Por
Murray N. Rothbard. (Publicado el 10 de noviembre de 2006)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/2357.
[Este ensayo se publicó
originalmente en The
Foundations of Modern Austrian Economics,editado por Edwin Dolan (Kansas
City: Sheed and Ward, 1976), pp. 52-74]
Introducción
La evolución más notable en la
historiografía de la escuela austriaca tras la Segunda Guerra Mundial ha sido
la drástica reevaluación de lo que podría llamarse su prehistoria y, como
corolario, un reconsideración fundamental de la propia historia del pensamiento
económico. Esta reevaluación puede resumirse explicando brevemente el paradigma
ortodoxo prebélico de evolución del pensamiento económico antes de la llegada
de la escuela austriaca.
Los filósofos escolásticos fueron
bruscamente desdeñados como pensadores medievales que fracasaron totalmente en
comprender el mercado y que creían sobre bases religiosas que el justo precio
era uno que cubriera o el coste de producción o la cantidad de trabajo
contenida en un producto. Después de describir brevemente la discusión de
bullonistas y anti-bullonistas entre los mercantilistas ingleses del siglo
XVIII, el historiador del pensamiento económico apuntaba con una rúbrica a Adam
Smith y David Ricardo como fundadores de la ciencia económica. Después de
algunas dudas, a mediados del siglo XIX, el marginalismo, incluyendo la escuela
austriaca, llegó en otro gran estallido en la década de 1870. Aparte de la
mención ocasional de uno o dos precursores ingleses de los austriacos, como
Samuel Bailey a principios del siglo XIX, esto completaba la imagen básica.
Era típico el texto enciclopédico
de Lewis Haney: los escolásticos son descritos como medievales, rechazados como
hostiles al comercio y declarados creyentes en las teorías del trabajo y el
coste de producción en el justo precio. No
sorprende que en su famosa frase, R.H. Tawney pudiera llamar a Karl Marx “el
último de los escolásticos”.
La revisión de Schumpeter
La notablemente distinta nueva
visión de la historia del pensamiento económico entra en escena en 1954 en la
monumental, aunque inacabada, obra de Joseph Schumpeter. Lejos
de ser zoquetes místicos que deberían saltarse para llegar a los
mercantilistas, los filósofos escolásticos se veían como economistas notables y
clarividentes, desarrollando un sistema
muy cercano a la aproximación austriaca y de la utilidad subjetiva. Esto
era particularmente cierto en los previamente olvidados escolásticos españoles
e italianos de los siglos XVI y XVII. Prácticamente el único ingrediente que
faltaba en su teoría del valor era el concepto marginal. De sus filas
procedieron los posteriores economistas franceses e italianos.
En la visión schumpeteriana, los
mercantilistas ingleses eran panfletarios polémicos a falta de un hervor en
lugar de hitos esenciales en el camino hacia Adam Smith y la fundación de la
ciencia económica. De hecho, la nueva visión consideraba a Smith y Ricardo, no
como fundadores de la ciencia de la economía, sino desviando a la economía
hacia una vía trágicamente equivocada, que tuvo que esperar a austriacos y
otros marginalistas para corregirse. Hasta entonces, solo los olvidados escritores
anti-ricardianos mantuvieron viva la tradición. Como veremos, otros
historiadores, como Emil Kauder, demostraron aún más las raíces aristotélicas
(y por tanto escolásticas) de los austriacos entre las diversas variantes de la
escuela marginalista. El paisaje es casi el opuesto al de la ortodoxia previa.
No es aquí nuestro propósito
profundizar en la merecidamente bien conocida obra de Schumpeter, sino más bien
evaluar las contribuciones de escritores que llevaron aún más allá la visión
schumpeteriana y permanecen olvidados por la mayoría de los economistas,
probablemente por haber seguido a Schumpeter en construir un tratado general.
Los mejores desarrollos de la nueva historia deben encontrarse en artículos
fugitivos y breves panfletos y monografías.
Grice-Hutchinson sobre la Escuela de Salamanca
Las otras contribuciones
relativamente olvidadas empezaron de forma contemporánea a Schumpeter. Una de
las más importantes, y probablemente la más olvidada, fue The School of Salamanca de Marjorie Grice-Hutchinson, que sufrió
ante la profesión económica por ser profesora de literatura española. Además,
el libro llevaba la carga de un corto y equívoco subtítulo: Readings in Spanish Monetary Theory [Lecturas de teoría monetaria española]. De
hecho, el libro era un brillante descubrimiento de visiones pre-austriacas del
valor subjetivo y la utilidad de los escolásticos españoles de finales del
siglo XVI. Pero primero Grice-Hutchinson demostraba que las obras de
escolásticos aún anteriores que se remontaban hasta Aristóteles contenían
análisis subjetivos del valor basados en los deseos del consumidor frente a la
competencia de la concepción objetiva del justo precio basada en trabajo y
costes. Al inicio de la Edad Media, San Agustín (354-430) desarrolló el
concepto de la escala subjetiva de valores de cada individuo. En la Alta Edad
Media los filósofos escolásticos hacía tiempo que habían abandonado la teoría
del coste de producción para adoptar la opinión de que el reflejo del mercado
de la demanda del consumidor es la que realmente establece el precio justo. Esto
fue particularmente cierto en Jean Buridan (1300-1358), Enrique de Gante (1217-1293),
y Ricardo de Mediavilla (1249-1306). Como observaba Grice-Hutchinson:
Los escritores medievales veían al
pobre como consumidor en lugar de cómo productor. Una teoría del coste de
producción habría dado a los mercaderes una excusa para subir precios bajo el
pretexto de cubrir sus gastos y se pensaba que era más justo confiar en las
fuerzas impersonales del mercado que reflejaban el juicio de toda la comunidad
o, por usar la expresión medieval, en la “común estimación”. En todo caso,
parecería que el fenómeno del intercambio iba a explicarse cada vez más en
términos psicológicos.
Incluso Enrique de Langenstein
(1325-1383), quien de todos los escolásticos era el más hostil al libre merado
y defendía que el gobierno fijara el precio justo basándose en el estado de
cosas y el coste, desarrolló el factor subjetivo de la utilidad así como la
escasez en su análisis del precio. Pero fueron los escolásticos españoles del
siglo XVI los que desarrollaron la teoría del valor puramente subjetiva y a
favor del libre mercado. Así, Luis Saravía de la Calle (c. 1544) negaba
cualquier papel al coste en la determinación del precio; por el contrario, el
precio de mercado, que es el precio justo, lo determinan las fuerzas de la
oferta y la demanda, que a su vez son el resultado de la común estimación de
los consumidores en el mercado. Saravia escribía que “excluyendo todo engaño y
malicia, el justo precio de una cosa es el precio que comúnmente alcanza en el
tiempo y lugar del acuerdo”. Continúa apuntando que el precio de una cosa
cambiará de acuerdo con su abundancia o escasez. Procede a atacar la teoría del
coste de producción del precio justo:
Los que miden el justo precio de la
cosa según el trabajo, costas y peligros del que tracta la mercadería o la
hace, o lo que cuesta en ir y venir (…); lo que le cuestan los factores; lo que
valen sus industrias, peligros y trabajos, yerran mucho: y más los que les dan
cierta ganancia del quinto o del diezmo; porque el justo precio nasce de la
abundancia o falta de mercaderías, de mercaderes y dineros (…) y no de las
costas, trabajos y peligros; porque si con estos trabajos y peligro se hobiese
de mirar para tasar el justo precio, nunca se daría el caso que el mercader
sufriera una pérdida, ni la abundancia o falta de mercaderías entraría en la
discusión. Los precios no son fijados comúnmente a partir de las costas. ¿Por
qué debería un fardo de lino traído por tierra desde Bretaña con grandes costas
valer más que uno que se transporta con menos costas por mar? (…) ¿Por qué un
libro escrito a mano debería valer más que uno impreso, cuando este ultimo es
mejor aunque cueste menos hacerlo? (…) El justo precio no se descubre contando
las costas sino por estimación común.
Igualmente, el escolástico español
Diego de Covarrubias y Leiva (1512-1577) un distinguido experto en derecho
romano y teólogo en la Universidad de Salamanca, escribió que el “valor de un
artículo” depende “de la estimación de los hombres, incluso aunque esa
estimación se locura”. El trigo es más caro en la Indias que en España “porque
los hombres lo estiman más, aunque la naturaleza del trigo es la misma en ambos
lugares”. El precio justo debería considerarse no en absoluto con referencia a
su coste original o de trabajo, sino solo con referencia a valor común del
mercado en que se vende el bien, un valor, apuntaba Covarrubias, que caería
cuando los compradores sean pocos y los bienes sean abundantes y que aumentaría
bajo las condiciones opuestas.
El escolástico español Francisco
García (m. 1659) se dedicó a un análisis notablemente complejo de los
determinantes del valor y la utilidad. La valoración de los bienes, apuntaba
García, depende de vario factores. Uno es la abundancia o escasez de la oferta
de bienes, causando la primera una menor estimación y la segunda un aumento. Un
segundo factor es si compradores o vendedores son muchos o pocos. Otro es si
“el dinero es escaso o abundante”, causando lo primero una menor estimación de
los bienes y lo segundo una mayor. Otro es si “los vendedores están dispuestos
a vender sus bienes”. La influencia de la abundancia o escasez de un bien lleva
a García casi al borde de un análisis de la valoración marginal de la utilidad,
sin alcanzarlo.
Por ejemplo, hemos dicho que el pan
es más valioso que la carne porque es más necesario para la preservación de la
vida humana. Pero podría llegar un tiempo en que el pan sea tan abundante y la
carne tan escasa que el pan sea más barato que la carne.
Los escolásticos españoles, sobre el dinero
Los escolásticos españoles también
anticiparon la escuela austriaca al aplicar la teoría del valor al dinero,
empezando así la integración del dinero en la teoría general del valor. Por
ejemplo, se cree generalizadamente que en 1568 Juan Bodino inició lo que se
llama desgraciadamente la aplicación del análisis de la oferta y demanda al
dinero. Aún así, se le anticipó en doce años el teólogo dominico de Salamanca Martín de Azpilicueta Navarro (1493–1576), que
fue inspirado a explicar la inflación producida por la importación de oro y
plata por parte de los españoles desde el América.
Citando a escolásticos anteriores,
Azpilicueta declaraba que “el dinero vale más donde es escaso que donde es
abundante”. ¿Por qué? Porque “toda mercadería se hace más deseada cuando es en
gran demanda y corta oferta y ese dinero, en la medida en que puede venderse,
trocarse o intercambiarse mediante alguna otra forma de contrato, es mercadería
y por tanto se convierte en más querida cuando es en gran demanda y corta
oferta”. Azpilicueta notaba que “vemos por experiencia que en Francia, donde el
dinero es más escaso que en España, pan vino, ropa y trabajo valen mucho menos.
E incluso en España, en tiempos en que el dinero era más escaso, los bienes a
la venta y el trabajo se daban por mucho menos que después del descubrimiento
de las Indias, que inundaron al país con oro y plata. La razón para esto es que
el dinero vale más donde y cuando es escaso que donde y cuando es abundante”.
Además, los escolásticos españoles
llegaron a anticipar la teoría clásica de Mises-Cassel de la paridad de poder
adquisitivo de los tipos de cambio procediendo lógicamente al aplicar la teoría
de la oferta y la demanda a los intercambios extranjeros, una institución que
fue muy desarrollada al principio de la edad moderna. El influjo de los metales
preciosos en España depreció el escudo español en el intercambio exterior e
hizo que aumentaran los precios dentro de España y los escolásticos tuvieron
que ocuparse de este alarmante fenómeno. Fue el eminente teólogo dominicano
salmantino Domingo de Soto (1495-1560) quien en 1553 aplicó por primera vez
completamente el análisis de oferta y demanda a los tipos de cambio en el
exterior. De Doto apuntaba que “cuanto más abundante es el dinero en Medina,
más desfavorables con los términos de intercambio y mayor es el precio que debe
pagar quien desee enviar dinero de España a Flandes, ya que la demanda de
dinero es más pequeña en España que en Flandes. Y cuanto más escaso sea el
dinero en Medina menos necesitamos pagar allí, porque más gente quiere dinero
en Medina del que están enviando a Flandes”.
Lo que estaba diciendo De Soto es
que a medida que aumenta la existencia de dinero, la utilidad de cada unidad
para la población disminuye y viceversa; en resumen, solo el gran escollo de no
especificar el concepto de l unidad marginal le impide llegar a la doctrina de
la disminución de la utilidad marginal del dinero. Azpilicueta, en el pasaje
antes citado, aplicaba el análisis de De Soto de la influencia de la oferta de
dinero en los tipos de cambio, al mismo tiempo que avanzaba una teoría de
oferta y demanda para determinar el poder adquisitivo del dinero dentro de un
país.
El análisis de De Soto-Azpilicueta
se extendió a los mercaderes de España por parte del fraile dominico Tomás de
Mercado (m. 1585), quien el 1569 escribió un manual de moralidad comercial en
español, en contraste con los teólogos escolásticos, que invariablemente
escribían en latín. Fue seguido por García y apoyado al final del siglo XVI por
el teólogo dominico salmantino Domingo de Báñez (1527-1604) y por el gran
jesuita portugués Luis de Molina (1535-1600). Escribiendo cerca del cambio de
siglo, Molina exponía la teoría de una forma elegante y completa:
Hay otra forma en la que el dinero
puede valer más en un lugar que en otro, que es porque sea más escaso allí que
en otro lugar. En igualdad de condiciones, donde el dinero sea más abundante,
será menos valioso para el fin de comprar cosas comparables distintas del
dinero.
Igual que la abundancia de bienes
hace que caigan los precios (a igualdad en cantidad de dinero y número de
mercaderes), una abundancia de dinero los hace subir (a igualdad en cantidad de
bienes y número de mercaderes). La razón es que el propio dinero se convierte
en menos valioso para el fin de comprar y comparar bienes. Así, vemos que en
España el poder adquisitivo del dinero es mucho menor, debido a su abundancia,
de lo que lo era hace ocho años. Una cosa que podía comprarse por dos ducados
en ese tiempo vale hoy 5, 6 o incluso más. Los salarios han aumentado en la
misma proporción y lo mismo las dotes, el precio de las propiedades, la renta
de los beneficios y otras cosas.
Igualmente vemos que el dinero es
mucho menos valioso en el Nuevo Mundo (especialmente en Perú, donde abunda
más), que en España. Pero en lugares en que es más escaso que en España, será
más valioso. Tampoco el valor del dinero será el mismo en todos los demás
lugares, sino que variará: y esto será a causa de las variaciones en su
cantidad, a igualdad de condiciones. (…) Incluso en la misma España varía el
valor del dinero: normalmente el más bajo de todo es en Sevilla, donde llegan
los barcos del Nuevo Mundo y donde por esa razón el dinero es más abundante.
Allí donde la demanda de dinero se la
mayor, ya sea para la compra o transporte de bienes (…) o cualquier otra razón,
allí su valor será el mayor. Son también estas cosas las que hacen que el valor
del dinero varíe en el curso del tiempo en uno y el mismo lugar.
La revisión de De Roover
La principal obra revisionista
sobre el pensamiento económico de los escolásticos medievales y tardíos es la
de Raymond de Roover. Basando su obra en parte en el libro de Grice-Hutchinson,
De Roover publicó su primera explicación completa en 1955. Para
el periodo medieval, De Roover apuntaba particularmente al occamita fracés de
principios del siglo XIV Jean Buridan y al famoso predicador italiano de
principios del siglo XV San Bernardino de Siena (1380-1444). Buridan insistía
en que el valor se mide por los deseos humanos de la comunidad de individuos y
en que el precio de mercado es el precio justo. Además, fue tal vez el primero
en dejar claro de una forma pre-austriaca que el intercambio voluntario demuestra
la preferencia subjetiva, ya que decía que “la persona que intercambia un
caballo por dinero no lo habría hecho si no hubiera preferido el dinero al
caballo”. Añadía que los
trabajadores se contratan porque valoran más los salarios que reciben que el trabajo
que tienen que gastar.
De Roover explica luego los
escolásticos españoles del siglo XVI, centrándose en el Universidad de
Salamanca, la reina de las universidades españolas de la época. Desde
Salamanca, la influencia de esta escuela de escolásticos se extendió a
Portugal, Italia y los Países Bajos. Además de resumir la contribución de Grice-Hutchinson
y añadirla a su bibliografía, De Roover apuntaba tanto De Soto como Molina
denunciaron como “mentirosa” la idea del escolástico de finales del siglo XIII
Juan Escoto (1308) de que el precio justo es el coste de producción más un
beneficio razonable: por el contrario ese precio es la común estimación, la
interacción de oferta y demanda en el mercado. Molina introdujo además el
concepto de competencia al indicar que la competencia entre compradores subirá
los precios, mientras que la escasez de estos mismos lor rebajará.
En un artículo posterior, De Roover
se extendía sobre sus investigaciones en la teoría escolástica del precio
justo. Concluía que la visión ortodoxa del precio justo como un precio fijado
de por vida y basado en el coste de producción se basaba casi únicamente en las
opiniones del escolásticos vienés del siglo XIV, Enrique de Langenstein. Pero
Langenstein, apuntaba De Roover, era un seguidor de las opiniones minoritarias
del Guillermo de Occam y estaba fuera de la tradición tomista dominante: se
cita poco a Lengenstein entre los escritores escolásticos tardíos. Aunque
algunos de sus pasajes están abiertos a una interpretación conflictiva, De
Roover demostraba que Alberto Magno (1193-1280) y su gran discípulo Tomás de
Aquino (1126-1274) sostenían que el precio justo era el precio de mercado. De
hecho, Aquino consideraba el caso de un mercader que llevara trigo a un país en
el que hubiera una gran escasez, resultando que el mercader sabe que hay más
trigo en camino. ¿Debe vender su trigo al precio actual de mercado o debe
anunciar a todos la inminente llegada de nuevos suministros y sufrir una caída
de precios? Aquino respondía inequívocamente que puede vender justamente el
trigo al actual precio de mercado, aunque añada luego como ocurrencia tardía
que sería más virtuoso informar a los compradores. Además, De Roover apuntaba
al resumen de la postura de Aquino por su comentarista más distinguido, el
escolástico de finales del siglo XV Tomás de Vío, el Cardenal Cayetano
(1468-1534). Cayetano concluía que para Aquino el precio justo es “el que, en
un momento concreto, pueda obtenerse de los compradores, suponiendo un
conocimiento común y en ausencia de todo fraude y coacción”.
La teoría del coste de producción
del precio justo sostenida por los escotistas fue mordazmente atacada por los
últimos escolásticos. San Bernandino de Siena, apuntaba De Roover, declaraba
que el precio de mercado es justo independientemente de si el productor gana o
pierde o si está por debajo o por encima del coste. El gran jurista de
principios del siglo XVI Francisco de Vitoria (c. 1480-1546), fundador de la
escuela de Salamanca, así como sus seguidores, insistían en que el precio justo
lo establecen oferta y demanda independientemente de los costes o gastos de la
mano de obra: los productores ineficientes o los especuladores ineptos deben
pechar con las consecuencias de su incompetencia o su pobre previsión. Además,
De Roover dejaba claro que el énfasis escolástico general en la justicia de la “común
estimación” (communis aestimatio) es
idéntico a la “valoración del mercado” (aestimatio
fori), ya que los escolásticos utilizaban indistintamente estas dos
expresiones latinas.
Sin embargo, De Roover apuntaba que
esta aceptación del precio de mercado no significaba que los escolásticos
adoptaran una postura de laissez faire. Por el contrario, estaban a menudo
dispuestos a aceptar la fijación pública de precios en lugar de la acción del
mercado. Sin embargo, unos pocos escolásticos eminentes, liderados por
Azpilicueta e incluyendo a Molina, se oponían a toda fijación de precios; como
dijo Azpilicueta, los controles de precios son innecesarios en tiempos de
abundancia e ineficaces o directamente dañinos en tiempos de escasez.
En un comentario sobre el trabajo
de De Roover, David Herlihy apuntaba que, en las ciudades-estado del norte de
Italia de los siglos XII y XIII, el lugar de nacimiento de capitalismo
comercial moderno, el precio de mercado era considerado generalizadamente como
justo porque era “verdadero” y “real”, si se “estblecía o utilizaba sin engaño
o fraude”. Como resumía Herlihy, el precio justo de un objeto es su “valor real
determinado por una de dos maneras: para objetos que sean únicos, por la
negociación honrada entre vendedor y comprador; para los productos básicos, por
el consenso del mercado establecido en ausencia de fraude o conspiración”.
El relato definitivo de John W.
Baldwin de las teorías del precio justo durante la Alta Edad Media de los
siglos XII y XIII confirmaba ampliamente las ideas revisionistas de De Roover.
Baldwin apuntaba que había tres grupos influyentes de escritores medievales:
los teólogos (que hemos estado examinando), los juristas romanos y los juristas
canónicos. Por su parte, los romanistas, unidos a los canonistas mantenían
incondicionalmente el principio de la ley privada romana de que el justo precio
es cualquiera al que se llegue por libre negociación entre compradores y
vendedores. Baldwin demostraba que
incluso los teólogos de la Alta Edad Media antes de Aquino aceptaban el precio
actual de mercado como precio justo.
Varios años más tarde, De Roover se
ocupó de las opiniones de los escolásticos en el asunto más amplio del comercio
y el intercambio.
Concedía la validez parcial de la antigua opinión de que la iglesia medieval
desconfiaba del comercio como peligroso para la salvación personal; o más bien
que, aunque el comercio puede ser
honrado, presenta una gran tentación para el pecado. Sin embargo, apuntaba que
al crecer el comercio después del siglo X, la iglesia empezó a adaptarse a la
idea de los méritos del comercio y el intercambio. Así, aunque es cierto que el
escolástico del siglo XII Pedro Lombardo (c. 1100-1160) denunciaba el comercio
y la milicia como ocupaciones pecaminosas por sí mismas, se estableció una
visión mucho más benevolente del comercio durante el siglo XIII por parte de
Alberto Magno y su alumno Tomás de Aquino, así como por San Buenaventura
(1221-1274) y el Papa Inocencio V (1225-1276). Aunque el comercio presenta
ocasiones para el pecado, no es pecaminoso en sí mismo; por el contrario, el
intercambio y la división del trabajo son beneficiosos para satisfacer los
deseos de los ciudadanos. Además, el escolástico de principios del siglo XIV
Ricardo de Mediavilla desarrolló la idea de que tanto el comprador como el
vendedor ganan con el intercambio, ya que ambos demuestran que prefieren lo que
reciben a lo que dan. Mediavilla también aplicó esta idea al comercio internacional,
apuntando que ambos países se benefician intercambiando sus productos
excedentes. Como los mercaderes y ciudadanos de cada país se benefician,
ninguna parte está explotando a la otra.
Al mismo tiempo, Aquino y otros
teólogos denunciaban la “codicia” y el amor al beneficio, siendo la ganancia
mercantil justificable solo cuando se dirija hacia el “bien de otros”; además,
Aquino atacaba la “avaricia” por intentar mejorar la “situación en la vida” de
uno. Pero, como apuntaba De Roover, el gran italiano del siglo XVI Cardenal
Cayetano corrigió esta opinión demostrando que, si esto fuera verdad, toda
persona tendría que estar fijo en su actual ocupación y renta. Por el
contrario, afirmaba Cayetano, la gente con capacidades inusuales deberían poder
ascender en el mundo Frente europeos del norte como Aquino, Cayetano estaba muy
familiarizado con el comercio y la movilidad social hacia arriba en las
ciudades italianas. Además, incluso Aquino rechazaba explícitamente la idea de
que los precios deberían determinarse por la situación en la vida, apuntando
que el precio de venta de cualquier bien tiende a ser el mismo ya sea el
empresario pobre o rico.
De Roover alababa al escolástico de
principios del siglo XV San Bernardino de Siena por ser el único teólogo que se
ocupó en detalle de la función económica del empresario. San Bernardino
escribía sobre las cualidades y habilidades poco comunes del empresario de
éxito, incluyendo esfuerzo, diligencia, conocimiento del mercado y cálculo de
los riesgos justificando el beneficio en el capital invertido como compensación
por el riesgo y el trabajo del empresario. La aceptación del beneficio fue
inmortalizada en un lema en libro de contabilidad del siglo XIII: “En el nombre
de Dios y del beneficio”.
La última obra de De Roover en este
campo fue un librito sobre san Bernardino y su contemporáneo San Antonino de
Florencia (1389-1459). En
las opiniones de San Bernardino del comercio y el empresario, la ocupación del
comercio puede llevar al pecado, pero lo mismo puede pasar en todas las demás
profesiones, incluyendo el obispado. Respecto de los pecados de los
comerciantes, consisten en actividades ilícitas
como el fraude, el engaño en el anuncio de los productos, la venta de
productos adulterados y el uso de pesos y medidas falsificados, así como
mantener a los acreedores esperando por su dinero después de que venza una
deuda. Respecto del comercio, hay muchos tipos de mercaderes útiles, según San
Bernardino: importadores-exportadores, almacenistas, vendedores y fabricantes.
San Bernardino describía las raras
cualidades y virtudes de conlleva convertirse en un hombre de negocios de
éxito. Una es la eficiencia (industria),
que incluye el conocimiento de las cualidades, precios y costes y capacidad de
evaluar riesgos y estimar oportunidades de beneficio, lo que, declaraba,
“realmente muy pocos son capaces de
hacer”. La capacidad empresarial incluye por tanto la voluntad de asumir
riesgos (pericula). Los hombres de
negocios deben ser responsables y atentos al detalle y también hace falta
trabajo duro y problemas. La conducción ordenada y racional de los negocios,
también necesaria para el éxito es una virtud loada por San Bernardino, como lo
son la integridad en los negocios y el pronto ajuste de cuentas.
Volviendo a la visión escolástica
del valor y el precio, de Roover apuntaba que, ya en Aquino los precios se
trataban como determinados, no por su clasificación filosófica en la
naturaleza, sino por el grado de utilidad de los respectivos productos para el
hombre y los deseos humanos. Como escribía De Roover sobre Aquino: “Estos
pasajes con claros y no ambiguos: el valor depende de la utilidad o de los
deseos humanos. No hay en ningún lugar mención alguna al trabajo como creador o
medida de valor”.
Un siglo antes de los escolásticos
españoles y un siglo y medio antes de la compleja formulación de Francisco
García, San Bernardino había demostrado que el precio se determina por la
escasez (raritas), utilidad (virtuositas) y lo agradable y deseable (compacibilitas). Una mayor abundancia de
un bien causará una caída en su valor y una mayor escasez un aumento. Además,
para tener valor, un bien debe tener utilidad o lo que llamamos “utilidad
objetiva”, pero dentro de este marco, el valor se determina por la compacibilitas o “utilidad subjetiva”
que tiene para los consumidores individuales.
De nuevo, solo falta el elemento
marginal para una teoría pre-austriaca del valor a escala completa. Llegando al
borde de la posterior solución austriaca a la “paradoja del valor” de los
economistas clásicos, San Bernardino apuntaba que un vaso de agua para un
hombre que se muere de sed sería tan valioso como para prácticamente no tener
precio, pero por suerte el agua, aunque absolutamente necesaria para la vida
humana, es normalmente tan abundante que conlleva o un precio muy bajo o ningún
precio en absoluto.
Corrigiendo al adscripción de
Schumpeter del descubrimiento de la utilidad subjetiva a San Antonino y
observando que la había tomado de San Bernardino, De Roover además mostraba que
las investigaciones recientes demuestran que Bernardino tomó su propio análisis
casi plabra por palabra de un escolástico provenzal del finales del siglo XIII,
Petrus Iohannis Olivi (1248-1298). Aparentemente, Bernardino no reconoció a
Olivi porque este último, al venir de otra rama de la orden franciscana era en
aquel momento sospechoso de herejía.
Al ocuparse del concepto del
“precio justo”, De Roover deja claro que san Bernardino, siguiendo a Olivi,
sostenía que el precio de un bien o servicio era “la estimación hecha en común
por todos los ciudadanos de la comunidad”. Esto se sostiene explícitamente que
es la valoración del mercado, ya que definía el precio justo como “el que
resulta prevalecer en un momento concreto según la estimación del mercado, es
decir, lo que valen normalmente los productos a la venta en un lugar concreto”.
Los dos frailes italianos tratan a
los salarios de la misma forma que a los precios de los bienes: para San
Bernardino, “las mismas reglas que se aplican a los precios de los bienes se aplican
a los precios de los servicios con la consecuencia de que el salario justo
también será determinado por las fuerzas que operan en el mercado o, en otras
palabras, por la demanda de trabajo y la oferta disponible”. A un arquitecto se
le paga más que a un cavador, afirmaba Bernardino, porque “el primer trabajo
requiere más inteligencia, mayor habilidad y mayor formación y, por tanto, califican menos (…). Las
diferencias en salarios han de explicarse entonces por la escasez, ya que los
trabajadores cualificados son menos numerosos que los no cualificados y los
puestos elevados requieren incluso una combinación poco usual de habilidades y
capacidades”. Y San Antonino concluía
que el salario de los trabajadores es un `precio que, como cualquier otro, se determina
adecuadamente por la común estimación del mercado en ausencia de fraude.
Después de los escolásticos
Durante y después del siglo XVI, la
iglesia católica romana y la filosofía escolástica fueron objeto de un ataque
virulento, primero por los protestantes y luego por los racionalistas, pero el
resultado no fue suficiente tanto eliminar toda influencia de la filosofía y la
economía escolásticas como esconder esa influencia, ya que sus enemigos
proclamados a menudo dejaban de citar sus escritos. Así, el gran jurista
protestante holandés del siglo XVII Hugo Grocio (1583-1645) adoptó mucha de la
doctrina escolástica, incluyendo el énfasis en el deseo y la utilidad como
principales determinantes del valor y la importancia de la común estimación del
mercado al determinar el precio.
De hecho, Grocio citaba
explícitamente a los escolásticos españoles Azpilicueta Navarro y Covarrubias.
Siguiendo incluso más explícitamente a los escolásticos españoles del siglo XVI
encontramos a teólogos jesuitas del siglo siguiente, incluyendo al muy
influyente jesuita flamenco Leonardus Lessius (1554-1623), amigo de Luis de
Molina y el aún más influyente cardenal jesuita español Juan de Lugo
(1583-1660), cuyo tratado fue publicado originalmente en 1642 y reimpreso
muchas veces en los siguientes tres siglos. También siguiendo explícitamente a
los escolásticos y la escuela de Salamanca en el siglo XVII encontramos al
filósofo y jurista genovés Sigismundo Scaccia (c. 1618), cuyo tratado fue
reeditado ampliamente, así como Antonio de Escobar (c. 1652), autor de un
manual sobre moral.
Volviendo a la que sería tendencia
protestante dominante en el pensamiento económico posterior, las doctrinas
legales y económicas de Grocio fueron seguidas muy de cerca en el posterior
siglo XVII por el jurista luterano sueco Samuel Pufendorf (1632–1694). Aunque Pufendorf
seguía a Grocio en la utilidad y la escasez y la común estimación del mercado
al determinar valor y precio y aunque indudablemente consultó los escritos de
los escolásticos españoles, es el racionalista Pufendorf el que elimina toda
cita a estas odiadas influencias escolásticas sobre su maestro. Así que cuando
la doctrina de Grocio llegó a Escocia a principios del siglo XVIII a través de
profesor de filosofía moral en Glasgow Gershom Carmichael (1672–1729), que
traduce a Pufendorf al inglés, se había perdido el conocimiento de las
influencias escolásticas. De ahí que, con el gran alumno y sucesor de Carmichael,
Francis Hutcheson, la utilidad empezara a debilitarse por las teorías del valor
trabajo y coste de producción, hasta que finalmente en el momento en que el
alumno de Hutcheson, Adam Smith (1723-1790), escribe La riqueza de las naciones, la influencia escolástica pre-austriaca
desafortunadamente desapareció por completo. De ahí la opinión de Schumpeter,
De Roover y otros de que Smith y Ricardo dirigieron a la economía hacia una vía
errónea, cosa que tuvieron que corregir los posteriores marginalistas
(incluyendo a los austriacos).
Las doctrinas escolásticas tuvieron
una influencia más duradera en los economistas del continente, particularmente
en los países católicos. Así al brillante abad italiano de mediados del siglo
XVIII Ferdinando Galiani (1728-1787) atribuyen a menudo los historiadores
inventar la idea completamente desarrollada de la utilidad y la escasez como
determinantes del precio. Nadie quiso poner a prueba los escritos escolásticos
en esa época racionalista, pero se detecta una fuerte influencia escolástica en
la obra de Galiani, cuya sección sobre el valor incluso contiene una cita
explícita al escolástico de Salamanca Diego Covarrubias y Leiva. El tío de
Galiani, Celestino, que crió al joven economista, había sido profesor de
teología moral antes de convertirse en arzobispo e indudablemente estaba
familiarizado con la literatura escolástica sobre la materia, que llenaba las
bibliotecas italianas del siglo XVIII. El economista italiano Antonio Genovesi
(1712-1769), contemporáneo de Galiani, también se vio influido por el
pensamiento escolástico: había trabajado como profesor de ética y filosofía
moral en la Universidad de Nápoles.
Desde Galiani, el papel central de
la utilidad, la escasez y la común estimación del mercado se extendió a
Francia, al abad francés de finales del siglo XVIII Etienne Bonnot de Condillac
(1714-1780), así como a otro gran abad, Robert Jacques Turgot (1721-1781).
Reconociendo solo a Galiani como predecesor, Tugot repite a la escuela de
Salamanca al sostener que los precios de los bienes y el valor del dinero, como
consecuencia de la “común estimación” del mercado, han de construirse a partir
de las valoraciones subjetivas de los individuos en dicho mercado. Francois
Quesnay (1694-1774) y los fisiócratas franceses del siglo XVIII (considerados
habitualmente como los fundadores de la ciencia económica) estuvieron asimismo
muy influidos por los escolásticos, tanto en su teoría del derecho natural como
en su énfasis en el consumo y el valor subjetivo. La doctrina escolástica
incluso aparece en la fieramente anticatólica Enciclopedia, incluyendo la doctrina del derecho natural, así como
el análisis del precio como determinado por la común estimación presente del
mercado. Incluso durante el siglo XIX, aparecen fuertes trazas de Condillac y
Turgot en Jean-Baptist Say (1767-1832), que defendía un modelo de utilidad para
el futuro.
Aproximadamente al mismo tiempo que
Schumpeter, Grice-Hutchinson y De Roover publicaban sus investigaciones, Emil
Kauder presentaba un punto de vista revisionista similar. Kauder indicaba la
conexión entre los escolásticos y Galiani, primero en el político italiano de
mediados del siglo XVI, Gian Francesco Lottini (1512-1572).
Demostraba que Lottini ideó primero un concepto rudimentario de preferencia
temporal: la gente estima los deseos presentes más que los futuros. El
siguiente enlace fue el mercader italiano de finales del siglo XVI Bernardo
Davanzati (1529-1606), que aplicó la teoría subjetiva del valor al dinero en
1588. De hecho, Schumpeter iba a puntar enseguida que Davanzati también
resolvió la “paradoja del valor” de que el agua sea muy útil pero no valiosa en el mercado por
ser altamente abundante. No se sabe si Davanzati estuvo influido o no por San
Bernardino. Fue seguido casi un siglo
después por el profesor italiano de matemáticas Geminiano Montanan (1633-1687).
Galiani estuvo por tanto definitivamente influido por Davanzati.
Luego Kauder desarrollaba de una
forma original las contribuciones de Galiani. Pues no solo Galiani estableció
completamente la familiar teoría de la utilidad y la escasez como determinantes
del precio (a la que solo le faltaba el principio marginal para llegar a la
teoría austriaca) sino que asimismo aplicó la teoría de la utilidad al valor
del trabajo y otros factores de producción. Pues el valor del trabajo es
determinado a su vez por la utilidad y escasez del tipo concreto de trabajo que
se considere. A los muy cualificados se les paga mucho más que al trabajador
común, ya que la naturaleza produce solo un pequeño número de hombres capaces.
Pero no solo eso: para Galiani no son los costes laborales los que determinan
el valor, sino el valor (y la elección del consumidor) el que determina el
coste del trabajo.
Además, Galiani llegó a una teoría
del interés pre-Böhm-Bawerk basada en la preferencia temporal, siendo los
intereses la diferencia entre el dinero presente y futuro.
Luego Turgot se anticipó a los austriacos al aplicar la teoría de la utilidad
de Galiani a un análisis destallado del intercambio aislado. Además Turgot,
como apuntó Schumpeter, desarrolló un análisis temporal de la producción y
realizó un análisis general pre-austriaco de la ley de los retornos
definitivamente decrecientes que no se igualaría hasta el final del siglo XIX.
Muy justamente, Schumpeter escribía que “no es exagerado decir que a la
economía analítica le costó un siglo llegar a donde podría haber llegado en
veinte años tras la publicación del tratado de Turgot si se hubiera entendido y
asimilado correctamente su contenido por una profesión en alerta”. Por
el contrario, como apuntaba Kauder, se dejó a Condillac ofrecer una defensa
desesperada y olvidada de la teoría de la utilidad de Galiani contra la
creciente marea de la teoría britñanica del coste. En expresión mordaz de
Condillac: “Una cosa no tiene valor porque cueste, como supone la gente: por el
contrario, cuesta porque tiene un valor”.
En un fascinante artículo
complementario, Kauder conjeturaba sobre la persistencia de la teoría de la
utilidad y el valor subjetivo en el continente, comprada con el auge y dominio
de la teoría de la cantidad de trabajo y coste de producción en Gran Bretaña. Le
intrigaba especialmente el hecho de que los subjetivistas franceses e italianos
anteriores al siglo XIX fueran todos católicos (y, por supuesto, podría haber
añadido también a los escolásticos medievales y del siglo XVI), mientras que
los economistas británicos eran todos protestantes, o más precisamente
calvinistas. Kauder conjeturaba que fue su formación calvinista la que llevó a
John Locke y especialmente a Adam Smith a rechazar la tradición continental
(Smith conocía a Turgot y leyó a Grocio) y a destacar una teoría del valor
trabajo. Los calvinistas creían que el trabajo era divino: ¿no podría esta
característica haber llevado a Smith y otros a adoptar una teoría del valor
trabajo?
Además, Kauder apuntaba que hasta
mediados del siglo XVIII las universidades francesas e italianas estaban
dominadas por la filosofía aristotélica, particularmente transmitida por los
jesuitas y otras órdenes religiosas. Kauder añadía que, al contrario que en el
calvinismo, la filosofía aristotélico-tomista no glorificaba al trabajo por sí
mismo como divino: el trabajo puede ser necesario, pero una “búsqueda moderada
del placer y la felicidad” (en resumen, la utilidad) “forma el centro de las
acciones económicas”. Kauder concluía que “si el placer de forma moderada es el
propósito de la economía, entonces siguiendo el concepto aristotélico de la
causa final, todos los principios de economía, incluyendo la valoración deben
deducirse de él”.
Kauder admitía que es hacer una
conjetura que no puede probarse y también que no se sostiene en particular en
el siglo XIX. Sin embargo, sí ofrecía una explicación intrigante del error de
Alfred Marshall en adoptar la teoría completa de la utilidad marginal y, en su
lugar, su maniobra para alejarse de la teoría a favor de un recrudecimiento de
la teoría del coste objetivo de la producción de Ricardo. Esa explicación se
basa en el indudable trasfondo evangélico y calvinista de Marshall.
Finalmente, Emil Kauder demostraba
convincentemente la influencia directa de la filosofía aristotélica en los
fundadores de la escuela austriaca y contrastaba el resultado con las otras
escuelas marginalistas de finales del siglo XIX. Primero, al contrario que
Jevons y Walras, que creían que las leyes económicas eran hipótesis que se
ocupaban de cantidades sociales, Carl Menger y sus seguidores sostenían que la
economía investigaba, no las cantidades de los fenómenos, sino las esencias
subyacentes de entidades reales como el valor, el beneficio y otras categorías
económicas. La creencia en las esencias subyacentes propias de las apariencias
superficiales es aristotélica y Kauder apuntaba que Menger estudió y citó a
Aristóteles por extenso en su trabajo metodológico. También advertía las
similitudes descubiertas por Oskar Kraus entre las teorías austriaca y
aristotélica de la imputación.
Kauder también apuntaba que Menger
aplicó la fundamental distinción aristotélica entre materia y forma a la teoría
económica: a teoría económica se ocupa de la forma subyacente de los
acontecimientos, mientras que la historia y la estadística se ocupan de la
materia concreta. Los casos históricos concretos son ejemplos regularidades
generales, la materia aristotélica que contiene potencialidades, mientras que
las leyes económicas “son las formas aristotélicas que actualizan el potencial,
es decir, ofrecen las leyes y conceptos válidos para todo tiempo y lugar”.
Segundo, Menger sostenía, frente a
Jevons y Walras, que las leyes económicas expresadas en ecuaciones matemáticas
son solo afirmaciones arbitrarias: por el contrario, las verdaderas leyes
económicas son “exactas”, en terminología de Menger, lo que significa que las
leyes describen secuencias invariables al tiempo y al lugar. Así, Menger y los
austriacos construyen un “estructura eterna de economía (…) libre de toda
peculiaridad histórica”.
En resumen, Menger y, tras él,
Böhm-Bawerk fueron ontologistas sociales aristotélicos, manteniendo la realidad
absoluta y apodíctica de las leyes económicas. Kauder apuntaba agudamente que
en la economía contemporánea “solo Von Mises, el más fiel alumno de los tres
pioneros [marginalistas], mantiene el carácter ontológico de las leyes
económicas. Su teoría de la acción humana es una ‘reflexión acerca de la
esencia de la acción’. Las leyes económicas ofrecen ‘hechos ontológicos’”.
Finalmente, el método matemático de
Jevons-Walras se ocupa necesariamente de las “funciones de fenómenos
interdependientes”, mientras que para Menger y los austriacos las leyes
económicas son genéticas y causales, yendo de la utilidad y de la acción del
consumidor al resultado en el mercado. Como dijo Kauder:
Para Marshall, coste y valor, oferta
y demanda son factores interdependientes cuya conexión funcional puede
explicarse en una ecuación o figura geométrica. Para Wieser, Menger y
especialmente Böhm-Bawerk los deseos del consumidor son el principio y fin del
nexo causal. El propósito y la cusa de la acción económica son idénticos. No
hay diferencia entre causalidad de teleología, afirma Böhm-Bawerk. Conocía el
origen aristotélico de su argumento.
Kauder también apuntaba que el
método caracterñisticamente austriaco de proceder con palabras del modelo Robinson
Crusoe y luego proceder paso a paso hasta una economía plenamente desarrollada
está de acuerdo con el concepto aristotélico de entelequia, en el que “el
movimiento de la potencialidad a la actualización determina no solo la
estructura del sistema sino asimismo la presentación de las ideas”.
Al tratar de explicar la alternativa
austriaca entre todas las marginalistas de un realismo filosófico y una
ontología social, Kauder apuntaba a las influencias a finales del siglo XIX en el
clima intelectual austriaco de Aristóteles, Tomás de Aquino y otras escuelas de
filosofía realista. El más influyente era Aristóteles, que se estudió
cuidadosamente hasta mediados del siglo XIX y que se enseñaba habitualmente en
las escuelas austriacas de secundaria. Y aunque el realismo dio paso al
empirismo en las escuelas de Austria al empezar el siglo XX, “el Schotten gymnasium vienés, el nido
intelectual de muchos austriacos famosos, incluyendo a Wieser, obligaba,
incluso después de 1918, a que los estudiantes leyeran la metafísica de Aristóteles
en griego original. Por supuesto,
por el contrario, la influencia de la filosofía aristotélica en Gran Bretaña o
incluso en Francia durante el siglo XIX fue prácticamente nula.
En décadas recientes, los
investigadores revisionistas han alterado claramente nuestro conocimiento de la
prehistoria de la escuela austriaca de economía. Vemos emerger una larga y
poderosa tradición de economía escolástica proto-austriaca, basada en
Aristóteles, continuando a lo largo de la Edad Media y los escolásticos
españoles y luego influyendo en los economistas franceses e italianos antes y
hasta el tiempo de Adam Smith. El logro de Carl Menger y los austriacos no fue
tanto fundar un nuevo sistema sobre el marco de la economía política clásica
británica como revivir y evolucionar a partir de la más antigua tradición que
había sido dejada de lado por la escuela clásica.
Murray N. Rothbard (1926-1995) fue decano de la Escuela
Austriaca. Fue economista, historiador de la economía y filósofo político
libertario.
Este
ensayo se publicó originalmente en The Foundations of Modern Austrian
Economics,editado por Edwin Dolan (Kansas City: Sheed and Ward, 1976), pp.
52-74.