La guerra flagrantemente destructiva contra las drogas

Por Gennady Stolyarov II. (Publicado el 30 de mayo de 2006)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/2174.

Personalmente, encuentro odiosas las drogas actualmente ilegales: atrofian la mente, inhiben el cuerpo y recortan la productividad. Nunca consumiré dichas substancias y recomendaré a otros no hacerlo. Aún así, comparados con el efectos adversos de su ilegalización, el daño de las drogas es realmente pequeño. Tomar drogas es extremadamente dañino para las personas que lo hacen, pero no para quienes se abstienen de ellas. La “Guerra contra las drogas”, por el contrario, daño a todos los sometidos a un gobierno que la asume. No tengo ninguna simpatía por los adictos a la droga; quiero defender el caso de la gente inocente, moral, productiva que nunca usó dichas substancias en su vida pero sin embargo se ve dañada por la ilegalización coactiva de las drogas.

Hay problemas morales con respecto al consumo de drogas, pero los problemas éticos con respecto a la Guerra contra las drogas los exceden con mucho. Supongamos que alguien ha decidido arruinar su vida consumiendo drogas dañinas. Solo esa acción probablemente le negaría la asociación voluntaria con gente respetable; de esta forma esta gente respetable no se vería dañada por cualquier consecuencia adversa a la salud, carrera o personalidad del drogadicto. Pero el mismo hecho de desaprobar fuertemente el consumo de drogas sobre una base moral protege a uno mismo de las consecuencias adversas del consumo de drogas. Éste sería el caso en un mercado libre: el único daño por tomar drogas afectaría al propio drogadicto, no a los respetables demás.

Aún así, no es el caso bajo una guerra contra las drogas iniciada por le gobierno. La guerra contra las drogas se paga con dinero del contribuyente, lo que significa especialmente  el dinero de gente respetable y acomodada, que paga más impuestos bajo el perverso sistema fiscal “progresivo” o punitivo. Así, para regular y frustrar las actividades de los adictos, el gobierno expropia una parte sustancial de la propiedad de gente productiva y moral que ni siquiera piensa en consumir drogas ilegales. Para castigar a los autodestructivos, el gobierno debe asimismo castigar a los que tienen afán de superación y les priva de los frutos y los incentivos de éste.

La Guerra contra las drogas es generosa con los drogadictos y punitiva para todos los demás: los drogadictos son arrestados a costa de otros y se les da comida y alojamiento “gratis” en las prisiones públicas (libre para los prisioneros, claro, pero pagados por los contribuyentes). ¿Por qué debería la gente moral pagar para sostener a otros por la conducta inmoral de éstos? Las condiciones de la prisión pueden ser miserables, pero se conceden a los drogadictos automáticamente, como un regalo financiado por los contribuyentes por haber incumplida una ley estúpida. ¿Por qué los drogadictos merecen siquiera comida y alojamiento de mala calidad por arruinar sus vidas?

La Guerra contra las drogas daña a escolares inocentes, que se ven en riesgo de ser suspendidos o expulsados por administradores draconianos de escuelas públicas por traer azúcar, sal, aspirinas u otras “cosas que parecen drogas”.

En los centros de las ciudades, la Guerra contra las drogas daña a todo el que no las consuma: les sujeta a la tiranía de las bandas de traficantes, que han usurpado el control de ciertos guetos. El gobierno prohíbe el tráfico pacífico y abierto de drogas, pero no puede legislar eliminar su demanda. La demanda persiste y algunos proveedores siguen dispuestos a satisfacerla.

Con la oferta reducida artificialmente por el gobierno, los beneficios potenciales son más altos para quienes entran en el mercado negro de las drogas, si evitan la detección y arresto del gobierno. El matón armado sería mucho más efectivo eludiendo la ley que el por otro lado legítimo hombre de negocios, ya que el matón no tiene escrúpulos en emplear cualquier medio necesario para alcanzar su objetivo. Los competidores y asociados en el comercio ilegal de drogas no tendrán recurso legal si no le obedecen: deben someterse a su fuerza bruta o armarse en respuesta.

Así se crea el entorno de bandas de drogas en competencia y fuertemente armadas, dispuestas a asesinar para ganar porciones del mercado negro. Esas bandas son mucho más eficaces a la hora de hacerse con poder que los ciudadanos ordinarios: no debería resultar sorprendente que las bandas deban acabar aterrorizando y extorsionando incluso a los no conectados directamente con el tráfico de drogas.

¿Qué oportunidades tendría un residente pobre pero respetable en el centro de una ciudad para mejorar económicamente en ese ambiente? Si busca trabajo, las bandas organizadas han eliminado todos los negocios legales. Podría ser capaz de iniciar un negocio propio, si entrega a los señores de la droga una parte de sus ganancias, lo que probablemente sea mucho más que los impuestos públicos. Además, aunque la burocracia del gobierno pueda ser frustrante, un burócrata no disparará a un ciudadano que le desagrada. El futuro económico en un área controlada por los traficantes de droga es mucho más incierto que bajo burocracias muy intervencionistas y caprichosas, pero no practicantes del matonismo.

Lo más probable es que al residente del centro de la ciudad no se líe con los peligros de abrir su propio negocio o encontrar un trabajo productivo. En su lugar, se inclinará por permanecer en casa, llevar un perfil bajo, recibir su prestación social y desintegrarse gradualmente.

La Guerra contra las drogas restringe la movilidad de prácticamente todos, ya que lo guetos del centro de las ciudades ya no son seguros para que la gente respetable y acomodada pueda siquiera pasear por sus alrededores. La Guerra contra las drogas daña a todos los que son robados, atracados o asesinados por las bandas de traficantes que ha creado la ilegalización.

La Guerra contra las drogas fundamentalmente daña culturalmente a los estadounidenses. Al dividir los guetos en bandas de traficantes e indolentes receptores de beneficios sociales que tienen demasiado miedo como para abandonar sus hogares, el gobierno ha creado sin proponérselo la cultura del gueto estadounidense: una cultura de disipación, vulgaridad, insolencia, indolencia, mal lenguaje, engaño, promiscuidad, brutalidad y violencia, en realidad, una contracultura. Esta cultura se ha romantizado y popularizados por los bien dispuestos medios de masas de la izquierda y daña la moral de muchos que la absorben indiscriminadamente. La Guerra contra las drogas ha sido indirectamente responsable del extendido declinar de los gustos en música, arte, ropa y estilo de vida durante el pasado medio siglo.

Comparado con la apropiación de ciudadanos honrados y productivos, el castigo a niños inocentes, el sofoco de las oportunidades y aspiraciones de los residente en el centro de las ciudades, el aumento masivo en los delitos y actividades del mercado negro, la restricción de la movilidad territorial y la corrupción de la cultura, el daño del consumo de drogas es realmente diminuto. Dejemos que los drogadictos arruinen sus vidas: es cosa suya, no nuestra. Podemos objetar moralmente a su conducta, pero convenzámosles (no les coaccionemos) para que abandonen sus conductas. Si tratamos de coaccionarlos, solo estaremos imponiéndonos daños mucho mayores a nosotros mismos.

 

 

Gennady Stolyarov II es actuario, ensayista filosófico independiente, compositor, matemático aficionado y editor jefe de Rational Argumentator y Progress of Liberty. El Sr. Stolyarov es autor de numerosas guías gratis de estudios sobre economía, matemática avanzada y ciencia actuarial y tiene el nivel más alto posible (Nivel de influencia 10) para un productor de contenidos en Associated Content. Ver sus vídeos en YouTube y los G + W Audio Broadcasts, una nueva serie de de conversaciones intelectuales de Stolyarov y su esposa, Wendy.

Published Tue, Jun 14 2011 6:44 PM by euribe