Por Llewellyn H. Rockwell Jr. (Publicado el 7 de septiembre
de 2011)
Traducido
del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5622.
El
presidente Obama ha renunciado a imponer nuevas regulaciones sobre “calidad del
aire”. Las regulaciones habrían afectado a muchos sectores y creado muchos
efectos excedentarios. Los republicanos han estimado costes de hasta 90.000
millones de dólares, pero solo dicen eso para hacer ruido. Apoyaron esas cosas
bajo Nixon y Bush.
No hay
forma real de conocer los costes de tan atroz legislación, especialmente dado
que los costes más altos de la regulación están ocultos. Consisten en los
trabajos no creados, los productos que no llegan al mercado, la producción que
no tiene lugar, las eficiencias no conseguidas, los niveles de vida no
aumentados. De hecho, es peor: cuanto más intervenga el gobierno en la
economía, más pobres nos haremos, y no hay forma real de documentar un futuro
que ni siquiera se nos permite ver.
¿Está
usted en desacuerdo? Bueno, bien, pero aparentemente nada menos que Obama sí está de acuerdo. Dijo: “He subrayado
continuamente la importancia de reducir cargas e incertidumbre regulatorias,
particularmente mientras nuestra economía continúe recobrándose”.
Es una
enorme concesión intelectual Si esto es cierto para algunas regulaciones, ¿Qué
pasa con los miles de millones de otras regulaciones? Los resultados son los
mismos cada vez que limitamos la libre empresa, de cualquier forma en que lo
hagamos. Eliminamos opciones para los emprendedores. Reducimos el valor del
capital a proveer menos mercados para su uso. Desviamos a energías productivas
de hacer cosas para la sociedad y las obligamos a cumplir con las burocracias
regulatorias. Los costes son siempre enormes. De hecho, podríamos ver al
socialismo o el fascismo como nada menos que el extremo de una economía
altamente regulada.
Tal vez
usted diga que a veces las regulaciones merecen la pena. Es su opinión. Pero
déjenos al menos reconocer la existencia de sacrificios regulatorios. Cuando
regulamos, estamos renunciando a algo y ese algo consiste en algún nivel de
prosperidad que no veremos. Esa es la alternativa: regulación frente a
crecimiento económico. Usted podría decir que la sociedad ha tenido suficiente
crecimiento económico y realmente no queremos un mundo en que los pobres se
hagan ricos o se creen más empleos o prosperen más empresas. Repito que es su
opinión. Pero reconozcamos el sacrificio.
Es esto
precisamente lo que ha hecho Obama y representa un reconocimiento de la
realidad que la izquierda siempre busca evitar. Durante más de 100 años, han
afirmado lo contrario. Dicen que sus regulaciones tendrán el efecto de aumentar
la eficiencia, ahorrar dinero, crear empleo y todo lo demás. En el caso del
aire limpio, la idea es que crea “empleo verde”, mejores espacios para vivir de
forma que la gente pueda tener vidas más felices, mejor uso de los recursos,
menos explotación de los trabajadores y todo lo demás. Por eso la Nueva Nueva
Izquierda hace tiempo que llama “inversión” al gasto público, califica de
“estándares” a las regulaciones y rebautiza como “contribuciones” a los
impuestos. La ilusión que esta gente ha tratado de crear es la idea de que la
intervención gubernamental en nuestra economía realmente nos mejorará la vid.
(Podría añadir que, a pesar de su retórica, la derecha no es mejor en la
práctica).
Ahora,
estas declaraciones son evidentemente falsas por diversas razones: los
propietarios saben más que los burócratas, los consumidores pueden ocuparse de
sus propios asuntos, los empresarios necesitan un espacio de libertad y
oportunidades para crear y el sistema de precios es el garante definitivo de la
eficiencia. El gobierno no tiene recursos propios: nos saquea al resto para
obtener lo que tiene. Además, no sabe dirigir una sociedad que exceda a lo que
posean los propios individuos en la sociedad. Es lo contrario. El gobierno es
esencialmente una institución estúpida.
Pero
ahora, con el anuncio de Obama, vemos la proverbial vuelta a la tortilla. Él y
su administración están admitiendo que su programa es un sumidero, una carga,
una presencia indeseada, un obstáculo a la prosperidad. Ésa es la consecuencia
y ésa es realmente la única conclusión que uno puede deducir de este anuncio.
Esto da la vuelta a una demanda importante de los intervencionistas.
¿Y por
qué lo hace? Bueno, miren las encuestas. Son ahora un desastre para la
presidencia de Obama. Y miren a la economía. No está creciendo, está
encogiéndose. Es casi como si esta combinación de desastre político y económico
hubiera finalmente hecho despertar a la realidad a la administración.
Todo esto
me recuerda un acontecimiento en Austria tras la Primera Guerra Mundial. Otto
Bauer era el intelectual y consejero más influyente de todo el país, pero era
un marxista declarado y radical. En un momento en que el destino de Austria era
incierto y los bolcheviques estaban en auge, Ludwig von Mises se encontró con
Bauer y su esposa marxista durante varias tardes. Otto había estado reclamando
un socialismo inmediato. Mises explicó que un experimento así se derrumbaría en
muy poco tiempo. Viena dependía de las importaciones. Sin medios para calcular
y pagar, cesaría el suministro rural de alimentos y todos en Viena empezarían a
pasar hambre en cerca de una emana. Mises destacó esto todo lo que pudo y
finalmente Bauer cedió y reconoció que Mises tenía razón.
Pero aquí
está la moraleja. Bauer nunca perdonó a Mises que le convenciera para abandonar
sus convicciones. Entabló un guerra académica sin cuartel con Mises y nunca
volvió a hablarle. Fue decisivo en denegar a Mises un puesto pagado en la
universidad. Ése es el destino de un economista que dice la verdad a los
políticos que sueñan con utilizar el estado para elevar la sociedad. El
economista dice esencialmente: Con todo
tu poder y todas tus teorías, sigues sin tener la capacidad de hacer lo que
afirmas. El intento llevará al desastre.
Aparentemente
alguien en las filas de Obama habló al presidente de la misma manera acerca de esta
regulación potencialmente catastrófica. Esa misma gente diría lo mismo acerca
de todos los impuestos, regulaciones antitrust, regulaciones medioambientales,
guerras, bienestar, mandatos, restricciones y manipulaciones monetarias.
Alguien tiene que contar aún más verdades al poder. Hacerlo siempre ocasiona un
coste personal, ya que quienes creen en el gobierno lanzan ataques vengativos.
Aún así, debe hacerse.
Puede que
la repentina comprensión de que las regulaciones pueden matar cree una
conciencia que lleve a deshacernos de todo el estado intervencionista, de forma
que se nos deja a todos en paz para construir nuestra propia prosperidad.
Llewellyn H. Rockwell, Jr es
Presidente del Instituto Ludwig von Mises en Auburn, Alabama, editor de LewRockwell.com, y autor de The
Left, the Right, and the State