Por Frank Chodorov. (Publicado el 28 de enero de 2011)
Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí http://mises.org/daily/4920.
[Este artículo está extraído del capítulo 11 de Out of Step (1962)]
Cuando se inició la Primer Guerra Mundial en 1914, el Chicago Tribune anunció con considerable orgullo que iba a mandar a un equipo de reporteros a Europa para “cubrir” las batallas y las capitales de las naciones en guerra. Era algo nuevo en el periodismo estadounidense. Lo que previamente constituían las noticias internacionales eran reportajes de los que estaban haciendo las familias reales, asuntos en los que estaban implicadas damas de la nobleza o un crimen “pasional”. La mayoría de estas historias se tomaban tal cual de la prensa europea. De hecho, mi mujer, antes de casarse, se dedicaba a hacer un “boletín” europeo para una agencia de noticias con la ayuda de unas tijeras y pegamento. El New York Times, ya en aquel entonces con ciertas pretensiones de internacionalismo, incluía en su interior una columna titulada “Envíos por cable transatlántico al New York Times”: normalmente ocupaba alrededor de media página y consistía en noticias que bien podrían haberse tomado de periódicos europeos.
La prensa estadounidense no hacía el gasto de enviar corresponsales a Europa porque había poco interés público en los asuntos europeos y respecto de África, Asia e incluso Latinoamérica, eran lugares de los que solo se aprendía en la geografía de la escuela. El país era aislacionista. La gente, a juzgar por las portadas de los periódicos ciudadanos, estaba interesada en lo que pasaba en los barrios, la política local, las condiciones de la cosecha y el tiempo. Cuando había sesiones en el Congreso, lo que pasaba unos pocos meses al año, se daba relevancia a algunos de debates, pero no mucha; los tipos para un titular a tres columnas aún no se habían inventado.
La guerra, cuando finalmente entramos en ella, era como una aventura para la mayoría de los estadounidenses. Habían pasado tres generaciones desde que el país había experimentado una guerra a gran escala: las guerras indias y una serie de expediciones “punitivas” a México y Centroamérica solo interesaban al ejército profesional y la competición con España tenía la naturaleza de una ópera bufa. La guerra en Europa era algo serio, que llegó a todos los hogares por medio del reclutamiento e implicaba un nuevo instrumento de guerra, el bono. Woodrow Wilson había embellecido la tarea calificándola como la “guerra para acabar con todas las guerras” y la “guerra para hacer al mundo seguro para la democracia”; esta última frase tenía todo el contenido del “destino manifiesto” de la tarea de imponer nuestra democracia a los ignorantes pueblos de Europa y así apelaba a nuestro celo misionero. Aún así el sentimiento general era que cuando hubiéramos machacado al káiser podríamos volver a nuestras costumbres, lo que, en resumen, significaba aislacionismo.
Después de la guerra, como es habitual, se produjo la desilusión. Pronto se dieron cuenta de que la conquista de Alemania no significó el final de las guerras, sino que era probablemente el preludio de otra más y que nuestra democracia no se ajustaba bien a otros pueblos. La oposición en el Senado a la Liga de Naciones de Wilson reflejaba la actitud de la gente que había tenido bastante con la implicación en la enredada maraña de la diplomacia Europa y quería salir de ellas. Durante 20 años a partir de entonces el pacifismo fue la pasión gobernante del país: en novelas, escenarios, artículos de revistas y en aulas de universidades se repetía el motivo de que la guerra era inexcusable. El espíritu del pacifismo se vio reforzado por un resurgimiento del aislacionismo estadounidense, el sentimiento de que nada nuevo nos traería interferir en los asuntos internos europeos y que estaríamos mejor ocupándonos de nuestros propios asuntos. Fue a este aislacionismo innato al que combatió Franklin D. Roosevelt cuando se las arregló para meternos en la Segunda Guerra Mundial y del que se vio fortuitamente librado por Pearl Harbor.
Desde entonces el aislacionismo se ha convertido (por parte de nuestros políticos, nuestra burocracia y sus secuaces, los profesores idealistas) en una mala palabra.
Y aún así, el aislacionismo es inherente a la condición humana. Está en la naturaleza humana interesarse primero por sí mismo y en segundo lugar por sus vecinos. Su preocupación principal se refiere a sus problemas con el pan y la sal, para empezar, y luego con las otras cosas que implica a vida: salud, placeres, educación de los niños, acabar con la hipoteca sobre la casa y llevarse bien con los vecinos. Si tiene tiempo e inclinación, echa una mano en obras locales de caridad y política. Si ocurre algo en la capital del estado que despierta su ira o su imaginación puede hablar con sus vecinos acerca de la necesidad de una reforma, esto es, si la reforma resulta coincidir con sus intereses. Los impuestos siempre le interesan. Pero los acontecimientos que se producen muy lejos de sus circunstancias inmediatas o le afectan solo tangencialmente (como la inflación o los debates en la ONU) o le son completamente indiferentes o, si lee acerca de ellos en los periódicos, le preocupan solo académicamente. Un hombre de Minnesota puede interesarse por un acontecimiento importante en Florida, como tema de conversación, pero está interesado vitalmente en lo que ha ocurrido en su comunidad: un fuego, un divorcio o la nueva carretera. ¿Cuánta gente conoce el nombre de su congresista o se toma el más mínimo interés en cómo vota sobre asuntos concretos?
Se ha convertido en un procedimiento estándar para sociólogos y políticos realizar encuestas de opinión y deducir patrones de comportamiento a partir de esos datos. Aún así es un hecho que los asuntos materia de estas encuestas no se ocupen de asuntos en los que los encuestados estén interesados vitalmente, sino de los que tienen una preocupación. Dejando aparte la posibilidad de que las preguntas provoquen respuestas que quieran los encuestadores, el hecho es que el orgullo de los encuestados bien puede influir en sus respuestas. Así, un ama de casa a la que se le haya pedido su opinión respecto del apartheid en Sudáfrica, por ejemplo, se sentirá halagada porque se le haya permitido contestar y se sentirá impelida a dar alguna respuesta, normalmente una opinión preconcebida tomada del editorial de un periódico: no dirá honradamente que no sabe nada acerca del apartheid y que no le importa. Por otro lado, si se le preguntara acerca de cómo hacer una tarta de manzana daría una respuesta inteligente, pero a los sociólogos no les importa saber cómo se hace una tarta de manzana.
Los científicos inmersos en el laboratorio sopesarán cuidadosamente cualquier cuestión que se les plantee respecto de la materia objeto de su ciencia y probablemente no lleguen a una respuesta de sí o no, pero está a favor de que la nación tendría que reconocer el régimen comunista chino porque oyó a otro científico decirlo. El fan del béisbol que conoce el porcentaje de bateo de todos los miembros de su equipo, por el contrario, denunciaría el reconocimiento del régimen porque ha oído que los “rojos” no son buenos. El estudiante que pasa justo de curso hablaría audazmente sobre la ONU, reflejando la opinión de su profesor sobre esa organización. Todos el mundo tiene opiniones en asuntos internacionales, porque los periódicos tienen opiniones sobre ellos y a los lectores les gusta estar al corriente. Es decir, el intervencionismo es una moda pasajera estimulada por la prensa y, como moda pasajera, no tiene una sustancia real tras ella. Si se realizara una encuesta sobre si deberíamos ir a la guerra, la probabilidad es que muy pocos votarían a favor de la proposición; aún así, la guerra es el intervencionismo definitivo y la oposición a ella es una prueba suficiente de que somos aislacionistas en nuestras simpatías. Una encuesta respecto del aislacionismo (algo así como “¿cree que tendríamos que mantenernos al margen de la política de otras naciones y tendríamos que dejarles ocuparse de sus problemas sin intervenir?”) podría ofrecer algunas conclusiones interesantes, pero los políticos y los energúmenos del intervencionismo preferirían no realizar dicha encuesta. Nuestro programa de “ayuda externa” nunca ha sido sometido a votación.
El aislacionismo no es una postura política, es una actitud natural de la gente. Es ajustarse a la cultura que prevalece dentro de un país y un sentimiento de seguridad dentro de ese ajuste. Si las tradiciones, las instituciones políticas y sociales y los valores morales que se obtienen parecen buenos, los pueblos no quieren que les molesten pueblos con otros fundamentos y, lo que es más, no sienten ningún impulso por imponer sus propias costumbres y valores a extraños.
Esto no significa que no tomen prestadas voluntariamente cosas de otras culturas ni que se rodeen de muros pueblerinos. Mucho antes de que al aislacionismo se convirtiera en una política fijada por el gobierno, los estudiantes estadounidenses iban a Europa a completar su educación y los inmigrantes introducían sus comidas exóticas en las mesas estadounidenses. Pero ésas son adopciones voluntarias, igual que dimos la bienvenida a óperas alemanas e italianas y aplaudimos a conferenciantes británicos que venían aquí a denostar nuestra falta de urbanidad. Sin duda disfrutamos de los plátanos y el café importados de los países latinoamericanos y, aunque podríamos deplorar su costumbres de establecer dictaduras, no sentíamos ninguna obligación de entrometernos es sus asuntos políticos: era cosa suya, no nuestra.
Ésa era la actitud generalizada del pueblo estadounidense antes del experimento intervencionista conocido como la Primera Guerra Mundial. Antes de ese acontecimiento, Woodrow Wilson se volvió loco al apoyar en México a un líder revolucionario tras otro e incluso enviaba marines a apoyar a su elegido; su excusa para oponerse a Huerta fue que el líder no había sido elegido “democráticamente”, olvidando el hecho de que el 80% de los mexicanos eran simplemente incapaces de elegir o de preocuparse por ello. De esa explotación intervencionista cosechamos una desconfianza en las intenciones estadounidenses respecto de México que no persigue hasta hoy. Pero la urgencia de Wilson por introducir la “democracia” en México era puramente por idiosincrasia personal, compartida con su séquito político, pero no con el pueblo estadounidense. Nos preocupaba poco qué brigante (Huerta o Carranza) estuviera en el poder y solo nos conmovía el hecho de que murieran muchachos estadounidenses en la invasión de Wilson.
Cuando la Segunda Guerra Mundial empezó en Europa y se hizo evidente que Roosevelt se concentraba en hacernos entrar en ella, un grupo de estadounidenses organizó el America First Committee con el fin de levantar el espíritu nativo del aislacionismo hasta el punto de frustrar su intento. Querían mantener neutral a la nación. Por varias razones (particularmente Pearl Harbor), su plan fracasó, incluso aunque al principio obtuvieron la adhesión de muchos estadounidenses. Un fallo en su programa era una tendencia al proteccionismo: la anti-implicación se acabó identificando con los lemas de “Compre americano” y con los altos aranceles, es decir, con el aislacionismo económico en lugar de político. El aislacionismo económico (aranceles, cuotas, embargos e interferencia pública generalizada en el comercio internacional) es un irritante que puede llevar a la guerra o al intervencionismo político. Construir un muro comercial alrededor de un país es invitar a las represalias, que a su vez llevan a la incomprensión y la desconfianza. Además el libre comercio conlleva una apreciación de las culturas de los países comerciantes y un sentimiento de buena voluntad entre los pueblos afectados. El libre comercio es natural, el proteccionismo es político.
La oposición del America First Committee a nuestra entrada en la guerra se basaba en consideraciones políticas y económicas. Es un hecho bien conocido que durante una guerra el Estado adquiere poderes a los que no renunciará cuando acaben las hostilidades. Cuando nuestro enemigo está a las puertas (o puede ponerse en la mente del pueblo la ilusión de que lo está) la tendencia es a entregar al capitán todos los poderes que considere éste necesarios para mantener a raya al enemigo. La libertad se relega a favor de la protección. Pero cuando el enemigo es rechazado, el Estado encuentra suficientes razones como para mantener los poderes adquiridos. Así el servicio militar, que Roosevelt reintrodujo al inicio de la guerra, se ha convertido en política permanente del gobierno y el militarismo, que es lo contrario de la libertad, se ha incorporado a nuestras costumbres. No importa si estaba o no esta eventualidad en la mente de Roosevelt: es propia del carácter del Estado. Los impuestos creados ostensiblemente “para la duración” se han convertido en permanentes, la burocracia creada durante la guerra no se ha desmantelado y las intervenciones en la economía necesarias para mantener la guerra ahora se consideran necesarias para el bienestar del pueblo. Esto, junto con el hecho de que ahora nos dedicamos a prepararnos para la Tercera Guerra Mundial, fue el resultado neto de nuestra entrada en la Segunda Guerra Mundial. Ganara quien ganara, el pueblo estadounidense sería el perdedor.
Aparte de esta necesaria consecuencia política de nuestra implicación, estaba el hecho añadido de que nuestra economía sufriría. Más importante que el efecto directo del aumento de impuestos fue el efecto indirecto de la inflación resultante de la venta de bonos públicos. La duplicidad y deshonestidad políticas llegaron a su cumbre cuando se anunciaron estos bonos como antiinflacionistas. Se aseguró a los pretendidos compradores que su adquisición (a) ayudaría a ganar la guerra, (b) les produciría beneficios y (c) evitaría la inflación, una extraña apelación a su patriotismo su codicia y su ignorancia. Es verdad que los bonos de “ahorro”, que no podían venderse o tomarse prestados, retrasarían su efecto inflacionista. Pero cuando el gobierno los redimió, a voluntad de los tenedores o al vencimiento y fue incapaz de revenderlos a “ahorradores” tendría que recurrir a pedir prestado a las instituciones financieras, que por supuesto reclaman títulos negociables, que se hicieron inflacionistas. Este resultado podía haberse previsto por cualquiera con un gramo de sentido común, pero durante la guerra faltó este grano y se vendieron los bonos. Se vendieron a pesar de un artículo titulado “No compren bonos del gobierno” que publiqué en aquel entonces. Y la irresponsabilidad fiscal que practicó la administración Roosevelt antes de entrar en guerra se aceleró. No se ha detenido aún.
Mientras que el aislacionismo es una actitud natural de la gente, el intervencionismo es una vanidad del líder político. No parece haber espacio suficiente en el mundo para saciar su deseo de ejercitar su poder o al menos su influencia. Igual que el alcalde de un pueblo sueña con convertirse en gobernador de su estado, congresista o incluso presidente, igualmente un presidente o rey de un país considera su deber mirar más allá del trabajo inmediato de dirigir su país. La necesidad limita la inclinación intervencionista de la cabeza de un país pequeño, salvo que encuentre un país pequeño cercano incapaz de resistir sus avances. Pero si existe una nación suficientemente opulenta como para mantener un ejército de buen tamaño y una burocracia adecuada, su visión va más allá de sus fronteras. Es verdad que su interés es siempre la ilustración y a mejora de los pueblos sobre los que busca extender su dominio o influencia, no explotarlos. Así, Alejandro Magno ofreció los beneficios de la civilización helénica a los pueblos de Asia, las legiones romanas llevaron la Pax Romana en la punta de sus lanzas, Napoleón impuso la “liberté, fraternité, égalité” francesa a los pueblos de Europa, la quisieran o no. Hitler trató de extender la influencia del arianismo y el último imperio británico se construyó bajo la premisa de que un toque de civilización inglesa haría bien a los nativos.
“Política exterior” es el eufemismo que oculta esta inclinación por el intervencionismo. Acerca de la única política exterior coherente con el aislacionismo natural de un pueblo, sería una diseñada para impedir la interferencia de un poder extranjero en los asuntos internos del país, es decir, la protección ante la invasión. Pero eso es demasiado limitado en ámbito como para satisfacer las ansias del gobierno de un país poderoso. La política exterior de Theodore Roosevelt estaba expresamente diseñada para extender entre otros pueblos los beneficios de la civilización estadounidense, incluso a punta de vara. Sin un impuesto sobre la renta podía haber hecho poco más allá de mostrar el poderío naval para ejecutar este propósito y la labor la asumió Woodrow Wilson. Es interesante apuntar que Wilson era por convencimiento un antimilitarista y un aislacionista; aún así las exigencias del cargo le indujeron a llevar al país a una guerra con el propósito misionero de extender la democracia americana por todo lo largo y ancho del mundo. Fracasó, en parte porque los pueblos de mundo no estaban dispuestos a adoptar la tradición estadounidense y en parte porque no pudo quebrar la resistencia estadounidense al intervencionismo. Quedó para Franklin D. Roosevelt, incitado y alentado por una gran depresión y una gran guerra, esa labor. Y ahora que una monstruosa burocracia con un interés en el intervencionismo tiene el control de nuestra “política exterior”, la nación está comprometida con un programa de interferencia en los asuntos de todos los países del mundo.
Se ha añadido algo nuevo a la técnica de exportar nuestra cultura: en lugar de enviarla al exterior a punta de bayoneta, nosotros (o más bien nuestros burócratas) estamos intentando sobornar a los pueblos “subdesarrollados” para que la acepten. Pero esto pueblos, acostumbrados como están a sus propias tradiciones. Sus propias costumbres y sus propias instituciones, no parecen preciar nuestros esfuerzos y el resultado neto de nuestro programa de “ayuda exterior” (aparte de apoyar una burocracia manirrota) es apoyar a los políticos de los países receptores en una forma de vida a la que no están acostumbrados. La justificación actual de esta dispensa de limosnas es que es necesaria para impedir la extensión del comunismo. Pero el comunismo es una forma de vida impuesta por el pueblo por sus políticos y si éstos para sus propios fines eligen el comunismo nuestra “ayuda” simplemente les permite hacer esa elección. Entretanto, los pueblos de mundo permanecen impávidos ante nuestra forma de civilización, su lealtad a su propia tradición no se ve dificultada por nuestra generosidad, siguen siendo aislacionistas. Añadiendo el insulto al daño, se quejan de nuestra intrusión en su forma de vida, nos llaman “imperialistas” y piden sin educación que nuestros agentes se vayan a casa.
En resumen, nos piden que retornemos al aislacionismo que, durante más de cien años, hizo prosperar a la nación y que nos ganáramos el respeto y la admiración del mundo.
Frank Chodorov fue un defensor del libre mercado, el individualismo y la paz. Empezó apoyando a Henry George y editó la revista georgista The Freeman antes de fundar su propio periódico, que fue el influyente Human Events. Después fundó otra versión de The Freeman para la Foundation for Economic Education y dio clases en la Freedom School en Colorado.
Este artículo aparece como capítulo 11 en Out of Step (1962).