Por Jerome Tuccille. (Publicado el 13 de abril de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5159.
[Este editorial clásico apareció en el New York Times del 28 de enero de 1971 y ayudó a dar nuevas energías al ascenso del libertarismo como fuerza social en la vida estadounidense]
Cuando William Buckley y el grupo de la National Review inyectaron el anticomunismo evangélico en círculos de la derecha, los conservadores se encontraron escindidos en dos grandes bandos: los libertarios que eran muy anarquistas en asuntos internos y aislacionistas militares en política exterior y los tradicionalistas de Russell Kirk y William Buckley que veían la existencia del comunismo ateo como una amenaza para la herencia religiosa y cultural del mundo occidental. Muchos libertarios siguieron su propio camino, pero otros abrazaron el nuevo fusionismo que buscaba establecer un puente entre defensores de la libertad individual, por un lado, y quienes querían librar al mundo del comunismo a cualquier precio, por el otro.
Era inevitable que esta esquizofrenia interna llevara a un gran estallido y éste se produjo en 1968, cuando Karl Hess, ex redactor de discursos de Goldwater, desechó su anticomunismo en favor de un anarquismo total ante la petición del economista de libre mercado Murray Rothbard.
Ahora William Buckley tiene un dilema. La histeria que ha estado mostrado en números recientes de la National Review y en su columna del 14 de enero de 1971 es completamente impropia de él. Está molesto, parece, porque el New York Times Magazine llevaba artículos el 6 de diciembre y el 10 de enero que se ocupaban del movimiento libertario en Estados Unidos y hacían pública la escisión que se está produciendo en la derecha entre las facciones conservadora y anarcolibertaria. Son acontecimientos que Buckley esperaba mantener en secreto, refiriéndose a ellos, cuando lo hacía, como una riña familiar en lugar de como la brecha permanente en que se han convertido.
El problema no es que los libertarios se conviertan en los “birchers de los 70”, como sugiere Buckley en su artículo “Los radicales de la derecha dan un paso al frente”. Los conservadores de Buckley han eliminado esa posibilidad al mezclar el Agnewismo tan cuidadosamente con el robertwelchismo que las diferencias que quedan son apenas perceptibles. Puede alegarse que el conservadurismo de Buckley es aún más peligroso que el de George Wallace y Robert Welch, ya que Buckley se las arregla para generar la misma política que pone los pelos de punta en retórica polisilábica. La hace sonar más respetable, por decirlo así. Todos sabemos quienes son y qué defienden Agnew, Reagan y Thurmond. Son hombres notablemente francos.
No pasa lo mismo con el Presidente Bill. Su contribución principal al conservadurismo ha sido actualizar la calidad de su estilo. Se las ha arreglado para disfrazar su autoritarismo romano bajo gruesas capas de intrincada verborrea. Como es tan opaco, tan diestro en soslayar asuntos, es una amenaza potencial mayor que sus “francos” colegas de la derecha.
Tampoco es ya una cuestión de libertarios criticando a conservadores por su “exceso de indulgencia con el estado del bienestar”. El asunto de estado de guerra se hizo prioritario sobre aquél hace tiempo. La responsabilidad por la desgracia nacional producida por nuestra presencia militar en el sudeste de Asia ahora descansa tan igualmente en los hombros de Nixon y Laird como lo hizo en Johnson y Rusk.
La destrucción masiva de las vidas y propiedades de civiles inocentes (especialmente por una potencia gigantesca como Estados Unidos) es mil veces más seria, moralmente hablando que los pecados domésticos liberales del gasto en déficit y la inflación. Y en lo que respecta a este asunto, ha habido mucha más discusión sobre la descentralización y el control local de instituciones y dinero público en la izquierda que en las páginas de Nacional Review en años recientes. Incluso los liberales de izquierda han empezado a reconocer las locuras de liberalismo-corporativo y a pedir reformas, así que Buckley se esfuerza en vano cuando intenta conjurar el fantasma de las “alucinaciones” del laissez faire sobre la derecha libertaria.
Lo auténtico es la erosión de la base de poder de Buckley en los círculos de la derecha, una erosión que se hizo evidente con la defección de Karl Hess en la derecha en 1968 y obtuvo un mayor impulso en la convención de Young Americans for Freedom en St. Louis en el verano de 1969. Repentinamente Buckley ha despertado y se ha dado cuenta de que hay elementos en la derecha que no le toman en serio, que hay conservadores económicos en los Estados Unidos de América que no están en absoluto interesados en unirse a su No Sagrada Cruzada para librar al mundo de los comunistas. Es un hecho difícil de tragar para William F. Buckley y por eso ha llegado a perder su templanza en público.
El propósito de este artículo es pedir a otros en la derecha, otros que se preocupen por cosas como la paz y la justicia y la armonía racial, que reevalúen su estatus frente al conservadurismo del estilo de Buckley. Reevaluarlo y luego apoyar a candidatos políticos que realmente quieran decir paz cuando dicen paz, que entiendan y pretendan promover políticas de descentralización, de control de al contaminación, de reforma económica y judicial y así sucesivamente a lo largo de todas las cosas. Reevaluarlo y votar a esa gente para los cargos, ya sean de la derecha o la izquierda, o del centro.
Jerome Tuccille es el galardonado autor de más de 25 libros superventas, incluyendo It Usually Begins With Ayn Rand. Vea su sitio web.
Este artículo se publicó como “A Split in the Right Wing” en la sección de Opinión del New York Times del 28 de enero de 1971.