Por Anders Mikkelsen. (Publicado el 21 de septiembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5617.
[Prólogo a The Myth of a
Guilty Nation]
Albert Jay Nock escribió uno
de los primeros libros estadounidenses del revisionismo de la Primera Guerra
Mundial (revisando la historia recibido de por qué empezó la Primera Guerra
Mundial). Como amante de la historia, lo que encuentro particularmente
fascinante de este libro The Myth of a
Guilty Nation no es el gran contraste que hace Nock entre dos visiones
completamente distintas del origen de la guerra. Lo que “todos sabían” acerca
de los orígenes de la Gran Guerra en ese momento es bastante distinto de los
“todos saben” ahora.
La idea común estadounidense
era que Alemania era la responsable de la guerra. Nada menos que un personaje
como David Lloyd George declaraba:
¿Para qué estamos luchando? Para derrotar a la
conspiración más peligrosa nunca ideada contra la libertad de las naciones;
planeada cuidadosa, hábil, insidiosa y clandestinamente con todo detalle con
una determinación implacable y cínica.
Leyendo el libro empezamos
viendo lo diferentemente que veía la gente el origen de la guerra en ese
tiempo, especialmente en Estados Unidos. Desde la Primera Guerra Mundial los
revisionistas ganaron muchas de las batallas, la Primera Guerra Mundial
normalmente se ve hoy más como una tragedia, un desastre absurdo, el efecto de
la diplomacia secreta, el militarismo generalizado, etc. Por tanto, hoy el
lector no es consciente de cuántos estadounidenses entendieron la guerra como
resultado únicamente de una conspiración alemana por el botín. Aunque hoy
sabemos que Europa era un campo armado, la propaganda pro-aliada afirmaba que
Europa no estaba preparada para la guerra. Nock hace consciente al lector del
alto grado de mentiras que utilizaron continuamente los políticos aliados para
echar la culpa a Alemania y justificar la guerra, o al menos de historias sin
relación con la verdad. No sorprende que Hitler encontrara tan inspiradora a la
propaganda británica. De hecho el relato de aquel entonces sonaba como si
Alemania estuviera tratando de invadir Europa de la forma en que lo hizo
temporalmente Hitler unas pocas décadas después.
Lo que trae a colación Nock es
el grado en que la Primera Guerra Mundial puede verse como todo lo contrario a
una conspiración de Alemania. Si hubo una conspiración, la hubo por parte de
los poderes aliados de la Entente. En buena medida se produjo por causa de los
cargos del estado, cuyo deseo de paz estaba fatalmente socavado por sus
ambiciones imperialistas.
Deberíamos primero notar que
Nock también indica cuántos partidos poderosos querían sencillamente la paz.
Sin embargo, pequeños partidos poderosos en Francia, Gran Bretaña y Rusia
presionaban por la guerra y firmaban tratados secretos entre ellos. Como ha
apuntado Ralph Raico, la política exterior inglesa estaba dominada por una
pequeña camarilla secreta no más responsable ante el Parlamento y el pueblo que
una dictadura como la Alemania nazi. Quienes conocían las obligaciones secretas
de Inglaterra mintieron al Parlamento y negaron su existencia.
Como demuestra Nock, la
política exterior inglesa francesa y rusa se dirigía contra Alemania y
Austria-Hungría y el gasto militar era bastante grande, mucho mayor que el de
Alemania y Austria-Hungría. Las tres tenían camarillas poderosas que eran
agresivas hacia los Poderes Centrales. Estaban ligadas por tratados secretos,
aunque esta alianza no era reconocida públicamente.
En el libro de Nock, esto es
aproximadamente lo que ocurrió para empezar la Primera Guerra Mundial: Serbia y
los Balcanes tenían una política exterior dominada por Rusia. Los asesinos del
Archiduque Fernando estaban relacionados con la camarilla rusa a favor de la
guerra. Rusia había estando haciendo “pruebas” de movilización desde la
primavera de 1914 y solo su ejército era igual al de Alemania y Austria-Hungría
juntos. Rusia tenía un tratado secreto con Francia que obligaba a Francia a
apoyar a Rusia si ésta se movilizaba e iba a la guerra. Reino Unidos tenía un
tratado secreto con Francia que le obligaba a apoyar a Francia durante la guerra
y, en un grado mucho más pequeño pero importante, a Rusia. Unidas por tratados
secretos, las tres potencias se encontraron metidas en la guerra. Alemania se
vio rodeada por un número superior de fuerzas. (Por tanto tenía que derrotar a
Francia y Rusia en batallas decisivas antes de sucumbir en una guerra de
desgaste).
El asesinato del Archiduque
Fernando, oportuno para las camarillas pro-bélicas de la Entente, encendió la
mecha del barril de pólvora de una guerra europea generalizada de Francia,
Rusia e Inglaterra contra Alemania y Austria-Hungría.
Para las fuentes, Nock hace un
gran uso de la correspondencia diplomática belga, que muestra pocas evidencias
de agresión alemana. La Unión Soviética también hizo públicos muchos documentos
secretos embarazosos de los archivos zaristas. Nock recomienda altamente las
obras revisionistas de la Primera Guerra Mundial de los liberales ingleses Francis
Neilson y E.D. Morel. (How Diplomats
Make War de Neilson es dura de leer, mientras que Nock es pan comido.
Neilson se centra más en como los diplomáticos ingleses y de otras naciones
crearon incertidumbre). También debería apuntarse que Nock muestra evidencias
de que la neutralidad belga era una hoja de parra para justificar la impopular
implicación de Reino Unido.
Al tener documentación de una
presión para la guerra por camarillas en Rusia, Francia e Inglaterra, Nock
demuestra que las camarillas pro-bélicas en esos países al menos tuvieron éxito
en conspirar para la guerra.
Lo que hace que leer este
libro merezca la pena no es que sea la mejor explicación de la Primera Guerra
Mundial. Merece la pena ver cómo pequeños grupos de cargos del estado se
dedicaron a acciones secretas que llevaron a una guerra catastrófica y vivieron
continuamente todo el proceso para conseguirse cobertura ideológica. Lo que
fascina es el gran contraste que hace Nock entre dos visiones completamente
distintas del origen de la guerra. Aunque la historia y la realidad parecen
establecidas y conocidas, la gente en tiempos distintos tiene comprensiones
radicalmente diferentes de exactamente los mismos acontecimientos.
Anders Mikkelsen es consultor de gestión de costes en la
ciudad de Nueva York.