Echar a los planificadores

Por Jeffrey A. Tucker. (Publicado el 23 de marzo de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/5133.  

 

¿Cuál es la ley del país? Muchos estadounidenses están bajo la impresión de que es la Constitución de EEUU, tal vez distorsionada por el tiempo y el significado literal por malas (o buenas, dependiendo del punto de vista) enmiendas, decisiones de tribunales e interferencias. Es un completo mito. La ley real del país está contenida en el Código de EEUU publicado cada seis años por la Government Printing Office.

Nadie sugirió algo parecido a un Código de EEUU en los primeros cien años tras la aprobación de la Constitución de EEUU. Hubiera sido solo un poco más largo que la propia Constitución. El primer intento de crear una compilación de leyes se produjo en 1878, pero languideció porque nadie sintió la necesidad de actualizarla. Luego en 1926, en medio de la Ley Seca, cuando los funcionarios se implicaron profundamente en regular los detalles de la vida, el Congreso hizo que la cosa existiera. Se publica cada seis años.

Había nacido una institución, aunque la mayoría de la gente no sabía nada de ella. La próxima versión saldrá a la luz en 2012, pero la de 2006 con anotaciones era de más de 356 volúmenes de más de mil páginas cada uno que cubren todos los aspectos de la vida como la conocemos. El próximo añadirá muchas secciones nuevas y probablemente más de 100.000 páginas.

Es el plan central de Estados Unidos (nuestro propio Gosplán, por decirlo así) y es tan elaborado y detallado como cualquier grupo de leyes que hayan gobernado cualquier sociedad en la historia del mundo. Mucho de este plan central es absorbido en nuestras vidas diarias de formas que no notamos o no somos conscientes. De esto se ocupa una capa adicional de regulaciones estatales y locales que han sido remitidas a estos gobiernos por gobiernos superiores o han crecido desde el interior para adaptar el espíritu de la planificación centralizada a las circunstancias concretas de tiempo y lugar. El efecto es el mismo: vivir en medio de una imposible maraña legal  que crece cada día más elaborada y compleja.

Esto desafía a la comprensión humana, pero no deja de tener efectos humanos. Todo aspecto de nuestras vidas está sujeto a él, de la cuna a la tumba. Todo producto que compramos, todo servicio que usamos, toda decisión que tomamos se filtra a través de este laberinto. Puede usted probarlo yendo a gpoaccess.gov y tecleando cualquier cosa, desde caldo de pollo a funerales, y observar al estado trabajando, gestionando toda la vida como la conocemos hasta el más mínimo detalle que podamos imaginar. Piense en cualquier cosa y búsquela y luego piense si disfrutamos de una “libre empresa”.

Ayer mismo decidí mirar las leyes federales que regulan la producción y distribución de cerveza, vino y bebidas alcohólicas, lo que, gracias a Internet, puedo hacer sin acceder a una biblioteca legal. Inmediatamente me encontré en medio de un increíble laberinto de mandatos y demandas regulando quién puede producir y bajo qué condiciones, cómo deben vender y a quién, qué impuestos aplican y cuándo, que advertencias deben incluirse en cada producto e incluso la forma de las botellas que pueden exportarse e importarse. Aunque tuviera un mes entero para hacerlo, no había forma de que pudiera leer todo eso, mucho menos de entenderlo.

Por supuesto esto es solo el principio. Se nos dice cuándo deben empezar la escuela nuestros niños, cuándo tienen que aprender a leer y escribir, cuándo han de graduarse en el instituto y bajo qué condiciones, en qué momento podemos trabajar y cuánto nos pueden pagar, qué tipo de trabajos podemos aceptar y qué nos pueden pedir que hagamos en ellos. Nuestro lenguaje en la oficina está controlado, igual que las palabras que podemos decir en lugares públicos como la radio y la televisión. Cada uno de los electrodomésticos de nuestra casa esta altamente regulado principalmente con el objetivo de hacerles funcionar mucho peor de lo que los fabricantes los habrían hecho funcionar en otro caso.

Cómo se hacen nuestros colchones, dónde los podemos comprar, qué materiales tienen y cómo son etiquetados está regulado al máximo detalle. Lo mismo pasa con nuestros alimentos, nuestra recogida de basuras, nuestro uso de agua en casa y cómo se construyen, distribuyen y utilizan todas las cosas implicadas en ello. Nuestras vidas laborales están gobernadas con gran detalle: pausas para café, horarios de comidas, horas por semana y las cosas que se nos permite pensar y decir sobre otros. Literalmente todos los aspectos de la vida se ven tocados de alguna manera por este enorme aparato.

En el mundo del código informático, el código heredado que ya no es útil y acaba haciendo solo que el programa trabaje más lento se llama “cruft”. Todos los programadores saben que primero deben eliminar el cruft si van a crear un código limpio y eficiente.

Lo mismo pasa con las regulaciones públicas. Dificultan el funciona de la sociedad en sus partes mayores y menores. Impiden el desarrollo de formas que no vemos. Son enormemente costosas, también, en formas que no vemos, porque, como dice Bastiat, es imposible cuantificar los productos y servicios que no tenemos o ver de otra forma las maneras en que la vida sería diferente en ausencia de dichos controles.

A la triste realidad se añade la perversa paradoja de que todo este código cruft se produjo en una época en que todas nuestras vidas estaban restringidas por el espacio y el tiempo físicos. El mundo ha cambiado y hoy nos basamos mucho en información y productos digitales. Sin embargo éstos no están bien cubiertos en el código de EEUU. Efectivamente nos levantamos cada día con un mundo digital que es mejor que ayer, con mejoras de productos, precios más bajos, mejor accesibilidad y generalmente al servicio de la humanidad.

Mirando el mundo económico, ningún sector refleja mejor el ideal que éste. No es una coincidencia que ésta sea actualmente la parte menos regulada de la vida. El mundo digital es la frontera, el lugar de libertad en que las innovaciones se prueban libremente, el servicio al consumidor (no a los burócratas) es la fuerza motriz y competir por ser el mejor ofreciendo ese servicio es la prueba de éxito o fracaso. El mundo digital nos da una ventana a cómo sería la vida en ausencia de estado en el mundo físico.

Es una razón por la que el mundo digital es mucho más agradable y útil a la gente que el físico. El mundo físico está trabado por este anacronismo al que llamamos estado y su vasto aparato de planificación central. El mundo digital (por ahora) no lo está. Una característica es que los límites del estado nación tienden a evaporarse. Nos ocupamos de gente y nos asociamos con gente como individuos, potencialmente con 7.000 millones de individuos, independientemente de sus identidades locales o políticas (que es realmente lo que significa ser de un país concreto o vivir en él).

Sin embargo debemos vivir buena parte de nuestra vida en el mundo físico, tomando decisiones reales diarias que afectan a la calidad de nuestras vidas. Eso significa que debemos encontrar la solución. Debemos ver a través de la niebla creada por el estado y descubrir lo que es lo mejor para nosotros. No siempre es fácil de conseguir. Significa ir contra los principios que el estado ha hecho crecer a nuestro alrededor.

Por ejemplo, podría significar que deberíamos encontrar una forma de enseñar en casa en lugar de enviar a los niños a la escuela pública. Tenemos que buscar los agujeros legales que nos permitan hacerlo. Podría significar un esfuerzo extra por manipular nuestras instalaciones caseras, como nuestros calentadores de agua o duchas o cisternas. Podría significar que evitamos el empleo normal frente al autoempleo o nos atrevemos a mudarnos a algún país remoto donde nuestras perspectivas de empleo sean mejores. Podría ser renunciar al estado de bienestar, rechazando jubilarnos cuando nos lo dice el gobierno o adoptar una fe que sea fuera de lo corriente. Al hacer estas cosas nos arriesgamos a que nos califiquen o nos miren con extrañeza por parte de otros que simplemente suponen que la única forma de no ser raro es cumplir con lo planificado.

Tenemos que leer libros que no estén en la lista aprobada, explorar formas artísticas que no sean alabadas por nuestros maestros y aplastar de cualquier forma el modelo que nos ha sido entregado. Podríamos tener que elegir una profesión que no esté en el plan.

De hecho, yo diría que cualquier persona verdaderamente de éxito (de éxito en formas que merezcan respeto) ha hecho esto de una forma u otra. Han vivido sus vidas fuera del plan. Lo que ocurre habitualmente es que solo después de abrirse su propio camino en este mundo, afrontan el brusco descubrimiento de que han desafiado a los poderes existentes. Aparecen las demandas, empiezan las audiencias parlamentarias, aparece la histeria en los medios de comunicación y así sucesivamente. Al final la persona acaba entendiendo cómo hacer que sus cosas funcionen dentro del plan reinante; entretanto, alguien más está ascendiendo en las listas: alguien al que no le preocupa el plan.

Hay algo que todos podemos hacer. Puede empezarse en la juventud. Puede continuar toda la vida. Pero el primer paso es ver el plan tal y como es. El plan no solo viola nuestra libertad y contradice toda la teoría de la libertad (que es que la sociedad puede gestionarse son controles del gobierno) sino que causa una osificación del orden social y de nuestras vidas personales. No hay una forma predeterminada de evitarlo. Hace falta creatividad, más muchas pruebas y errores.

La pregunta aparece por sí sola: si rechaza el plan la suficiente gente ¿sigue existiendo el plan? Siempre existirá en las estanterías de la biblioteca y en el buscador del Código de EEUU, pero en nuestras propias elecciones y maneras, todos podemos contribuir a hacer que el plan sea menos relevante para el funcionamiento de nuestras vidas.

 

 

Jeffrey Tucker es editor de Mises.org y autor de Bourbon for Breakfast: Living Outside the Statist Quo.

Published Thu, Mar 24 2011 10:09 PM by euribe