Por Jeff Riggenbach. (Publicado el 17 de junio de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5373.
[Este artículo está transcrito del podcast Libertarian Tradition]
* Tradución de Jason Roeschley
El difunto Samuel Edward Konkin III era un firme creyente en el poder de la ciencia-ficción para difundir el mensaje libertario. Él mismo se había convertido al libertarismo en parte por leer las obras de Robert A. Heinlein, y Heinlein siguií siendo su escritor preferido de ciencia-ficción por el resto de su vida. Durante cada julio por muchos años, montaba una fiesta de cumpleaños conjunta con Robert A. Heinlein (el cumpleaños de Sam era el 8 de julio; el de Heinlein era el 7 de julio). El último y mayor número de su revista, New Libertarian, se dedicó a Heinlein, siendo una especie de mini-conferencia que celebró, también a fines de los años 1980, con el auspicio de su Agorist Institute. Esta mini-conferencia incluyó presentaciones de Sam, J. Neil Schulman y el suscrito con mucha discusión enérgica.
Pero si las obras de Robert A. Heinlein eran las primeras de la lista de Sam de gran ciencia-ficción libertaria, distan ser las únicas obras en esa lista. También era gran admirador de Great Explosionk, de Eric Frank, por ejemplo. Expresó entusiasmo por la ficción de A.E. van Vogt, especialmente The Weapon Shops of Isher. Y me dijo más que una vez que tenía en mucha estima El Síndico, la novela de 1953 de C.M. Kornbluth, y la consideró lamentablemente poco conocida y poco apreciada entre las novelas libertarias de ciencia-ficción. Sospecho que parte de la razón por la que Sam nunca escribió sobre El Síndico era que creyó que cualquier muestra pública de aprobación de su parte por un escritor como C.M. Kornbluth requeriría al menos un poco de explicación. Kornbluth era “futuriano”, y los fanáticos de la ciencia-ficción libertaria en sus buenos tiempos - los años 1970 y 80 - eran críticos casi siempre con los futurianos, si no abiertamente hostiles hacia ellos.
A los fanáticos de la ciencia-ficción libertaria de hoy les importan mucho menos tales controversias antiguas, sospecho. Los aficionados libertarios de ciencia-ficción menores de 40 años probablemente tengan al menos poco claro quién o qué fueron los futurianos. Los veteranos como yo que sabemos quiénes eran hemos vivido ya tanto que nos preguntamos si realmente importa quiénes eran, si es que siquiera importaba incluso en aquel entonces.
Brevemente, gracias a Dios, los futurianos eran miembros de un club de la ciencia-ficción en Manhattan durante fines de los años 1930 y 1940. Los miembros incluían a un número de jóvenes fanáticos que después se hicieron muy influyentes como escritores y editores de la ciencia-ficción: Isaac Asimov, Frederik Pohl, James Blish, Damon Knight, Judith Merrill, Donald Wollheim y C.M. Kornbluth. Todas estas personas nacieron en la década que siguió el comienzo de la Primera Guerra Mundial - entre 1914 y 1923.
Los futurianos se habían separado del Greater New York Science Fiction Club en 1938 porque sostenían ciertos puntos de vista políticos en que querían ver destacados en la ciencia-ficción – lo que la mayoría de la gente llamaría puntos de vista políticos “izquierdistas”. Algunos de los futurianos, como Wollheim y Pohl, fueron miembros del Partido Comunista de EEUU, aunque fuera brevemente. Otros, como Judith Merrill, eran trotskistas. Otros eran demócratas del New Deal, de lo que supongo se llamaría la clase Henry Wallace. Más o menos todos ellos eran, por lo tanto, desde el punto de vista de libertarios como Sam Konkin y Eric Raymond, traidores al espíritu mismo de la ciencia ficción, el cual ambos, Konkin y Raymond, interpretaron como libertario.
Por otro lado, Sam Konkin pensaba que encontraba algo libertario de la novela de 1953 de C.M. Kornbluth, The Syndic [El Síndico]. Y no fue el único libertario que lo pensó. Otro fue Michael Moorcock. Ahora, Moorcock no es nuestro tipo de libertario. Es libertario de otra clase - la clase que se imagina una sociedad sin un gobierno coactivo (lo cual quiere decir sin Estado), pero en la cual, por cierta magia misteriosa, a ninguno le estaría “permitido” poseer propiedad o invertir ahorros en una empresa productiva con la expectativa de una ganancia futura.
En su ensayo en 1977 “Starship Stormtroopers”, Moorcock carga contra Heinlein, Rand y otros escritores de la ciencia-ficción quienes libertarios de nuestra clase tienden a venerar. Y escribe que “Aparte de la muy respetable pero a mi modo de ver, periodística The Dispossessed de U.K. Le Guin, es bastante difícil para mí encontrar muchos otros ejemplos de libros de la ciencia-ficción, que, por así decirlo, ‘promocionen’ ideas libertarias”. Sin embargo, se le ocurren otros títulos, y luego comenta: “También tengo un debilidad por C.M. Korbluth, quien a mi manera de ver tenía una conciencia política bastante más fuerte de la que admitió, con el resultado que sus historias son a veces confusas a medida que intentaba mezclar ideas de la clase media estadounidense con su propio radicalismo. Una de mis favoritas (…) es El Síndico.”
Entonces, ¿qué encontramos exactamente cuando abrimos un ejemplar de El Síndico y comenzamos a leer? En realidad encontramos una dramatización de la siguiente cita de Murray Rothbard: “Si deseas saber cómo consideramos los libertarios al Estado y cualquier de sus acciones,” escribió en For a New Liberty, “simplemente considera que al Estado como una banda criminal y todas las actitudes libertarias tendrán sentido.”
Más específicamente, cuando abres las primeras páginas de El Síndico, te encuentras en la compañía de un personaje llamado Charles Orsino, quien vive en Nueva York y trabaja como cobrador de extorsionadores, para El Síndico. Camina por las 2.5 millas cuadradas del Distrito Policial 101 de Nueva York (está localizado en Queens si es que eso importa) recaudando dinero de protección de las pequeñas empresas. Prácticamente al comienzo de la historia, pasa por Mother Maginnis’s Ould Sod Pub, sólo para que la misma Madre Maginnis le diga que “es el negocio, Señor Orsino. Es el negocio. Usted me disculpará si digo que no veo cómo podría pagar veinticinco dólares de la caja, aunque mi vida dependiera de ello. Puedo pagar quince, lo juro por--”
Ahí es cuando Orsino la interrumpe. “Se da cuenta, Señora Maginnis”, le dice, “que está decepcionando al Síndico. ¿Qué haría la gente en el Territorio del Síndico para protegerse si todo el mundo tuviera su actitud?” Pero la deja pasar con un pago de quince dólares esta semana. A Orsino le gusta cuando las relaciones quedan agradables y cordiales entre él y la gente que considera como sus “clientes”. Reflexiona, después de salir del bar de Madre Maginnis, que “era agradable poder hacer cosas para la gente simpática; era agradable pasar por la calle soleada, saludando a sombreros quitados y palabras amables.”
Estos acontecimientos suceden, por cierto, alrededor de 150 años desde ahora, a finales del siglo XXII. La civilización básicamente se ha desplomado en el mundo fuera de Norteamérica. Lugares como Europa han vuelto a ser bosques y son apenas habitados por tribus neolíticas que viven en cuevas, cobertizos, chozas de lodo y que cazan con lanzas. Norteamérica está dividida entre el Territorio del Síndico y el Territorio de la Mafia. El este está dirigido por el Síndico y el oeste está dirigido por la Mafia.
Como relata el tío Frank de Orsino, un superior en el Síndico, la historia relevante: al principio,
la gente exigía alcohol, tabaco y productos de consumo baratos, mujeres limpias y la oportunidad de ganar una fortuna; y nuestros antepasados les atendían. Se burlaban entonces de nuestros antepasados, ya sabes. Les llamaban criminales cuando distribuían bienes y servicios a un precio que todos podían pagar.
El Gobierno hostigaba incesantemente a estos supuestos criminales y también adoptaron varias políticas que dejaron a la gente con cada vez menos ingresos discrecionales. Y finalmente, “cuando [la gente había] tenido suficiente acoso y restricciones, se levantaron con su poder. Exigieron libertad de elección, [hombres de talento e ingenio] se levantaron para guiarlos en el Síndico y la Mafia, y expulsaron el Gobierno al mar”. El Gobierno ahora estaba “ubicado en Islandia. (...) Las Canarias y la Isla Ascensión eran puestos de avanzada”. Desde estas islas en el Océano Atlántico, el Gobierno, como dice el tío Frank, “de vez en cuando todavía se atreve a molestar a nuestras ciudades costeras".
Desde el punto de vista del tío Frank, el Gobierno y “los banqueros de tiempos pasados” que lo respaldaron “tuvieron bien merecido lo que ocurrió. Ellos mismos se lo buscaron,” le dice a Charles.
Tenían lo que llamaban laissez-faire, y funcionó por un tiempo hasta que empezaron a juguetear con ello. Exigieron cosas que se llamaban aranceles proteccionistas, remisiones de impuestos, subsidios - la regulación, la regulación, la regulación, siempre del otro. Pero había bastantes banqueros en todos lados para que todos fueran colegas de otro. La coacción aumentó y el Gobierno perdió la aceptación del público. Tenían una cosa que se llamaba la deuda pública que no te puedo empezar a explicar, excepto para decir que era algo escrito en papel y que elevó tremendamente el costo de todo. Bueno, me creas o no, que no sólo tiraron el papel o borraron lo escrito en él. Lo dejaron correr hasta que la gente común no pudo permitirse el lujo de las cosas placenteras de la vida.
Cuando comienza nuestra historia, la Mafia y el Síndico, bajo los términos del Tratado de Las Vegas, firmado a finales del siglo XXI, han mantenido la paz durante cien años. No quiere decir que el uno piense mucho en el otro, ni nada por el estilo. Como dice un superior del Síndico:
"No voy a fingir que estoy contento con cómo están las cosas en el Territorio de la Mafia. (...) No voy a fingir que creo que los clientes de la Mafia están disfrutando del servicio del que disfrutan los clientes del Síndico. Soy perfectamente consciente de que en nuestras visitas de estado al Territorio de la Mafia vemos más o menos lo que nuestros anfitriones quieren que veamos. Pero no puedo creer que cualquier grupo que tenga sus raíces en los principios de la libertad y el servicio pueda haber ido muy mal. "
En cuanto al Gobierno Norteamericano, como se hace llamar bastante pomposamente, el mismo superior del Síndico dice:
Mientras se limiten a unas pocas incursiones comerciales y unos ataques costeros, no puedo decir que esté muy descontento con ellos. No hacen mucho daño y nos mantienen alerta y (tal vez esto sea lo más importante) mantienen vivos los recuerdos de nuestros clientes de los malos tiempos de los que les libramos.
Pero este punto de vista relativamente benigno del Gobierno no es compartido por todos los dirigentes del Síndico. Como dice otro de ellos, un poco indignado:
Permítanme señalar lo que el llamado Gobierno significa: brutal “imposición”, la extirpación de los juegos de azar, la negación de los placeres simples de la vida y la limitación de ellos a todos menos los adinerados, la mojigatería sexual brutalmente impuesta por leyes penales de una barbaridad atroz, la regulación y coerción sin fin que rigen cada minuto del día. Ése fue su historial durante los días de su poder y ése sería su historial si volviera al poder. No veo cómo esta amenaza a nuestra libertad pueda ser tolerada por algunos beneficios marginales que se afirma que se derivan de su existencia continuada.
Por supuesto, el Gobierno no tiene en gran estima el Síndico. Un burócrata del Gobierno que trabaja en Irlanda está horrorizado, (¡horrorizado!) por la falta de leyes contra los delitos sin víctimas en el Territorio del Síndico, y por la ausencia, como él lo ve, del “respeto al hogar, la santidad del matrimonio, la moral sexual, la ley y el orden”. Balbucea casi apopléticamente a un residente del Territorio Síndico a quien conoce por casualidad: “Sé cómo viven ustedes. ¿Me dice que no hay promiscuidad sexual? ¿Poligamia? ¿Poliandria? ¿Apuestas? ¿Comercio de alcohol sin control? ¿Corrupción y extorsiones?" Un agente secreto del Gobierno que opera en el Territorio del Síndico y frustrado por su incapacidad de localizar a alguien que está tratando de encontrar, comenta con pesar que “en el locamente indisciplinado Territorio del Síndico, era imposible de rastrear a nadie”.
El tío Frank de Charles Orsino, se mantiene firme en un punto: "'¡No somos un gobierno!’ gritaba siempre. ‘¡No somos un gobierno! ¡No debemos pensar como un gobierno!’" Y de nuevo, en un momento más tranquilo: “El Síndico no es un gobierno. No debe enredarse en los símbolos y el folclore de un gobierno o será encadenado primero y luego estrangulado por ellos."
Después de que Orsino es enviado como espía del Síndico para infiltrarse en el Gobierno Norteamericano, tiene muchas aventuras, en las que ve por sí mismo cómo son las cosas, tanto para los sometidos por el Gobierno como para los que viven en el Territorio de la Mafia. Y el lector se da cuenta, mirando por encima del hombro de Orsino, por así decirlo, de que, gracias en parte a los incansables consejos del tío Frank sobre esto, el Territorio del Síndico es el más cercano al libertarismo de las tres sociedades más o menos civilizadas que se muestran en la novela de Kornbluth.
¿Cómo pudo un miembro de los temidos futurianos escribir una novela tan libertaria? No debemos olvidar lo muy joven que era Kornbluth cuando se unió a los recién formados futurianos. Tenía 15 años. Había nacido en 1923 y todavía estaba en la escuela secundaria cuando empezó a escribir ciencia ficción y ficción policiaca profesionalmente, es decir, para ganar dinero. Cuando se graduó en la escuela secundaria, en su ciudad natal de Nueva York, se fue a la Universidad de Chicago para los estudios superiores. Sin embargo, su estancia allí fue interrumpida por la Segunda Guerra Mundial.
Después de la guerra, Kornbluth regresó a Chicago, terminó sus estudios y comenzó a trabajar en el periodismo, un oficio que continuó practicando después de su regreso a Nueva York a finales de la década de 1940. En esos mismos años de la posguerra, de vuelta a su ciudad natal, entre sus antiguos amigos, continuó contribuyendo a las revistas de ciencia ficción que habían sido una parte tan importante de su vida cuando estaba en la escuela secundaria. También comenzó a escribir novelas. En el momento en que escribió El Síndico, tenía 29 años y había visto poco de la vida y el mundo. Creo que había visto los absurdos políticos en los que había creído cuando tenía 15 años. Se había dado cuenta de que el estado era no más que otra banda, peor que algunas, pero no fundamentalmente diferente.
Kornbluth nació con un corazón débil. En el primer día de la primavera de 1958, tenía una cita en Nueva York, y cuando salió de su casa en Long Island para tomar su coche y conducir hasta la estación de tren, donde podía tomar el ferrocarril de Long Island hasta la ciudad, encontró que una nevada tardía había bloqueada su entrada. Trató de limpiar la entrada, pero se quedó sin tiempo. Podía oír que el tren venía. Decidió correr. Llegó a la plataforma de la estación a tiempo, pero nunca subió al tren. Murió en la plataforma de un ataque al corazón. Tenía 34 años de edad.
El nombre de Cyril M. Kornbluth ya no asoma tan grande como lo hizo alguna vez en los anales de la ciencia ficción. El Síndico está actualmente descatalogado, aunque puede ser leído como una descarga digital, su texto completo está en línea, y es fácil de encontrar copias de segunda mano en el mercado de libros usados. Los libertarios, en particular, tienen buenas razones para recordar esta novela y para mantener viva su memoria.
Jeff Riggenbach es periodista, autor, editor, locutor y educador. Miembro de la Organización de Historiadores Americanos, ha escrito para periódicos como The New York Times, USA Today, Los Angeles Times y San Francisco Chronicle; para revistas como Reason, Inquiry y Liberty y sitios web como LewRockwell.com, AntiWar.com y RationalReview.com. Aprovechando sus cualidades vocales empleadas en radio clásica y de noticias de Los Ángeles, San Francisco y Houston, Riggenbach también ha narrado las versiones en audiolibros de numerosas obras libertarias, muchas disponibles en Mises Media.
Este artículo está transcrito del podcast Libertarian Tradition.