Por Gerard N. Casey. (Publicado el 3
de diciembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4845.
Dada la explicación habitual de los
orígenes de la economía, la afirmación de la escolástica realizó una importante
contribución a la teoría económica puede parecer algo sorprendente, incluso
perverso.
Muchas historias de la economía,
especialmente si son anglófonas, ubican los inicios de la economía en La riqueza de las naciones de Adama
Smith, junto con las obras de David Ricardo y los Mills, James y John Stuart.
Otros, más ecuménicos históricamente y menos insulares británicos podrían
fijarse en los mercantilistas
de una edad anterior como protoeconomistas; otras más incluiría al
franco-irlandés Richard
Cantillon y los fisiócratas entre
los originadores de la economía. Aunque los nombres de los fundadores y
contribuidores significativos pueden diferir de una lista a otra, la sugerencia
de que haya algo de valor para la teoría económica que pueda encontrarse en las
especulaciones de los filósofos escolásticos probablemente invite al
escepticismo.
Podemos considerar como escéptico
ejemplar al historiador económico Mark Blaug, que considera que el tratamiento
de la economía escolástica de su compañero historiador económico (en su
monumental Historia del análisis
económico) es “excesivamente laudatorio” y
que a ella dedica solo 3 páginas de las más de 700 de su propio volumen
monumental. Blaug concluye: “Por tanto, uno puede dudar de si los recientes
trabajos sobre economía escolástica requerían una revisión de la historia del
pensamiento económico anterior a Adam Smith”.
Otro escéptico, George Reisman,
concede que “tuvo lugar alguna explicación de asuntos económicos entre los
filósofos escolásticos en la Edad Media” pero juzga que “evaluaban la actividad
económica en buena parte desde la perspectiva hostil de la iglesia católica
romana y (…) por tanto, denunciaban como injustas actividades económicas
perfectamente normales como cobrar intereses en los préstamos, la especulación
y, de hecho, incluso el mero cambio de precios”. Concluye categóricamente que
“la escolástica no contribuyó en nada a una buena economía”.
Aunque creo que Blaug y Reisman se
equivocan seriamente en sus estimaciones de la contribución de la escolástica a
la economía, es sin embargo cierto que
la economía ocupaba una posición subordinada en la escolástica, derivada de sus
reflexiones sobre la ética y el derecho;
por ejemplo, las reflexiones económicas de San Antonino se encuentran en su Summa moralis. De Roover señala que “uno
no debería sorprenderse de encontrar a la economía explicada en una obra de
este tipo, ya que no se había reconocido aún como disciplina independiente sino
que estaba aún ligada a la teología moral o la filosofía. Esto seguía siendo
verdad en el siglo XVIII. ¿No era Adam Smith profesor de ‘filosofía moral’?”
Marjorie Grice-Hutchinson señala
que
antes del auge de mercantilismo en el
siglo XVI, cuando nació la “economía política” como sujeto independiente de
estudio, el análisis económico solo existía como un subproducto de la
investigación legal, teológica y filosófica. Estaba casi completamente centrado
en las “escuelas”, como se llamaba a las recién fundadas universidades. (…)
Dicho análisis que realizaban [los doctores] se desarrollaba generalmente en
comentarios sobre Aristóteles o Santo Tomás o en el examen de (…) contratos.
(…) Este método llevó a una teoría hecha de retazos.
Por suerte, no todos los
investigadores están de acuerdo con los juicios negativos de Reisman y Blaug
antes reseñados. Gloria Zuniga escribe:
El legado económico de los
escolásticos (…) se pensaba que era una idea tonta del justiprecio y una
obsesión por la usura. Esto (…) es anticuado y erróneo (…) el desarrollo del
pensamiento económico progresó principalmente por las contribuciones de los
escolásticos.
Otros, como Raymond De Roover,
estarían de acuerdo con el juicio de Zuniga sobre las contribuciones positivas
de los escolásticos a la economía pero menos inclinado que ésta a considerar la
visión negativa como totalmente falta de fundamento: Como decía De Roover, “los
escolásticos (…) dedicaron tanto espacio a este tema [la usura] y
sobrevaloraron tanto un problema en detrimento de otros, que crearon la
impresión de estar privados de un sentido del equilibrio”.
Sin querer caer en la visión
anticuada y errónea apuntada por Zuniga, examinaré el tratamiento escolástico
de (1) la usura; (2) utilidad, valor y precio y (3) el intercambio, no porque
fueran en modo alguno las únicas materias que explicaran (otros temas tratados
incluirían propiedad, impuestos, dinero y banca) sino porque ilustran muy
claramente tanto las fortalezas como las debilidades de la aproximación
escolástica a la economía y los aspectos significativos en que contribuyeron de
forma duradera a la teoría económica.
Usura
Si a los escolásticos se les asocia
en la mente popular con la idea de usura, es en buena medida porque luchaban en
su articulación de este concepto por reconciliar las escrituras, los filósofos
(en particular el
Filósofo) y la razón. El problema básico proviene aquí de lo que parece ser
una prohibición en la Escritura del cobro de intereses sobre un préstamo (ver Deuteronomio 23:20).
Algunos interpretaban esto como que suponía una prohibición completa; otros lo
interpretaban como la prohibición de cobrar un interés excesivo. Después de
alguna incertidumbre en la práctica, el papa Clemente V en el Concilio de Viena
condenó absolutamente la usura. Grice-Hutchinson apunta:
La prohibición mosaica de la usura
presentaba, por tanto, el mismo dilema a los miembros de las tres comunidades
religiosas de la España medieval. ¿Debería observarse el tabú en su pureza
original o soslayarse para ajustarse a los hechos de los negocios? Judíos,
musulmanes y cristianos eligieron a su vez la segunda opción, pero, en cada
caso, solo después de una lucha tenaz de siglos.
Hoy se considera a la usura como el
cobro de tipos de interés excesivos en los préstamos. Es importante darse
cuenta de que no es lo que querían
decir los escolásticos con este término. Para ellos, usura era cobrar cualquier
cantidad, grande o pequeña, sobre el principal. No solo no importaba la
cantidad del extra cobrado, no importaba para qué fuera el préstamo, ni a quién
se había hecho ni las circunstancias del prestamista o del prestatario.
Sin embargo, es igualmente
importante entender que la usura estaba asociada solo a los préstamos y
no a cualquier otro tipo de contrato (usura
solum in mutuo cadit). A su vez, un préstamo era un contrato cuyo objeto
eran bienes fungibles (como grano, vino o dinero) cuyo uso era inseparable de
su sustancia. La cantidad x de grano
prestada por A a B requería la devolución, de B a A, de una cantidad igual de
grano (ni más, ni menos).
La suposición general s que esos
fungibles son consumidor por el prestatario y no producen ningún aumento en la
riqueza. El apoyo filosófico a esta postura parece venir de Aristóteles, que
consideraba que el dinero no tiene ningún valor intrínseco, no genera ninguna
utilidad en sí mismo y es meramente producto de una convención humana. Si el
dinero no tiene ningún valor intrínseco, entonces un prestamista de éste no
pierde nada dándoselo temporalmente a otro. Si recibe a cambio exactamente lo
que dio, parecería haber una igualdad absoluta.
Por supuesto, el dinero, en un
sentido evidente, es absolutamente estéril. Si se deja en un cajón o, como el
caso de la parábola del evangelio de San Mateo, se entierra en el suelo, no
produce ningún rendimiento. Sin embargo, los familiarizados con la parábola de
los talentos deberían haber apreciado que se esperaba que los receptores de los
talentos no devolvieran solo éstos como se les dieron, sino asimismo un aumento
y no solo un aumento mediante el comercio (como hicieron los dos primeros
servidores), sino, como indica explícitamente la parábola, incluso del interés:
Debías, pues, haber entregado mi
dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los
intereses.
Lo que se olvida al considerar al
dinero como estéril es la comprensión del dinero como capital o, mejor aún,
como productor de capital que luego se emplea para generar un aumento en la
riqueza real. Los escolásticos parecen ser, en el mejor de los casos, ambiguos
en este aspecto.
Por supuesto no hace falta
reflexionar mucho para ver que la doctrina aristotélica de que un prestamista
no pierde nada al realizar un préstamo no resiste un análisis y, en realidad,
los escolásticos llegaron a reconocer ciertas excepciones a la prohibición
universal de la usura. Dentro del contexto de un préstamo adecuado,
consideraban y en muchos casos aceptaban los escolásticos los llamados títulos
extrínsecos no implícitos en el préstamo como tal, que podrían justificar un
rendimiento monetario (poena detentiori,
damnum emergens y lucrum cessans).
Poena
detentiori derivaba del retraso en la devolución del préstamo, un
reconocimiento implícito de la noción de la preferencia temporal; damnum emergens era un forma de
recompensa para indemnizar al prestamista por las pérdidas en las que
incurriera a causa del préstamo y lucrum
cessans era la consideración debida al prestamista a causa de las
oportunidades que había perdido debido a conceder el préstamo y también encarna
una apreciación de la preferencia temporal. Blaug comenta acerca del damnum emergens y el lucrum cessans, señalando del último que
“debe limitarse como idea analítica genuina”.
Aunque no todos los escolásticos
reconocieron el fenómeno de la preferencia temporal, el defensor de Santo
Tomás, el dominicano Giles de Lessines lo hizo claramente en 1285, señalando
que
los bienes futuros no se valoran
tanto como los mismos bienes disponibles en un momento inmediato en el tiempo,
ni permiten a sus propietarios alcanzar la misma utilidad. Por esta razón, debe
considerarse que tienen un valor más reducido de acuerdo con la justicia.
Incluso entre quienes no tenían la
agudeza de Giles, el lucrum cessans
puede considerarse como una apreciación embrionaria del hecho de que al prestar
dinero, un prestamista siempre pierde el uso de ese dinero ahora y lo recupera
solo en algún momento futuro. Intuitivamente apreciamos que mermelada hoy es
mejor que mermelada mañana. Como uno puede ver inmediatamente, puede haber muy
pocos préstamos (tal vez ninguno) en los que no haya riesgo y no hay préstamos
que no impliquen un coste de oportunidad, así que las excepciones se estiran en
la práctica hasta cubrir todos los
préstamos con la consecuencia de que se elimina la prohibición universal.
Al final, se observaba la letra de
la ley, pero a medida que se desarrollaba la vida comercial en la cristiandad
con un requisito creciente correspondiente de financiación deudora, aparecieron
formas complicadas de eludir las restricciones, como el contractum trinius, una especie de contrato de recompra.
Al expresarse cada vez más
claramente la teoría del valor utilidad en los precios de los bienes, apareció
la oportunidad de aplicarla al precio del dinero en un contexto social en que
la banca era cada vez más prevalente y necesaria. Había una tendencia a
subsumir tanto bienes como dinero bajo una teoría unitaria del valor. Cayetano
defendía la práctica de la banca por ser tanto útil como honorable. Además,
reconocía la aplicabilidad de la preferencia temporal al dinero (el dinero
ausente siempre vale menos que el dinero presente) y consideraba la idea de que
el precio del dinero podría determinarse, como cualquier otro bien, por las
leyes de la oferta y la demanda. También San Bernardino reconocía que “los
bienes presentes son más valiosos que los futuros, un principio que, siglos
después, invocaría Eugen von
Böhm-Bawerk (1851-1914) como justificación del interés”. A
veces se ocultaban los intereses en el descuento de los tipos de cambio. Las
operaciones de comercio exterior fueron otra forma fructífera de poder evadir
la prohibición de la usura.
Utilidad, valor y precio
Joseph Schumpeter creía que a la
teoría del valor de los escolásticos solo le faltaba la teoría de la utilidad
marginal, una teoría que se entiende en general que solo encontró expresión en
el último tercio del siglo XIX en la obra de tres pensadores independientes:
Leon Walras, Stanley Jevons y Carl Menger. Otros investigadores no están
convencidos de que los escolásticos realmente no conocieran la teoría de la
utilidad marginal. Blaug, a pesar de la brevedad de su trtamiento de la
economía escolástica, concede que “los doctores sí desarrollaron una doctrina del
valor de la utilidad-cum-escasez”.
Advierte que el comentario de
Aquino en el quinto libro de la Ética a
Nicómaco “llevó a la opinión de que los escolásticos tuvieron un teoría del
valor trabajo, ignorando la insistencia de Aquino en que todos los bienes se
valoran solo en relación con los deseos humanos. Las economías escolásticas
basaban el valor directamente en la satisfacción de deseos y, en su versión
posterior, relacionaban la utilidad con la escasez relativa de un bien”.
Sin embargo, R.H. Tawney afirmaba que no solo los escolásticos no descubrieron
ni propusieron la teoría del valor utilidad sino que, como dijo en un famoso
pasaje “el verdadero descendiente de las doctrinas de Aquino es la teoría del
valor trabajo. El último de los escolásticos es Karl Marx”.
De Roover comenta:
Los economistas pueden estar
consternados por el incómodo pensamiento de que dos santos desdentados,
escuálidos y ascéticos deberían tal vez considerarse como los originadores de
la teoría de la utilidd. Por muy increíble que pueda parecer, ése parece haber
sido el caso. San Bernardino y San Antonino desarrollaron una teoría del valor
basada en la escasez y la utilidad, tanto objetiva como subjetiva.
Aunque los escritos de Santo Tomás
no están libres de ambigüedades, una lectura razonablemente no forzada mostrará
que, considerando todo, no apoya (como apunta claramente Blaug) la teoría del
valor trabajo. De hecho, De Roover se refiere a dos pasajes clave en las obras
de Santo Tomás para sustanciar su afirmación de que los escolásticos
mantuvieron una teoría de la utilidad: “El precio de las cosas vendibles no
depende de su grado de naturaleza, ya que a veces un acaballo alcanza un precio
más alto que un esclavo, sino que depende de su utilidad para el hombre”.
El segundo pasaje (uno de mis favoritos) viene del comentario de Aquino a la Ética a Nicómaco. La idea es poco más o
menos la misma, aunque las palabras son algo diferentes.
Pero este patrón que verdaderamente
mide todas las cosas es la demanda. Esto incluye todas las cosas
intercambiables en tanto en cuanto todo tiene una referencia a la necesidad
humana. Los artículos no se valoran de acuerdo con la dignidad de su
naturaleza, o de otra forma un ratón, un animal dotado de sentidos, sería de
mayor valor que una perla, una cosa sin vida. Pero tienen un precio acorde con
lo que diga el hombre que los necesite para su propio uso.
Estos pasajes muestran que el valor
depende de la utilidad o la capacidad de satisfacer deseos humanos.
No solo descubrieron los
escolásticos el concepto de valor como utilidad, sino que San Bernardino,
siguiendo a Santo Tomás llegó a distinguir entre lo que podríamos llamar
utilidad objetiva y subjetiva.
La utilidad objetiva (virtuositas) es
el carácter que tiene un bien de ser capaz de satisfacer deseos humanos. La
carne o las patatas, por ejemplo, tienen una utilidad objetiva en lo que se
refiere a satisfacer las necesidades humanas de nutrición y las piedrecillas y
los CD no. La utilidad subjetiva (complacibilitas)
es el atractivo que tiene un bien para un individuo concreto en circunstancias
concretas. Los dos tipos de utilidad pueden coordinarse, por ejemplo, de forma
que toda la ropa sea más o menos objetivamente útil para protegerme de los
elementos, mantenerme caliente, servir los intereses de la decencia, etc. Sin
embargo, elijo la ropa que elijo porque, dada su utilidad objetiva, responde a
mis necesidades, deseos e intereses subjetivos y particulares. No solo puede
que los dos tipos de utilidad se coordinen sino que, dada la capacidad humana
para el error, es bastante posible que las dos utilidades se desconecten.
¿Cuál es entonces la relación entre
utilidad y precio? Los escolásticos, en general, estaban de acuerdo en que el
precio justo de un artículo lo establecía la estimación común de los
participantes en el mercado. De Roover advierte:
Los escolásticos posteriores (…)
hacían una distinción entre el precio natural (que para ellos significaba el
precio del mercado) y el precio legal, pero esta doctrina no se encuentra aún
en San Bernardino que seguía destacando que el precio justo se determina “por
estimación común”.
Sobre el tema del “precio justo”,
Blaug remarca que
no hay ninguna traza en la literatura
escolástica de un precio justo que se corresponda con el coste de producción
determinado por el estatus social del productor. (…) [Los escolásticos] a veces
prestaban mucha atención a lo que constituía un precio justo, pero normalmente
lo identificaban con el precio actual del mercado, el precio dado a un
individuo al que éste normalmente no puede afectar.
El maestro de Aquino, San Alberto
Magno, en común con la mayoría de los escolásticos, sostenía que el precio
justo se determinaba por la estimación de los participantes del mercado en el
punto de venta. Sin embargo, de acuerdo con Grice-Hutchinson, también parece haber
mantenido algo que se acercaba a una teoría del valor trabajo, si consideramos
que “las artes estarían condenadas a la destrucción si el productor no
percibiera un precio que cubriera sus gastos” y deducía de Aristóteles el
principio de que la justicia conmutativa requería que en un intercambio los
bienes intercambiados deben ser absolutamente iguales.
Respecto de sus supuesto
mantenimiento de una teoría del valor trabajo, no puedo ver que el pasaje
citado comprometa a San Alberto con algo así. En el mejor de los casos, indica
lo que es de sentido común que, en general, un productor no puede permanecer en
los negocios salvo que los ingresos excedan a los gastos. No hay discusión. sigue
valiendo Pero el argumento básico para la utilidad, que es que si x es el precio por debajo del cual no
estás dispuesto a vender (y x está
determinado por tus costes de producción), no habrá venta salvo que (a) un
comprador esté dispuesto a ofrecer x
más algo o (b) cambies de idea estés dispuesto a aceptar x menos algo, es decir, vendas a pérdida.
Santo Tomás no ofrece un definición
explícita de un precio justo sino que los casos que considera sugieren que
creía que el precio estaba relacionado con la oferta.
Luis de la Calle estaba de acuerdo, negando la explicación del coste de
producción dada por Escoto:
Quienes miden el precio justo por el
trabajo, costes y peligros incurridos por la persona que trata la mercadería
tienen un gran error. El precio justo no se encuentra contando el coste sino
por estimación común.
Schumpeter advierte que
los escolásticos tardíos
identificaban su precio justo, no como parecen haber hecho Aristóteles y
también Juan Escoto, con el precio normal
en competencia (communis estimatio fori
o pretium currens). Donde exista ese
precio, será “justo” pagarlo y aceptarlo, cualquier que sean las consecuencias
para las partes que comercian: si los mercaderes, pagando y aceptando precios
del mercado, obtuvieran ganancias, sería correcto, y si sufrieran pérdidas,
sería mala suerte o una sanción por incompetencia siempre que la ganancia o pérdida resultara del funcionamiento no
intervenido del mecanismo de mercado, aunque no si resultara, por ejemplo, de
la fijación de precios por parte de la autoridad pública o de preocupaciones
monopolísticas.
Intercambio
El hombre de la calle sostiene,
irreflexivamente, que un intercambio es justo si los objetos intercambiados son
iguales. Sin embargo, una reflexión inmediata revela algunos problemas en esta
postura. ¿Qué significa en este caso igualdad? ¿Cómo puede medirse? ¿Supone alguna diferencia si nos referimos a
un intercambio de efectivo por bienes o servicios o si nos referimos al
trueque?
Veamos el trueque. Si hubiera que
hablar literalmente de igualdad, el intercambio no tendría ningún sentido. Recibes
exactamente lo que diste. Al realizar esos intercambios, los actores serían
como los isleños de leyenda que vivían robándose la colada. Ninguna persona
racional intercambiaría en estas circunstancias. Si se intercambiaran distintos
bienes uno por otro, entonces la igualdad de ambos, al no ser manifiesta, debe
ser medible de alguna manera u otra. Una manera sencilla de hacer esto dar por
supuesto que si ambas partes el intercambio están satisfechas haciéndolo, esto,
prima facie, satisface la demanda de
igualdad.
Podría argumentarse que podemos
medir el valor de las respectivas cosas intercambiadas objetivamente acudiendo
a, digamos, el trabajo que implica su producción o gastos asociados de
llevarlas al mercado. Como se mencionó antes, aunque esos factores
evidentemente van a entrar en las especulaciones de un vendedor al decidir si hacer el intercambio o no,
evidentemente son delucidables objetivamente.
En todo caso, de nuevo, esas consideraciones pueden considerarse que se
han cumplido si el comprador y el vendedor están libremente de acuerdo en el
intercambio.
Si hay dinero de por medio, de
nuevo la igualdad absoluta está fuera de discusión, hablando estrictamente. Si
el intercambio se hace y ambas partes están satisfechas, ¿qué falta? La igualdad
que tiene que descubrirse es la igual satisfacción de los intercambiantes, determinada
subjetivamente y manifestada por su voluntad de intercambio. Ahora se acepta
generalizadamente que un intercambio no tendrá salvo que cada una de las partes
esté convencida de que ganará (de forma considerada subjetivamente) en el intercambio.
Bien puede ser que una o ambas partes se equivoque en su creencia (de hecho,
bien puede suceder), pero un intercambio no tendrá lugar (suponiendo que no
haya coacción) salvo que ambas partes crean que ganarán en la transacción.
Por tanto, el elemento subjetivo en
el precio y la utilidad no parece erradicable.
Dada la parquedad de las dispersas indicaciones de Santo Tomás en
asuntos económicos, no sería sensato darle mucha importancia.
Sin embargo, lo que sostiene Aquino, en contradicción con las opiniones de su
maestro, es que un intercambio debería ser mutuamente beneficioso de forma que
cada parte estaría en mejor situación después que antes de éste.
Aquino escribe: “Pero este único patrón que verdaderamente mide todo es la
demanda. Esto incluye todos los bienes conmutables en la medida que todo tiene
una referencia a la necesidad humana”.
El problema de incluir una
referencia a las necesidades humanas es que compromete seriamente la idea del
valor intrínseco, ya que la necesidad en una persona es relativa.
Parecería, por tanto, que el valor en un intercambio se determina
subjetivamente y esto es así ya se base el intercambio en trueque o en dinero.
Podemos aceptar la conclusión de Grice-Hutchinson de que “la teoría del valor
de Santo Tomás muestra poco avance significativo sobre la de San Alberto”,
siempre que aceptemos que San Alberto no apoyaba, salvo en el sentido más
trivial, una teoría del valor trabajo.
Santo Tomás, como su maestro, mostraba una persistente disposición a
aceptar una teoría del valor trabajo (es decir, coste de producción) minimalista,
pero el principal énfasis de nuestros autores era en que el valor se
determinaba subjetivamente.
Schumpeter resume los asuntos en
discusión remarcando que entre los escolásticos apareció una
Genuina teoría subjetiva o utilitaria
dela valor o precio de intercambio de una forma que no era análoga ni a la de
Aristóteles ni a la de Santo Tomás, aunque había en ambos lo que podemos
describir como un apunte. (…) Primero, los escolásticos tardíos,
particularmente Medina, dejaron muy claro que el coste, aunque es un factor en
la determinación del valor de intercambio (o precio) no era su fuente o “causa”
lógica. Segundo, (…) Molina y Lugo (…) fueron igual de cuidadosos que Carl Menger
en apuntar que (…) la utilidad no era una propiedad de los propios bienes o
idéntica a cualquiera de sus cualidades inherentes, sino el reflejo de los usos
que los individuos (…) se proponen hacer con estos bienes y de la importancia
que atribuyen a estos usos. Tercero, (…) aunque no resuelven explícitamente la “paradoja
del valor” (…) evitaban la dificultad haciendo a su concepto de utilidad (…)
relativo a la abundancia o escasez; su utilidad no era la utilidad de los
bienes en abstracto, sino la utilidad de las cantidades de bienes disponibles o
producibles en las situaciones particulares de los individuos.
Más significativamente, Schumpeter
concluye que los elementos para una teoría de la oferta y la demanda completa
estaban todos presentes en las disquisiciones de los escolásticos y “el aparato
técnico de planificaciones y conceptos marginales que se desarrollaron durante
el siglo XIX es realmente todo lo que tuvo que añadirse a ellos”.
Conclusión
La tradición escolástica, de
principio a fin, contiene reflexiones analíticamente inteligentes sobre muchos
temas económicos principales. Esta ideas “anticiparon” posteriores
redescubrimientos. Podemos apreciar una tendencia general en la aproximación de
la escolástica, con variaciones locales, desde una postura más rigorista a una
menos rigorista, de una postura en la que se el valor intrínseco de las leyes
económicas a una posición en la que ocupan una importancia más central. Podemos
ver un ejemplo del movimiento de mayor a menor rigor en el asunto de la
determinación de los salarios. Aquino sostenía que los salarios eran, por así decirlo, (casi) el precio del
trabajo (Summa Theologiae, I-II, q.
114, a. 1, r.), mientras que San Antonino no requiere el casi, sosteniendo que el salario de un trabajador es un precio que
se determinará, como cualquier otro, por estimación común, es decir, por el
mercado.
A pesar de sus ideas, los
escolásticos estaban limitados en su desarrollo de la economía por
consideraciones de deferencia a la autoridad y por el relativamente lento
desarrollo de las condiciones externas sobre las que reflexionaban. Sin
embargo, teniendo todo en cuenta, es más verdad que mentira que los
escolásticos hicieron una contribución significativa a la teoría económica.
Gerard Casey es miembro de la Facultad
de Filosofía en el University College de Dublín. Vea su página web.
Una versión anterior de este
artículo apareció en el Yearbook of the
Irish Philosophical Society.