cuyo “individualismo” no se basa en su compromiso a ninguna
idea o principio en particular, sino que se basa en su lugar en su comportamiento
egoísta.
En
este aspecto, es particularmente interesante el capítulo de Russell sobre la
esclavitud. Se centra alrededor de su dato de que “una mayoría de [los 2.300] exesclavos
que realizaron una evaluación de la esclavitud [a entrevistadores del Proyecto
de Escritores Federales a mediados de la década de 1930], braceros y esclavos
domésticos, hombres y mujeres, tenían una visión positiva de la institución y
muchos deseaban abiertamente la vuelta de sus días de esclavitud”.
Tal
y como lo ve Russell, los exesclavos miraban atrás tan nostálgicamente a sus
días como enseres porque sentían que habían tenido mayor “libertad” como
esclavos de la que disfrutaron después de que la esclavitud fuera abolida. Cita
el testimonio de un antiguo esclavo que dijo al entrevistador del Proyecto de
Escritores Federales en 1937 que había trabajado más duro desde la abolición de
la esclavitud de lo que nunca trabajó en la plantación y que en la plantación sabía
que el Amo se ocuparía de él y le proporcionaría comida y ropa de abrigo y
alojamiento caliente en los meses de invierno, aunque, juntos con todos o la
mayoría de los demás esclavos, eludiera su trabajo y se hiciera el enfermo y
dedicara al placer todos los recursos que tuviera, principalmente al juego, el
alcohol y el sexo.
Como
dice el propio Russell, “muchos y posiblemente la mayoría de los exesclavos no
(…) restringían sus libertades personales, no dedicaban sus vida al trabajo, la
monogamia, la frugalidad y la disciplina”. Por el contrario “crearon una
cultura única de liberación que valoraba el placer por encima del trabajo y la
libertad por encima de la conformidad”.
En
general, es algo bueno, afirma Russell, que esta “cultura única de liberación”
empezara a extenderse de los descendientes de los antiguos esclavos a los trabajadores
manuales blancos en la década de 1960, así que “el absentismo (…) el sabotaje
en el trabajo, la insubordinación hacia directores y enlaces sindicales y otras
formas de desobediencia industrial” se fueron haciendo cada vez más comunes en
la industria estadounidense a lo largo de esos años. Russell también escribe
aprobadoramente de “los trabajadores en la planta de General Motors en Lordstown,
Ohio, que en 1972 realizaron un huelga contra sus directivos y sindicato, el
UAW”. Estos huelguistas “hablaban públicamente de cometer actos de sabotaje en
la cadena de montaje, ralentizaciones y cierres espontáneos, llegar tarde al trabajo
o no llegar y, en general, ‘holgazanear’”.
Bueno,
como solía decir Steve Martin, perdoooooóneme. Pero no considero las violaciones unilaterales
de obligaciones contractuales que acuerdas voluntariamente antes como
expresiones de “individualismo”. No creo que poner en peligro las vidas de
consumidores inconscientes e inocentes porque no me guste mi trabajo sea algo
aceptable y mucho menos razonable.
Por
otro lado, recuerdo el furor sobre la obra libertaria ahora clásica de Walter
Block, Defending
the Undefendable, cuando apreció por primera vez en la década de 1970. Más
de un libertario en aquel entonces dijo, en efecto: “Bueno, por supuesto,
Walter tiene razón en que esa gente no está violándolos derechos de nadie y no
debería ser los cabezas de turco, pero eso no les hace ‘héroes’, ¿verdad? ¿El
que ensucia lugares públicos es un ‘héroe’? ¡Venga ya!”
Recuerdo
pensar en ese momento lo que sigo pensando ahora, más de 30 años después: que
el libro de Walter estaba escrito en tono ligero, en un coherente tono ligero;
estaba ilustrado con divertidos dibujos de un humorista político de la época.
Al lector se le invitaba abiertamente a evaluar las consideraciones de Walter
sobre gente como lo que ensucian lugares públicos y a los proxenetas como “héroes”
como un ejercicio abierto y no apologético de hipérbole (el uso deliberado de
la exageración, incluso de la exageración hasta el absurdo, para destacar una
idea, un punto, un argumento. Sabías todo el rato que Walter hablaba solo medio
en serio al llamar a esta gente “héroes”.
Con
Thaddeus Russell no ves nada de esto. Por lo que sabemos, este tipo es perfectamente
serio al usar términos como “individualismo” y “libertad” para describir la
vida de esponjas que están apoyados por otro y que deliberadamente ofrecen en
servició menor y más chapucero con el que puedan salir del paso a cambio de ese
apoyo.
Por otro
lado, hay mucho más en el nuevo libro de Thaddeus Russell que solo esto. Hace
un buen alegato de que la mayoría (a veces, tal vez todos) los Fundadores eran
disciplinarios, buscan cómo regular y controlar la vida de la gente ordinaria
en la nueva República, por si dedicaban su tiempo y dinero a cosas como el
vino, las mujeres, las canciones y el juego (cosas que los Fundadores no
aprobaban). Ofrece lo que puede ser el mejor sumario de las principales ideas y
acontecimientos de la Guerra de Independencia que ya haya visto nunca: seis
páginas llenas de información relevante y reveladora.
También
incluye un notable capítulo sobre el New Deal como la versión estadounidense
del fascismo, en el que escribe que
la
Segunda Guerra Mundial pareció a muchos observadores contemporáneos, y sigue
pareciendo a muchos historiadores, como
una prueba de una antagonismo esencial entre el fascismo y el modo de vida
estadounidense. Muchos han visto a la guerra como una evidencia de que, en
particular, el modo de vida liberal del New Deal era hostil al fascismo. Después
de todo, mientras que muchos republicanos y enemigos del New Deal se oponían a
luchar contra el fascismo en el exterior, Roosevelt lideró a la nación contra
Alemania, Italia y Japón. Más de
cuatrocientos mil estadounidenses murieron en la batalla y la administración
Roosevelt se aseguró no solo de derrotar a los regímenes fascistas, sino de
arrasarlos. Pero la evidencia de sus similitudes sugiere que el New Deal y el
fascismo fueron a la guerra, no por ideas o valores o por un modo de vida. Más
bien parece que la guerra fue una lucha entre hermanos por controlar la familia
mundial.
Luego
está el excelente capítulo de Russell sobre la extendida falta de apoyo a la
implicación estadounidense en la Segunda Guerra Mundial por quienes se esperaba
que lucharan. Y sus series de capítulos informativos sobre grupos minoritarios
de Estados Unidos (irlandeses, judíos, italianos) y las formas en que cada uno
de estos grupos cambió gradualmente de tener una reputación poco menos que
subhumana a ser aceptados completamente como estadounidenses completamente humanos
y blancos. Tuvieron mucho quehacer, como creo que ustedes habrán adivinado,
para convencer a la gente de que los miembros del grupo habían abandonado su
hedonismo y libertinaje y entrado dentro de los límites del liderazgo puritano.
No
me entiendan mal. No me interesan los puritanos. Estoy de acuerdo con H.L. Mencken en que los puritanos son
gente plagada de “el miedo inquietante de que alguien, en algún lugar, podría
ser feliz”. Pero también estoy de acuerdo con Gustave Flaubert, el
gran enemigo de la burguesía puritana, el hombre que dijo: “Qué horrible
invención, el burgués ¿no cree?”
Flaubert
consideraba axiomático que “el odio al burgués es el inicio de la sabiduría”.
Creía que “todo el sueño de la democracia es ascender al proletario al nivel de
la estupidez burguesa”. Pero también aconsejaba a un joven bohemio al que
conocía: “sé regular y ordenado en su vida, como un burgués, de forma que puedas
ser violento y original en tu trabajo”. Flaubert sabía en la década de 1870 que
lo que Thaddeus Russell llama la subcultura “renegada” era contrario al éxito a largo plazo de
quienes la practicaban.
Thomas
Sowell, en su valioso ensayo “Black Rednecks and White Liberals”, publicado hace justamente seis años, la llama una “subcultura
contraproducente, peligrosa y autodestructiva”. Incluso Thaddeus Russell reconoce que
si los
héroes de este libro tomaran control de la sociedad, sería un infierno. Nadie
estaría a salvo en las calles, reinaría el caos y la basura nunca se recogería.
(…) De lo que se trata aquí no es de que la gente “mala” deba reemplazar a los
disciplinarios, sino de que en la historia de Estados Unidos, las luchas entre
ambos han determinado la amplitud de la libertad personal. No me ocupo de otras
partes del mundo, donde a veces los renegados han superado a los guardianes del
orden, pero en este país cuanta más gente “mala” exista, resista y gane, más
libertad se extenderá.
El
nuevo libro de Thaddeus Russell es A Renegade History of the United States. Lo recomiendo vivamente.
Jeff
Riggenbach es periodista, autor, editor, locutor y educador. Miembro de la
Organización de Historiadores Americanos, ha escrito para periódicos como The New York Times, USA Today, Los Angeles Times
y San Francisco Chronicle; para
revistas como Reason, Inquiry y Liberty y sitios web como LewRockwell.com, AntiWar.com y
RationalReview.com. Aprovechando sus cualidades vocales empleadas en radio
clásica y de noticias de Los Ángeles, San Francisco y Houston, Riggenbach
también ha narrado las versiones en audiolibros de numerosas obras libertarias,
muchas disponibles en Mises Media.
Este
artículo está transcrito del podcast
Libertarian Tradition.