Por Art Carden. (Publicado el 19 de enero de 2009)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3261.
Una de las primeras cosas que me atrajo de la economía es que su lógica lleva a veces a conclusiones contraintuitivas. Un ejemplo perfecto de ello es el lugar de trabajo regulado. El salario mínimo aumenta los ingresos de algunos trabajadores y rebaja los de otros. Las regulaciones de seguridad del lugar de trabajo favorecen a los que son muy reacios al riesgo a costa de quienes están dispuestos a aceptar riesgos mayores a cambio de ingresos mayores. Las leyes contra el “trabajo infantil” benefician a los relativamente más acomodados a costa de los necesitados.
Lo trágico del lugar de trabajo regulado es que afecta más adversamente a los que están en los márgenes de la sociedad. Más allá de sus efectos en el desempleo sobre aquéllos cuyo trabajo resulta submarginal por las regulaciones sobre salarios y condiciones laborales, las regulaciones en el lugar de trabajo también exacerban y perpetúan desigualdades que, de otra manera, se verían mitigadas por el proceso del mercado.
El racismo y el sexismo han sido hechos lamentables en el entorno social humano desde tiempo inmemorial. Los comentaristas y críticos han hecho hipótesis sobre el hecho de que los miembros del grupo cultural y étnico dominante tengan ventajas derivadas de ser miembros de dicho grupo étnico o clase socioeconómica.
Me usaré a mí mismo como ejemplo. Por muy orgulloso que esté de haber trabajado duro para llegar a donde estoy, mi color de piel, antecedentes culturales/religiosos y relativamente estable educación han creado un camino menos bacheado a recorrer que el de quienes son menos afortunados que yo.
De esto no se deduce que una intervención bienintencionada del gobierno dirigida a aumentar los salarios por decreto sea una medida de corrección apropiada. Trágicamente, un salario mínimo más alto y las regulaciones de seguridad en el trabajo probablemente acentúen en lugar de mitigar las desigualdades sociales al eliminar las sanciones que los empresarios discriminadores tendrían que pagar en un mercado competitivo y eliminando un margen importante sobre el que podrían competir los grupos con desventajas.
Cuando no se permite competir a la gente basándose en precio, cantidad y calidad, las empresas pueden discriminar basándose en alguna otra cosa distinta de la productividad.
Un empresario racista sufriría una sanción (menos beneficios que sus competidores) si insistiera en permitirse un “gusto por la discriminación” en un mercado competitivo. Cuando los precios están fijados y las condiciones laborales están establecidas por ley, el mismo empresario puede permitirse sus preferencias racistas sin recibir su merecido capitalista.
Además, el mayor salario mínimo elimina cualquier posible ventaja para los grupos históricamente desfavorecidos como podemos mostrar con un experimento mental que utilizo en Economía de 1º. Imaginemos que dos personas se presentan a un empleo en un restaurante de comida rápida. El primero es Drogadicto Carl, un afroamericano de mediana edad que acaba de salir de la cárcel donde ha estado los últimos años por robar a su antiguo patrón. Carl ha visto la luz, o eso dice. Ha abandonado las drogas, ha visto lo erróneo de su comportamiento y desea sinceramente mejorar su posición a pesara de haber cometido muchísimos errores.
El segundo solicitante es Tad Vanderbilt Rockefeller, un joven blanco rubísimo de un barrio rico que estaciona su BMW, cruza la puerta llevando un traje de Armani y muestra una sonrisa perfecta mientras rellena la solicitud con su estilográfica grabada. Sus referencias son impecables. ¿Quién obtiene el empleo?
La respuesta es: “depende”.
Carl sabe que necesita convencer de alguna manera respecto de su sinceridad y fidelidad a un posible patrón y, al haber hecho trizar su credibilidad a través de una vida desenfrenada, la gente que quiera darle el beneficio de la duda sigue sin embargo siendo escéptica a pesar de que promete que esta vez las cosas serán diferentes. En un mercado desregulado, Carl podría aceptar salarios inferiores o condiciones de trabajo relativamente más arriesgadas con el fin de competir con Tad.
Sin embargo, cuando los salarios y las condiciones de trabajo están muy regulados, la ley recorta la capacidad de competir de Carl. Con toda probabilidad, Tad obtendría el trabajo y Carl será de nuevo expulsado al margen de la sociedad. Una de las consecuencias no pretendidas del salario mínimo y las regulaciones del puesto de trabajo es que perpetúan la desigualdad.
Hay quien podría responder que lo que Carl necesita es educación, no una trabajo de bajo nivel limpiando suelos en un McDonald’s. Puede que sea cierto, pero muchas habilidades valiosas que se aprenden en el lugar de trabajo no pueden aprenderse en un aula. Es el desarrollo de este conocimiento tácito y estas habilidades valiosas lo que pierde Carl por no poder acceder al trabajo por culpa de la regulación.
En este caso, la elección está clara. Tad parece ser una elección menos arriesgada que Carl, sea el patrón un racista o no. Pero el racismo es un error empresarial, uno que debería ser castigado rápidamente en el mercado. Con restricciones en la forma en que funciona el mercado, el error empresarial (y la abominación moral) que es el racismo pueden continuar sin corregirse.
Milton Friedman argumentaba abiertamente que las leyes de salario mínimo son racista en la práctica aunque no lo pretendan: a principios de la década de 1960, apuntaba, como consecuencia de salarios mínimos mayores, el desempleo en los jóvenes negros era mucho mayor del que habría sido. Al negarles la oportunidad de obtener ingresos y adquirir habilidades valiosas, no se permitía a los afectados negativamente por el salario mínimo compartir la prosperidad general que produce una economía de mercado. Las evidencias empíricas aportadas por los economistas David Neumark y William Wascher sugieren que entre los efectos a largo plazo de los salarios mínimos están la obtención de niveles más bajos de logros educativos, menos formación en el trabajo e ingresos más abajo a lo largo de la vida.
En The Fatal Conceit, F.A. Hayek decía que “la curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres lo poco que saben realmente acerca de lo que imaginan que pueden diseñar”.
En un mundo imperfecto, sufrimos de una “presunción fatal” cuando imaginamos que podemos hacer que la justicia discurra como el agua y hacer de la rectitud un flujo continuo simplemente aprobando leyes que digan “hágase”. En realidad, leyes como éstas más a menudo que no, hacen que la justicia y la rectitud discurran más lentamente al perpetuar las desigualdades que han funcionado históricamente en contra de los grupos en desventaja.
Art Carden es profesor ayudante de economía y empresa en el Rhodes College en Memphis, Tennessee, e investigador adjunto en el Independent Institute ubicado en Oakland, California. Ha sido investigador en el verano de 2003 en el Ludwig von Mises Institute e investigador visitante en el American Institute for Economic Research en junio de 2008. Sus trabajos de investigación pueden encontrarse en su página de autor en Social Science Research Network y en su sitio web. También colabora asiduamente en Forbes.com, Division of Labour y The Beacon.