Por Stephen Mauzy. (Publicado el 8 de junio de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5347.
Duerman tranquilos: hace unas pocas semanas, el gobierno federal anunció que estaba implantando un nuevo sistema de alarma para celulares, la Personal Localized Alerting Network, deliberada y poco imaginativamente titulado para reducirlo al infantil acrónimo PLAN. PLAN permitirá a los burócratas de emergencias, incluyendo al propio presidente, acosar a la ciudadanía en forma de mensajes de alarma enviados por la FEMA a todos los celulares en un escenario concreto.
Por supuesto, los burócratas los ven de forma diferente. Citemos a W. Craig Fugate, jefe de la FEMA en el New York Daily News: “Asegurando que [la gente] obtenga información útil y que salva vidas, rápida y fácilmente, directamente a sus celulares, ayudaremos a más gente a evitar daños cuando exista una amenaza”.
¿Qué daños y amenazas? La pregunta es retórica, aunque el aumento en el coste para asegurarse de que evitamos el daño es muy real. A partir del año que viene, todos los celulares tendrán que incorporar un chip que reciba histrionismo “que salvan vidas”. ¿Por qué no? Solo es nuestro dinero.
Y todo es para su gloria. Uno que nunca deja pasar la oportunidad de bañarse en lo brillantes rayos de los focos de los medios de comunicación, el Senador Charles Schumer, de Nueva York, cuyo único talento conocido en una capacidad de ser elegido a través de una demagogia fatua, salió al escenario para mostrar su talento. Esta vez pedía una “lista de excluidos” en los trenes de Amtrak después de que los servicios de inteligencia sospecharan por lo incautado a Osama Ben Laden de ataques potenciales al sistema ferroviario de la nación. Quienes estamos fuera de Nueva York y Washington DC preguntamos: ¿qué sistema ferroviario?
Todos nos hemos topado con tipos como Fugate y Schumer, inútiles que se engañan a sí mismos creyendo que son altruistas salvadores del mundo en lugar de los metomentodos que realmente son, realizando tareas que pocos reclaman, recibiendo salarios excesivos que ningún empresario privado pagaría.
Podemos echar la culpa al becerro de oro de las sociedades occidentales: la democracia. La democracia permite a los W. Craig Fugate, con sus títulos orwelianos y poder para obligar, ejercer su autoridad sobre la mayoría, porque la mayoría (aquéllos que realizan la labor anónima de hacer del mundo un lugar mejor) están demasiado ocupados como para protestar. Además, nuevas alertas, nuevas intrusiones, nuevas irritaciones y la expropiación de unos pocos dólares extra por incidente son solo molestias menores aisladas.
La democracia y su hermano siamés, el republicanismo representativo, mezclan irritación y codicia con legitimidad. El proceso democrático es un teatro del absurdo y de lo trágico, pues no hay un fetiche, una paranoia, una obsesión o un capricho que no pueda legislarse. Solo hay que forma una minoría ruidosa y convincente (y todos podemos hacerlo con las motivaciones precisas) y luego dirigirse a un político maleable, cuyo sustento dependa de promover las causa de todas las minorías ruidosas y sobornadoras.
Creemos erróneamente que la democracia genera un estado de derecho. No lo hace. La democracia regresa invariablemente a un gobierno por decreto, lo que es distinto de un gobierno de leyes en el que dichas leyes se consagran por un largo uso. Las leyes son aquello a lo que la gente obedece sin pararse a pensar si han sido dictadas por el gobierno. Las leyes son parte de un todo coherente, armonioso y lógico. Un elemento legislativo creado ad hoc (y la mayoría lo son) es simplemente un decreto.
Las leyes protegen y promueven las acciones humanas más deseables y son reconocidas universalmente. Así, la prohibición de matar es una ley, la prohibición de causar daños corporales es una ley, el derecho a acumular y proteger propiedad privada es una ley, el derecho de asociación es una ley, la libertad de comercio es una ley. A pesar de su frecuente violación por parte del gobierno, todas son leyes universales porque los hombres libres las reconocen.
Si las democracias estuvieran sometidas a la ley, reinarían los mejores ciudadanos y florecería una aristocracia. Pero cuando las leyes no son supremas, florecen los demagogos. Los demagogos son los reyes y dejan de estar bajo el control de la ley. Así que ejercen un dominio monárquico, que se convierte en despotismo, aunque sea en grado mezquino. La prohibición de detergentes fosfatados, la obligación de llevar puesto el cinturón y la eliminación de las grasas trans son todos ejemplos de despotismo.
Los decretos se producen por impulso, como las democracias. Los decretos e impulsos son ilimitados y desestabilizadores. Cualquier estudiante de primer año de economía lo entenderá. La disminución de retornos marginales significa que cuantas más unidades de algo se produzcan, menos valor tendrá cada unidad. Un vendedor de marihuana desobedece el decreto contra la venta de marihuana. ¿Y qué? Es solo uno del creciente número de decretos. Sin embargo, como el decreto se considera como ley, su propia existencia reduce el respeto por las leyes reales. La ética se convierte en situacional y difusa. Si alguien quiere desobedecer un decreto considerado como ley, ¿es exagerado desobedecer una ley real?
Una democracia de decretos, al ser caprichosa, infantiliza la sociedad: las preferencias temporales aumentan y los horizontes temporales se acortan. Los votantes se inclinan instintivamente hacia el político que se ofrezca a satisfacer las necesidades que se perciben como más acuciantes, independientemente de las consecuencias a largo plazo. Votar es un concurso basado en recompensas a corto plazo en lugar de una visión a largo plazo. Los votantes, por lo general ignorantes de lo que Frédéric Bastiat llamaba “lo que no se ve” votan afianzar todos los ancien régimes. La imaginación se limita a todo lo que es familiar, desanimando así la experimentación.
En la teoría del ciclo económico de Friedrich Hayek, consumo e inversión en capital se considera que se compensan. Más inversión de capital hoy significa más consumo mañana, menos inversión de capital hoy significa menos consumo mañana. Se predice la inversión de capital para la estabilidad: un propietario debe ser capaz de contratar trabajadores, reemplazar equipamiento, ofrecer seguridad y mantener operaciones a lo largo de un periodo extendido de producción. La inversión de capital requiere paciencia y una baja preferencia temporal: una señal de madurez.
Sin entender la economía es casi imposible tomar nota de lo que no se ve: los frutos de la inversión de capital que nunca se produjeron. Esta es la razón por la que la pobreza es irresoluble en buena parte del mundo. La acumulación y la inversión de capital son lo que separa a Estados Unidos de Sierra Leona. El capital es un resultado de pensar y planear a largo plazo. Amabas cosas dependen de leyes estables y predecibles.
Es verdad que Estados Unidos continúa prosperando, pero que esa prosperidad está atenuada (en formas que se ven y que no se ven) por la infantilización que promueve la democracia. El funcionario es un consumidor, no un propietario de capital. El funcionario, desacostumbrado a la disciplina del libre mercado, no obtiene sus ingresos mediante la producción y venta posterior de los bienes y servicios a un mercado voluntario. Por el contrario, se le permite realizar cosas que en acuerdos privados se considerarían un robo, y vive de ello.
El gobierno democrático eleva a los decretos por encima de la ley al referir todo a la asamblea popular y los decretos se expanden ad infinitum porque el pueblo tiene todo en sus manos y el gobierno tiene en sus manos los votos del pueblo, a quien el gobierno está demasiado dispuesto a servir.
Stephen Mauzy es analista financiero colegiado, escritor financiero y director de S.P. Mauzy & Associates.