Por Per Bylund. (Publicado el 20 de
septiembre de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5624.
¿Qué es una empresa? Puede no
parecer una pregunta a la que le falte una respuesta. En Estados Unidos, como
en la mayoría de lo demás países, es una entidad registrada y regulada que
actúa legalmente como una persona. Pero económicamente la definición legal es
irrelevante: la función económica de la “empresa” no es su estado legal (si lo
fuera, entonces la ley en lugar de la organización proveería al mercado esa
función).
¿Entonces podría haber
empresas sin derecho corporativo? La respuesta es obvia: las empresas existen y
son hoy una parte importante de los mercados modernos igual que existían y
proveían una función vital antes de que la ley definiera y certificara dichas
organizaciones. De hecho, uno puede argumentar fácilmente que el derecho
corporativo trata principalmente de fiscalidad pública y regulación del mercad
y define a la empresa solo como un medio para esos fines.
Consecuentemente, permanece la
cuestión económica e incluye necesariamente el “dónde”, “cómo” y “por qué” de
las empresas. ¿Cómo puede uno definir económicamente qué es una empresa? ¿Qué
es una empresa desde un punto de vista económico? Una pregunta más profunda es:
¿cuál es la función de la empresa en el mercado y por qué ciertas transacciones
se integran en organizaciones? Más aún: ¿cómo podemos distinguir este fenómeno
en el mercado para poder estudiarlo fácilmente? Las preguntas pueden parecer
extrañas, pero la economía no ha sido capaz de encontrar muy buenas respuestas
a ellas, ni históricamente no en la teoría contemporánea.
La cuestión económica de la
empresa es antigua. Adam Smith explicaba las empresas en La Riqueza de las naciones (1776) y establecía que, en el sentido
de “manufacturas”, eran más eficientes al producir que los artesanos
individuales autoempleados y los trabajadores laborales. (Cantillon, que
escribió el primer
tratado económico sistemático del mundo [1775] no analiza tanto la empresa
como la función empresarial). La explicación de Smith de la eficiencia de las
manufacturas es que pueden utilizar una forma distinta o más intensa de división del trabajo que
puede coordinarse mediante los intercambios (o los contratos) del mercado. Pero
pasa rápidamente a explicar otros temas económicos en lugar de desarrollar este
análisis (que, por cierto, fue duramente criticado
por Rothbard).
La opinión de Smith fue sin
embargo aceptada por la mayoría de los economistas clásicos y así se pensó en
la empresa en términos de un tipo diferente de división del trabajo.
Generaciones más tarde, Karl Marx escribió en Das Kapital (1867) acerca de tipo smithiano de manufacturas y cómo
establecen y explotan una división del trabajo más intensa. Marx utiliza el
argumento de Smith, pero la explicación ayuda a aclarar la visión de la
empresa. Por supuesto, encuentra la manufactura y la división del trabajo
altamente problemáticas, ya que al trabajador individual se le separa del
producto final y por tanto es “alienado” por el trabajo realizado dentro de la
manufactura. Evidentemente Marx no estaba muy interesado en el análisis
económico (la división del trabajo aumenta la productividad y aumenta la
prosperidad de todos los individuos implicados, así como de la sociedad en su
conjunto) y por tanto se centra solamente en el problema que identifica.
Unas pocas décadas más tarde,
el sociólogo Emile Durkheim escribió un tratado completo sobre la división del
trabajo (1892) y, con su característica dificultad de lectura, define su
constitución y limitaciones. También relaciona la división del trabajo con las
estructura de la sociedad y teoriza acerca de su utilización y distintos tipos
en pueblos y áreas rurales. La conclusión es que los pueblos tienen mayor
densidad, lo que hace más sencillo el comercio porque los potenciales
participantes en la compraventa, así como los productos a intercambiar, están
más a mano.
Durkheim se centra en las
limitaciones de la división del trabajo como es conocido que las definió Smith
es la frase: “la división del trabajo está limitada por el nivel del mercado”.
El “nivel” del mercado se identifica aquí como la densidad del mercado: cuanto
mayor sea la densidad (cercanía o capacidad de efectuar comercio), más fácil es
dividir el trabajo en partes más pequeñas y aumentar así la productividad
general haciendo más eficiente el desempeño de tareas individuales
especializadas.
Aproximadamente al mismo
tiempo que Durkheim, Marshall escribía su obra magna, Principios de economía (1890), que establecía los fundamentos de
una economía neoclásica. Marshall también hablaba de forma abstracta acerca de
cómo las industrias y la estructura del mercado pueden analizarse en términos
de “empresas representativas”, que son representaciones simplificadas (tipos
ideales) de empresas. Adoptar esta perspectiva (o la interpretación común de la
misma) permite una precisión analítica, pero al mismo tiempo descarta las
diferencias existentes entre empresas reales. La empresa representativa puede
describirse fácilmente en términos de una “función de producción” que maximiza el
beneficio o la producción y ésta sigue siendo la visión neoclásica de la
empresa hasta ahora.
En contraste directo con el
análisis de Marshall, E.A.G. Robinson analizaba la empresa en términos de
división del trabajo en su libro The Structure
of Competitive Industry (1931). Robinson continuaba el análisis de Smith de
las empresas como constitutivas de una división más intensa del trabajo y
trataba de identificar el “tamaño óptimo” de las empresas en el mercado.
Reconocía que las empresas pequeñas tienden a tener un solo director general,
mientras que las más grandes a menudo utilizan una mayor división del trabajo
incluso dentro de la dirección. De esta forma, escribe, las empresas pueden
crecer en términos tanto de ámbito como de escala mediante divisiones internas
del trabajo.
Pero Robinson llegaba tarde:
la economía ya había adoptado el análisis más formalista de Marshall. La esposa
de Robinson, Joan, recibió mucha más atención por su análisis formal de los
mercados imperfectos (1933).
Solo unos años después de que
se publicara el tratado de Robinson sobre el tamaño óptimo de la empresa, un
joven Ronald Coase escribía un artículo apoyando el análisis formal de la
economía inspirado por la aproximación de Robinson. El artículo de Coase “The
Nature of the Firm” (1937) introducía el concepto de costes de transacción (aunque el término no se acuñó hasta mucho
más tarde) para explicar por qué alguna producción se organizaba en jerarquías
(empresas) mientras que otra se coordina espontáneamente mediante el mecanismo
de precios. Coase sabía por la teoría económica que el mecanismo de precios es
eficiente en la asignación de recursos, lo que debería significar que las
empresas por definición debería ser subóptimas. Entonces, se preguntaba, ¿por qué
hay tantas transacciones en el mercado organizadas dentro o entre empresas?
Coase respondía a su propia
pregunta, diciendo que las empresas deben tratar de “reproducir” la eficiente
asignación de recursos del mecanismo de precios. Al dirigir a los trabajadores,
que están ligados por contratos de empleo indefinidos, en lugar de contratar a
proveedores de mano de obra en el mercado, las empresas pueden evitar los
costes de utilizar el mecanismo de precios. De la forma en que lo ve Coase, el
mercado es eficiente en su asignación de recursos, pero es muy costoso
ocasionar esta asignación eficiente debido a las fricciones como los costes de
investigación y mercadotecnia y la negociación de los términos de los
contratos. Estos costes pueden evitarse soslayando la autonomía de los
trabajadores bajo “competencia atomística” y tenerlos por el contrario
siguiendo órdenes dentro de islas de planeamiento. (Coase cita a Robertson
[1923] al decir que las empresas son “islas de poder consciente”).
Sin embargo nadie prestó
atención a su artículo hasta que Oliver Williamson redescubrió su tesis central
unas tres décadas más tarde. En ese momento la economía había adoptado la
visión de producción-función de la empresa: se consideraba una “caja negra” que
transforma entradas en productos. En este sentido, el énfasis de Coase y
Williamson en la organización interna
de la empresa desafiaba el análisis establecido de la organización económica.
Sin embargo, fuera de la
economía los desarrollos teóricos en teoría de la dirección y la organización
se basan en la teoría de Robinson (o de Smith) más que en la de Marshall o
Coase. Robinson tuvo una gran influencia en Edith Penrose (una de las alumnas
de Fritz Machlup), que escribió el aún muy influyente Teoría del crecimiento de la empresa (1959) unas pocas décadas
después de premiado artículo de Coase. Esta tradición ha evolucionado casi
exclusivamente en las escuelas de negocios y ha perdido mucha de su base en la
teoría económica, por eso parece bastante ecléctica en términos de aproximación,
análisis y método.
La teoría económica de la
empresa no ha avanzado mucho en las más de siete décadas desde que se publicó
el artículo de Coase (y cuatro décadas desde el redescubrimiento de
Williamson). Se han hecho algunos descubrimientos dentro del marco de Coase,
pero la investigación se centra principalmente en la aplicación del
razonamiento de Coase así como en (re)definir y medir costes de transacción.
¿Qué pasa con la Escuela
Austriaca? La respuesta es que tristemente no tenemos una teoría de la empresa.
Mises no teorizó mucho sobra la organización de la empresa y a Rothbard le
pareció suficiente con explicar brevemente el límite natural del tamaño de la
empresa debido al problema del cálculo en Man,
Economy, and State (1962). Más recientemente, hemos visto varios intentos
de escribir una teoría austriaca de la empresa, pero generalmente se quedan en
borradores en lugar de teorías desarrolladas. Frederic Sautet ha intentado
formular una teoría de la empresa basada en el emprendedor de Kirzner en An Entrepreneurial Theory of the Firm
(2000), pero no resulta completamente convincente, y Peter Lewin ha
desarrollado una visión inspirada en Lachmann de la empresa basada en el
capital. Igualmente, Peter G. Klein ha hecho algunos progresos en integrar al
aproximación de transacción de costes con la teoría austriaca del capital y el
emprendimiento misesiano (ver su The
Capitalist and the Entrepreneur [2010] y el próximo Organizing Entrepreneurial Judgment: A New
Approach to the Firm [2011]).
Aunque estas aproximaciones
son predominantemente austriacas tanto en sabor como en sustancia, todas
tienden a desdeñar el visión tradicional “antigua” de la empresa como un tipo
distintos de división del trabajo; en su lugar, se centran más estrechamente en
varias ideas distintivamente austriacas. Además, la empresa tiende a ser
separada analíticamente de los procesos generales del mercado debido al énfasis
puesto en su organización y límites internos. ¿Pero debería analizarse la
empresa como una criatura distinta del mercado o es una parte integral del
proceso de mercado y de su evolución hacia una división más extensa o intensa
del trabajo y de una prosperidad muy aumentada?
Mises puso un gran énfasis en La acción humana y otros lugares en el
valor y los efectos de la división del trabajo, tanto como fuerza productiva (y
condición necesaria) en el proceso del mercado como como requisito previo para
la civilización. Yo prefiero ver la empresa a la luz de esta fundamental visión
misesiana del mercado y la sociedad: no es solo un vehículo para establecer
nuevas estructuras de producción por parte emprendedores en busca de
beneficios, también desempeña un papel indispensable en la evolución del
proceso de mercado y el desarrollo de futuras divisiones del trabajo y, por
tanto, de la civilización. La empresa es el medio por el que los empresarios
establecen nuevas y más intensas divisiones del trabajo, que, cuando son
rentables, ponen en marcha un proceso de descubrimiento competitivo dirigido
por el empresario que es inflexible en impulsar al mercado hacia una
utilización más eficiente de los recursos escasos.
Hay buenas razones para poner
a la empresa en el centro del escenario, en lugar de convertirla en un fenómeno
de importancia marginal en el mercado. De hecho, intento en un artículo para el Quarterly Journal of Austrian Economics
demostrar que la empresa no solo provee una función en el mercado sino que
podría ser una parte esencial del proceso de creación de riqueza del mercado,
así como parte esencial de la sociedad civilizada. La empresa es mucho más que
una entidad legal: es la piedra angular del mercado y esencial para el
beneficio empresarial.
Per Bylund es doctorando en
economía en la Universidad de Missouri. Visite su sitio web.