Algunos costes de la Gran Guerra: La nacionalización de la vida privada

Por T. Hunt Tooley. (Publicado el 23 de enero de 2009)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/3292.

 

Los costes de la Gran Guerra fueron verdaderamente astronómicos. Igual que el número de estrellas, el total está en manos de Dios. Las masacres, el tesoro, la fe en algún tipo de orden en la sociedad, todo esto fueron costes de la guerra. Como sugería Wilfred Owen en su terrible poema “Strange Meeting”, la cultura de Europa parecía empeñada en alejarse del progreso yendo hacia algo que el historiador literario Paul Fussell llamaría más tarde el mundo troglodita: una especie de visión hobessiana, podríamos decir, dibujada con pluma y tinta por Otto Dix.[1] Un verdadero coste.

Aún así este ensayo tiene menos que ver con las cifras de vidas acabadas que con vidas alteradas, o más bien con cambios en el estatus de la vida privada del individuo, la familia y la comunidad moderna. Este ensayo trata de la propiedad privada, de la autonomía del individuo y de la desastrosa tendencia, acelerada por la Primera Guerra Mundial, a que el estado reclame el derecho a tomar a capricho todo lo que esté dentro de su territorio.

Un tema secundario es que este gran cambio en la vida privada ya e estaba produciendo antes de 1914. El precursor real del cambio no fue la guerra, sino el estado y sus apoyos y adláteres. Aún así la guerra como acelerador del cambio fue bastante mala. Los líderes políticos e intelectuales dieron la bienvenida a la guerra por los cambios colectivistas que traería inevitablemente. En Estados Unidos una de las figuras públicas más importantes dando la bienvenida a la guerra fue John Dewey, un verdadero dios en el panteón de nuestra moderna religión civil. Dewey veía, correctamente, a la guerra como el acelerador de la llegada de la sociedad industrial, una sociedad gestionada positivistamente, a la que consideraba como la misma democracia. (Más sobre esto, más abajo).

Simples estadísticas

Las simples estadísticas no cuentan toda la historia, pero pueden empezar a mostrar su perfil. Se movilizó a cincuenta millones de hombres en todo el mundo para prestar servicios militares durante la guerra. Murió algo más de la quinta parte.[2] La muertes civiles son más difíciles de calcular, pero muchos millones murieron de hambre (como en el caso de Alemania, en la que entre medio millón y 700.000 civiles murieron por malnutrición), en asesinatos deliberados en masa e inmigración forzosa, mientras que otros fueron fusilados en represalia o como espías, murieron accidentalmente por fuego amigo o enemigo, fueron víctimas de la violencia deliberada de soldados individuales (amigos o enemigos), etc.[3]

Aparte de su capacidad de transformar a personas vivas en muertas, durante la Primera Guerra Mundial el estado se las arregló asimismo para contaminar, perturbar y destruir los ecosistemas de campos y pueblos en Europa y otros lugares, ecosistemas que se habían desarrollado a lo largo de milenios. La zona de destrucción a lo largo del frente occidental es, por supuesto, el ejemplo más notable. Toda ciudad o pueblo dentro de esta zona se vio dañado, muchos desaparecieron. Algunos pueblos solo sobrevivieron como asociaciones de reunión de antiguos residentes para organizar reuniones oficiales necesariamente en otro lugar, ya que los propios terrenos de los pueblos se habían visto físicamente alterados, contaminados y agujereados con explosivos. De hecho cantidades no naturales de material orgánico y una enorme distribución de químicos tóxicos (incluyendo metales pesados), junto con la casi completa interrupción de los sistemas de drenaje naturales y artificiales en la mayoría de las áreas, significa que algunos de los lugares se han simplemente inutilizables durante los últimos noventa años (y solo podemos adivinar durante cuánto tiempo más en el futuro).[4] Aún se pierden o se arriesgan vidas (dentro de los últimos años) por estos explosivos y otros peligros que se dejaron atrás.[5]

En otros frentes, la destrucción tendió a ser menos intensa. Pero aún así, pueblo tras pueblo fueron bombardeados y quemados a lo largo de todo el este de Centroeuropa y el sudeste de Europa, así como en otros lugares. A principios de la Primera Guerra Mundial, los ejércitos rusos “limpiaron” las áreas cercanas al frente de millones de judíos, alemanes y otras personas consideradas como probables favorecedores del ejército alemán. Cientos de miles murieron en el proceso.[6] Y se produjo la masacre turca de armenios, sirios y griegos prácticamente al mismo tiempo. En realidad, estos casos de limpieza y asesinato étnicos abrieron otra caja de Pandora que transformó la “técnica” de la emigración forzada violentamente para ser uno de los temas principales del mundo del siglo XX.

Deberíamos también pensar en los resultados a largo plazo: la miseria causada por estas muertes y brutalidad, las vidas productivas perdidas para el mundo, el trabajo nunca hecho, las tradiciones familiares que acabaron y mucho más. Y si extendemos nuestro pensamiento a los resultados geopolíticos de la guerra vemos más miserias derivadas de las decisiones humanas de ese periodo. La Revolución Rusa y los conflictos generados por la casi inexplicable Conferencia de Paz de París crearon sufrimiento, muerte y desesperación nunca vistos con problemas que aún parecen insolubles.

Civilizaciones e individuos europeos

Pero quiero concentrarme ahora en el asunto no de las vidas, sino de la vida privada y su extensión, la propiedad privada. En primer lugar, uno de los enormes costos de la guerra fue el porcentaje de riqueza o capacidad productiva transferida de manos privadas a las arcas del estado. Incluso el teórico original del poder del estado, Nicolás Maquiavelo avisaba a los aspirantes a absolutistas de que mantuvieran sus manos fuera de la propiedad (y las mujeres) de sus campesinos y otros ciudadanos productivos.[7]

En efecto, los absolutistas de Maquiavelo lucharon con la Europa del individualismo y el constitucionalismo durante trescientos años, hasta que las fuerzas de los individualistas liberales parecieron haber tomado la delantera tanto en Europa como en sus apéndices. Pero en el último cuarto del siglo XIX, la Europa de los imperios, el nacionalismo y el creciente colectivismo dio la espalda a los logros de los individuos y la autonomía de individuos y familias. Justo antes de la Primera Guerra Mundial, los europeos cada vez empezaron más a definirse por grupos, ya fueran nacionalidad, sexo o clase. Cada grupo desarrolló la costumbre de pedir al gobierno que les confirmara o apoyara o diera privilegios especiales, a menudo con la amenaza implícita de violencia.

Todo esto estaba en oposición directa tanto a los valores conservadores como liberales del siglo XIX, pero los liberales en Europa y Estados Unidos sufrieron una transformación: siendo inicialmente defensores de la autonomía individual, se convirtieron en esclavos de la seguridad del grupo. En este escenario, la guerra se convirtió en realidad, como han apuntado Murray Rothbard y otros.[8] Las políticas son demasiado familiares como para enumerarlas: intervención económica por todas partes, burda animación para unirse al “sistema” bélico, denuncia continua de enemigos internos, desprecio al estado de derecho, transferencia masiva de riqueza al estado de las manos de los individuos, familias y otras fuentes privadas. No fue la menor de estas tendencias el dominio de las vidas privadas e incluso de la privacidad. Desde la propaganda vacua ensalzando el pensamiento de grupo en todas las sociedades de los beligerantes a la ruptura muy real de las unidades familiares por parte de los bolcheviques, la guerra fue la cobertura de múltiples avances en la interferencia del estado en la vida privada.

Transferencias aceleradas de la propiedad privada al estado

Ocupémonos de algunos casos que nos den idea del proceso de descivilización, el “camino desde el progreso” en palabras del Wilfred Owen. Durante la guerra, los gastos públicos entre los beligerantes se multiplicaron de media por dieciocho, sus ingresos declarados por alrededor de ocho.[9] Los índices del coste de la vida se doblaron en los mejores casos y se cuadruplicaron en los peores. Los gobiernos de todos los países beligerantes intervinieron en sus economías mediante controles de precios y racionamientos y lucharon por pagar los horrendos costes de la carnicería. Al hacerlo, tuvieron que desarrollar nuevas actitudes acerca de la propiedad privada y por tanto de la propia vida privada.

Walther Rathenau nos ofrece un importante caso de estudio. Rathenau, jefe de la AEG sirvió como jefe de la Oficina Alemana de Material de Guerra desde los primeros días de la Primera Guerra Mundial. Su oficina utilizó la autoridad del estado para acosar a las empresas para que se fusionaran (incluyendo compañías eléctricas), para confiscar los recursos necesarios, para intervenir bastante directamente en la gestión de grandes y pequeños negocios. Su tarea, reveló en un informe tras solo un año en guerra, había sido desalentadora, principalmente porque los alemanes estaban demasiado apegados a conceptos como el estado de derecho o más bien al estado de derecho basados en la propiedad y disposición privadas, como en esas “defectuosas e incompletas” leyes de propiedad que existían desde el tiempo de Federico el Grande y antes.[10] Las “medidas coactivas” que había supervisado Rathenau eran solo parte de la serie de cambios que “con toda probabilidad estarían destinadas a afectar a los tiempos futuros”. De hecho, Rathenau mostraba con precisión cómo se alcanzaba el proceso de cambio: por la redefinición.

Se dio al término “embargo” una nueva interpretación, algo arbitraria debo admitir, pero apoda por ciertos pasajes de nuestra ley marcial (…). El “embargo” [hoy] no significa que el estado se apropie la mercancía o el material, sino solo que se restringe, es decir, que el propietario ya no puede disponer del él a voluntad, sino que debe reservarse para un propósito más importante (…). Al principio mucha gente encontró difícil ajustarse a la nueva doctrina.[11]

Este tipo de redefinición se produjo en todos los países beligerantes durante la guerra y mucho tiempo después y no solo en los regímenes totalitarios: los hombres como Rathenau siempre están dispuestas a dar un paso adelante. La redefinición de palabras como confiscación y embargo llevaron a los regímenes paternalistas redistributivos de Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos de FDR, así como a los gobiernos fascistas y comunistas en Alemania, Italia y Rusia.

Esas redefiniciones ya estaban en curso antes de la guerra, pero el tiempo de guerra representó su cumplimiento. Este fue especialmente el caso de los agentes del estado y de aquéllos cuya fortuna dependía de la expansión del estado moderno.

Otro caso de tiempo de guerra que podría darnos una idea es el aspecto relacionado de transferir riqueza privada para su uso por el estado. Veamos la inflación en tiempo de guerra. Las políticas de inflación de la mayoría de los poderes beligerantes representan, después de todo, una extensión de las erosiones recién redefinidas de la propiedad privada. Históricamente la inflación en un juego clásico de saqueo legal, más eficaz que los impuestos ya que el robo legalizado está oculto. Por tanto, a medida que los gobiernos de la Primera Guerra Mundial crecían a pasos agigantados, a medida que empleaban más y más secuaces (militares y regulatorios) para realizar la apropiación para el estado, transferían proporcionalmente más de la riqueza de la gente al estado.

Todos los beligerantes de la Primera Guerra Mundial “crearon” moneda imprimiéndola o imaginándola en forma de crédito. Los planificadores de la Primera Guerra Mundial también abrieron el camino a lo que podríamos llamar la “ética” moderna de la inflación (alabada por Keynes y luego por la sección de ensalzadores de la curva de Phillips) al ignorar la naturaleza involuntaria de esta transferencia de riqueza y animar a la víctimas de estas transferencias a considerarlas como actos de patriotismo. El jefe del banco central alemán dijo al consejo de bancos ya el 25 de septiembre de 1914 que la mejor forma de cubrir los masivos costes bélicos por venir sería “apelar a un pueblo entero”, apelar a “valores éticos y no meramente a la ganancia personal”.[12]

Después de 1918 los gobiernos tendieron a retirar algo los extremos impositivos del tiempo de guerra, pero las transferencias de propiedad privada a los estados continuaron bajo la forma de inflación. Incluso en los Estados Unidos del periodo de posguerra, cuando no había técnicamente mucho crecimiento de la propia oferta de la moneda, había una expansión muy acusada del crédito alimentada por el gobierno federal y la Reserva Federal, como demostró hace muchos años Murray Rothbard en su libro America's Great Depression. En general, los economistas austriacos, de Mises y Bresciani-Turroni en adelante, demostraron muy claramente que la década de 1920 representó una burbuja altamente inflacionista cuya explosión generó la Gran Depresión.[13]

Si añadimos a este “impuesto de la inflación” oculto que los aumentos en impuestos aumentaron éstos por un factor de tres, queda claro que el estado cruzó un umbral durante la Primera Guerra Mundial, un umbral hacia una transferencia mucho mayor de riqueza privada al estado. Durante el periodo de posguerra, los niveles bajaron algo, pero en general el campo estaba listo para un continuo aumento de esas transferencias hasta el final del siglo XX y más allá.

Estoy sugiriendo que un coste de largo alcance de la guerra fue la degradación de la autonomía de individuos y familias en relación con su propiedad. Podría añadir que las enormes y repentinas fortunas del siglo XX no son la primera propiedad privada que me viene a la mente, ya que muchas de esas fortunas se basaron en sociedades monopolísticas entre grandes centros de riqueza y gobiernos: el alma de la actividad de búsqueda de rentas, de saquear a los productores. Lo que me viene a la mente es la justicia de quedarse aquello por lo que uno ha trabajado, la justicia propia de esa maravillosa capacidad de la condición humana de trabajar duro, planificar y ahorrar para sobrevivir, dar y consumir en la formas elegidas por el individuo y la familia, frente a la tendencia agresiva del estado de llevarse bocados cada vez mayores.

La nacionalización de lo privado

Parte del problema para los secuaces del estado era la cuestión de cómo nacionalizar y sistematizar buena parte de aspectos esencialmente privados de la vida. De los miles de casos que podemos estudiar en este aspecto, los variopintos asuntos de la escolarización pública sean tal vez los asociados más de cerca con la pérdida de la privacidad. Y estos asuntos son reveladores cuando pensamos en ellos en relación con la Gran Guerra. Ahora me centraré en Estados Unidos, donde el santificado John Dewey se toma muy en consideración. La compleja visión colectivista de Dewey del papel de la educación en la sociedad se basaba en destruir los viejos hábitos de las costumbres, tradiciones y negociaciones individuales y familiares. Como sus compañeros progresistas Frederick Taylor y Edward Mandell House, creía que la nueva comunidad estaría controlada por administradores expertos del “sistema” que entendieran los problemas del individualismo. Como escribía Dewey una década antes de la guerra:

Tendemos a ver la escuela desde un punto de vista individualista, como algo entre maestro y alumno, o entre maestro y padre (…). Correctamente. Aún así, el rango de visión tiene que agrandarse. Lo que los mejores y más sabios padres quieren para su propio hijo, eso debe la comunidad querer para todos sus hijos. Cualquier otro ideal para nuestras escuelas es estrecho y feo; actuando así, se destruye nuestra democracia.[14]

En la pelea por reglamentar democráticamente a los niños, Dewey se veía apoyado por montones de soldados progresistas de a pie. Por fijarnos en uno, podríamos pensar en la socióloga y periodista Frances Kellor. Liderando el movimiento de americanización en el periodo antes de la guerra, Kellor ligó sus predilecciones por el nacionalismos estadounidense, el eficacia industrial y la necesidad de adoctrinar a los inmigrantes en actitudes americanas, creando un movimiento que despegó cuando empezó la Primera Guerra Mundial. En 1916, la cada vez más influyente Kellor estaba reclamando el servicio militar universal, un adoctrinamiento cuidadosamente preparado en el programa escolar y la revitalización de Estados Unidos. Daba la bienvenida a la guerra en ciernes, porque crearía ese “espíritu heroico por el que una nación finalmente se une”. Al acabar la guerra, a Kellor y otros como ella se les atribuyó el trabajo real de cabildear en los parlamentos estatales con éxito para implantar un nuevo régimen educativo, prohibiendo las escuelas en lenguas extranjeras, públicas y privadas, promoviendo clases de americanización y utilizando de otras formas las escuelas para promover el agenda progresista de la destrucción de la privacidad y la inmersión del individuo en lsa turbias aguas de la democracia.[15]

Otro caso de estudio se refiere a las formas en que los estados nacionalizan villas, familias y regiones en nombre de un desastre. Nuestro ejemplo es la villa de Vauquois, un pueblo típico de la región de Argonne en la Lorena, una colina hogar de varios cientos de pacíficos ciudadanos franceses antes de 1914. Cuando estalló la guerra, varias unidades del ejército francés se retiraron de la frontera a Vauquois en las primeras semanas de la guerra y se quedaron ahí. Los alemanes atacaron, pero como ocurre muy a menudo, los ejércitos se estancaron, en este caso en la misma cima de la oblonga colina. Las laderas de cavaron, quedando las líneas de trincheras cruzando el mismo pueblo, haciendo fácil el lanzamiento de piedras (o grandas) de uno a otro lado. Este segmento del Frente Occidental se mantuvo durante cuatro años, excepto las explosiones en la tierra de nadie por minas enterradas. Así que la colina estaba literalmente hueca por los explosivos y perforada por los túneles. De vez en cuando los soldados luchaban por el subsuelo. De vez en cuando, por el contrario, intercambiaban cigarrillos y chocolate. El Primer Ejército estadounidense se trasladó a las posiciones francesas en septiembre de 1918 y “tomó” la posición alemana de Vauquois incendiándola con bombas de termita y luego sencillamente rodearon Vauquois.[16]

¿Qué pasó con los habitantes franceses del pueblo? Fueron evacuados y reubicados muchos kilómetros tras las líneas, donde languidecieron durante la guerra. Una vez se acabó la guerra, la burocracia militar de la reconstrucción francesa (conocida por su altanería e ineptitud) continuó restringiendo el área de forma que los trabajadores de rescate oficiales pudieron “reclamar” el pueblo, a pesar de los ruegos de los lugareños de que les dejaran volver a reclamar su propiedad. Como de hecho no había ningún pueblo más allá de los enormes cráteres y algunos restos de construcciones, el gobierno francés acabó (años después de la evacuación e incluso de la propia guerra) decidiendo declarar al área como un “zona roja”. Es como decir que nadie podía volver allí. Lo reclamado por los habitantes de Vauquois acabó siendo privatizado y varias colectas de caridad permitieron a éstos volver, comprar algún terreno unos pocos metros más abajo en la colina y establecer el nuevo Vauquois.[17]

Por tanto el estado trajo la guerra que acabó con las vidas privadas de la gente de Vauquois. El estado tuvo que trasladarles por su propia seguridad y el estado les impidió volver a salvar lo que pudiera salvarse. Es un patrón tan establecido noventa años después que podría requerir cierto esfuerzo imaginarlo de otra forma: cuanto antes pudiera volver esa gente después de que la guerra se alejó de la región en septiembre de 1918, más posibilidad habría de reclamar algo, de reciclar los restos, de salvar lo que pudiera salvarse. Vuanto antes hubieran sido liberados de la nacionalización y devueltos a la existencia privada en lugar de vivir como parte del sistema bélico en otra ciudad, más se habría reafirmado el orden natural de individuos, familias y pueblo, incluso si hubiera hecho falta un trabajo duro. En su lugar, afrontaron los retrasos burocráticos mientras su gobierno recaudaba millones de francos por indemnizaciones de Alemania y construía nuevos edificios públicos y otros varios añadidos “infraestructurales” a Francia (autopistas, etc.) lejos de Vauquois.

Con desastres como el de Vauquois y cientos de otros pueblos y villas francesas, apreciamos la génesis de la gestión estatal de los desastres en el siglo XXI. Los individuos que tratan de proteger sus propiedades durante una tormenta son considerados como enemigos del estado, problemas para que se ocupe la policía. Las recientes debacles de la FEMA son solo la última y más extrema versión.

Investigar muchos otros casos de estudio rellenaría lo huecos de esta historia: la objeción consciente a la guerra, el alistamiento de mujeres en fábricas ultratóxicas de munición, la propaganda de la obligación con el estado que llevó a mujeres jóvenes a mandar plumas blancas a hombres capaces que no se habían alistado, el programa de trabajos forzados en Alemania, el internamiento de alemanes en Australia, la política de abrir el correo en EEUU en búsqueda de saboteadores y traidores y muchas, muchas más. Pero por abreviar una larga historia, igual que el “embargo” de propiedad privada de Rathenau y que la “sistematización” de los desastres gestionados por el estado, el resultado de la crisis de la Gran Guerra, como podría apuntar Robert Higgs, fue un cambio radical en todas las relaciones del individuo con el estado y por tanto un cambio radical en todas las relaciones entre individuos, familias, iglesias y grupos no estatales.

Como sugería al principio, nunca seremos capaces de contabilizar los costes de la gran Guerra. Sin embargo podemos llegar a apreciar el mundo que se perdió cuando se apagaron las luces en toda Europa en 1914 y después en todas partes. Uno de los costes más importantes fue el inicio de la nacionalización de la vida privada que continúa su curso hasta el día de hoy.

Déjenme añadir que este contabilidad de costes y toda la visión de la guerra en sus aspectos negativos son difícilmente concebibles en los modos de pensar democráticos y estatistas modernos. Después de que se diga y haga todo, tal vez la guerra hizo al mundo seguro para la democracia. De hecho, Randolph Bourne, famoso por observar que la guerra es la salud del estado, podría haber ido más allá: la guerra no solo es la salud del estado, sino también la salud de la democracia. Prácticamente no hay ningún aspecto de la guerra que no sea bienvenido por el estado colectivista-democrático. La guerra justifica toda medida deseada de expansión del poder del estado, exige la eliminación de todos los intermediarios entre estado e individuos, familias y otras unidades humanas naturales. La guerra exalta el colectivo y tiende a matar, mutilar, humillar o corromper al individuo. La guerra dota de un aire de sacralización a la moderna religión civil positivista y humanista: nuestras fiestas nacionales relacionadas con la guerra representan días muy sagrados, excepto porque el sacrificio ensalzado es el sacrificio de individuos al servicio del estado ( o de la “libertad” o cualquier otra palabra de moda que el estado esté usando como sinónimo para sus poderes). Por tanto, desde esta perspectiva, los costes de la guerra para los individuos se transforman en claros beneficios para el estado.

 

 

Hunt Tooley enseña historia en el Austin College y en la Academia Mises.



[1] Paul Fussell, The Great War and Modern Memory (Nueva York: Oxford University Press, 1975), cap. 2, “The Troglodyte World”. [Publicado en España como La Gran Guerra y la memoria moderna (Madrid, Turner, 2006)].

[2] Leonard P. Ayers, The War With Germany: A Statistical Summary (Washington, D. C., 1919).

[3] Además, la epidemia de gripe de 1918-19 acabó con muchos más civiles (y con más gente en todo el mundo que la suma total de la Gran Guerra). Esta epidemia fue en cierto sentido un acontecimiento natural, pero debido completamente a la guerra: empezó aparentemente con un virus que fue capaz de adaptarse a causa de la gran cantidad de hombres en los campos de entrenamiento estadounidenses en el Medio Oeste, donde parece haber encontrado el medio en que adaptarse y extenderse de su población y forma originales. De hecho, aunque Estados Unidos se vio duramente golpeada (con unas 675.000 muertes, incluyendo 43.000 soldados y marinos) el virus parece haber realizado otra adaptación en agosto de 1918, lo que le permitió extenderse por el globo. Los europeos murieron en cifras similares, pero el enorme total de muertes en la India puso el total mundial en cuarenta millones, alrededor de dos veces o dos veces y media el número de muertes por todas la demás causas en la Primera Guerra Mundial. Para un resumen breve, ver Pope y Wheal, Dictionary of the First World War, 104; ver también Fred R. Van Hartesveldt, The 1918–1919 Pandemic of Influenza : The Urban Impact in the Western World (Nueva York, 1992) y para una evlauación científica reciente, Jeffrey K. Taubenberger, “Seeking the 1918 Spanish Influenza Virus”, American Society for Microbiology News, 65, nº 7 (1999).

[4] Ver Hunt Tooley, The Western Front: Battleground and Home Front in the First World War (Houdmills, Basingstoke: Palgrave, 2003), especialmente el capítulo VIII.

[5] Stephen Castle, “Great War explosives dump is unearthed by Belgian farmer”, The Independent, 20 de marzo de 2001.

[6] Ver Peter Gattrell, A Whole Empire Walking: Refugees in Russia During World War I (Bloomington e Indianapolis, 1999); y Mark Levene, “Frontiers of Genocide: Jews in the Eastern War Zones, 1914–1920 and 1941”, en Minorities in Wartime, 83–117.

[7] El príncipe, capítulo XVII.

[8] Murray N. Rothbard, “World War I as Fulfillment: Power and the Intellectuals”, Journal of Libertarian Studies 9 (Invierno de 1984): 81-125 y reimpreso en John V. Denson (ed.), The Costs of War: America's Pyrrhic Victories, 2ª ed. (New Brunswick, NJ: Transaction Press, 1999).

[9] Randall Gray con Christopher Argyle, Chronicle of the First World War, 2 vols. (Oxford, Nueva York: Facts on File, 1991), 2: 293.

[10] Federico el Grande, a pesar de sus propias empresas económicas estatales, trató en realidad de mezclar el antiguo respeto prusiano por la ley con el respeto ilustrado por el individuo. La popularización del cuento del ‘molinero de Sans-Souci’ (un cuento en el que el molinero permanece de pie ante el joven rey aludiendo al poder de la ley) demuestra algo de su devoción, sea el cuento apócrifo o no. La referencia aquí de Rathenau a Federico el Grande es bastante concreta.

[11] Ver “Address of Walther Rathenau on Germany's Provision for Raw Materials”, 20 de diciembre de 1915, impresa en Ralph H. Lutz (ed.), The Fall of the German Empire, 1914-1918 (Stanford, 1932), 2: 77–90 (Hoover War Library Publications, Nº. 2).

[12] Gerald Feldman, The Great Disorder, 864.

[13] En el bando europeo, ver especialmente Constantino Bresciani-Turroni, The Economics of Inflation: A Study of Currency Depreciation in Postwar Germany (Northampton, UK: John Dickens & Co. Ltd., 1968 [1937]): 405-457 y Hans F. Sennholz, The Age of Inflation (Boston: Western Islands, 1979). En el bando estadounidense, ver Murray N. Rothbard, The Case Against the Fed (Auburn, AL: Ludwig von Mises Institute, 1994): 118-130 y Rothbard, American's Great Depression, 5ª ed. (Auburn, AL: Ludwig von Mises Institute, 2000): 86-179.

[14] John Dewey, The School and Society (Chicago: University of Chicago Press, 1907), 19-44.

[15] Esta explicación se absa en el excelente análisis de

[16] Elspeth Johnstone, “Vauquois-The Lost Village” http://www.worldwar1.com/france/vacquois.htm, una página del sitio “France at War” de worldwar1.com.

[17] Ver Hugh D. Clout, “The Revival of Rural Lorraine After the Great War”, Geografiska Annaler, Series B, Human Geography 75 (1993): 73-91.

Published Wed, Feb 2 2011 8:32 PM by euribe