Por Doug French. (Publicado el 12
de abril de 2005)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4406.
[Este
artículo se reimprime de Las Vegas Review Journal con permiso del autor]
Uno de los proyectos favoritos del
alcalde Oscar Goodman es traer un equipo profesional de béisbol de la MLB a Las
Vegas. En una presentación en un desayuno reciente, el alcalde prometió que
haría el primer lanzamiento en la temporada de 2008.
En la mente de Goodman, Las Vegas
nunca será una ciudad de primera división hasta que tenga un equipo de primera
división. “He dejado claro que queremos béisbol en Las Vegas y estoy dispuesto
a hacer lo que haga falta”, dijo Goodman al Miami
Herald.
Goodman puede querer béisbol, pero
no hay ninguna reclamación ciudadana de dicho equipo. Y cuando Goodman dice “a
hacer lo que haga falta”, no habla de su dinero: habla del dinero de los
contribuyentes.
Según se informa, Goodman ha
trabajado en un plan financiero, pero nadie conoce los detalles. El alcalde
solo dice que el plan “hará felices a todos”.
Pero los propietarios de la MLB van
donde está el dinero del contribuyente. Y si los gobiernos no son generosos,
usan a figuras codiciosas como Goodman para influirles, como en el caso de los
Florida Marlins. Los dobles campeones de las Series Mundiales podrían estar
interesados en el plan de Goodman si el equipo no recibe 60 millones de dólares
en financiación estatal para un estadio en el centro de Miami (el Parlamento de
Florida no lo está presupuestando).
Los cargos públicos periódicamente
dicen que la economía se beneficia cuando los gobiernos locales y estatales
gastan millones en dólares del contribuyente para construir estadios y atraer
equipos. Luego el gobierno alquila las instalaciones a los ultra-ricos
propietarios de una franquicia por casi nada.
Una y otra vez, este argumento del
desarrollo económico ha resultado ser un bateo fallado. “Un análisis cuidadoso
de la experiencia económica pasada en ciudades que construyeron nuevos estadios
y atrajeron equipos no confirma” las afirmaciones de desarrollo económico,
escriben Dennis Coates y Brad R. Humphreys en una nota informativa para el
Instituto Cato. Su título:
“Caught Stealing: Debunking the Economic Case for D.C. Baseball”.
Quienes pretenden construir
estadios y atraer equipos normalmente encargan brillantes estudios de impacto
económico. Pero estos estudios de impacto, apuntan Coates y Humphreys, utilizan
multiplicadores para estimar cómo el gasto en deportes impactaría en una
economía local, suponiendo que los dólares gastados se extenderán por toda la
economía. Aún así, como los estudios no distinguen entre gasto neto y bruto,
normalmente exageran el impacto.
Por supuesto, la clave son los
beneficios netos. “A medida que aumentan las actividades relacionadas con el
deporte y el estadio”, apuntan los autores, “disminuyen otros gastos porque la
gente sustituye con el gasto en deportes a otros gastos”. El dinero de los
aficionados en los partidos probablemente habría ido a otra diversión si no
hubiese béisbol. Así que los beneficios netos son cero.
Si un equipo profesional atrae a
visitantes a una ciudad concreta desde otros lugares, los beneficios netos
pueden aumentar. Sin embargo, Las Vegas no tiene problema en atraer a
visitantes.
Después de analizar 37 áreas
metropolitanas con franquicias deportivas profesionales, Coates y Humphreys
llegan a las siguientes conclusiones:
- No se ha apreciado ningún impacto positivo en la
tasa de crecimiento de las rentas reales per cápita. Pero los equipos
profesionales tuvieron un impacto negativo estadísticamente significativo
sobre los niveles de renta per cápita real.
- Los sectores de venta al detalle y servicios se
vieron afectados negativamente, con una pérdida neta media de empleos en
esos sectores de 1.924 empleos.
- Las tarifas hoteleras tendieron a aumentar 10$
anuales con la presencia de deportes profesionales, pero los salarios en
bares y restaurantes bajaron en 162$ por año.
Es posible que si el alcalde
estuviera de acuerdo en que un equipo de la MLB gravaría la economía local,
argumentara que Las Vegas necesita ese equipo para ser una “ciudad de primera
categoría”. Tal vez crea que es algo de interés público que todos los
residentes de Las Vegas tengan un equipo local al que animar.
Pero aparte del alcalde, ¿quién
podría permitirse acudir a estos partidos? El coste medio para una familia de
cuatro para ver un solo partido de béisbol en 2004 fue de 155,52$. Así que son
principalmente los ricos los que disfrutarían de los partidos, partidos en los
que juegan millonarios contratados por multimillonarios. ¿Deben hacerse en
estadios financiados por ciudadanos de clase trabajadora a los que puede que
les gusten o no lo deportes?
Una cosa más: Igual que todos los
demás grandes proyectos de obras públicas, los proyectos de estadios tienen un
historial de despilfarros con enormes excesos en los costes. Camden Yards en
Baltimore costó un 40% por encima de lo presupuestado. Cuando se renovó el Yankee
Stadium en la década de 1970, se gastó casi cuatro veces más de dinero del
contribuyente de lo que prometió inicialmente el propietario George
Steinbrenner.
No se necesitó dinero del
contribuyente para construir el Las Vegas Motor Speedway o los pabellones en
diversos casinos. Financiar la construcción de un estadio de béisbol no debería
ser algo distinto.
Douglas French es presidente del Instituto Mises y autor de Early
Speculative Bubbles & Increases in the Money Supply y Walk
Away: The Rise and Fall of the Home-Ownership Myth. Es
doctor en economía de la Universidad de Nevada-Las Vegas, dirigido por Murray
Rothbard, con el Profesor Hans-Hermann Hoppe en su tribunal de tesis. French
enseña en la Academia Mises.