Por Vernon Orval Watts. (Publicado
el 5 de enero de 2010)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3994.
[Capítulo
2, Away From Freedom]
Como los keynesianos defienden
tantas formas de intervención pública en nombre del “pleno empleo”, no
sorprende encontrarlos defendiéndolas para otros fines. Si el gobierno debe
tomar las ganancias de alguien porque quiere ahorrar demasiado, ¿por qué no debería
tomarlas sencillamente porque otro las necesita o las desea? Si el gobierno
debería construir centrales eléctricas para generar empleo, ¿por qué no
ferrocarriles y acerías? Los economistas del nuevo orden solo pueden repetir
“¿Por qué no?”
Theodore Morgan dice que
“Probablemente, la mayor parte de la opinión está de acuerdo en que nuestra
propia política nacional de que el derecho de un hombre a realizar negocios no
es en sí mismo una libertad básica”. Todas las economías modernas, continúa,
son mezclas de empresas públicas y privadas y la línea apropiada de división
entre las dos solo puede fijarse mediante tiempo y experiencia, que “servirán
para corregir nuestros juicios sociales”. Esta actitud es típica de los
economistas keynesianos, así como la de muchos intelectuales que no son ni
keynesianos ni economistas.
¿Es esta actitud coherente con las
salvaguardas constitucionales de los derechos individuales y la libertad? El
tiempo es “aquellos de lo que está hecha la vida”, decía el pobre Richard.
El tiempo que se toma el gobierno en un experimento con las propiedades y
empleos de individuos nunca podrá devolverse a las vidas de aquéllos a quines
les afectan sus políticas. La revocación de una ley injusta nunca deshará las
injusticias que infligió. Eliminar los intereses creados en una actividad
gubernamental es aún más difícil que desposeer a los propietarios privados.
¿El socialismo no es una amenaza para la libertad?
Según [Paul A.] Samuelson, un
“análisis de la historia demuestra” que el grado de libertad política y civil
que puedan poseer los ciudadanos tiene poco o nada que ver con el grado de
control público de la economía. Por ejemplo, dice, “Gran Bretaña, Escandinavia
y otros países socialistas han mantenido todas las libertades civiles
familiares y libertades políticas individuales que garantiza nuestra propia
Constitución”. ¿Pero no están los derechos de propiedad entre las más
importantes de las libertades civiles que las constituciones e instituciones
representativas han de defender? ¿No necesaria es la protección de los derechos
de propiedad para dar valor y significado a la “libertad política”?
En lugar de ocuparse de estas
preguntas como tales en su explicación de los “ismos” (fascismo, comunismo y
socialismo), Samuelson se lanza a una larga sección titulada “El uso de un
sistema general de precios bajo el socialismo y el capitalismo”. En ellas, el
autor analiza “el problema de los precios en un estado planificado socialista”.
A partir de un estudio así del
socialismo, dice, “estamos en disposición de ver qué piensan los críticos
amigos y enemigos que está mal en
nuestro sistema actual” y “Conseguimos una introducción a los problemas de la
‘economía del bienestar’, es decir, al estudio de lo que se considera correcto
o erróneo respecto de cualquier sistema económico”. Así, continúa, “el
economista, como observador desinteresado, puede ayudar a iluminar cómo puede
un sistema económico generar cualquier objetivo
ético que se considere”.
Resulta que los únicos “objetivos
éticos” que considera son los de la igualdad de rentas y los “dividendos
sociales” para los necesitados.
¿Qué falta en esta imagen?
Cuando un autor utiliza el
socialismo como su patrón para juzgar el capitalismo y cuando concluye que el
capitalismo es el sistema a reformar, ¿no corre el riesgo de que los lectores
puedan pensar que considera al socialismo como el sistema ideal?
El sistema que Samuelson rechaza y
condena de plano es el laissez-faire, al atribuye varios males extendidos:
“agitamiento derrochador de recursos naturales irreemplazables”, “crisis
económicas periódicas”, “extremos de pobreza y riqueza”, “corrupción del
gobierno por grupos de intereses creados” y “demasiado a menudo (…) monopolio
de todos los consumidores [sic]”.
Aún así, cuando el mismo autor
explica la regulación pública y la propiedad en la economía “mixta”
estadounidense o de otro país, solo encuentra abusos en la libertad que puede
quedar y pocos o ningún abuso o mal en la intervención pública.
Nada, por ejemplo, de derroche
público de recursos, humanos y materiales.
Nada de la corrupción política
entre aquellos con un interés creado en el gasto y las subvenciones del
gobierno.
Nada de las restricciones e
ineficiencia de los monopolios públicos, los controles públicos de precios y
las asignaciones públicas.
Nada de las enormes pérdidas ya
infligidas a ahorradores e inversores por políticas intervencionistas, solo una
suave advertencia de posibles peligros futuros.
Nada de los fraudes y la
destrucción del carácter entre los receptores de seguridad social.
Nada del declinar en los niveles de
vida y de trabajo bajo el socialismo en Gran Bretaña o de la creciente escasez
y alto coste de capital de riesgo en la economía “mixta” estadounidense.
Nada del hecho de que el fascismo
fue una evolución de la idea keynesiana de una economía gestionada y del pleno
empleo, un intento de someter al individuo a la “conciencia colectiva” que
Samuelson establece como árbitro de nuestra propia política de gobierno.
Para juzgar la imparcialidad de un
libro o su probable efecto en la mente de un estudiante, uno debe conocer tanto
lo que el autor deja fuera como lo que incluye. En el texto de Samuelson, el
superventas entre todos los libros de texto elementales en economía, se
encuentran pocas o ninguna mención a los muchos resultados antieconómicos que
competentes economistas atribuyen a la intervención del gobierno en la economía
“mixta” estadounidense. Por el contrario, dice:
Me gustaría acabar con una nota de
profundo optimismo. La economía estadounidense está en mejor forma en los años
1950 que nunca en el pasado (…) Nuestra economía mixta (guerras aparte) tiene
un gran futuro ante sí.
Colectivismo frente a individualismo
No es solo que los autores de la
“nueva economía” ignoren en buena parte los males que algunos creemos que se
derivan de la intervención pública; no solo atribuyen las imperfecciones de la
economía mixta al capitalismo en lugar de al gubernamentalismo; sino que uno
busca en vano cualquier principio por el cual distinguir entre derecho
individual y autoridad pública,
La única guía que reconocen no es
un principio, sino las “preferencias sociales”, la “aprobación de la sociedad”,
la “correcta planificación social”, las “decisiones democráticas” o una
“conciencia colectiva”.
Nordin y Salera tipifican esta
tendencia keynesiana de ignorar las nociones de los derechos individuales
cuando apuntan despreocupadamente que gobierno “significa todos nosotros en la
comunidad”. Así que estos escritores establecen la “Sociedad” (el colectivo)
como una entidad en la que se sumerge y disuelve el individuo. En esta visión,
justicia significa lo que dicta “la conciencia colectiva”.
¿Es justo calificar a esto como
punto de vista colectivista?
Comparémoslo con la visión individualista. El individualista considera que
“sociedad” significa aquellas relaciones que entablan los individuos entre sí
al buscar satisfacer sus deseos individuales. Justicia significa protección de
la libertad, o el derecho, de cada uno a seguir su destino libre de
interferencias o expropiaciones de otros. La función del gobierno es
administrar justicia, es decir, preservar la libertad, no dictar actividades. Y
gobierno no significa ni “sociedad” ni “todos nosotros”, sino aquellas personas
nombradas para impedir que cada individuo interfiera en la libertad de otro.
Lo que es propiedad de todos, no es propiedad de nadie
Por tanto, para el individualista
hay una seria mentira en la declaración del Profesor Samuelson de que “el
socialismo, casi por definición, significa una sociedad en la que la mayoría de
las tierras y los bienes de capital o recursos no humanos de todo tipo son de propiedad colectiva de la sociedad”
(cursiva añadida). Sociedad en el sentido de que las relaciones entre
individuos no son personas sino ciertas formas en que actúan las personas o
ciertos aspectos de sus acciones. En este sentido, la sociedad no puede ser
propietaria de nada porque es una abstracción, no una persona. Tampoco una
sociedad en el sentido de “todo el pueblo” es propietaria de nada. Lo que todos
poseen, como una visión del sol, no es propiedad de nadie, pues nadie puede
apropiárselo para su propio uso con la exclusión de los demás, y esa
apropiación para uso exclusivo es la esencia de los derechos de propiedad, de
la propiedad.
Qué significa el socialismo
Lo que significa realmente el
socialismo es que los funcionarios públicos administran riqueza tomado o donada
por propietarios privados. Estos funcionarios pueden hacer negocios con esta
riqueza e intercambiar ésta (o sus servicios) por otros bienes producidos por
la empresa privada. Llamar incluso a esta administración pública de la riqueza
“propiedad pública” es un mal uso de los términos, pero no tan errónea como
llamarla “propiedad social” o “propiedad colectiva”.
Igualmente revelador es el pasaje
en el libro de Samuelson en el que presente como una paradoja el hecho de que
los regímenes fascistas “han aprobado a menudo medidas socialistas”. No es una
paradoja en absoluto, pues el fascismo era (o es) una forma de socialismo
similar al socialismo británico o el estado de bienestar de moneda dirigida
propuesto por los keynesianos estadounidenses.
Frecuentemente, especialmente en su
edición de 1951, Samuelson escribe en tercera persona sus críticas al capitalismo:
- “Los reformistas sociales dan gran importancia a
(…)”
- “La sociedad ahora determina que (…)”
- “Críticos a favor y en contra piensan (…)”
- “Los países democráticos no se conforman con (…)”
- “La conciencia colectiva del pueblo estadounidense
(…)”
Y así sucesivamente.
El lector puede juzgar por sí mismo
si las autoridades imaginarias expresan o no las opiniones del propio autor.
Para realizar ese juicio, debe considerar si el autor elige a sus portavoces
principalmente de un lado del argumento y si, cuando no cita una opinión
contraria, da él mismo una respuesta efectiva a los “críticos” o “reformistas
sociales” que dice citar.
Sin embargo, tal vez deba
disculparse a uno que sospeche que este disfraz se cae un poco. Es cuando se
refiere a sus portavoces socialistas como “perfeccionistas”.
De nuevo me gustaría preguntar si
no es justo calificar a este punto de vista “social” como “colectivista”. O
incluso “socialista”.
Por supuesto, esta etiqueta no
significa necesariamente que el punto de vista no sea sensato, pero la
clasificación de algo es un paso hacia su evaluación.
La “nueva economía” y el socialismo marxista
A partir de lo anterior, podemos
ver que el keynesianismo tiene varios puntos en común con el socialismo
marxista. Entre ellos están:
- La teoría de que la tasa de retorno de las
inversiones tiende a disminuir y el desempleo tiende a aumentar en una
economía capitalista de libre empresa.
- El énfasis en la influencia depresora de los
ahorros en una economía capitalista “madura”.
- Las teorías de una inevitable tendencia al
monopolio, a una creciente concentración de la riqueza y a la muerte de
los mercados libres en la empresa libre o laissez faire.
- El desprecio de la empresa individual y la
responsabilidad en favor del control del gobierno sobre los ahorros y las
provisiones para la vejez, el desempleo y otras emergencias en un complejo
programa de “seguridad social”.
- Propuestas de impuestos “progresivos sobre la renta
y la herencia.
- Propuestas de gestión pública de la moneda y la
banca, de propiedad pública de ciertos sectores y de liquidación
(“eutanasia”) de las clases rentistas (rentas fijas y tenencia de bonos).
- Una visión colectivista de los derechos de
propiedad como privilegios del Estado, que los da o quita a su voluntad.
- Una tendencia a identificar al gobierno con “todos
nosotros” o con la “sociedad”, en el estado socialista democrático y en la
economía “mixta” keynesiana democrática.
- Una tendencia a ocuparse de personas y actividad
económica en términos de “clases”, “promedios”, “agregados” y “fuerzas”
tecnológicas o económicas.
- Una visión mecanicista del comportamiento humano
como predecible y controlable por el gobierno, mediante el estudio y la
manipulación de tipos de interés, dinero, préstamos y gasto público,
impuestos y desarrollos tecnológicos.
Las teorías keynesianas se presentan hábilmente
Aún sí, a pesar de las similitudes
entre el socialismo marxista y el keynesianismo y a pesar de la creciente
hostilidad hacia los marxistas rusos, la aproximación keynesiana a la renta
nacional se ha abierto paso rápidamente en las universidades estadounidenses.
¿Por qué? ¿Es por los atractivos envoltorios en los que presentan sus paquetes
de ideas los economistas de tendencias keynesianas?
Primero,
afirman, sin duda sinceramente, que no vienen a destruir el capitalismo, sino a
salvarlo. Por consiguiente, se le escucha en ligares que estarían cerrados a
socialistas declarados.
Segundo,
apoyan su teoría con gráficos y diagramas que la hacen parecer científica y
exacta. Utilizan términos técnicos y fórmulas matemáticas, como un mago
profesional usa sus materiales en el escenario, para producir conclusiones que
los incrédulos hombres normales son incapaces de refutar. Hacen un uso libre de
las estadísticas públicas de renta nacional, ahorro, inversión, gasto de consumo
y similares. Mucha gente considera estas cifras como precisas y muy
significativas, así que la propuesta de usarlas como guía para “política
compensatoria fiscal y monetaria” parece sencilla y factible.
Tercero,
al presentar al gasto público y los déficits como llaves de la prosperidad, la
“nueva economía” ayuda y conforta a quien quiera que el gobierno haga algo por
él o por su vecino. Por ejemplo, Samuelson escribe que “en la medida en que los
impuestos proceden de las rentas de los más ricos y ahorradores y se usan para
hacer pagos a los necesitados y dispuestos a gastar, en esa medida se aumenta
el poder adquisitivo total”.
Además, el atractivo de ciertos
autores keynesianos es mayor porque escriben con el brío y vigor que genera
sentir una misión. Es verdad que para aparecer solamente como observadores
desinteresados, a menudo utilizan instrumentos como los terceros portavoces de
Samuelson (por ejemplo: “la mayoría de la gente siente que esto solo es como
debería de ser”). Esta hace atractivo un libro de texto a profesores que estén
a favor de un punto de vista keynesiano pero prefieran parecer desinteresados.
Con la etiqueta o el énfasis
apropiados, un profesor o escritor puede influir en estudiantes y lectores sin
parecer comprometerse con una posición concreta. Por ejemplo, uno puede estar
más dispuesto a aprobar las subvenciones llamándolas “dividendos sociales”,
como hace Samuelson, que llamándolas “subsidios” como podría hacer un opositor.
Puede atribuir una política pública a la “sociedad” o al “consciente colectivo
del pueblo”, en lugar de al “gobierno” o a ciertos “políticos y funcionarios”.
Además, como apunté antes, un autor
crea un efecto tanto con lo que deja fuera como con lo que pone dentro. Él
mismo puede creer que está presentando equilibradamente a “ambas partes”,
dejando son considerar o prestando poca atención a los mejores argumentos de un
lado u otro. O puede tratar a las objeciones a sus opiniones como “problemas” a
resolver, en lugar de posibles invalidaciones. El Profesor Richard Ruggles, en An Introduction to National and Income
Analysis, utiliza este método para ocuparse de las dificultades que podrían
aparecer al aplicar la teoría keynesiana.
Aún así, aunque estos escritores
puedan adoptar una pose no partidista en detalles de la teoría o la práctica,
reclaman descaradamente los perfiles principales de un programa que debe tener
resultados de largo alcance en todas las fases de los asuntos humanos. Hacia el
principio de su texto, Samuelson afirma directamente que
es parte de la función del gobierno
aliviar una de las causas más importantes de los ciclos agudos y crónicos de
desempleo o inflación. Especialmente en comunidades como la nuestra, los
individuos como tales pueden tratar de ahorrar mucho más o mucho menos de lo
que la empresa privada pueda invertir rentablemente o con utilidad en nuevos
bienes de capital (…) Está claro que el gobierno debe tratar de utilizar sus
poderes constitucionales fiscales y monetarios para permitir a la empresa
privada mantener un nivel constante de alto empleo.
Así que en pocas palabras defiende
un política pública que debe llegar a los más mínimos detalles de la vida y el
trabajo de todos los ciudadanos.
Pues el gobierno solo puede
controlar ahorros, inversiones y rentas totales
interfiriendo en multitud de actos individuales
que conforman los totales. Una restricción general del crédito bancario, por
ejemplo, o un aumento en los impuestos, coacciona
directamente a los ciudadanos individuales para que cambien sus planes y actúen
de múltiples maneras.
Además, en general, las propuestas
keynesianas de políticas “compensatorias” siguen al socialismo marxista al
buscar obligar a los ciudadanos a obedecer la regla: “De todos según sus
capacidades, a todos según sus necesidades”. Los argumento y teorías utilizados
para apoyar estas propuestas son esencialmente marxistas.
Vernon Orval Watts fue uno de los
principales economistas del libre Mercado de la época de la Segunda Guerra
Mundial y su posguerra. Watts fue contratado por Leonard Read en 1939 como
economista de la Cámara de Comercio de Los Ángeles, de la que Read era director
ejecutivo. Watts se convirtió así en el primer economista a tiempo completo
contratado por una cámara de comercio en Estados Unidos. Read hizo después a
Watta economista jefe en la Fundación para la Educación Económica (FEE).