Por Paul A. Cantor. (Publicado el 26
de agosto de 2011)
Traducido del inglés. El artículo
original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/94.
[Publicado
originalmente el 1 de diciembre de 1998]
Acabo de leer The Last Dinosaur Book,
de W.J.T. Mitchell. Milagrosamente, se las arregla para utilizar el tema
de los dinosaurios como forma de atacar el capitalismo. No me pregunten cómo lo
hace (Mitchell habla continuamente acerca de Barney, combustibles fósiles, Parque Juràsico, vehículos todo terreno,
anuncios de McDonald’s, Andrew Carnegie) y de alguna manera añade a las grandes
bestias del mesozoico una acusación a las empresas multinacionales y lo que han
hecho. No me gustó mucho el libro, pero me hizo pensar: ¿tiene la izquierda
también control sobre la paleontología?
Tomemos el caso de la misteriosa
extinción de los dinosaurios hace unos 65 millones de años. Se han ofrecido
muchas teorías para explicar este hecho. Algunos han apuntado a cambios
climáticos, otros a la superpoblación de dinosaurios. Tal vez la teoría más
popular en este momento atribuye la desaparición de las bestias gigantes a un
asteroide asesino cuyo impacto en la tierra levantó tanto polvo y escombros
como para bloquear el sol y extinguir las vidas de los dinosaurios en todo el
mundo.
Todas estas teorías conjuran
convenientemente los distintos aspectos de la paranoia izquierdista (los
grandes miedos antitéticos al calentamiento global y al invierno nuclear) y
todas ellas sugieren insidiosamente importantes nuevos papeles para el gobierno
federal, como protegernos frente a cometas y otros objetos del espacio
exterior.
¿Incluso los dinosaurios se alienan
contra la causa del libre mercado hoy en día? Bueno, en mi caso, como
estudiante de economía austriaca tengo una explicación más probable: la
extinción de los dinosaurios debe haber sido la consecuencia de la intervención
del gobierno en el mercado. Aunque mis especulaciones han encontrado cierto
escepticismo por parte del establishment de los paleontólogos, estoy por fin
preparado para mostrar en público mis descubrimientos después de una visita a
Montana el pasado verano que me permitió examinar por mí mismo los restos
fósiles y reconstruir la verdadera historia del auge y declive de los
dinosaurios.
Todo empezó a finales del Periodo
Triásico, cuando el gobierno decidió ayudar a todas las criaturas de sangre
fría. A las autoridades federales les preocupaba profundamente la aparición de
los primeros animales de sangre caliente, que parecían tener una ventaja
injusta sobre sus hermanos de sangre fría: se movían más aprisa, estaban más
alerta y en general parecía irles mejor, especialmente durante los meses de
invierno.
Preocupados por la posibilidad de
que los animales de sangre caliente pudieran acabar desplazando completamente a
todos los animales de sangre fría, el gobierno aprobó la Ley de Estabilización
de la Temperatura Corporal. Subvencionando a los animales de sangre fría a
costa de los de sangre caliente, esta ley eliminaba todos los impuestos
federales para los primeros y doblaba los de los últimos. La propuesta trataba
también de prohibir el invierno, pero esto fue declarado inconstitucional en los
tribunales.
Los problemas de esta aparentemente
ilustrada pieza legislativa empezaron cuando el Consejo Nacional de Control de
Estabilización de la Temperatura Corporal decretó que los dinosaurios eran de
sangre fría y por tanto les otorgaron enormes exenciones fiscales. Como dijo un
burócrata: “Su nombre significa ‘lagartija del trueno’, ¿no? Eso les hace
reptiles y por tanto de sangre fría. Caso cerrado”. Por supuesto, las últimas
evidencias científicas sugieren hoy que los dinosaurios eran de sangre caliente
y más cercanos en algunos aspectos a las aves que a los reptiles. Así que los
dinosaurios, al ser el único grupo animal que combinaba sangre fría y
exenciones fiscales, prosperaron y pronto sobrepoblaron la tierra.
Alarmados por esta nueva situación,
el gobierno decidió imponer un impuesto por cabeza a los dinosaurios. Ya dentro
del Periodo Triásico tardío, todos los anímales sujetos a impuesto se evaluaban
al peso. Los funcionarios del gobierno suponían que podían reducir la
proliferación de dinosaurios gravándolos por número en lugar de por peso. Aún
preocupados por la falta de competitividad
de los animales de sangre fría, el gobierno impuso asimismo un nuevo
impuesto penalizando el aumento en el tamaño del cerebro que se estaba
produciendo como consecuencia de la evolución.
El impacto de esta nueva
legislación fiscal sobre los dinosaurios fue inmediato y radical: al tener un
impuesto por número y no por tamaño, encontraron conveniente crecer menos en
número pero más en tamaño. Al mismo tiempo, con la sueva sanción fiscal sobre
la inteligencia, sus cerebros se hicieron más pequeños. A final la política del
gobierno federal tuvo éxito en producir una notable imagen espejo de sí mismo
en el dinosaurio jurásico: un cuerpo enorme, lento, hinchado y excesivamente
grande animado por un cerebro del tamaño de un guisante.
Ustedes podrían pensar que el
gobierno estaría loco de contento con esta consecuencia. Pero tan pronto como
la política federal generó colosales animales terrestres ocupando la tierra,
apareció por todas partes el grito: “Acabar con los dinosaurios”. La irritación
fue particularmente fuerte contra una especie de dinosaurio, el Tyrannosaurus Rex,
que como mayor depredador que jamás holló la superficie de la tierra fue
acusado de precios predatorios por el Departamento de Justicia.
Curiosamente, la campaña contra los
dinosaurios fue liderada por una especie particularmente horrible de
dinosaurio, el temido Algoresaurus. Esta criatura realmente se las arregló para
convencer a sus colegas dinosaurios de que se habían hecho demasiado grandes en
su propio beneficio y estaban consumiendo una parte injustificablemente grande
de los recursos de la tierra. Con su moral rota y afrontando la perspectiva de
cientos de millones de años de litigios, el dinosaurio acabó firmando cartas de
consentimiento con el Departamento de Justicia, acordando dividirse en varias
piezas, no menos de cinco o seis en la mayoría de los casos.
Muchos han datado la desaparición
de los dinosaurios en este momento. El registro fósil parece demostrarlo. Hasta
ahora no se ha encontrado ningún espécimen intacto de dinosaurio en lugar
alguno. De hecho, a juzgar por la evidencia fósil, para cuando el gobierno
acabó con los dinosaurios, les habían dejado en los huesos. Una de las criaturas
más exitosas del planeta, el dinosaurio acabó siendo eliminado de todas las
partes del globo hace aproximadamente 65 millones de años.
En ese momento el gobierno puso a
los dinosaurios en la lista de especies en peligro de extinción. Para ser
justos con el gobierno, realmente hicieron esta declaración unos 3 millones de
años antes de la extinción de los dinosaurios. Por desgracia, los avisos
oficiales que protegían a los dinosaurios se enviaron por correo ordinario.
Entonces como ahora, el lema de Correos era “Cuando absoluta y positivamente
tenga que estar en aproximadamente la misma era geológica”. Como el envío
postal en este caso se demoró en unos 5 millones de años, los dinosaurios ya
estaban extintos cuando el gobierno federal invoco su protección.
Esta es la historia de la extinción
de los dinosaurios, al menos hasta donde he sido capaz de reconstruirla.
Paul A. Cantor es professor de inglés
Clifton Waller Barrett en la Universidad de Virginia. Es coautor, con Stephen Cox, de Literature
and the Economics of Liberty. Vea su entrevista en la Austrian Economics
Newsletter.