Por Richard Cantillon (Publicado el 12 de mayo de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5254.
[Extraído de Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general (1755)]
Es de poca importancia examinar por qué el Banco de Venecia y el de Ámsterdam mantienen su contabilidad en cuentas de dinero en divisas distintas de la moneda actual (en plata) y por qué hay siempre una tasa por convertir estos créditos contables a divisa. No es algo útil para la circulación. El Banco de Londres no les ha seguido en este aspecto. Sus cuentas, billetes y pagos se hacen y mantienen en monedas actuales, lo que me parece más uniforme, más natural y no menos útil.
No he sido capaz de obtener información ajustada de las cantidades de dinero que se llevan ordinariamente a estos bancos, ni de la cantidad de sus billetes y cuentas, préstamos y sumas mantenidas como reserva. Alguien que esté mejor informado sobre estos puntos será más capaz de explicarlos.
Sin embargo sé bastante bien que estas sumas no son tan grandes como se supone comúnmente, así que explicaré brevemente el asunto.
Supongamos que los billetes y notas del Banco de Londres, que me parece el más considerable, sumen una media semanal de cuatro millones de onzas de plata, o alrededor de 1 millón de libras esterlinas. Si normalmente mantienen una cuarta parte (250.000 libras esterlinas o un millón de onzas de plata en monedas) en reserva, la utilidad de este banco para la circulación corresponde a un aumento de la moneda del estado de tres millones de onzas (o 750.000 libras esterlinas), que es sin duda un suma muy grande y de muy gran utilidad para la circulación cuando necesita acelerarse.
Sin embargo he señalado en otro lugar que hay casos en que es mejor para el bienestar del estado ralentizar la circulación en lugar de acelerarla. He oído que las notas y billetes del Banco de Londres han aumentado en algunos casos a 2 millones de libras esterlinas, pero me parece que esto solo puede haberse producido por un accidente extraordinario. Y creo que la utilidad de este banco se corresponde en general con solo alrededor de una décima parte de todo el dinero en circulación en Inglaterra.
Si las explicaciones generales que recibí en 1719 acerca de los ingresos del Banco de Venecia son correctas, puede decirse que la utilidad de los bancos nacionales generalmente no se corresponde con la décima parte del dinero circulante en el estado. Es más o menos lo que he aprendido.
Los ingresos del estado en Venecia pueden suponer anualmente 4.000.000 de onzas de plata, que deben pagarse en billetes y los recaudadores contratados para ello, que reciben dinero de impuestos en Bérgamo y en los lugares más distantes tienen que cambiarlo a billetes cuando hacen los pagos a la república.
En Venecia, todos los pagos de contratos (compras y ventas por encima de cierta modesta suma) deben, por ley, hacerse en billetes. Por tanto, todos los detallistas que hayan recaudado dinero en sus negocios se ven obligados a comprar billetes para hacer grandes pagos. Quienes necesiten moneda para sus gastos o compras al detalle están obligados a vender sus billetes a cambio de monedas.
Los vendedores y compradores de billetes son normalmente iguales cuando el total de todos los créditos o cuentas en la contabilidad del banco no exceden el valor de aproximadamente 800.000 onzas de plata.
El tiempo y la experiencia (según mi informante) ofrecieron este conocimiento a los venecianos. Cuando el banco se estableció por primera vez, los individuos llevaban allí su dinero para tener crédito en el banco por el mismo valor. El dinero que estaba depositado en el banco se gastaba luego en las necesidades de la república (es decir, del gobierno) y aún así los billetes preservaron su valor original porque había tanta gente necesitando comprarlos como necesitando venderlos. Finalmente, el estado, ante su necesidad de dinero, dio créditos a los contratistas de guerra en billetes en lugar de en plata, doblando la cantidad de sus créditos.
Luego, al ser el número de vendedores de billetes mucho mayor que el de compradores, éstos empezaron a perder valor y cayeron un 20% respecto de la plata. Con este descrédito, los ingresos de la república cayeron en un quinto y el único remedio encontrado para este caos fue comprometer parte de los ingresos del estado para comprar billetes con intereses. Con estos préstamos de billetes, la mitad se cancelaron y tras igualar aproximadamente a vendedores y compradores, el banco recuperó su crédito original y el total de billetes volvió a las 800.000 onzas de plata.
De esta forma se ha determinado que la utilidad del Banco de Venecia, en términos de dinero en circulación, se corresponde con alrededor de 800.000 onzas de plata. Si suponemos que todo el dinero en los estados de esa república suman 8.000.000 de onzas de plata, la utilidad del banco se corresponde con una décima parte de esa plata.
Un banco nacional en la capital de un gran reino o estado debe, parece, contribuir menos a la circulación que uno en un estado pequeño a causa de su distancia con las provincias. Cuando el dinero circula con mayor abundancia que dentro de los países vecinos, un banco nacional hace más mal que bien. Una abundancia de dinero ficticio e imaginario causa los mismos inconvenientes que un aumento del dinero real en circulación, al aumentar el precio de los terrenos y la mano de obra, o cambiando el valor del dinero y los bienes para causar las correspondientes pérdidas. Esta abundancia furtiva o no natural se desvanece ante la primera ráfaga de escándalo y precipita el caos económico.
Hacia mediados del reinado de Luis XIV (1638-1715), había más dinero en circulación en Francia que en los países vecinos y los ingresos del rey se recolectaban con la ayuda de un banco, tan fácil y cómodamente como se recaudan hoy en Inglaterra con la ayuda del Banco de Londres.
Si los intercambios en Lyon durante una de sus cuatro ferias comerciales suponían 80 millones de libras y si empezaban y terminaban con un millón de dinero en efectivo, son realmente útiles. Porque todos están en la misma ubicación y pueden llevarse a cabo un número infinito de transacciones y se ahorra el gasto de transportar plata de un lugar a otro. Normalmente podría tomar tres meses a este mismo millón de efectivo realizar 80 millones en pagos.
Los banqueros de París han observado a menudo que la misma bolsa de dinero ha vuelto a ellos cuatro o cinco veces el mismo día cuando tienen mucha tarea de pagos y cobros.
Creo que los bancos públicos son útiles en estados pequeños y en aquéllos en que la plata es bastante escasa, pero de poca utilidad en dar una gran ventaja a un estado grande.
El emperador Tiberio, un líder estricto y ahorrador, atesoró 2.700 millones de sestercios, equivalentes a 25 millones de libras esterlinas o a 100 millones de onzas de plata, en el tesoro imperial. Era una suma enorme para aquellos tiempos, e incluso hoy. Es verdad que al retener tanto dinero, perturbó la circulación y la plata se hizo más escasa en Roma que antes.
Tiberio, que atribuía esta escasez al monopolio de subcontratados y financieros que recogían los ingresos del imperio (es decir, los recaudadores privados de impuestos) ordenó mediante un edicto que debían comprar terrenos con al menos dos tercios de su capital. En lugar de estimular la circulación de dinero, su edicto la mandó directamente al caos. Todos los financieros acapararon y reclamaron su capital bajo el pretexto de ponerse en situación de obedecer el edicto comprando terrenos, pero, en lugar de aumentar su valor, se hundieron a precios mucho más bajos debido a la escasez de plata en circulación. Tiberio arregló esta escasez prestando a individuos con buenas garantías, pero solo 300 millones de sestercios, una novena parte del dinero que tenía en su tesoro.
Si la novena parte del tesoro bastó a Roma para restablecer la circulación, parecería que el establecimiento de un banco general en un gran reino donde su utilidad nunca se correspondería con una décima parte del dinero en circulación (cuando no se atesora) no sería ninguna ventaja real y permanente y cuando se considerara por su valor intrínseco, solo puede considerarse como un medio de ahorrar tiempo.
Sin embargo, un aumento real en la cantidad de dinero circulante es de una naturaleza diferente. No hemos ocupado antes de esto y el tesoro de Tiberio nos da otra oportunidad de ocuparnos del asunto. Este tesoro de 2.700 millones de sestercios, que permanecía a la muerte de Tiberio, fue dilapidado por su sucesor, el emperador Calígula, en menos de un año. El dinero nunca había sido tan abundante en Roma.
¿Cuál fue la consecuencia? Todo este dinero llevó a los romanos al lujo y a todo tipo de delitos para pagarlo. Más de 600.000 libras esterlinas abandonaban el imperio cada año para comprar mercancías de las Indias y en menos de 30 años, el imperio se empobreció y la plata se volvió muy escasa, sin perder una sola provincia.
Aunque considero que un banco general no es de gran utilidad en un estado grande, reconozco que hay circunstancias en las que un banco puede tener efectos que parecen asombrosos.
En una ciudad en la que hay deudas públicas de cantidades considerables, la presencia de un banco permite comprar y vender acciones de capital en un instante y por sumas enormes, sin causar ninguna perturbación a la circulación. En Londres, si una persona vende sus acciones de la South Sea para comprar acciones del banco o de la Compañía de las Indias Orientales o con la esperanza de que en un plazo breve será capaz de comprar a menor precio acciones de la misma South Sea Company, siempre toma billetes y generalmente no pedirá moneda a cambio de estos billetes, experto por el valor del interés. El capital difícilmente se gasta, así que no hay necedad de cambiarlo en monedas, aunque uno sí necesita pedir monedas al banco para vivir, porque se necesita efectivo para las transacciones pequeñas.
Si un propietario que tiene 1.000 onzas de plata paga 200 onzas por la propiedad de acciones para obtener intereses y gasta 800 onzas en sí mismo, las mil onzas siempre requerirá monedas. Este propietario gastará 800 onzas y los propietarios de las acciones gastarán 200 de ellas. Pero cuando estos propietarios tienen la costumbre de especular (comprando y vendiendo acciones) no hace falta ninguna plata para estas operaciones y basta con los billetes. Si fuera necesario sacar efectivo de la circulación para usarla en estas compras y ventas, supondría y gran suma y a menudo impediría la circulación y, si este fuera el caso, las acciones no podrían venderse y comprarse tan a menudo.
El origen de este capital es dinero que está depositado en el banco y raramente se retira, como cuando un propietario de capital realiza transacciones y necesita efectivo. Esto explica por qué el banco mantiene en reserva solo un cuarto o un sexto de la plata contra la que emite billetes. Si el banco no tuviera los fondos de este tipo de capital, en el curso ordinario de la circulación podría verse obligado, como los bancos privados, a mantener la mitad de sus depósitos a mano para ser solvente.
Es verdad que no podemos determinar de las cuentas de un banco y de sus operaciones la cantidad de capital que pasa por varias manos en las ventas y compras realizadas en Change Alley. Estos billetes se renuevan a menudo en el banco y se intercambian por otros en las compraventas. Pero la experiencia de compras y ventas de acciones demuestra claramente que la cantidad es considerable y, sin estas compras y ventas, las sumas depositadas en el banco probablemente serían menores.
Esto significa que cuando un estado no está en deuda y no tiene necesidad de comprar o vender acciones, la ayuda de un banco será menos necesaria y menos importante.
En 1720, las acciones de compañías privadas en Londres, que eran burbujas y engaños, subieron hasta el valor de 800 millones de libras esterlinas. Pero las compras y ventas de esos activos venenosos se realizaban sin dificultades por la cantidad de billetes de todo tipo que se emitían y el mismo papel moneda se aceptaba como pago de los intereses. Sin embargo, tan pronto como la idea de grandes fortunas indujo a muchos individuos a aumentar sus gastos, a comprar carruajes o hilo y seda extranjeros, se necesitó efectivo para todo ello, es decir, para el gasto de los intereses, y esto hizo que el sistema se rompiera en mil pedazos.
Este ejemplo demuestra que el papel y el crédito de los bancos públicos y privados puede causar resultados sorprendentes en todo lo que no afecte al gasto ordinario de bebida, comida, ropa y otros requisitos familiares. En el curso regular de la circulación, la ayuda de los bancos y el crédito de este tipo es mucho menor y menos sólida de lo que se supone en general. Solo la plata es la verdadera sangre de la circulación (es decir, de la economía).
Richard Cantillon (1680-1734) fue el padre de la economía moderno. Murray Rothbard le calificó como “uno de los personajes más fascinantes en la historia del pensamiento social y económico” y el describía como “un mercader, banquero y aventurero irlandés afrancesado que escribió el primer tratado de economía cuatro décadas antes de la publicación de La riqueza de las naciones”. Cantillon se hizo millonario invirtiendo en la “Compañía del Mississippi” de John Law y prediciendo el estallido de la ahora tristemente famosa burbuja del Mississippi. Se mudó a Inglaterra, donde murió en un incendio, supuestamente realizado por su cocinero despedido.
Este artículo está extraído de la parte 3, capítulo 7 del Ensayo sobre la naturaleza del comercio en general (1755; 2010).