Pulsando botones como los Supersónicos

Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 28 de marzo de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5154.

 

En esta serie clásica y futurista de televisión de 1962 t 1963 (admito que me encanta y podría ver cada episodio 100 veces), la gente trabaja solo unas pocas horas al día, viaja a 500 millas por hora en coches voladores que llegan a ir hasta a 2.500 millas por hora y el trabajo principal es “pulsar botones”.

Su hogar es la galaxia. La sanidad es un mercado completamente libre con una atención extrema al cliente. La tecnología es la mejor (pero por supuesto sigue funcionando mal, como hoy). Las empresas rivalizan, la prosperidad está por todas partes y el estado es en buena parte irrelevante excepto el amable policía que parece de vez en cuando para ver cómo van las cosas.

Todo el escenario (que anticipa mucha de la tecnología que tenemos hoy, excepto, extrañamente, el correo y el texto electrónicos) reflejaba el espíritu de su tiempo: un amor al progreso y una visión del futuro que seguía su camino. DE forma muy apropiada, fue la primera serie nunca vista en televisión en color en lugar de en blanco y negro. No era ni una utopía ni una distopía. Era lo mejor de la vida como la conocemos proyectada en el futuro. La gente no dormía de uniforme ni obedecía a algún dictador en un monitor en su casa. La gente en la serie se preocupaba tanto por la moda como cualquier estadounidense. Su comida no eran píldoras. Tenían el equivalente a servicios de envío de comida rápida en sus domicilios.

El mensaje es real. La naturaleza humana y la propia estructura de la realidad no cambian. Solo cambios los artilugios que usamos. Podemos hacernos más pobres o podemos hacernos más ricos. Pero los hechos fundamentales de cómo está construido el mundo son inmutables. Las cosas son escasas, pero las posibilidades de creación económica son infinitas en un mundo de comercio, fronteras, ley e innovación privada.

¿Por qué es tan divertida? Porque son dibujos, porque los pulcros aparatos están por todas partes, pero principalmente te divierte porque todos parecen tan extrañamente displicentes acerca de los milagros que los rodean. Viven en casas posmodernas que parecen estar encima de un gran pilar en el espacio y aún así piensan y actúan como el resto de nosotros que vivimos en al tierra. No les sorprende nada, no importa lo asombroso que sea.

Y a pesar de las extraordinarias comodidades de su vida, los problemas esenciales son los mismos, los defectos humanos documentados desde el principio del lenguaje humano escrito. Los chicos tienen los mismos problemas que nuestros chicos. Lucero, la hija, es una mimada y hace muchos mohines; su hijo Cometín se mete en problemas; Súper trata en vano resolver todos los problemas pero su principal preocupación es mantener su trabajo y su esposa Ultra mantiene unido al hogar.

El mantenimiento de la capacidad de escoger lleva a quejarse de que no es suficiente. “Pulsar botones” es la cosa de la que más se quejan todos. Cuando quieren descansar y relajarse, normalmente eligen una empresa que ofrece la experiencia de un mundo falso que parece devolverles al Viejo Oeste, pero es solo una pretensión. Tenemos el equivalente en nuestras fantasías del “retorno a la naturaleza” al comprar en tiendas de alimentación con filosofía o creyendo que no imprimiendo “este correo electrónico” estamos salvando el planeta.

¿En qué otras cosas se parece nuestro mundo al suyo? También estamos rodeados de asombrosos milagros generados por la empresa privada y el emprendimiento. Todos los días nos levantamos con algún nuevo desarrollo que hace que nuestra vida sea ligeramente mejor. Los avances han ido llegando tan rápidamente que los artículos sobre tecnología escritos hace solo unos pocos años ahora nos sorprenden por lo atrasados que parecen.

Cometín tiene una máquina que puede crear mundos en tiempo real que le permiten jugar al béisbol y al tenis con los miembros de la familia. Nosotros la llamamos Wii. Los aspiradores funcionan sin necesidad de empujarlos, y lo cierto es que también los tenemos. El videoteléfono es el gran sueño que hacía realidad esta serie. Tenías que pagar. Cuando llamabas a larga distancia (¿alguien recuerda esto?) “a cobro revertido” (¿alguien recuerda esto?), tenían que aceptar o rechazar el cargo. El videoteleéfono estaba atornillado al techo y no podía moverse, igual que los teléfonos hasta antesdeayer.

Peter Sidor, un fanático de la Mises Wiki, me llamó recientemente a mi Skype en mi iPhone, algo que acababa de descargar hacía poco solo para probarlo y respondí y, viola, estoy hablando por vídeo con un colega en Alemania. Yo daba vueltas con mi teléfono. La aplicación era gratuita. Skype me pedía que usara su servicio. El iPhone venía con FaceTime incluido, la aparición de este milagro no parece haber creado mucho revuelo.

Todo esto es asombroso. Es pasmoso e increíble, más escandalosamente avanzado de lo que podrían haber imaginado los creadores de Los Supresónicos. Con esta pequeña caja en mi mano, puedo hablar en vídeo en tiempo real con cualquier persona en el planeta y no pagar más que mi tarifa habitual. Esto significa que cualquiera en el planeta puede hacer negocios y ser amigo de cualquier otra persona en el globo. Las fronteras, los límites, las barreras, todos están desapareciendo.

El ritmo del cambio es abrumador. El correo electrónico solo empezó a ser corriente hace 15 años más o menos y los jóvenes ahora lo consideran como una forma de comunicación anticuada, usada solo para la correspondencia más formal. Los jóvenes usan hoy mensajería instantánea a través de medios sociales, pero eso es solo por ahora y quién sabe lo que traerá el nuevo año.

Extrañamente a casi nadie parece importarle e incluso a menos les preocupan las fuerzas institucionales que hacen todo esto posible, que son la economía de mercado. En su lugar solo nos ajustamos a la nueva realidad. E incluso oímos acerca del grave problema de la “fatiga ante los milagros”: demasiados cosas grandes, demasiado a menudo. Es verdad que esto nuevo mundo parece haber llegado sin grandes alharacas. ¿Y por qué? Tiene algo que ver con la naturaleza de la mente humana, que no cambia ni cambiará mientras vivamos en un mundo de escasez. No acoplamos a las cosas asombrosas y no pensamos mucho en su origen o en el sistema que las produce.

El mundo de los Supersónicos es nuestro mundo: explosivos avances tecnológicos, una afianzada cultura burguesa, una cultura de empresa que es la verdadera fuente de la buena vida. Pero hay una gran diferencia y no es el coche volante, que ya podríamos tener si no fuera por la promoción pública de las carrteras y el plan central que gestiona los transportes. Es esto: también vivimos en medio de un gigantesco estado leviatán que busca controlar todos los aspectos de nuestra vida hasta el más mínimo detalle.

El gobierno sigue siendo los Picapiedra, un anacronismo que opera como esta enorme rémora de nuestra vida. Con sus manipulaciones monetarias, regulaciones, impuestos, guerras (contra gente, productos y servicios), prisiones e injusticias, miramos igualmente hacia otra parte. Tratemos de encontrar un rodeo y seguir viviendo como los Supersónicos. A veces las cosas no van bien y la razón es el anacronismo que nos gobierna. Y aún así salvo que entendamos causa y efecto en la forma en que las explicaba la antigua tradición liberal, podemos equivocarnos en su origen.

 

 

Jeffrey Tucker es editor de Mises.org y autor de Bourbon for Breakfast: Living Outside the Statist Quo.

Published Mon, Mar 28 2011 8:01 PM by euribe