Por Wendy McElroy. (Publicado el 27 de julio de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5491.
Titular del Guardian de Reino Unido reza: “Soldado de EEUU reconoce haber matada afganos desarmados por deporte”.
“El plan era matar gente, señoría”. Eso es lo que decía respetuosamente Jeremy Morlcok a un juez militar acerca de su participación en un “equipo asesino” de soldados en Afganistán que disparaban a ciudadanos indefensos y luego preparaban los cadáveres para que parecieran insurgentes muertos. Los miembros del equipo asesino tomaban fotos de los civiles muertos como trofeos, algunos se quedaban con partes de cuerpos como recuerdos.
Lo anterior describe al mal. La palabra no está de moda, tal vez por estar demasiado próxima al derecho evangélico o tal vez por haber sido utilizada hasta la extenuación.
¿Qué quiero decir cuando me refiero a un acto como maligno?
Cuando uso la palabra “mal”, es dentro del marco randiano de una acción que es profundamente antivida e infligida sin causa justa. Con la palabra mal me refiero exclusivamente a comportamiento humano que sea intencional (no accidental ni coaccionado).
Estoy de acuerdo con los psiquiatras en que el mal comportamiento causado por condiciones mentales, como la esquizofrenia, no da el perfil, estoy en desacuerdo con quienes niegan el libre albedrío y adscriben todo comportamiento malévolo a esos desórdenes mentales o emocionales. Igual que alguna gente decide intencionadamente y sin coacciones no ser honrada, otra elige destruir la vida inocente por beneficio o placer. La humanidad tiene un enorme rango de preferencias y siempre alguna gente adoptará las extremas.
Y aún así es difícil reconciliar las fotografías del afeitado y completamente estadounidense Morlock con el Morlcok que se sentaba tranquilamente en un tribunal y describía la muerte atroz de gente inocente por deporte.
Es más, ¿cómo podemos explicar los demás soldados en el equipo asesino o quienes les encubrieron activamente?
Para mí no es algo nuevo forcejear con el asunto del mal. En esa lucha, han sido valiosos dos autores en particular: Hannah Arendt y Henry David Thoreau.
Hannah Arendt
En su libro Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal (1963) la teórica política germano-estadounidense Hannah Arendt abría una ventana única a través de la cual atisbar el mal. Judía de nacimiento, Arendt escapó de la Europa nazi en 1941 y posteriormente se nacionalizó estadounidense. En 1961, en nombre de la revista New Yorker, Arendt cubrió el juicio en Jerusalén de Adolph Eichmann, un burócrata de alto nivel que había jugado un papel esencial en la administración de los campos nazis de exterminio.
Abrió la transcripción del juicio para examinar un monstruo sádico, pero lo cerró sin encontrarlo. Igual que su compañero nazi Heinrich Himmler, que pasó de ser un criador de pollos a encabezar las brutales SS, Eichmann parecía ser un hombre ordinario con talento para obedecer órdenes. Arendt acuñó una expresión (la “banalidad del mal”) en parte como una forma de describir la conducta de Eichmann durante el juicio, en el que negó toda responsabilidad por los asesinatos masivos basándose en que sencillamente seguía órdenes: estaba obedeciendo a la ley.
Página tras página, Eichmann no evidenciaba ninguna culpabilidad, malicia o locura. De hecho, como hombre enjuiciado, la emoción más notable que mostraba era su tendencia a fanfarronear: Arendt calificó al fanfarroneo “el vicio que fue la perdición de Eichmann” porque le llevó a hablar de atrocidades que no se le había ordenado cometer. Para Arendt, parecía que Eichmann prefería morir como criminal de de guerra a vivir como un don nadie.
Arendt continuaba explicando cómo gente aparentemente ordinaria puede cometer actos terribles sencillamente porque esos actos se realizaban de una forma sistemática y dentro de un contexto aprobado, un contexto que desanima la responsabilidad recompensando la obediencia. Así, actos impensables se convertían en inaceptables porque constituían “como son las cosas”. Un crítico del libro de Arendt observaba que los nazis habían “normalizado lo impensable”.
Las ideas de Arendt también son aplicables a los actos de “maldad” más mundanos cometidos durante el reinado de Hitler. Por ejemplo, la repentina apropiación de la propiedad judía dejó de ser un robo si se hacía mediante el papeleo “adecuado”, estampillado y rellenado por triplicado por un funcionario del gobierno. Quienes procesaban los formularios o inventariaban los bienes solo hacían papeleo e inventarios, eran gente “honrada” haciendo su trabajo.
Lo mismo era cierto (entonces y ahora) para los guardias de prisiones, fuerzas especiales de policía y jueces obedientes. Obedecían leyes u órdenes sin hacer preguntas. Para ellos, la ley asumía el papel que desempeña la conciencia en otra gente. Les dice lo que está bien o mal y obedecen.
Por supuesto, la gente decide obedecer por muchas razones. Algunos lo ven como un camino hacia el éxito o la importancia. Otros temen las consecuencias de desobedecer. Muchos, como quienes hacen el papeleo para facilitar el robo o el asesinato, ven sus trabajos como rutinarios y aburridos, tan lejos del mal como pueda imaginarse. Simplemente quieren cobrar su nómina u obtener una pensión y no piensan en el contenido o consecuencias de sus acciones. De hecho, probablemente se ofenderían si alguien les sugiriera que deberían hacerlo.
La compleja explicación de Arendt de la “banalidad del mal” ofrece ideas sobre Morlock y su equipo asesino en Afganistán. Estaban en un entorno que deshumanizaba sistemáticamente la conciencia moral del individuo y borraba la responsabilidad personal.
Sin embargo, a pesar de los paralelismos, Morlock no se ajusta bien al paradigma de Arendt. Por ejemplo, no puede recurrir a “obedecer órdenes” como argumento exculpatorio. Un oficial superior en su unidad había sugerido el equipo asesino, es cierto, pero Morlock no recibió órdenes oficiales.
Se estima que cuatro compañeros de armas se le unieron en la cacería humana y al menos varios más les protegieron. Esto bien puede haber ofrecido un contexto de aprobación, pero los repetidos encubrimientos del equipo asesino revelan que sabían que sus acciones eran incorrectas bajo algunos patrones.
Los motivos y dinámicas de hacer el mal son casi con seguridad tan complejas como los de hacer el bien. Dudo que ningún autor llegue a estar cerca de recogerlos todos.
Henry David Thoreau
Pero Henry David Thoreau ofrece más ideas. En su obra De la desobediencia civil, Thoreau rechazaba la regla de la mayoría porque las opiniones de la mayoría no siempre coinciden con lo que es moralmente correcto. Todo ser humano tiene una obligación fundamental de descubrir por sí mismo lo que es justo y luego actuar de acuerdo con su conciencia, incluso si contradice a la mayoría o a la ley. Es precisamente su conciencia moral lo que hace a un hombre completamente humano.
Es dentro del ejército donde Thoreau veía la mayor renuncia a la conciencia moral: el militar proclama que “obedecer órdenes” es el mayor ideal. Thoreau contemplaba a los soldados marchar a morir y matar extraños en un conflicto que sabían injusto. Se preguntaba si esos soldados mantenían o renunciaban a su humanidad cuando reemplazaban su propio juicio moral por los dictados de los legisladores. Thoreau concluía que una vez que un hombre abandona su juicio moral, se convierte en una máquina: su cuerpo se convierte en una mera herramienta a utilizar.
Thoreau escribía:
Entonces ¿qué son? ¿Hombres? ¿O pequeños fuertes y depósitos de munición al servicio de algún hombre sin escrúpulos en el poder? (…)
Así que la masa de hombres sirve al estado, no principalmente como hombres, sino como máquinas, con sus cuerpos. (…) En la mayoría de los casos no hay libre ejercicio alguno de juicio o sentido moral, sino que se ponen a sí mismos al nivel de la madera y la tierra y las piedras y tal vez puedan fabricarse hombres de madera que sirvan al mismo propósito.
Muchos consideran automáticamente una virtud servir a “su país”, pero es un defecto deshumanizante siempre que implique el abandono de la conciencia. El ejército demanda este abandono. Y pocas actividades pueden ser más deshumanizantes que patrullar calles extranjeras como fuerza ocupante.
Soldados como Jeremy Morlock apuntan con sus armas a extraños que no les hicieron ningún mal: lo hacen con una mentalidad inducida en la que cualquier niño podría ser un enemigo esperando a causar muertes. Cuando eliminamos sistemáticamente la conciencia de un hombre y luego le damos un arma con poca responsabilidad, es probable que aflore lo peor de su humanidad. O tal vez Thoreau tenga razón: puede desaparecer su propia humanidad.
Arendt dijo una vez: “La triste verdad es que lo peor los hace gente que nunca ha pensado si es bueno o malo”. Si es así, entonces el primer paso hacia el mal para la mayoría de la gente es estar de acuerdo en no ver esa distinción.
Wendy McElroy es autora de varios libros. Mantiene activos dos sitios web: WendyMcElroy.com e ifeminists.com.