Por Richard Cantillon. (Publicado el 21 de octubre de
2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5612.
[Ensayo sobre la
naturaleza del comercio en general]
El trabajo del labrador es de menos valor que el del artesano
Resumen: El
coste de oportunidad de convertirse en un trabajador cualificado incluye tanto
los gastos directos como el trabajo perdido durante el periodo de formación o
aprendizaje. Por consiguiente, a los trabajadores cualificados debe pagárseles
mayores salarios que a los no cualificados.
El hijo
de un trabajador, de los 7 a los 12 años, empieza a ayudar a su padre a
trabajar ya sea cuidando su ganado, cavando la tierra u otros tipos de trabajo
rural que no requieren ninguna arte o habilidad.
Si su
padre le ha enseñado un oficio, pierde su ayuda durante el tiempo de su
aprendizaje y se ve obligado a vestirle y pagarle los gastos de éste durante
muchos años. El hijo depende así de su
padre y su trabajo no proporciona ninguna ventaja durante varios años. La vida
[laboral] del hombre se estima en solo 10 o 12 años y como se pierden varios en
aprender un oficio, un labrador nunca estaría dispuesto a que se le enseñara a
su hijo si los artesanos no ganaran más que un labrador.
Por
tanto, quienes den empleo a artesanos o profesionales deben pagar por su
trabajo a un tipo más alto que el de un labrador o un trabajador común. Su
trabajo será necesariamente caro en proporción al tiempo perdido en aprender el
oficio y el coste y riesgo incurrido en convertirse en experto.
Los
propios profesionales no hacen que todos sus hijos aprendan su propio oficio:
habría demasiados para las necesidades de una ciudad o un estado y muchos no
encontrarían suficiente trabajo. Sin embargo, el trabajo está naturalmente
mejor pagado que el de los labradores.
Algunos artesanos ganan más, otros menos, de acuerdo con los distintos
casos y circunstancias
Resumen:
Además de la formación y las fuerzas de la oferta y la demanda, los
trabajadores con mayores habilidades cualitativas, trabajos más arriesgados o
trabajos que requieran empleados de mayor confianza recibirán salarios más
altos. Esto se conoce como la teoría de los diferenciales compensadores que se
atribuye a menudo a Adam Smith.
Si dos
sastres hacen toda la ropa de una villa, uno puede tener más clientes que el
otro, ya sea por su forma de atraer clientes, porque sus productos sean mejores
o más duraderos que los del otro o porque sigue mejor la moda en el estilo de
su ropa.
Si muere
uno, el otro, al encontrarse con más trabajo, será capaz de aumentar el precio
de trabajo, realizando las cosas de algunos con preferencia a los otros, hasta
que los habitantes de la villa encuentren que les compensa hacer que les hagan
sus ropas en otra villa, pueblo o ciudad, perdiendo el tiempo de ir y volver, o
hasta que otro sastre venga a vivir a su villa y comparta el negocio.
Los
trabajos que requieran la mayor cantidad de formación o el mayor ingenio e
industria deben ser necesariamente los mejor pagados. Un ebanista habilidoso
debe recibir un precio mayor por su trabajo que un carpintero ordinario y un
buen relojero más que un herrero.
Las artes
y ocupaciones que están acompañadas de riesgos y peligros, como las de los trabajadores
de la fundición, marinos, mineros de plata, etc., tendrían que pagarse en
proporción a los riesgos. Cuando se necesita habilidad además de los peligros,
tendría que pagárseles más aún, como a los pilotos de navíos, buzos,
ingenieros, etc. Cuando se necesitan capacidad y confianza, los trabajos se
pagan aún más alto, como en el caso de joyeros, contables, cajeros y otros.
Con estos
ejemplos y cientos más que podríamos obtener de la experiencia ordinaria, se ve
fácilmente que las diferencias en los precios pagados por la mano de obra se
basan en razones naturales y evidentes.
El número de trabajadores, artesanos y otros, que traban en un estado, es
naturalmente proporcional a su demanda
Resumen: La
oferta de trabajadores se ajusta por sí misma a la demanda de trabajo, en todas
las profesiones, a través de los niveles salariales, la emigración y los
cambios en la población. La prosperidad no puede crearse subvencionando la
formación laboral.
Si todos
los trabajadores del campo en una villa dedicaran varios hijos al mismo
trabajo, pronto habría demasiados trabajadores del campo para cultivar las
tierras de la villa y el exceso de adultos tendría que irse para ganarse la
vida en otro lugar, cosa que generalmente consiguen en las ciudades. Si algunos
permanecen con sus padres (ya que no todos encontrarán suficiente empleo)
vivirán en una gran pobreza y no se casarán por falta de medios para criar
niños. Si se casan, sus hijos morirán pronto por hambre, con sus padres, como
vemos a diario en Francia.
Por tanto,
si la villa continúa con el mismo patrón de empleo y se gana la vida cultivando
la misma área de terreno, su población no aumentará ni en un millón de años.
Es verdad
que las mujeres y niñas de esta villa, cuando no están trabajando en los
campos, pueden ocuparse en hilar, tejer u otros trabajos que pueden venderse en
las ciudades. Sin embargo, raramente es bastante para sostener a los niños
extra, que abandonan la villa para buscar fortuna en otro lugar.
Lo mismo
puede decirse de los artesanos de una villa. Si un sastre hace todas las ropas
de los habitantes y luego cría a tres hijos en el mismo trabajo, solo habrá
trabajo para un sucesor y los otros dos deben buscar ganarse la vida en otro
lugar. Si no encuentran trabajo en el pueblo vecino, deben trasladarse más
lejos o cambiar sus ocupaciones y ganarse la vida convirtiéndose en sirvientes,
soldados, marinos, etc.
Por el
mismo proceso de razonamiento, es fácil concebir que trabajadores, artesanos y
otros, que se ganan la vida trabajando, deben proporcionarse en número al
empleo y la demanda de ellos en pueblos y ciudades con mercado.
Si bastan
cuatro sastres para hacer todas las ropas de un pueblo y llega un quinto, puede
encontrar algún trabajo a costa de los otros cuatro. Por tanto, si el trabajo
se divide entre los cinco sastres, ninguno de ellos tendrá trabajo suficiente y
cada uno vivirá más pobremente.
Ocurre a
menudo que trabajadores y artesanos no tienen suficiente empleo cuando son
demasiados para repartirse el negocio. También ocurre que puedan verse privados
de trabajo por accidentes y variaciones en la demanda o que se vean
sobrecargados de trabajo, según las circunstancias. Sea como sea, cuando no
tienen trabajo, abandonan las villas, pueblos o ciudades donde viven y tal
número y quienes se quedan son siempre proporcionales al empleo que basta para
mantenerlos. Cuando hay un aumento continuo del trabajo, hay ganancias a
obtener y otros vendrán a repartirse el negocio.
Por esto,
es fácil entender que las escuelas de caridad en Inglaterra y las propuestas en
Francia de aumentar el número de artesanos son inútiles. Si el rey de Francia
mandara 100.000 de sus súbditos, a su costa, a Holanda a aprender marinería no
valdría de nada cuando volvieran si no se hicieran a la mar más navíos que
antes. Es verdad que sería muy ventajoso para un estado enseñar a sus súbditos
a producir los bienes manufacturados que normalmente se traen del extranjero y
todos los demás artículos que se compran aquí, pero ahora solo estoy
considerando un estado en relación consigo mismo.
Al ganar
los artesanos más que los trabajadores, son más capaces de formar a sus hijos
en profesiones y nunca habrá una falta de artesanos en un estado en el que haya
suficiente trabajo para su empleo constante.
Richard
Cantillon (1680-1734) fue el padre de la economía moderna. Murray Rothard le
calificó de “uno de los caracteres más fascinantes en la historia del
pensamiento económico o social” y le describió como “un mercader, banquero y
aventurero irlandés afrancesado que escribió el primer tratado de economía más
de cuatro décadas antes de la publicación de La riqueza de las naciones”. Cantillon se convirtió en millonario
invirtiendo en la “Compañía del Mississippi” de John Law y prediciendo el
estallido de la tristemente célebre burbuja del Mississippi. Se mudó a
Inglaterra, donde murió en un incendio, supuestamente provocado por un cocinero
al que despidió,