Por Ludwig
von Mises (Publicado el 19 de septiembre de 2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5608.
[The Clash
of Group Interests (1945; 2011)]
El hecho más notable de la historia
de nuestra época es la sublevación contra el racionalismo, la economía y la
filosofía social utilitaria; es la mismo tiempo una sublevación contra la
libertad, la democracia y el gobierno representativo. Es habitual distinguir
dentro de este movimiento un ala derecha y un ala izquierda. La distinción es
falsa. La prueba es que es imposible clasificar en ninguno de estos grupos a
los líderes del movimiento.
¿Era Hegel un hombre de la
izquierda o de la derecha? Tanto los hegelianos de izquierdas como los de
derechas tenían indudablemente razón al referirse a Hegel como su maestro. ¿Era
Geroge Sorel un izquierdista o un derechista? Tanto Lenin como Mussolini fueron
sus discípulos intelectuales. A Bismarck se le considera normalmente como un
reaccionario. Pero su plan de seguridad social es el súmmum del progresismo
actual. Si Ferdinand Lassalle no hubiera sido hijo de judíos, los nazis le
llamarían el primer líder laborista alemán y fundador del partido socialista
alemán, uno de sus grandes hombres. Desde el punto de vista del verdadero
liberalismo, todos los defensores de la doctrina del conflicto forman un
partido homogéneo.
La principal arma aplicada tanto
por los antiliberales de derechas como por los de izquierdas es acudir a los
nombres de sus adversarios. Al racionalismo se lo califica como superficial y
antihistórico. Al utilitarismo se lo etiqueta como el sistema principal de una
ética de corredor de bolsa. Además, en los países no anglosajones, se lo
califica como producto de la “mentalidad del buhonero” británica y de la
“filosofía del dólar” estadounidense. Se desdeña la economía como “ortodoxa”,
“reaccionaria”, “realismo económico” e “ideología de Wall Street”.
Es triste que la mayoría de
nuestros contemporáneos no estén familiarizados con la economía. Todos los
grandes temas de las disputas políticas actuales son económicos. Incluso si no
tenemos en cuenta el problema fundamental del capitalismo y socialismo, debemos
darnos cuenta de que los asuntos discutidos diariamente en la escena política
solo pueden entenderse por medio del razonamiento económico. Pero la gente,
incluso los líderes cívicos, políticos y editores, rehúyen ocuparse seriamente
de los estudios económicos. Están orgullosos de su ignorancia. Temen que
familiarizarse con la economía pueda interferir con la ingenua confianza y
complacencia en sí mismos con la que repiten lemas recogidos sobre la marcha.
Es altamente probable que no más de
uno de cada mil votantes conozca lo que dicen los economistas acerca de los
efectos del salario mínimo, ya sea fijado por decreto del gobierno o por
presión y fuerza de los sindicatos. La mayoría de la gente da por sentado que
aplicar salarios mínimos por encima de los niveles salariales que se habrían
establecido en un mercado laboral no intervenido es una política beneficiosa
para todos lo que quieren ganarse un sueldo. No sospechan que esos salarios
mínimos deben generar un desempleo permanente de una parte considerable de la
fuerza laboral potencial. No saben que incluso Marx negaba categóricamente que
los sindicatos puedan aumentar las rentas de todos los trabajadores ni que los
marxistas coherentes en los primeros tiempos se oponían por tanto a cualquier
intento de decretar salarios mínimos.
Tampoco se dan cuenta de que el
plan de Lord Keynes para alcanzar el pleno empleo, tan entusiastamente apoyado
por todos los “progresistas”, se basa esencialmente en una reducción del nivel
de los salarios reales. Keynes
recomienda una política del expansión del crédito porque cree que “una rebaja
gradual y automática de los salarios reales como consecuencia de los precios
crecientes” no sería tan contestada por los trabajadores como cualquier intento
de rebajar los salarios monetarios.
No es exagerado afirmar que en
relación con este problema primordial los expertos “progresistas” no difieren
de aquéllos despreciados popularmente como “reaccionarios hostiles a los
trabajadores”. Pero entonces la doctrina de que prevalece un conflicto
irreconciliable de intereses entre empresarios y empleados está desprovista de
cualquier fundamento científico. Un aumento final en los salarios de todos lo
que estén dispuestos a ganárselos solo puede conseguirse por la acumulación de
capital adicional y la mejora de los métodos técnicos de producción que hace
viable esta riqueza adicional. Coinciden los intereses correctamente entendidos
de empresarios y empleados.
No es menos probable que solo
pequeños grupos se den cuenta del hecho de que los comerciantes libres se
opongan a las distintas medidas de nacionalismo económico porque consideran que
dichas medidas son perjudiciales para el bienestar de su propia nación, no
porque estén dispuestos a sacrificar los intereses de sus conciudadanos a los
de los extranjeros. Está fuera de duda que difícilmente ningún alemán, en los
años críticos que precedieron a la subida al poder de Hitler, entendieran que quienes
luchaban contra el nacionalismo agresivo y estaban dispuestos a impedir una nueva guerra
no eran traidores, dispuestos a vender los intereses vitales de la nación
alemana al capitalismo extranjero, sino patriotas que querían evitar a sus
conciudadanos la terrible experiencia de una carnicería sin sentido.
La terminología usual clasificando
a la gente como amigo o enemigos de de los trabajadores y como nacionalistas o
internacionalistas es indicativo del hecho de que esta ignorancia de las
enseñanzas elementales de la economía es un fenómeno casi universal. La
filosofía del conflicto está firmemente asentada en las mentes de nuestros
contemporáneos.
Una de las objeciones presentadas
contra la filosofía liberal que recomienda una sociedad de libre mercado sigue
esta fórmula: “La humanidad nunca puede volver a ningún sistema del pasado. El
capitalismo está acabado porque era la organización social del siglo XIX, una
época que ya ha pasado”.
Sin embargo, lo que estos supuestos
progresistas están apoyando es equivalente a una vuelta a la organización
social de las épocas que precedieron a la “revolución industrial”. Las
distintas medidas de nacionalismo económico son una réplica de las políticas
del mercantilismo. Los conflictos jurisdiccionales entre sindicatos no difieren
esencialmente de las luchas entre gremios y posaderos. Como los príncipes
absolutos de la Europa de los siglos XVII y XVIII, esta gente moderna busca un
sistema bajo el cual el gobierno asume la dirección de todas las actividades
económicas de sus ciudadanos. No es coherente con excluir de antemano la vuelta
de las políticas de Cobden y Bright si uno no encuentra nada malo en volver a
las políticas de Luis XIV y Colbert.
Ludwig von Mises es reconocido como
el líder de la Escuela Austriaca de pensamiento económico, prodigioso autor de
teorías económicas y un escritor prolífico. Los escritos y lecciones de Mises
abarcan teoría económica, historia, epistemología, gobierno y filosofía
política. Sus contribuciones a la teoría económica incluyen importantes
aclaraciones a la teoría cuantitativa del dinero, la teoría del ciclo
económico, la integración de la teoría monetaria con la teoría económica
general y la demostración de que el socialismo debe fracasar porque no puede
resolver el problema del cálculo económico. Mises fue el primer estudioso en
reconocer que la economía es parte de una ciencia superior sobre la acción
humana, ciencia a la que llamó “praxeología”.
Este
artículo está extraído de The Clash of Group Interests, “The Clash of
Group Interests”, parte 4 (1945; 2011).
“The Clash of Group
Interests” se publicó originalmente en Approaches to National Unity: A
Symposium, editado por Lyman Bryson, Louis Finkelstein y Robert M. MacIver
(Nueva York: Harper and Brothers, 1945). Este libro del simposio provenía de la quinta
reunión anual de la Conferencia sobre Ciencia, Filosofía y Religión en su
Relación con el Modo Democrático de Vida, realizada en la Universidad de Co