Por Stefano R. Mugnaini. (Publicado el 16 de junio de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5376.
Nunca olvidaré mi última visita a la encantadora Hinesville, Georgia. Pues fue ahí donde aprendí una valiosa lección, una que nunca olvidaré: en un estado policial, todos somos delincuentes.
Piénselo: ¿cuántas leyes ha quebrantado hoy? ¿Esta semana? ¿Este mes? ¿Ha cambiado de carril sin poner el intermitente? ¿Excedido el límite de velocidad? ¿Contratado a algún chico en el barrio para que le corte la hierba y pagarle luego bajo cuerda? ¿Comerciado con alguien que esté ilegalmente en el país? ¿Comprado limonada a un “traficante” sin licencia en forma de niño inocente?
En Hinesville, me acusaron de “crueldad con los animales”. Viajábamos a visitar a la familia en la parte suroeste del estado. En el coche estaban mi mujer, mis dos hijas pequeñas y nuestros dos perros, Matusalén y Garibaldi.
La mayor de mis hijas tenía una erupción, así que paramos en el Walmart para comprar una crema antihistamínica. Salimos de la tienda solo 20 minutos después para ser recibidos por un funcionario de control animal y el típico agente de policía, completo con su complejo de Napoleón y un enorme bigote.
Verá, dejamos a los perros en el coche, con las ventanillas bajadas y agua para beber. Un noble ciudadano nos vio salir del coche y llamó rápidamente a control animal. Se envió a un agente para rescatar a nuestras perseguidas bestias.
Me informaron de que había sido acusado de un delito de crueldad con los animales y debía comparecer en un tribunal en una fecha posterior. Aparentemente, el hecho de que mis perros jadearan era una prueba de que estaban al borde de la muerte. No importa que jadeen constantemente, incluso en una casa con aire acondicionado.
El agente me informó de que tenía que llevar a los perros al veterinario para que los viera antes de que nos permitieran continuar el viaje. Estoy razonablemente seguro de que esa solicitud estaba fuera de su autoridad oficial, pero estuve de acuerdo bajo la premisa de que retirarían todos los cargos cuando se demostrara que los perros gozaban de buena salud. Como sospechaba fueron reacios a esta idea.
Probé otra táctica. Expliqué con tranquilidad al funcionario de control animal que no éramos de la zona y le pregunté si podría simplemente ponerme algún tipo de multa en lugar de tener que acudir a un tribunal. Aquí las cosas de pusieron divertidas. “La crueldad animal es un delito”, me dijeron. Hace falta acudir a un tribunal y conlleva la amenaza de cárcel. Entonces cometí un error esencial: hice una pregunta lógica a un funcionario que aplica la ley.
“¿En qué momento violé la ley?”, pregunté. “¿Cuándo dejé el coche? ¿Cinco minutos después? ¿Diez minutos?” Quería una definición concreta de la crueldad en la que supuestamente había incurrido.
No pudo responder, pero el heroico policía (llamémosle “Vic Maldonado”) entró en acción. Esta pregunta inocente no le dejó otra alternativa que sacar su porra y táser y cargar contra mí. Cuando levanté las manos como para decir “Estoy desarmado y es una muestra de fuerza innecesaria”, se me ordenó que me diera la vuelta y pusiera las manos sobre el coche de policía. Pregunté por qué: no recibí respuesta, salvo una llamada por radio pidiendo refuerzos y diciendo que un agente había sido “atacado”.
Ahora, estoy encantado de que no diera el paso adicional de buscar en mi coche, donde había dos pistolas cargadas, legales. Tiemblo de pensar qué podría haber ocurrido.
Fui esposado y escoltado al asiento trasero del coche patrulla. Estuve sentado en el coche durante media hora, mientras mi mujer e hijas estaban sentadas mirando. Cuando llegó el refuerzo, vi y escuché a través de la ventanilla abierta de la parte delantera cómo relataba “Maldonado” la confrontación. Me interesó especialmente la parte en que lancé físicamente al agente contra el coche y él aparentemente pudo contenerse para no dispararme o usar el táser.
Acabaron dejándome salir del coche y me acusar de alteración del orden público. El funcionario de control animal me pidió perdón por acosarme y me prometió tratar de que el juez negara la acusación de crueldad animal. Se veía claramente afectado por la escalada de la que había sido testigo. La multa por mi “alteración del orden público” fue de 300$ y la hora en el tribunal se fijó a las 7:15 de la mañana.
Esto hacía razonablemente seguro que, incluso si decido recurrir la multa, hará falta quedarse una noche, contratar a un abogado y los gastos excederán con mucho al coste de la multa. Pienso que no era coincidencia sino más bien una forma calculada de recaudar dinero.
Pretendía pagar la multa con peniques legales, pero mi suegro me disuadió informándome de que un juez de Georgia acusó a alguien de desacato al tribunal, sujeto a otra multa, por esa misma falta.
Las películas melodramáticas sobre prisiones siempre usan frases cursis como “la prisión es la vía para cambiar a un hombre”. No experimenté una visita a prisión, pero mi roce con la ley sin duda me cambió. Desapareció el último resto de velo de ingenuidad: el mito del “amable agente” se desvaneció para siempre. Lo que en un tiempo fue una vaga sensación de desconfianza había dado paso a un sentimiento mucho más fuerte: Odio el estado.
¿Lo paradójico del caso? Mi familia y perros estuvieron sentados durante más de una hora en un coche caliente mientras la policía me acosaba. Aparentemente, la crueldad con los animales solo pueden perpetrarla los ciudadanos, no los soldados de la corona.
Stefano R. Mugnaini es ministro en la Essex Village Church of Christ, en Charleston, Carolina del Sur y licenciado universitario trabajando para obtener este año su primer grado en teología.