Otra idea genial de la planificación central

Por Ralph Reiland. (Publicado el 13 de diciembre de 2011)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/4953.

 

Justo cuando los empresarios empezaban a tener menos miedo a lo próximo que pudiera hacer el Presidente Obama para empeorar el clima empresarial, el Consejo Nacional de Relaciones Laborales (ahora con su primera mayoría demócrata en una década) anunció el 14 de diciembre que, bajo una norma federal recientemente propuesta, los empresarios privados tendrán que poner carteles a favor de la sindicalización en sus oficinas.

“La norma prevista”, informaba Associated Press, “obligaría a las empresas a poner avisos en las salas de descanso de los empleados u otras ubicaciones importantes para explicar a los trabajadores su derecho a negociar colectivamente, distribuir escritos sindicales o realizar otras actividades sindicales sin represalias”.

Los carteles no explican que la represalia mayor contra el trabajo colectivizado y el sindicalismo viene del público en forma menores ventas (y por tanto menos empleos) cuando los precios de los productos y servicios suben con el fin de pagar los costes crecientes de salarios, beneficios y pensiones más altos.

Por ejemplo, en el sector automovilístico los trabajadores sindicalizados de las fábricas han pagado un alto precio por la represalia del público contra empleados sobrerremunerados y por tanto coches con sobreprecio. Durante décadas, cuando tanto la población de EEUU y el mercado local de coches estaban expandiéndose significativamente, los miembros activos de la United Auto Workers (UAW) cayeron de 1,5 millones a finales de la década de 1970 a 390.000 en 2010.

La General Motors ha perdido dos tercios de su porción del mercado de EEUU, cayendo de cerca del 60% en 1970 a su actual 20%. La compañía emplea ahora a 52.000 trabajadores por horas en Estados Unidos, un 89% menos que sus 468.000 trabajadores por horas en 1970.

Permitir a la UAW “redoblar los costes hasta el infinito” puso a GM en “una gran desventaja de costes”, declara Martin Hutchinson, editor colaborador de Money Morning. “La llegada y establecimiento de fabricantes de propiedad extranjera en los estados menos sindicalizados de EEUU (combinada con el inexorable envejecimiento de la fuerza laboral pasada y presente de GM) constriñó a GM con una desventaja imposible de costes frente a su competencia”.

El analista financiero Jame Quinn en SeekingAlpha.com, un sitio web de investigación e inversión bursátil, informa:

La última huelga importante de la UAW se produjo en 1970. Después de ésa, la dirección continuamente cedió a la demandas de los sindicatos en todas las futuras negociaciones contractuales. Prometieron tremendos beneficios en las pensiones, beneficios sanitarios vitalicios, enormes aumentos en las pagas y reglas de trabajo onerosas que no daban flexibilidad a la gestión. Evidentemente GM no tenía contables que pudieran extrapolar más allá de un futuro a cinco años. Si los hubiera tenido, habrían visto que tendrían una estructura de costes insostenible con más jubilados cobrando que trabajadores en la línea de ensamblado.

A medida que los trabajadores de GM iban dejando de tener empleo, quienes no tenían tarea fueron reasignados de las líneas de ensamblado a un “banco de empleos” con un coste para GM de 130.000$ al año por trabajador (o más precisamente por no trabajador) en paga y beneficios.

La redacción exacta de este nuevo cartel de “derechos” del gobierno federal no podría ser más tendenciosa:

Los empleados tienen el derecho a actuar juntos para mejorar salarios y condiciones de trabajo, a formar, unirse y ayudar a un sindicato, a negociar colectivamente con sus empleadores y a decidir no realizar ninguna de estas actividades.

El “actuar juntos” para mejorar la cosas suena tan benigno, normal y sensato, como cuando dos o tres secretarias actúan de acuerdo para compartir sus ideas acerca de carnes, quesos y condimentos a ordenar para un almuerzo de trabajo y discutir colectivamente si es mejor ordenar una pizza que tenga solo pepperoni o si debería ser mitad pepperoni y mitad normal.

No hay ninguna mención de cómo los sindicalistas, no infrecuentemente, “actúan juntos” para generar desempleo e inflación, disminuir la fuerza laboral y destruir empresas.

Si alguien en las altas esferas de Obama hubiera iniciado alguna vez un pequeño negocio, el sector que crea la mayoría de los trabajos en Estados Unidos (o incluso si alguien en los altos niveles de su administración tuviera el objetivo de hacer algo más independiente y comercial que existir en una burocracia subvencionada públicamente) podrían entender que lo último que quiere ver un empresario o propietario de una pequeña empresa en las paredes de su propio negocio es un cartel que dice a sus trabajadores que el jefe es el problema, el sindicato es la respuesta y que las huelgas, las quejas, la antigüedad y la lentitud son las mejores vías a la seguridad y la promoción laboral.

Lo que deberían hacer las empresas es colgar sus propios carteles junto a la propaganda unilateral del sindicalismo del gobierno, para desenmascararlos. Uno podría ser un gran mapa de Estados Unidos, por ejemplo, con grandes flechas cruzando el país para demostrar los patrones de emigración indicados en el censo de 2010: masas de gente abandonando la regiones altamente sindicalizadas y de altos impuestos, ya sea por la fuerza de la falta de trabajo o simplemente votando con los pies y dirigiéndose a lugares menos colectivizados. El  título del cartel: “¿Quieres mudarte?”

Para aumentar la tontería (como si no tuviéramos ya suficiente tinta roja y sobreprecios en el trabajo del gobierno) los mencionados carteles pro-sindicalización ahora han de mostrarse de forma prominente en las oficinas de todos los contratistas y subcontratistas del gobierno. “La directiva fue una de las primeras órdenes ejecutivas que firmó Obama poco después de tomar posesión del cargo”, informaba Associated Press.

A Obama no parece importarle que la deuda federal ya haya echado 14 billones de dólares por el desagüe: 140.000$ por familia. La respuesta de las mentes de Harvard es sindicalizar a los contratistas y subcontratistas para aumentar el precio de la milla de carretera a niveles aún más altos.

¿Dónde está el “cambio”? ¿Qué hay de nuevo en los políticos deshonestos, petulantes e inconscientes que chupan la sangre de nuestra nación?

 

 

Ralph Reiland es profesor asociado de economía en la Universidad Robert Morris en Pittsburgh.

Published Thu, Jan 13 2011 7:05 PM by euribe