Carl Menger: La naturaleza del valor

Por Gene Callahan. (Publicado el 17 de octubre de 2003)

Traducido del inglés. El artículo original se encuentra aquí: http://mises.org/daily/1349.

                 

De manera paradójica, fue uno de los más grandes filósofos que hayan vivido nunca, Aristóteles, quien fue probablemente el máximo responsable de llevar a la disciplina de la economía por un camino falso. Desde el momento en que expuso sus opiniones, la economía ha estado luchando por librarse del primer paso en falso de Aristóteles.

Fíjense en el siguiente pasaje del hombre conocido en la Edad Media como “el filósofo”:

Es, pues, el dinero, como una medida que reduce a proporción todas las cosas y las iguala. Porque no habiendo contrato no habrá comunicación, ni faltando la igualdad habrá contracto, ni faltando la proporción podría haber igualdad.[1] (Los énfasis son míos).

Aristóteles propone que si no hubiera un medio común de intercambio (dinero) que pudiera determinar la igualdad (presumiblemente de valor) entre los bienes, no habría intercambio en el mercado y, de hecho, ninguna asociación entre humanos más allá del ámbito familiar.

Si, como dice Aristóteles, el dinero sirve para “medir” cierta “igualdad” entre bienes y el intercambio depende de la capacidad de establecer dicha igualdad, entonces se deduce  que esta igualdad debe existir previamente al intercambio. Los bienes por sí mismos deben poseer alguna propiedad que hace que siete unidades del bien X sean iguales a tres del bien Y. Si es así, entonces los economistas tendrían que buscar el factor por el que ciertas cantidades de ciertos bienes distintos pueden ser declarados iguales entre sí.

Los dos lugares más obvios para buscar dicho factor son el trabajo humano y la generosidad de la naturaleza. Relativamente pronto en la historia de la economía, Sir William Petty (1623–1687) propuso una teoría del valor que se basaba en ambos factores. De acuerdo con Petty “todas las cosas tendrían que valorarse por dos denominaciones naturales, que son la tierra y el trabajo”.[2] Karl Marx, entre otros, es sabido que basó su teoría del valor en la cantidad de trabajo que tenía el bien. Si el trabajador no recibía el 100% del precio final de bien que fabricaba, estaba siendo “explotado”.

El problema con todos esos esfuerzos por concebir el valor como dependiente de algún factor “objetivo” es que es un círculo vicioso. Si el valor de una flauta depende del trabajo que se emplee en construirla, entonces ¿cómo determinamos el valor de ese trabajo? Y si el valor de una lechuga depende del valor del terreno que la produjo ¿cómo explicamos el valor asociado a ese terreno?

El propio Marx reconoció, pero no resolvió, esta dificultad. Entendía que alguien que hubiera trabajado laboriosamente destrozando coches no podría esperar la misma paga que alguien que trabajara construyéndolos. Declaró que era sólo el trabajo “socialmente útil” el que determinaba el valor. ¿Pero cómo podríamos distinguir el trabajo “socialmente útil” de otra forma que por el hecho de que produzca cosas “socialmente útiles”? En otras palabras, seguimos en un círculo, explicando el valor de los bienes por el trabajo que conllevan y el valor de dicho trabajo por los bienes que produce.

Fue quizá el economista austriaco Carl Menger quien fue más responsable de desviar a la economía de este camino estéril, aunque ciertamente debe compartir el mérito con William Stanley Jevons y Léon Walras, que llegaron a conclusiones similares a las de Menger simultáneamente.

A pesar de sus raíces intelectuales en el pensamiento aristotélico, Menger fue lo suficientemente inteligente como para ver que Aristóteles había errado en relación con el intercambio. No se puede ver sentido en la relación del valor con los precios de mercado si se considera al valor como una propiedad de los propios bienes. Como las propiedades propuestas como “inherentes”  a los bienes, como tierra y trabajo, son ellas mismas intercambiadas en el mercado, esas explicaciones deben siempre referirse a la pregunta de cómo se da precio a esos “determinantes” del valor.

La gran idea innovadora de Menger fue darse cuenta de que “El valor (…) no es nada inherente a los bienes, ninguna propiedad de éstos, sino simplemente la importancia qie atribuimos en primer lugar a la satisfacción de nuestras necesidades (…) y en consecuencia se traslada a los bienes económicos como las (…) causas de satisfacción de nuestras necesidades”. (Principios de economía política).

En otras palabras, el valor es el nombre de una actitud o disposición que una persona en particular adopta respecto de un bien: elige valorarlo. Aunque Menger puso a la economía en el camino hacia una teoría correcta del valor en 1871, a los antiguos errores les cuesta morir. Podemos seguir encontrando muchas concepciones erróneas del valor en explicaciones contemporáneas de asuntos económicos.

Por ejemplo, es bastante común referirse al dinero (o al oro o a los activos financieros) como un “almacén de valor”. ¡Pero una actitud no puede almacenarse! No podemos echar algo de nuestra actitud hacia bienes en un lingote de oro, ponerlo en una caja fuerte y esperar que se “mantenga”. Podemos, por supuesto, almacenar el lingote de oro. E indudablemente esperaremos que cuando decidamos tomarlo de la caja fuerte y venderlo otros elegirán valorarlo asimismo. Pero sólo se almacenó oro.

También se refieren al dinero como “medida de valor”. Pero si, siguiendo a Menger, consideramos la valoración como una actitud que toma la gente respecto de cosas, entonces el dinero ciertamente no puede medir el valor, pues el dinero mismo es simplemente otra cosa que la gente elige valorar (o no). En lugar de “medir” el valor de otros bienes o servicios, el propio dinero es valorado por actores humanos basándose en su adecuación como medio de intercambio comúnmente aceptado.

Otra expresión común y problemática afirma que en los mercados libres, la gente “intercambia valor por valor”. Pero si nos damos cuenta de que el valor nombra una actitud o disposición vemos que la expresión es equívoca. Puedo intercambiar contigo algún oro que yo valoro por una oveja que tú valoras. Si ese intercambio tiene lugar, además tú debes valorar mi oro y yo tu oveja. De hecho, tú debes valorar mi oro más de lo que valoras tu oveja y yo debo valorar tu oveja más de lo que yo valoro mi oro.

Cuando intercambiamos esos bienes, mi actitud respecto del oro no te es transferida con el oro, ni tu actitud hacia la oveja se convierte en la mía. Si ocurriera eso, inmediatamente volveríamos a intercambiarnos, pues antes del primer cambio tú valorabas el oro que yo ofrecía más que la oveja y yo valoraba más la oveja que me ofrecías que el oro que yo tenía disponible.

De hecho, no hay nada sospechoso acerca de que yo intercambio algo que no valoro en absoluto por algo que tú tienes y yo valoro. Tal vez tenga un cuadro que considero horrible y estoy a punto de tirarlo. Pero me visitas y después de verlo exclamas: “¡Qué gran pintura! Te doy 100$ por ella”.

Bueno, sería generoso por mi parte decir: “No, llévatelo”. Pero no es inmoral que acepte el dinero. Por si alguien piensa que la idea de que no es algo artero beneficiarse de un acuerdo así es un producto reciente de la “mentalidad burguesa”, vean que Lionel Robbins apunta:

Santo Tomás dice que si un mercader que llega a un lugar de escasez, sabiendo que hay mercaderes, por ejemplo, que le siguen en una semana y van a llegar a dicho lugar y bajarán el precio, no está cometiendo un pecado mortal si vende al precio prevalente en el lugar de la escasez, aunque Santo Tomás añade que sería más virtuoso si revelara que hay otra gente acercándose para dentro de una semana.[3]

El error contenido en la idea de “intercambiar valor por valor” está muy relacionado con la idea de que los bienes deberían venderse por un precio cercano a lo que cuesta producirlos. Si vendo un programa informático por mucho más de lo que me costó hacerlo, mucha gente calificaría a mi precio como un “robo”. Después de todo, si los intercambios tienen lugar apropiadamente cuando los “valores intercambiados” son iguales, entonces lo beneficios ganados por una parte del acuerdo deben ser ilícitos.

Vemos esta idea en los precios de “coste más algo” para fijar las tarifas de servicios públicos. Por supuesto, esto tienta a los ejecutivos de estos servicios a subir los costes con el fin de cobrar tarifas mayores, pues algunos de esos costes pueden ser extras por sí mismos. Esto se conoce como “rellenar la base tarifaria”. Los reguladores han tratado de permitir sólo costes “razonables”, pero eso genera el asunto de cómo los reguladores van a calcular mejor que los ejecutivos de la compañía cuál es un gasto razonable.

La naturaleza subjetiva del valor de los bienes de consumo se extiende a todos los niveles de bienes de producción. Los bienes de producción tienen precios de acuerdo con el valor estimado de los bienes de consumo que podrían producir. Es verdad que los productos que requieran entradas de alto precio generalmente tienen ellos mismos un alto precio. Pero eso es porque, salvo que un producto pueda llegar a un precio alto, los productores no usarán entradas caras para fabricarlo. Si la gente valora muy alto los diamantes en joyería, nadie consideraría utilizarlos para cristales de ventanas, aunque podrían funcionar bien para ese fin. No es el hecho de que los diamantes sean caros lo que hace caros a los anillos de diamantes: es el hecho de que la gente valora muy alto los anillos de diamantes lo que hace caros a los diamantes.

Los fabricantes de vino dan un gran valor a las viñas en el Valle de Napa porque los consumidores otorgan un alto valor al vino del Valle de Napa. Si no fuera así, los terrenos seguirían siendo caros, pero se dedicarían a urbanizaciones u otra cosa distinta de las viñas. ¡Si el vino fuera malo, ningún fabricante podría esperar un alto precio por él sólo porque su terreno costara un congo!

A los consumidores no les importa lo difícil que sea fabricar un producto. Les importa cuánta satisfacción obtendrán de éste. A mí me sería muy difícil escribir artículos conteniendo la respiración bajo el agua, pero eso no subiría el precio que una revista o sitio web me pagaría por un artículo. Por supuesto, podría resultar que el propio proceso sea un espectáculo, pero en ese caso realmente estaría vendiendo el espectáculo más el artículo.

Así que, en conclusión, déjenme preguntar: ¿hay alguien ahí que me pague un extra por escribir sobre economía bajo el agua?

 

Gene Callahan es investigador adjunto en el Instituto Ludwig von Mises y autor de Economics for Real People. Visite su sitio web. 



[1] Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro quinto, Capítulo V.

[2] Robbins, Lionel. 1998. A History of Economic Thought: The LSE Lectures, Princeton, NJ: Princeton University Press, p. 62.

[3] Robbins, Lionel. ibíd., p. 29.

Published Mon, Nov 22 2010 9:23 PM by euribe