Por Art Carden. (Publicado el 29 de julio de 2008)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/3044.
En su clásico La economía en una lección, Henry Hazlitt aplicaba la falacia de la “ventana rota”. Mucho siguen sin haber aprendido la lección, aparentemente: este artículo del Boston Globe argumenta que los terremotos de este año en China serán buenos para el crecimiento económico y que los desastres pueden ser buenos para la economía de un modo más en general. El cambio institucional inducido por el desastre podría llevar a un mayor crecimiento a largo plazo, pero en general la proposición va contra una de las ideas económicas más sencillas: destruir recursos hace a las sociedades más pobres, no más ricas.
Esta es “La Lección” del clásico de Hazlitt La economía en una lección.
Estoy familiarizado con La Lección de una forma personal el último semestre. Un día sonó el teléfono antes de mi clase de las 2 de la tarde. Era la policía llamándome para decirme que alguien había entrado en nuestra casa. Por suerte, no se llevaron nada de gran importancia, pero echaron abajo la puerta trasera y robaron nuestro televisor y el portátil de mi mujer. (Para quien tenga curiosidad, nuestra compañía de seguros nos devolvió todo, menos el deducible, pero hasta donde sabemos el crimen nunca se resolvió).
Las esquirlas y fragmentos de cristal roto que había en nuestro cuarto de la lavadora cuando llegué a casa ofrecían un ejemplo tangible y vívido de La Lección. Teníamos mucha suerte: en un gesto no solicitado de pura amabilidad, aparecieron algunos de nuestros vecinos buenos en estas lides, nos acompañaron a Lowe’s y nos ayudaron a elegir, traer a casa e instalar una nueva puerta. Podría argumentar que la robo tuvo un efecto saludable en que como consecuencia tenemos una relación más fuerte con estos amigos y de hecho eso fue un rayo de luz en una nube muy oscura. Sin embargo, resultaba que la sociedad seguía estando peor por tener una puerta destruida y tiempo, energía y dinero perdidos que tuvimos que invertir para reemplazar nuestras cosas.
Lo que parece como aumento del crecimiento económico es habitualmente redistribución disfrazada. El Globe cita un estudio de 1969 de Douglas Dacy y Howard Kunreuther que demostraba que la gente de Alaska podría estar mejor tras el Gran Terremoto de Alaska de 1964, a causa del “dinero que entró en la economía de Alaska tras el temblor, así como los generosos préstamos y concesiones públicos para la reconstrucción”. Sin embargo, no hay comidas gratis y los “generosos préstamos y concesiones públicos” probablemente se habrían usado mejor en otras cosas. El Globe sí apunta que el relato de “el desastre es bueno para la economía” es incompleto, citando la frase de Donald Boudreaux, de la Universidad George Mason, de que si destruir recursos nos beneficia a todos, “Beirut debería ser uno de los lugares más ricos del mundo”.
Como dijo Henry Hazlitt en una cita que adorna la espalda de una de mis camisetas favoritas (ahora más barata en términos nominales que cuando la compré hace dos años):
![The art of economics consist in looking not merely at the immediate but at the longer effects of any act or policy; it consists in tracing the consequences of that policy not merely for one group but for all groups.]()
[“El arte de la economía consiste en mirar no solo a los efectos inmediatos, sino a más largo plazo de cualquier acto o política; consiste en seguir las consecuencias de esa política no solo para un grupo, sino para todos los grupos” UNA LECCIÓN Henry Hazlitt (1894-1993)]
La generosidad del gobierno tras el Gran Terremoto de Alaska de 1964 fue buena para algunos habitantes de Alaska, pero los recursos tuvieron que provenir de los contribuyentes. La generosidad del gobierno tras los huracanes, Andrew, Iván, Katrina y otros aumentaron las rentas de algunos de los receptores de dicha generosidad, pero también los recursos tuvieron que provenir de los contribuyentes.
Existe un argumento de que, al animar a las sociedades a reemplazar la infraestructura decrépita, un desastre puede acelerar el crecimiento. Aún así, también los recursos necesarios para reemplazar esa infraestructura deben provenir de algún lugar. Aunque podríamos esperar un robusto crecimiento tras el desastre a lo largo de la Costa del Golfo y en las Zonas de Oportunidad del Golfo (Zonas OG), no está muy claro que esto sea económicamente eficiente en relación con empujar a la gente a trasladarse a sitio. Como expresó el economista de Harvard Edward Glaeser en un artículo del 13 de septiembre de 2005 en el Wall Street Journal acerca de la recuperación en Nueva Orleáns tras el Katrina:
Tenemos una obligación con la gente, no con los lugares (…) Dado lo que supondría por cabeza reconstruir Nueva Orleáns hasta su gloria pasada, muchos residentes se verían muy [beneficiados] con 10.000$ y un billete de autobús Houston.
Las subvenciones del gobierno significan que habrá más producción en el espacio geográfico definido en la Zona OG, pero esto no es nueva producción neta. Es actividad económica que en otro caso habría tenido lugar en otro lugar.
Como fan de la innovación y el progreso, me gusta algo la idea de que los desastres aumentan la productividad adelantando el cambio a tecnologías más eficientes. Sin embargo, si el aumento de la productividad por implantar estas nuevas tecnologías fuera tan grande, las empresas privadas las implantarían por su propia iniciativa sin que les pique el gobierno.
Incluso si hay problemas de acción colectiva (y por tanto posibles “fallos del mercado”) en la implantación de nueva tecnologías, la implantación a través del gobierno abre la puerta al oportunismo y la búsqueda de rentas. Además, el coste del crecimiento rápido inducido por la tecnología en un área afectada por un desastre podría ser un declive inducido por los impuestos y la regulación para le resto del país. Los incentivos públicos para invertir en las áreas arrasadas por el huracán Katrina reasignarán recursos hacia la Costa del Golfo.
Nuestra experiencia personal muestra una de las razones por las que sigo sin estar convencido por la tesis de que los desastres aumentan el crecimiento económico produciendo un cambio tecnológico más rápido. Seguimos teniendo que abandonar algo para invertir recursos en la nueva tecnología y seguramente los inversores privados implantarían tecnología que aumente la productividad sin la ayuda del gobierno si hubiera implantadas instituciones seguras de mercado.
La puerta trasera que instalamos después de que robaran nuestra casa es mucho mejor que la vieja. Sin embargo, el hecho de que hubiéramos preferido los servicios que ofrecía la puerta anterior a lo de la nueva se revela en el hecho de que no habíamos reemplazado aún la puerta vieja, ni teníamos planes inmediatos para hacerlo. La nueva puerta representa una mejora en nuestra propiedad, pero para hacer esa mejora tuvimos que prescindir de servicios que de otra forma podríamos haber disfrutado con el dinero que gastamos en la nueva puerta. Si no nos hubieran robado, tendríamos los servicios que ofrecía la vieja puerta más los 400$ o así que gastamos en la nueva. En su lugar solo tenemos los servicios que ofrece la puerta nueva y la vieja no es más que muchos pedazos en algún vertedero ignoto.
La Lección es mucho más amplia en sus aplicaciones, particularmente en el popular (y falso) tropo de que “la guerra es buena para la economía”. Robert Higgs ha investigado, demostrando que, contrariamente a las creencias populares, la Segunda Guerra Mundial realmente no acabó con la Gran Depresión. Los aumentos de gasto público necesarios para continuar con el esfuerzo de guerra generaron realmente una desinversión privada. En otro artículo reciente, el economista Frank Steindl argumenta que los mecanismos de “propagación endógena” propios de la economía de mercado fueron los responsables de la recuperación de la Gran Depresión, en lugar de la Segunda Guerra Mundial.
A pesar de todo esto, estoy dispuesto a creer que las consecuencias a largo plazo de un desastre puede ser beneficiosas si llevan a la privatización de propiedades previamente públicas, así como a reformas institucionales más amigables a los mercados libres. Tal y como yo lo entiendo, La doctrina del shock, de Naomi Klein, argumenta que el capitalismo necesita desastres y “shocks” para aprobar sus impopulares reformas del libre mercado sobre una mayoría inconsciente y poco receptiva. Sin embargo, no es algo malo, particularmente si The Myth of the Rational Voter, de Bryan Caplan es correcto y los votantes son “racionalmente irracionales”. (Para ser justos con Klein, su libro está aún mi lista de libros a leer; sin embargo, críticas extremadamente duras de Tyler Cowen y Johan Norberg me hacen que sea escéptico respecto de sus afirmaciones centrales).
Hazlitt apuntó una vez que las buenas ideas en economía tienen que reaprenderse cada generación y realmente parece que un desastre no puede pasar sin falacias económicas comunes mostrando sus feas caras. La falacia de la ventana rota parece reaparecer cada vez que la naturaleza o el terrorismo causan tumulto y destrucción. El sufrimiento humano producido por el huracán Katrina, los terremotos de China de este año, el tsunami que devastó partes de Asia hace varios años y los ataques terroristas del 11-S fueron suficientemente malos. ¿Tenemos que agravar la miseria ignorando un ade las lecciones más básicas que la economía tiene que enseñarnos?
Art Carden es profesor ayudante de economía y empresa en el Rhodes College en Memphis, Tennessee, e investigador adjunto en el Independent Institute ubicado en Oakland, California. Ha sido investigador en el verano de 2003 en el Ludwig von Mises Institute e investigador visitante en el American Institute for Economic Research en junio de 2008. Sus trabajos pueden encontrarse en página Social Science Research Network También colabora asiduamente en Division of Labour y The Beacon.